
PARTE 1: EL HEDOR DE LA INDIFERENCIA
El olor no pedía permiso. Invadía. Se arrastraba por debajo de los marcos de las puertas, se filtraba a través de los conductos de ventilación y se adhería a la ropa como una segunda piel maldita.
En el edificio de cinco plantas en Drogóbych, agosto no trajo solo calor. Trajo una advertencia.
Era un edificio de Jruschov, uno de esos bloques de hormigón gris que han visto pasar generaciones, donde las paredes son finas y los secretos son difíciles de guardar. O eso creían. Durante días, los vecinos del primer piso habían estado luchando contra una náusea invisible. Al principio, pensaron que era una rata muerta en el sótano. Luego, culparon a las tuberías viejas. Pero el olor cambió. Se volvió dulce. Espeso. Inoportunamente biológico.
—Es insoportable —dijo la señora Olga, apretando un pañuelo perfumado contra su nariz mientras subía las escaleras apresuradamente—. Viene del apartamento de ella. De la chica callada.
Nadie respondía en el apartamento 1B.
La policía llegó un martes. El aire en el rellano era tan denso que se podía masticar. Los oficiales, hombres acostumbrados a la violencia doméstica y a los borrachos callejeros, intercambiaron miradas inquietas. Ese olor activaba una parte primitiva del cerebro reptiliano que gritaba: muerte.
Pero la ley es una máquina lenta y burocrática.
—No podemos entrar sin una orden —dijo el oficial al mando, secándose el sudor de la frente. Golpeó la puerta de madera barata con los nudillos—. ¡Abran! ¡Policía!
Silencio. Solo el zumbido de una mosca gorda y negra que aterrizó en el pomo de la puerta.
Tres días.
Tuvieron que esperar tres días interminables mientras el fiscal firmaba los papeles. Tres días en los que el olor pasó de ser una molestia a ser una entidad viva que expulsaba a los residentes de sus propios hogares. La gente corría por el pasillo conteniendo la respiración. Los niños preguntaban qué era ese olor a “carne mala”.
Finalmente, llegó la autorización.
El oficial Andriy Kasyuk no necesitaba la orden para saber que lo que encontrarían al otro lado le cambiaría la vida. Ajustó su mascarilla. Asintió a su compañero.
¡CRACK!
La puerta cedió con una patada precisa. La madera astillada voló hacia adentro.
Y entonces, el infierno exhaló.
Una ola de aire caliente, cargado de putrefacción y amoníaco, golpeó a los oficiales, haciéndoles retroceder físicamente. Los ojos les lloraban al instante. Pero no fue la suciedad lo que detuvo el corazón de Andriy. No fueron las montañas de basura que cubrían el suelo, ni las cucarachas que corrían como ríos negros por las paredes manchadas de grasa.
Fue la calma.
En medio del apocalipsis doméstico, en una cocina donde los platos sucios formaban torres precarias y la comida podrida se fusionaba con la mesa, había una mujer sentada.
Marina Castrova.
Tenía 32 años, pero su piel pálida bajo la luz fluorescente la hacía parecer una muñeca de porcelana rota. Llevaba una camiseta limpia. Su pelo estaba recogido. Y en sus manos, brillaba la luz azul de un teléfono inteligente.
No levantó la vista cuando la puerta cayó.
No se inmutó cuando los hombres armados irrumpieron en su santuario de inmundicia gritando órdenes.
Su dedo pulgar se deslizaba por la pantalla. Deslizar. Me gusta. Deslizar. Pausa. Un video de TikTok sonaba en el silencio sepulcral: una canción pop alegre y repetitiva.
—¡Policía! ¡Manos donde pueda verlas! —gritó Andriy, apuntando con su arma, aunque su instinto le decía que la amenaza no era física. Era algo mucho más oscuro.
Marina levantó la vista lentamente. Sus ojos estaban vacíos. No había miedo. No había sorpresa. Había una nada abismal, como si estuviera mirando a través de ellos, hacia un lugar donde la realidad no existía.
—¿Por qué no abrió la puerta? —preguntó Andriy, bajando el arma pero manteniendo la tensión en cada músculo. El hedor era tan fuerte que sentía que se le pegaba al paladar.
Marina parpadeó. Apagó la pantalla del teléfono con una delicadeza exasperante. Lo dejó sobre la mesa, alineándolo perfectamente con el borde.
—Porque ya han dejado de llorar —dijo. Su voz era suave, plana. Sin emoción.
El silencio que siguió a esas palabras fue más fuerte que cualquier grito.
