Cinco entraron al bosque, uno regresó del infierno: La pesadilla de diez años en Devil’s Hollow

El asfalto de la autopista 101 ardía bajo el sol de agosto de 2001, una cinta gris cortando la inmensidad verde del estado de Washington. Para los conductores, era solo otro día sofocante de verano. Pero para el hombre esquelético que se arrastraba desde la línea de árboles, era el primer sabor de una realidad que le habían dicho que ya no existía.

No parecía humano. Su piel, tensa sobre los huesos, era un mapa de cicatrices y mugre. Su cabello, una maraña salvaje. Llevaba harapos que alguna vez fueron ropa, y en sus muñecas y tobillos, la carne estaba en carne viva, marcada por el beso oxidado de cadenas que había llevado durante una década.

Un automovilista frenó en seco, el chirrido de los neumáticos rompiendo el silencio. Bajó la ventanilla, horrorizado. —¿Necesita ayuda? —gritó, con la voz temblorosa.

La criatura levantó la vista. Sus ojos, enormes y vacíos, miraron el cielo azul, no el hongo nuclear que esperaba ver. Sus labios, agrietados y sangrantes, susurraron un nombre que había estado enterrado en los archivos policiales durante diez años.

—Soy Wesley Lynch. Campamento Timber Ridge. 1991.

El hombre cayó al suelo. Y con él, se rompió el silencio de una década.

El caos comenzó no con un grito, sino con un vacío. Julio de 1991. Campamento Timber Ridge. Cinco chicos. Wesley Lynch, David Pervvis, George Willis, Daryl Jooshi y Chris Allen. Tenían entre catorce y dieciséis años, la edad en la que la inmortalidad parece un derecho de nacimiento.

—Solo vamos a echar un vistazo —había dicho Wesley esa tarde, con la adrenalina de la travesura brillando en sus ojos—. Devil’s Hollow. Dicen que hay una vieja estación de guardabosques abandonada.

—Está prohibido, Wes —dijo David, siempre la voz de la razón, aunque sus pies ya seguían a su amigo.

—Por eso vamos —respondió Daryl con una sonrisa torcida.

Se escabulleron bajo el dosel de árboles antiguos, riendo, empujándose. El bosque era denso, oscuro y antiguo. No sabían que cada paso los alejaba de sus vidas y los acercaba a una tumba de concreto.

Llegaron al fondo del barranco. No había magia allí, solo una estructura extraña, pintada de camuflaje, agazapada en la tierra como un depredador. Antes de que pudieran procesar el olor químico, dulce y nauseabundo, el mundo se apagó.

Wesley despertó en la oscuridad. Frío. Duro. Intentó moverse, pero un sonido metálico lo detuvo. Clang. El pánico subió por su garganta como bilis. Sus manos estaban encadenadas. Sus pies también. A su lado, escuchó los gemidos de los otros.

—¿Mamá? —sollozó la voz de George en la oscuridad.

Una luz amarilla y enfermiza parpadeó, revelando su prisión. Un búnker de concreto. Sin ventanas. Húmedo. Y frente a ellos, El Guardián.

Dominic Tharp no parecía un loco. Parecía un militar. Llevaba fatigas del desierto y se movía con una precisión aterradora. No gritó. Su voz era tranquila, clínica, absoluta.

—El mundo ha terminado —dijo Tharp, extendiendo periódicos viejos y amarillentos sobre una mesa—. Mientras dormían, las bombas cayeron. Seattle, Portland… cenizas. Todo es radiación allá arriba.

Los chicos miraron los titulares falsos, con los ojos muy abiertos. —Los salvé —continuó Tharp, mirándolos con una piedad retorcida—. Soy su Guardián. Este es el Santuario. Si salen, morirán. Su antigua vida es polvo.

Esa fue la primera muerte. La muerte de la esperanza.

El tiempo se disolvió. Los días se convirtieron en ciclos de dolor y trabajo forzado. El búnker era un ataúd compartido. Cavaban túneles, filtraban agua, cultivaban vegetales raquíticos bajo luces artificiales. El miedo era la única moneda. Tharp gobernaba con violencia calculada.

Seis meses después. El invierno se filtraba por las paredes de concreto. La desesperación había afilado los nervios de Wesley hasta convertirlos en cuchillas. Estaban afuera, en una de las raras excursiones nocturnas para cortar leña, siempre bajo la vigilancia del rifle de Tharp. El aire no olía a radiación; olía a pino y libertad.

