
Lo que comenzó como una expedición de rutina para dos alpinistas experimentados en la cara norte del Pico de Orizaba (Citlaltépetl), terminó convirtiéndose en el descubrimiento más impactante de la aviación mexicana moderna. Entre la niebla y el viento helado del glaciar Jamapa, a más de 5,000 metros de altura, un reflejo metálico captó su atención. No era basura dejada por turistas, ni restos de equipo de escalada. Era un ala. Y bajo el hielo, una cabina sellada por el tiempo.
Lo que yacía dentro no eran solo fierros retorcidos, sino la respuesta a un misterio que había atormentado a una familia poblana durante tres generaciones.
El Joven Teniente que Nunca Llegó a la Cena de Navidad
El hombre en la cabina era el Teniente Roberto “Beto” Castillo, un joven promesa de la Fuerza Aérea Mexicana. Tenía solo 24 años aquella mañana del 24 de diciembre de 1943. México vivía tiempos convulsos con la Segunda Guerra Mundial de fondo, y Roberto realizaba un vuelo de traslado de rutina desde la Ciudad de México hacia Veracruz en un caza P-47 Thunderbolt, preparándose para los entrenamientos del futuro Escuadrón 201.
En su bolsillo llevaba un regalo para su madre, Doña Carmelita: un rebozo de seda y una promesa inquebrantable de llegar a tiempo para la cena de Nochebuena en Puebla. Pero Roberto nunca aterrizó.
Durante 81 años, su destino fue un enigma. Las autoridades de la época declararon que probablemente había caído en el Golfo de México. Su madre, sin embargo, nunca aceptó esa versión. Cada noviembre, en su altar de Día de Muertos, colocaba la foto de Roberto, su plato favorito de mole y una veladora extra, jurando que él “sentía frío” dondequiera que estuviera. Doña Carmelita murió sin saber que su instinto materno no fallaba: su hijo estaba congelado en la cima más alta de México.
Una Tumba de Cristal en el Volcán
La recuperación del cuerpo y la aeronave fue una operación titánica coordinada por Protección Civil y expertos en alta montaña. El deshielo acelerado de los glaciares mexicanos, producto del cambio climático, expuso lo que la montaña había tragado.
Al derretir con cuidado el hielo de la cabina, los forenses quedaron mudos. Roberto estaba ahí, perfectamente preservado, como si el tiempo se hubiera detenido en 1943. Estaba sentado, sujeto por los arneses. Su uniforme conservaba los botones dorados y las insignias del águila real.
Pero fue la posición de sus manos lo que rompió el corazón de los rescatistas: una mano aferraba la palanca de mando, y la otra apretaba contra su pecho una pequeña medalla de la Virgen de Guadalupe.
No había señales de pánico. No hubo fuego. Todo indicaba que Roberto realizó un aterrizaje forzoso milagroso en la nieve blanda, sobreviviendo al impacto, solo para quedar atrapado en una tormenta de nieve que lo sepultó en minutos.
La Carta Final y el Milagro
Entre sus pertenencias, protegidas por su chaqueta de cuero, se encontró una pequeña libreta de notas. Las páginas, rígidas por el frío, contaban la historia final.
“La niebla es un muro blanco. El motor falla. No veo nada, virgencita, guíame”, dicen las primeras notas.
Pero la última página, escrita con trazos débiles mientras el frío adormecía sus manos, es un testamento de amor a la familia mexicana: “Mamá, perdóname por no llegar. Tengo mucho frío, pero no tengo miedo. Siento que Ella me cubre con su manto. Cuida a mis hermanos. Te quiero, jefa”.
Esas palabras, leídas en voz alta por su sobrina nieta, Claudia Castillo, quien ahora tiene 62 años, cerraron una herida abierta por casi un siglo. “Mi abuela siempre dijo que él no se había ido, que solo estaba perdido. Ahora sabemos que nos dedicó su último aliento”, declaró entre lágrimas.
El Regreso del Guerrero
La noticia ha conmocionado a México. En un país donde las desapariciones suelen tener finales trágicos y violentos, la historia del Teniente Castillo se siente diferente. Es una tragedia, sí, pero también un reencuentro.
El cuerpo de Roberto fue bajado de la montaña con honores militares. No hubo una fosa común, ni incertidumbre. Su familia decidió velarlo en su casa familiar en Puebla, rodeado de flores de cempasúchil (a pesar de no ser temporada, las consiguieron) y música de mariachi, tal como a él le gustaba.
El avión será restaurado y exhibido en el Museo Militar de Aviación, pero la cabina quedará vacía. El “Águila Caída” ya no está en el hielo.
La Leyenda del Volcán
Durante décadas, los alpinistas que subían al Pico de Orizaba hablaban de extraños reflejos y sonidos de motor cuando el viento soplaba fuerte en la cara norte. Los llamaban “cuentos de altura”. Hoy sabemos que la montaña estaba hablando.
El Citlaltépetl, el “Cerro de la Estrella”, custodió a Roberto Castillo protegiéndolo del paso del tiempo. Y ahora, 81 años después, ha decidido devolverlo para que cumpla, aunque sea tarde, su promesa de volver a casa.
Esta Nochebuena, en la casa de la familia Castillo, no habrá una silla vacía. Habrá una foto nueva, una medalla recuperada y la certeza de que el tío Beto, finalmente, ha dejado de tener frío.