Andriy sintió un frío helado en la columna vertebral. Intercambió una mirada con su compañero. Ambos sabían de dónde venía el olor. No venía de la cocina. No venía de la basura.
Venía del baño.
La puerta del baño estaba justo enfrente de la entrada. Era una puerta blanca, común, pero tenía una modificación casera que la convertía en una celda. Un gancho de metal, instalado en la parte exterior. Un gancho simple, de los que se usan para cerrar cobertizos de jardín. Estaba echado.
Alguien había encerrado algo dentro. O a alguien.
Andriy caminó hacia la puerta. Sus botas crujían sobre los restos de comida seca y envoltorios de plástico que cubrían el suelo del pasillo. Las moscas zumbaban furiosas alrededor del marco de la puerta del baño. Había manchas oscuras y húmedas filtrándose por debajo.
Marina seguía sentada. Volvió a coger su teléfono. La pantalla se iluminó de nuevo, bañando su rostro inexpresivo en una luz fantasmal.
Andriy extendió la mano. Sus dedos, enguantados, temblaron ligeramente al tocar el metal frío del gancho.
—Prepárate —murmuró a su compañero.
Levantó el gancho. El metal tintineó suavemente. Un sonido minúsculo que resonó como un disparo.
Empujó la puerta.
La bisagra gimió. La oscuridad del interior se abrió. Y la realidad se rompió.
Lo que yacía en esa bañera de hierro fundido no era algo que un ser humano debiera ver jamás. No había agua. Solo había un nido de toallas húmedas y dos figuras pequeñas, acurrucadas la una contra la otra, como si en su último momento hubieran buscado el consuelo que su madre les había negado.
Sophia, de nueve años. Dennis, de siete.
O lo que quedaba de ellos.
El oficial Andriy, un veterano de diez años, sintió que las piernas le fallaban. Retrocedió, chocando contra la pared del pasillo, y vomitó violentamente. Su compañero se quedó petrificado, con los ojos desorbitados, incapaz de procesar la imagen de la extrema delgadez, de la piel pegada al hueso, de la quietud absoluta.
En la cocina, la música de TikTok volvió a sonar. Una risa enlatada salió del teléfono.
Andriy se limpió la boca con el dorso de la mano. La furia reemplazó al horror. Una furia roja, caliente, volcánica. Desenfundo las esposas y caminó hacia la cocina.
Marina no se resistió. Cuando él le agarró las muñecas y las giró detrás de su espalda, ella no luchó. No preguntó por qué. No miró hacia el baño.
—Estás detenida —gruñó Andriy al oído de ella. Quería gritarle, quería sacudirla hasta que esa máscara de indiferencia se rompiera, pero se contuvo—. Estás detenida por asesinato.
Marina suspiró. Un suspiro de aburrimiento.
—Tengo hambre —dijo ella—. ¿Me dejarán pedir sushi antes de irnos?
Andriy la miró a los ojos, buscando un rastro de locura, de shock, de algo humano. No encontró nada. Solo un abismo. Un abismo digital y frío.
La sacaron del edificio. Los vecinos se habían congregado afuera, murmurando, señalando. Cuando vieron salir a Marina, esposada y con la cabeza alta, se hizo el silencio. No parecía una monstruo. Parecía una vecina cualquiera. La bibliotecaria tranquila. La madre soltera.
Pero dentro del apartamento 1B, los forenses comenzaban a llegar. Se ponían trajes blancos completos, como astronautas descendiendo a un planeta tóxico.
El forense principal, el Dr. Koval, entró en el baño. Había visto de todo en su carrera. Cuerpos en descomposición, víctimas de incendios, accidentes de tren. Pero esto… esto era diferente.
No había sangre. No había signos de golpes.
Había una botella de agua vacía en el suelo. Y un trozo de pan. Un solo trozo de pan, duro como una piedra, con marcas de dientes pequeños. Dientes que habían intentado roer la supervivencia hasta el último segundo.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó el detective que tomaba notas desde la puerta, con la cara pálida.
Koval examinó los cuerpos con infinita tristeza.
—Semanas —susurró—. Esto no pasó en un día. Se apagaron lentamente. De hambre. De sed. Mientras ella estaba al otro lado de la puerta.
Koval miró la puerta desde el interior. Había arañazos. Pequeños arañazos en la parte baja de la madera, donde las uñas de los niños habían intentado cavar una salida. Arañazos desesperados que nadie escuchó. O que alguien escuchó y decidió ignorar.
La casa de Marina Castrova no era un hogar. Era una cámara de tortura disfrazada de banalidad. Y mientras la ciudad de Drogóbych dormía esa noche, la pesadilla acababa de empezar a ser contada.