Wesley vio que Tharp se distraía con un cabrestante atascado. —Ahora —susurró Wesley. Se lanzó hacia él. Un movimiento desesperado, nacido de la culpa de haber llevado a sus amigos allí.

Pero Tharp era rápido. Demasiado rápido. Golpeó a Wesley con la culata del rifle, enviándolo al suelo con la nariz rota. Wesley tosió sangre, esperando el disparo. Pero el trueno no fue para él. ¡BANG!

El grito de David Pervvis desgarró la noche. David cayó, agarrándose el muslo. La sangre brotaba oscura y rápida.

—¡No! —gritó Wesley, arrastrándose hacia su amigo.

Tharp se paró sobre ellos, el cañón del rifle humeante. —La rebelión es un cáncer —dijo Tharp, sin emoción—. Cuando uno peca, todos sufren. No hay medicina para los traidores.

Arrastraron a David de vuelta al agujero. La herida se infectó. Durante tres semanas, el búnker olió a carne podrida y fiebre. Wesley limpiaba la herida con trapos sucios, susurrando promesas vacías mientras David ardía en delirio.

—Dile a mi mamá… —susurraba David en sus momentos de lucidez—. Dile que lo siento. —Se lo dirás tú —mentía Wesley, con lágrimas surcando la mugre de su cara.

David murió gritando el nombre de Wesley. Tenía quince años. Tharp los obligó a enterrarlo en una tumba poco profunda detrás del búnker. —El débil no sobrevive al nuevo mundo —sentenció el Guardián.

Wesley sintió que algo se rompía dentro de él, algo que nunca sanaría. Él era el líder. Él los había llevado allí. La sangre de David estaba en sus manos tanto como en las de Tharp.

Los años pasaron, marcados por tumbas. 1996. El quinto invierno. George Willis, el más dulce del grupo, se rompió. No fue una rebelión, fue tristeza. Lloraba por las noches, un sonido suave y constante que enfurecía a Tharp. —La emoción desperdicia calorías —dijo el Guardián.

Encerró a George en la “celda de disciplina”, un armario sin calefacción. Tres días. Cuando lo sacaron, George ya no lloraba. Temblaba violentamente. La neumonía se lo llevó en una semana. Murió en los brazos de Wesley, mirando un punto invisible en el techo de concreto. Otra cruz de madera en el jardín de los horrores.

Daryl Jooshi, el rebelde, lo intentó. Robó una llave. Escapó hacia la negrura del bosque. Wesley y Chris escucharon, conteniendo el aliento, rezando. Pero el bosque estaba lleno de trampas. Tharp lo trajo de vuelta. No lo llevó al búnker principal. Lo llevó a la cámara de aislamiento. Durante dos días, los gritos de Daryl llenaron la tierra. Gritos animales, inhumanos. Luego, silencio. Tharp nunca volvió a mencionar su nombre. Solo quedaban dos. Wesley y Chris.

Pero Chris Allen ya no era Chris. El trauma había fracturado su mente. Para sobrevivir, había aceptado la mentira. —Él nos protege, Wes —decía Chris, con los ojos vidriosos, mientras limpiaban las herramientas de Tharp—. El mundo de afuera es veneno. El Guardián nos ama.

Wesley miraba a su último amigo y sentía un horror más profundo que la muerte. Chris estaba vivo, pero su alma había sido devorada. Wesley estaba solo.

Agosto de 2001. Diez años. Wesley tenía 26 años, pero se sentía de cien. Era una máquina de supervivencia, vacía, impulsada solo por un instinto primario. Esa tarde, la rutina se rompió. Tharp había salido a revisar el perímetro y no había regresado. Pasaron horas. El sol comenzaba a bajar. Chris caminaba de un lado a otro, angustiado. —El Guardián no llega. Algo está mal. Debemos esperar aquí. Es la regla.

Wesley sintió una chispa eléctrica en su columna. —No —dijo. Su voz sonaba extraña, ronca por el desuso—. Voy a buscar leña.

Salió. Caminó hacia el perímetro. Encontró a Tharp a cincuenta metros de la entrada. El monstruo había caído. Estaba convulsionando en el suelo, la baba cayendo de su boca torcida. Un derrame cerebral masivo. El tirano era ahora un saco de carne temblorosa. Wesley vio el llavero en su cinturón. El metal brillaba bajo la luz filtrada del bosque.

Se arrodilló. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de furia pura. Podría matarlo. Podría aplastar su cráneo con una piedra allí mismo. Vengar a David, a George, a Daryl. Pero las llaves eran más importantes. Las tomó. El sonido metálico fue la música más hermosa que había escuchado.

