
Marcus Thompson no era un aventurero nato. A sus 32 años, su vida en Portland, Oregón, transcurría bajo la lógica del orden, la previsión y la rutina. Trabajaba como ingeniero de software, pagaba sus cuentas puntualmente y organizaba sus vacaciones con la misma precisión con la que revisaba líneas de código. Pero bajo ese exterior metódico latía una necesidad reprimida: escapar de la previsibilidad, vivir algo auténtico, romper la monotonía.
Fue durante uno de aquellos inviernos interminablemente grises del noroeste estadounidense cuando un impulso —casi un accidente emocional— lo llevó a reservar un vuelo a México. Había visto fotos de Oaxaca: los mercados de colores imposibles, las montañas verdes, los rostros curtidos por el sol y la historia. Esa misma noche, sin pensarlo demasiado, compró su boleto.
Marcus se preparó como lo hacía para todo: con minuciosidad. Aprendió frases básicas en español, investigó costumbres locales y leyó sobre la herencia zapoteca. Compró un cuaderno de cuero con la intención de escribir cada experiencia, cada pensamiento. “Quiero recordar este viaje de verdad, no solo en fotos”, le dijo a un amigo antes de partir.
Su familia, especialmente su hermana Sarah, no compartía el entusiasmo. “Nunca has viajado solo”, le advirtió. Pero Marcus estaba decidido. No quería hoteles de lujo ni tours organizados. Buscaba contacto real, conversaciones con gente común, momentos genuinos.
El 3 de junio de 2022, Marcus voló de Portland a Ciudad de México y luego a Oaxaca. Desde el primer momento, se sintió fascinado: los colores, los aromas, la música, todo parecía vibrar con una energía desconocida. Se hospedó en una pequeña posada familiar, la Casa Colonial, atendida por una mujer amable llamada Elena Morales.
Sus días se llenaron de descubrimientos. Desayunaba pan dulce y café en el zócalo, visitaba ruinas zapotecas y mercados rebosantes de vida. Su diario se llenaba de frases emocionadas:
“Caminar por Monte Albán me hizo sentir pequeño, pero también profundamente vivo. Aquí todo respira historia.”
Una tarde conoció a Carmen, una joven mesera que lo invitó a conocer el mercado donde su abuela compraba los ingredientes para el mole. Aquella experiencia lo marcó. Durante horas, aprendió a tostar chiles, a moler especias y a cocinar la salsa negra y espesa que definiría sus recuerdos de Oaxaca. “Esto es lo que vine a buscar”, escribió esa noche. “No solo ver, sino participar.”
El octavo día de su viaje, Raul, su taxista de confianza, le propuso visitar San Martín Tilcajete, un pequeño pueblo conocido por sus tallas de madera alebrijes. Marcus aceptó. En el taller de Roberto, un artesano local, pasó la mañana maravillado con los colores y las formas. Almorzaron juntos. Después, Marcus salió solo a fotografiar una iglesia blanca en lo alto de una colina cercana.
Nunca regresó.
Raul y Roberto pensaron al principio que se había perdido fotografiando, pero al caer la noche, el temor se hizo evidente. Lo buscaron con linternas, llamando su nombre una y otra vez. Las huellas en el camino llegaban hasta la iglesia y luego desaparecían abruptamente, como si Marcus se hubiese desvanecido.
A la 1:00 a.m., llegó la policía. El oficial Miguel Hernández, un veterano de quince años, examinó la escena. “Esto no tiene sentido”, murmuró al observar las huellas que se detenían sin explicación. No había marcas de vehículo, señales de lucha ni rastro alguno.
Al amanecer, llegaron perros rastreadores. Detectaron su olor hasta la mitad del camino… y lo perdieron. “Es como si el aire se lo hubiera tragado”, dijo la sargento Rosa Delgado, jefa de los equipos de búsqueda.
El caso se volvió noticia en toda la región. Los medios locales publicaron su foto bajo el titular: “Turista estadounidense desaparece misteriosamente en Oaxaca.” En Estados Unidos, su hermana Sarah recibió la llamada que nadie desea escuchar.
Durante semanas, decenas de voluntarios, policías y miembros del ejército rastrearon cada colina, cada cueva. Helicópteros sobrevolaron la zona. Nada.
No había cuerpo. No había pertenencias. No había explicación.
Raul fue interrogado varias veces. Su angustia era evidente. “Confiaron en mí para cuidarlo”, dijo entre lágrimas. Roberto y su familia también fueron investigados, pero su reputación y cooperación los exoneraron. Nadie había visto ni oído nada fuera de lo común.
A medida que los días pasaban, la desesperación crecía. La familia Thompson viajó a México. Su madre suplicó públicamente ayuda:
“Mi hijo vino aquí porque amaba su cultura. Alguien debe saber algo. Por favor, ayúdenos a traerlo a casa.”
Sin embargo, la realidad era devastadora: no había una sola pista que guiara la búsqueda. Las teorías se multiplicaron. Algunos hablaban de un secuestro; otros, de un accidente o incluso de fenómenos sobrenaturales. Pero las pruebas eran inexistentes.
Tres meses después, el caso fue archivado como “abierto sin resolución”. Pero el misterio no se detuvo ahí.
En el cuarto que Marcus había ocupado, la dueña del hotel encontró su diario escondido entre las sábanas limpias. En sus últimas páginas, escritas la noche anterior a su desaparición, había frases inquietantes:
“Hay algo en este lugar que no puedo explicar. Los lugareños evitan hablar del cerro detrás de la iglesia. Dicen que no se debe caminar allí al caer el sol. Pero mañana quiero verlo. Tal vez entienda lo que sienten.”
El diario fue entregado a la policía, pero nunca se reveló públicamente su contenido completo. Algunos agentes afirmaron, en privado, que las últimas líneas parecían describir una sensación de ser observado.
Hasta hoy, nadie sabe qué ocurrió con Marcus Thompson. Su caso permanece abierto. En San Martín Tilcajete, los vecinos aún dejan flores frente a la iglesia. Dicen que, en las noches sin luna, algunos turistas afirman ver destellos de una cámara fotográfica entre los árboles… y la silueta de un hombre mirando el horizonte, como si todavía buscara la historia que nunca pudo contar.