PARTE 2: EL MURO DIGITAL
La sala de interrogatorios era gris, estéril y fría. Un contraste perfecto con el caos sensorial del apartamento.
El investigador jefe, Viktor Sorokin, puso una carpeta gruesa sobre la mesa de metal. Se sentó frente a Marina. Ella estaba tranquila. Sus manos, ahora libres de las esposas pero aún bajo vigilancia, descansaban sobre la mesa con una quietud antinatural.
—Marina —dijo Viktor. Su voz era grave, controlada—. Necesito que me expliques la última semana.
Ella se encogió de hombros.
—Estuve en casa. Trabajé un poco en la biblioteca. Pedí comida.
—¿Pediste comida? —Viktor abrió la carpeta y sacó un extracto bancario. Lo deslizó hacia ella—. Sushi. Pizza. Wok. Hamburguesas. Pediste comida todos los días. Dos, a veces tres veces al día.
—Me gusta comer bien —respondió ella, sin mirar el papel.
—¿Y tus hijos? —Viktor golpeó la mesa, el sonido resonó como un disparo seco—. ¿Qué comieron Sophia y Dennis mientras tú comías sushi a tres metros de ellos?
Marina desvió la mirada por primera vez. No hacia él, sino hacia la pared, como si buscara una pantalla invisible.
—Ellos estaban a dieta —dijo.
Viktor sintió una punzada de incredulidad.
—¿A dieta? Marina, el informe forense dice que murieron de inanición extrema. Sus estómagos estaban vacíos. Literalmente vacíos. Encontraron trozos de papel pintado en el estómago de Dennis. Se comió la pared, Marina. Se comió la pared de desesperación.
La mujer no parpadeó.
—Eran traviesos. Necesitaban disciplina.
La investigación había sacado a la luz una cronología que desafiaba la comprensión humana. No había sido un accidente. No había sido un olvido de un día. Había sido un sistema.
Los detectives habían reconstruido la vida digital de Marina. Mientras sus hijos agonizaban lentamente detrás de una puerta cerrada con un gancho, Marina vivía una vida paralela en la pantalla de su teléfono.
Ocho horas diarias en TikTok. Cuatro horas en Instagram. Compras online: cosméticos, ropa nueva, un perfume caro.
Viktor sacó las fotos de la escena del crimen, pero las mantuvo boca abajo. No quería mostrárselas todavía. Quería entender la mente detrás del horror.
—Hablemos de las inspecciones —dijo Viktor—. Los vecinos se quejaron en marzo. Oyeron llantos. Golpes.
Marina sonrió levemente. Una sonrisa de suficiencia.
—La gente es entrometida. No tienen vida propia.
—Los servicios sociales vinieron. Dos veces.
—Y no encontraron nada —interrumpió ella con orgullo—. Mi casa estaba limpia. Mis hijos estaban limpios.
Viktor sabía la verdad ahora. La reconstrucción de los hechos había revelado la astucia macabra de Marina.
Era una actriz. Una maestra de la manipulación.
Flashback: Cinco meses antes.
El apartamento olía a lavanda artificial. Marina había rociado ambientador por todas partes. Había sacado a Sophia y Dennis del baño una hora antes. Los había lavado con agua fría, frotando la suciedad de sus pieles pálidas hasta dejarlas rojas. Les había puesto ropa limpia, dos tallas más grandes para ocultar la delgadez que empezaba a marcar sus costillas.
—Escuchadme bien —les había susurrado, apretando sus pequeños brazos con fuerza—. Si decís una palabra, si lloráis, si le decís a la señora que tenéis hambre, os volveré a meter en el baño y esta vez apagaré la luz. ¿Entendido?
Sophia, con los ojos grandes y aterrorizados, asintió. Dennis, demasiado débil para entender del todo, simplemente imitó a su hermana.
Cuando la inspectora llegó, vio una escena de postal. Fruta fresca en un frutero (fruta que los niños tenían prohibido tocar). Juguetes esparcidos estratégicamente.
—Están muy callados —había comentado la inspectora, mirando a los niños sentados rígidamente en el sofá.
—Son muy educados —respondió Marina con una sonrisa dulce—. Les enseño a comportarse cuando hay visitas.
La inspectora tomó notas. “Condiciones satisfactorias. Madre cooperativa. Caso cerrado”.
Fin del Flashback.
—Los entrenaste —dijo Viktor, volviendo al presente. La repugnancia le quemaba la garganta—. Los entrenaste para ser cómplices de su propia tortura.
—Los eduqué —corrigió Marina.
