EL ÚLTIMO APLAUSO EN LAS ENTRAÑAS DE REAL DE CATORCE

El haz de luz de la lámpara táctica rompió la oscuridad perpetua del socavón, revelando partículas de polvo mineral que flotaban como almas suspendidas en el tiempo. El aire ahí abajo, a ciento cincuenta metros de profundidad en la mina abandonada “La Concepción”, tenía un sabor metálico, una mezcla de azufre y olvido.

No deberían estar allí. Eran tres youtubers de San Luis Potosí buscando contenido paranormal para su canal, rompiendo candados oxidados en las afueras del pueblo mágico de Real de Catorce. Buscaban historias de mineros fantasmas. Encontraron una verdad mucho más aterradora.

—Güey, no mames… aluzas hacia allá —susurró uno, con la voz temblorosa, apuntando hacia un recoveco en la roca viva.

Algo desafiaba la lógica monocromática de la mina. No era el brillo de la plata ni el gris de la piedra. Era un amarillo chillón, satinado, violento. Un color que gritaba en medio del silencio.

Se acercaron, arrastrando las botas sobre el cascajo suelto. El corazón les golpeaba en la garganta.

Sentado en un nicho natural, con la espalda recta contra la pared de piedra caliza, había un hombre. O lo que quedaba de él.

La atmósfera seca y rica en minerales del desierto potosino había momificado el cuerpo, deteniendo la descomposición en una mueca eterna. Pero el terror no venía de la piel acartonada. Venía de su vestimenta.

El cadáver llevaba un traje de payaso de estilo Pierrot antiguo. Seda amarilla, gorguera blanca almidonada, botones negros gigantes. Y su rostro… su rostro era un lienzo de pesadilla. Una sonrisa roja pintada con precisión quirúrgica se extendía de oreja a oreja, y lágrimas negras artificiales caían sobre unas mejillas que ya no tenían vida.

Mateo Salinas había aparecido. Su secuestro había terminado en una galería subterránea, convertido en una estatua de sal y locura.

Un año antes. 28 de octubre de 2022.

El sol de mediodía caía a plomo sobre el desierto de Wirikuta. La luz era tan blanca que lastimaba los ojos. Mateo Salinas, veintiún años, estudiante de artes visuales de la Universidad de Guanajuato, ajustaba el lente de su cámara Nikon.

—Solo voy a subir al “Pueblo Fantasma”, pa —le había dicho a Héctor esa mañana por teléfono—. Quiero capturar las ruinas antes de que lleguen los turistas por el Día de Muertos. Regreso para cenar enchiladas.

Héctor Salinas, un mecánico de manos curtidas y corazón blando, sonrió al escuchar el entusiasmo de su hijo. —Con cuidado, mijo. Esos caminos son traicioneros. Y no te metas donde no debes.

Mateo estacionó su viejo Vocho verde cerca del Túnel Ogarrio y subió a pie por los senderos empedrados. El lugar era espectacular: estructuras de piedra del siglo XIX devoradas por cactus y la intemperie. El silencio era absoluto, solo roto por el viento silbando entre los muros derruidos.

Mateo se sentía un cazador de sombras. Click. Una ventana vacía que miraba al abismo. Click. Un altar olvidado con velas derretidas.

Estaba encuadrando una toma perfecta: el reflejo del sol en los restos de un espejo dentro de una casona sin techo. Pero el espejo captó algo más.

Detrás de él, en el camino de tierra, una camioneta Combi antigua, pintada a mano con colores deslavados, se detuvo sin hacer ruido. El motor estaba apagado; había llegado rodando por la pendiente.

Mateo bajó la cámara, sintiendo ese instinto primitivo que eriza la piel de la nuca. Se giró. No hubo un grito. Solo el sonido seco de una puerta corrediza abriéndose y una figura que emergió de la camioneta con la rapidez de una araña.

Cuando la noche cayó sobre Real de Catorce, el Vocho verde seguía allí, enfriándose bajo las estrellas. Mateo ya no estaba.

En México, cuando alguien desaparece, el tiempo no cura; el tiempo corroe.

Las primeras 72 horas fueron un infierno burocrático. —Seguro se fue con la novia, señor Salinas. O andaba en malos pasos —le dijo un comandante de la fiscalía local, ni siquiera levantando la vista de sus papeles, mientras masticaba un palillo.

Héctor golpeó el escritorio con el puño, las lágrimas de impotencia quemándole los ojos. —¡Mi hijo no es un delincuente! ¡Es un artista! ¡Alguien se lo llevó!

Pero la maquinaria de la justicia estaba oxidada. Héctor tuvo que convertirse en detective. Vendió su taller. Gastó sus ahorros en gasolina, imprimiendo miles de volantes con la cara sonriente de Mateo bajo la palabra DESAPARECIDO.

Recorrió rancherías, habló con halcones, con campesinos, con brujos. Nada. El desierto se lo había tragado. La teoría principal de la policía cambió a “reclutamiento forzado por el cártel”. Era la excusa perfecta para cerrar la carpeta y olvidar.

Héctor envejeció diez años en diez meses. Su pelo se volvió blanco. Su espalda se encorvó. Pero nunca dejó de buscar. Cada fin de semana subía a la montaña, gritando el nombre de su hijo al viento, esperando que el eco le devolviera algo más que su propia desesperación.

Hasta que los youtubers bajaron a la mina.