Corrió de vuelta al búnker. —Chris —jadeó—. Está caído. Tenemos las llaves. ¡Vámonos!

Chris miró las llaves y retrocedió, pegándose a la pared de concreto como si Wesley le hubiera mostrado una granada. —¡No! —gritó Chris, con pánico real en su voz—. ¡No puedes! ¡El aire nos matará! ¡Él nos necesita! Es una prueba, Wes. ¡Es una prueba!

Wesley se detuvo. Miró a los ojos de su amigo y vio el abismo. No podía salvarlo. Si intentaba arrastrarlo, ambos morirían allí. Fue la decisión más dura de su vida. Más dura que el hambre, más dura que el frío. —Lo siento, Chris —susurró.

Wesley abrió su propio grillete. El click del candado al abrirse resonó como un disparo. Se dio la vuelta y corrió. —¡Hereje! —gritó Chris a sus espaldas—. ¡Vas a morir!

Wesley corrió. Sus pies descalzos sangraban sobre las piedras. Las ramas azotaban su cara. No sabía a dónde iba, solo sabía que debía alejarse del Santuario. Corrió durante tres días. Bebió agua sucia. Comió hojas. La alucinación de la muerte le pisaba los talones.

Hasta que escuchó el rugido de un motor. Y vio la carretera.

El hospital era blanco. Demasiado blanco. Demasiado ruidoso. Wesley yacía en la cama, limpio por primera vez en una década, pero sintiéndose más sucio que nunca. Sus padres estaban allí. Dennis y Elena. Habían envejecido veinte años en diez. Lloraban, tocaban su cara como si fuera de cristal. —Estás vivo —repetía su madre—. Estás vivo.

Pero Wesley no sentía alegría. Solo sentía el peso. El agente del FBI, Steven Ernest, entró suavemente. —Wesley —dijo—. Necesitamos saber dónde están.

Wesley cerró los ojos y vio el mapa en su mente. El árbol cubierto de musgo. El arroyo. Las tres cruces. Habló. Su voz era un susurro roto, desenterrando los secretos del infierno.

El equipo táctico se movió rápido. Encontraron el búnker gracias a las descripciones de Wesley. Reventaron la entrada. Encontraron a Dominic Tharp, todavía vivo, paralizado en su propia inmundicia, incapaz de hablar, atrapado en su propio cuerpo inútil. Justicia poética, tal vez. Encontraron a Chris Allen. Estaba sentado junto a la cama vacía del Guardián, con un rifle en el regazo, esperando órdenes que nunca llegarían. Luchó contra los agentes, gritando que no respiraran el veneno. Tuvieron que sedarlo para sacarlo de su jaula.

Y detrás del búnker, exhumaron la verdad. David. George. Daryl. Los análisis forenses confirmaron cada palabra de la historia de terror de Wesley.

El titular del periódico al día siguiente golpeó al país como un mazo: “EL ÚLTIMO SUPERVIVIENTE: Cae la Casa de los Horrores de Timber Ridge”

Pero para Wesley, no había titulares. Solo había silencio. Salió del hospital un mes después. El mundo era ruidoso, rápido y banal. La gente se quejaba del tráfico, del clima, de cosas pequeñas. No entendían.

Tharp murió en prisión antes del juicio. Otro derrame. El monstruo escapó de la justicia humana. Chris fue enviado a una institución psiquiátrica de máxima seguridad. Nunca recuperó la cordura. Seguía esperando que el Guardián volviera para salvarlo del apocalipsis.

Wesley intentó vivir en la ciudad. No pudo. El ruido era demasiado. Las paredes, demasiado cercanas. Un año después, tomó un trabajo. Observador de incendios forestales. Una torre solitaria, a treinta metros de altura, en lo profundo de las montañas Cascade.

Ahora, Wesley pasa sus días mirando el horizonte verde. Está solo. Hay silencio. A veces, cuando el viento aúlla por la noche, cree escuchar los gritos de Daryl o la risa de David antes de que todo se oscureciera. Mira hacia abajo, hacia el vasto e indiferente bosque que se tragó su juventud. No es una redención. Es una penitencia. Es el guardián ahora. No de una prisión, sino de la memoria de los cuatro que nunca salieron. Wesley Lynch sobrevivió, sí. Pero una parte de él, la parte que podía sonreír, se quedó encadenada para siempre en la oscuridad de Devil’s Hollow.

Y a veces, se pregunta si Tharp tenía razón. Tal vez su mundo sí terminó ese día de 1991. Y esto que vive ahora… esto es solo el fantasma de una vida.

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