—¿Por qué, Marina? —Viktor se inclinó hacia adelante—. Tienes dinero. Tu madre te enviaba dinero cada mes. Vimos las transferencias. Diez mil grivnas. Doce mil. Tienes un trabajo. No eres pobre. Podías haberlos alimentado.
Marina suspiró, visiblemente aburrida de la conversación.
—Estaba cansada, inspector. Usted no lo entiende. Los niños… pesan. Son una carga. Quería descansar. Quería estar tranquila.
—¿Tranquila? —Viktor no podía creer lo que oía—. ¿Los mataste porque querías silencio?
—No los maté —dijo ella con una lógica retorcida—. Los dejé allí. Si hubieran querido, podrían haber… no sé. Simplemente dejé de ir.
La “Teoría de la Pobreza” se había desmoronado el primer día. La nevera estaba llena de comida podrida. Había dinero en la cuenta. Había pedidos de ropa de moda llegando a la casa mientras los niños yacían muertos.
No era pobreza. No era locura, al menos no en el sentido legal. Los psiquiatras la habían evaluado durante semanas.
“Narcisismo maligno”, habían susurrado los doctores. “Psicopatía con rasgos disociativos”. Pero legalmente, estaba cuerda. Sabía lo que hacía. Sabía que estaba mal. Y lo hizo de todos modos porque priorizaba su comodidad momentánea sobre la vida de sus hijos.
Viktor finalmente dio la vuelta a las fotos.
La primera mostraba la puerta del baño con el gancho puesto. La segunda, el interior.
—Míralos —ordenó Viktor.
Marina miró. Su expresión no cambió.
—Sophia trató de proteger a Dennis —dijo Viktor, su voz rompiéndose—. La encontramos abrazada a él. Le dio su parte del pan. Encontramos migas en la boca del niño, pero no en la de ella. Ella murió de hambre antes que él para intentar salvarlo. Una niña de cinco años tenía más instinto maternal que tú en toda tu miserable vida.
Por un segundo, solo un segundo, Marina pareció incómoda. Se ajustó el cuello de la camisa.
—¿Puedo tener mi teléfono ahora? —preguntó—. Necesito revisar mis mensajes.
Viktor se levantó de golpe. La silla chirrió contra el suelo. Salió de la sala antes de hacer algo de lo que se arrepentiría.
En el pasillo, se apoyó contra la pared y respiró hondo. El caso estaba cerrado. Tenían la confesión, tenían las pruebas, tenían la cronología.
Pero había algo que la ley no podía arreglar.
La imagen de esa mujer, sentada en la cocina, rodeada de comida, deslizando el dedo por una pantalla brillante, mientras al otro lado de una puerta fina, dos almas se apagaban en la oscuridad, arañando la madera, esperando a una madre que nunca vendría.
Esa imagen perseguiría a Viktor hasta la tumba.
El monstruo no tenía colmillos ni garras. El monstruo tenía una cuenta de TikTok y una indiferencia absoluta.
PARTE 3: EL VEREDICTO DE HIELO
El día del juicio, el cielo sobre la ciudad era de un gris plomizo, como si el mismo clima estuviera de luto. El tribunal estaba abarrotado. Periodistas, vecinos, curiosos morbosos. Todos querían ver a la “Madre del Teléfono”.
Marina entró en la sala. Llevaba el pelo suelto. Parecía más joven, más frágil. Si no supieras lo que había hecho, sentirías lástima por ella. Esa era su última carta: la apariencia de inocencia.
La jaula de cristal, el cubículo blindado donde se sentaban los acusados en los juicios de alto perfil, la aislaba de la multitud. Pero no podía aislarla del odio. Se podía sentir en el aire, una electricidad estática de repulsión pura.
El fiscal, un hombre llamado Sergei, comenzó su alegato final. No gritó. No hizo teatro. Solo leyó los hechos.
—El 10 de agosto, Marina Castrova cerró el gancho de la puerta del baño. —Sergei levantó el gancho, ahora una prueba en una bolsa de plástico—. Un simple trozo de metal de cincuenta grivnas. Eso fue todo lo que se necesitó para separar la vida de la muerte.
Proyectó la cronología en la pantalla grande.
Día 1: Los niños lloran. Marina pide pizza. Día 3: Los golpes cesan. Marina compra unos zapatos online. Día 5: Silencio absoluto. Marina renueva su suscripción de música. Día 7: La policía entra. Marina pregunta por qué la interrumpen.