La morgue de Matehuala era un edificio gris y deprimente. El aire acondicionado zumbaba ruidosamente, intentando combatir el calor del altiplano.

El forense, un hombre que había visto demasiada violencia, estaba pálido al salir de la sala. —Señor Salinas… —dijo con voz suave—. Necesito que vea esto. No el cuerpo. Solo un detalle.

Le mostró una fotografía de las muñecas de Mateo. Estaban atadas con una cuerda de cáñamo trenzado, de esas que ya no se usan. El nudo era complejo, artístico. —Es un “As de Guía” doble —dijo Héctor, reconociéndolo al instante—. O algo parecido. —Es un nudo de trapecista —corrigió el forense—. Quien lo ató sabía exactamente cómo inmovilizar sin cortar la circulación. Quería mantenerlo… preservado.

La ropa no era un disfraz de fiesta comprado en el mercado. Era un traje profesional, de una tela pesada, bordado a mano con hilo de oro viejo. En la etiqueta interior, casi borrada por el sudor y la sal de la mina, se leía:

CARPA HNOS. VALENCIA – 1985.

Las “Carpas” eran los circos itinerantes pobres de México, espectáculos que recorrían los pueblos antes de la televisión. Ese mundo había muerto hacía décadas.

Pero la pista clave no estaba en la ropa. Estaba en la cámara. La Nikon de Mateo había sobrevivido junto a él, sellada en una bolsa de plástico ziploc dentro de su mochila, como si el asesino quisiera proteger el equipo. Los peritos digitales lograron extraer la última foto de la tarjeta de memoria.

La imagen era granulada, tomada con prisa. El reflejo en el espejo roto de la ruina. Se veía a Mateo, borroso. Y detrás de él, la Combi. En el costado oxidado del vehículo, apenas visible bajo capas de polvo del desierto, había un logotipo pintado a mano: Un rostro de payaso triste haciendo malabares con calaveras.

Mateo había fotografiado a su verdugo.

Julián “El Mudo” Barajas vivía en el olvido. Su casa era una estructura de lámina y adobe en medio de la nada, en el ejido de Vanegas, a cincuenta kilómetros de donde encontraron el cuerpo.

Nadie lo visitaba. Decían que estaba loco, que hablaba con muñecos. La Guardia Nacional, acompañada por Héctor, llegó al amanecer. El polvo se levantaba bajo las llantas de los vehículos militares.

Derribaron la puerta de madera podrida. No encontraron resistencia. Julián, de 60 años, estaba sentado frente a un espejo, maquillándose. Se pintaba una sonrisa roja, idéntica a la que tenía Mateo.

El interior de la choza era un santuario macabro a la nostalgia. Carteles viejos de la Carpa Valencia. Baúles llenos de trajes apolillados. Y en una estantería, alineadas perfectamente, cabezas de maniquíes con pelucas de colores.

Sobre una mesa, había un cuaderno escolar. El comandante leyó una página al azar, escrita con una caligrafía temblorosa pero elegante:

“El público se ha ido. Ya no aplauden. Pero él… él se quedó. Es mi mejor acto. Quieto. Atento. Sonriendo por siempre en la oscuridad. Él nunca me abucheará.”

Para Julián Barajas, Mateo no era una víctima. Era el espectador eterno que su mente rota necesitaba desesperadamente. Lo había vestido, maquillado y colocado en la mina no para ocultarlo, sino para sentarlo en el “palco de honor” de su teatro imaginario.

El arresto fue silencioso. Julián no habló. Solo miraba a Héctor con una curiosidad infantil, como si esperara que el padre aplaudiera su actuación.

Héctor no lo golpeó. No gritó. Se quedó parado allí, temblando, mirando los ojos vacíos del hombre que le había robado la vida a su hijo para alimentar su propia fantasía. —¿Por qué? —susurró Héctor. Julián ladeó la cabeza y, por primera vez, sonrió. —Porque la función debe continuar.

El cementerio de Guanajuato olía a cempasúchil y copal. Era noviembre otra vez. Héctor Salinas estaba de pie frente a la tumba abierta. La caja estaba sellada. No quería que nadie recordara a Mateo con ese maquillaje grotesco. Quería que lo recordaran con su cámara, con sus jeans sucios, con su sonrisa real.

Bajaron el ataúd. La tierra comenzó a caer, un sonido sordo y definitivo. Tum. Tum. Tum.

Héctor sacó de su bolsillo la correa de la cámara de Mateo. La apretó con fuerza hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La justicia legal había llegado: Barajas moriría en prisión. Pero no había justicia para el hueco en el pecho de un padre.

Cuando la ceremonia terminó y la gente comenzó a irse, Héctor se quedó solo frente al montículo de tierra fresca. El sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo de un naranja violento, casi teatral.

Héctor cerró los ojos. Por un segundo, en la oscuridad de sus párpados, vio la mina. Vio el traje amarillo. Vio la sonrisa pintada. Abrió los ojos de golpe, respirando con dificultad.

—Corte —susurró al viento frío de la tarde.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Sus pasos resonaban en el empedrado. No miró atrás. Sabía que la función había terminado, pero el telón nunca bajaría del todo en su memoria. Mateo descansaba en paz, pero Héctor sabía que él, en cierto modo, también se había quedado atrapado en esa mina, esperando en la oscuridad.

Related Posts

Our Privacy policy

https://tw.goc5.com - © 2026 News