—Ella no estaba loca —dijo Sergei, mirando directamente a los ojos del jurado—. Estaba aburrida. Estaba cansada de la responsabilidad. Y decidió que sus hijos eran desechables. Como un video que no te gusta y deslizas hacia arriba para que desaparezca.
La defensa intentó argumentar enfermedad mental. Hablaron de depresión posparto tardía, de disociación, de una infancia difícil. Pero el informe psiquiátrico era un muro de ladrillos: Sana. Consciente. Fría.
Llegó el momento de la sentencia.
El juez, un hombre anciano con una voz que resonaba como un trueno distante, se ajustó las gafas. Miró a Marina. Ella estaba dibujando algo con el dedo en el banco de madera de su jaula.
—Marina Castrova —dijo el juez—. ¿Tiene algo que decir antes de que dicte sentencia?
La sala contuvo la respiración. ¿Pediría perdón? ¿Lloraría? ¿Gritaría que era inocente?
Marina se puso de pie. Alisó su falda.
—No quería que sufrieran —dijo, con la voz tranquila de quien explica un malentendido menor—. Solo quería… mi espacio. Nunca pensé que pasaría esto. Pensé que… se dormirían.
Un murmullo de horror recorrió la sala. “Pensé que se dormirían”. El eufemismo más cruel jamás pronunciado.
El juez negó con la cabeza lentamente.
—En mis cuarenta años en el estrado, he visto maldad. He visto ira. He visto venganza. Pero nunca he visto un vacío tan absoluto como el suyo. Usted no odiaba a sus hijos. Eso hubiera requerido un sentimiento. A usted, simplemente, no le importaban. Eran muebles que le estorbaban.
—El tribunal la encuentra CULPABLE de asesinato premeditado con extrema crueldad.
El mazo golpeó la madera.
—Cadena perpetua. Sin posibilidad de libertad condicional.
Marina no lloró. Solo asintió levemente, como si aceptara que la reunión había terminado. Mientras los guardias la esposaban para llevarla, ella miró hacia la galería. Sus ojos escanearon las caras llenas de odio, pero no se detuvieron en ninguna. Parecía estar buscando algo más. Quizás estaba pensando en su teléfono, confiscado en una caja de evidencias, preguntándose cuántos likes tendría su historia en las noticias.
Semanas después.
El apartamento 1B estaba vacío.
Los servicios de limpieza especializados habían entrado. Habían tirado las montañas de basura, arrancado el papel pintado manchado, desinfectado el suelo hasta que el olor a productos químicos reemplazó al olor a muerte.
La puerta del baño había sido retirada y destruida.
Viktor, el investigador, volvió una última vez. No sabía por qué. Quizás para cerrar el ciclo.
El apartamento estaba en silencio. Un silencio diferente ahora. No era el silencio pesado y cargado de secretos de antes. Era un silencio hueco, vacío.
Viktor caminó hacia el baño. Ahora era solo una habitación pequeña con azulejos viejos. La bañera había desaparecido.
Se agachó y tocó el suelo donde habían encontrado a Sophia y Dennis.
—Lo siento —susurró al aire vacío—. Siento que el mundo llegara tarde. Siento que nadie escuchara los golpes.
Encendió una pequeña vela eléctrica y la dejó en la esquina. Una luz pequeña, artificial, pero constante.
Al salir del edificio, el sol de otoño brillaba con una claridad dolorosa. Los niños jugaban en el parque de enfrente. Sus risas llegaban hasta la ventana del primer piso.
La vida continuaba. El mundo seguía girando.
Marina Castrova pasaría el resto de sus días en una celda de hormigón de cuatro metros cuadrados. Sin teléfono. Sin internet. Sin sushi. Solo ella y el silencio. Con el tiempo, quizás, el silencio dejaría de ser su aliado y se convertiría en su torturador. Quizás, en la oscuridad de la noche, empezaría a escuchar los arañazos en la puerta. Quizás empezaría a sentir el hambre.
Pero para Sophia y Dennis, el dolor había terminado.
Viktor miró hacia el cielo azul pálido. Imaginó, o quiso imaginar, que en algún lugar más allá de ese techo de hormigón y suciedad, dos niños corrían libres. Libres del hambre. Libres del miedo. Y sobre todo, libres de ella.
El horror había terminado. La redención no era para la madre; la redención era que el mundo finalmente conocía la verdad. Y la verdad, aunque doliera como un cuchillo, era la única forma de limpiar la herida.
Viktor se subió a su coche. Miró el espejo retrovisor una última vez. El edificio gris se encogía en la distancia, una tumba de hormigón que guardaba el recuerdo de la jaula de cristal.
Arrancó el motor y condujo hacia la luz.