Cuando el olvido borra un amor y el corazón recuerda

El sonido sordo de las ambulancias en la noche rompió la quietud del pequeño hospital junto al acantilado. Las olas golpeaban las rocas abajo, arrojando espuma iluminada por faros intermitentes. En una sala con luz amarilla cálida, una chica yacía, inconsciente, con vendajes que surcaban su frente y mejillas. A su lado, su madre sostenía su mano con ojos de agonía, mientras un joven con rostro pálido y mirada suplicante se acercaba a la puerta, respirando con dificultad.

Ese joven, Diego, había sostenido la mano de ella segundos antes del accidente: un coche que se estrelló violentamente. Cuando despertara, esa chica no sabría quién era él. Lo más cruel no era el dolor físico: era la pérdida de todo lo que ella había sido hasta ese momento.

Se llamaba Eva. Tenía veintidós años, ojos color avellana, melena oscura que caía ondulada sobre sus hombros. Diego, su novio desde hacía dos años, había planeado con ella una escapada hacia la costa para celebrar el aniversario. Pero la carretera serpenteante, la lluvia y la velocidad lo convirtieron en tragedia.

Cuando Eva abrió los ojos, su mundo se llenó de confusión. Sentía angustia, inseguridad. ¿Quién era ella? ¿Dónde estaba? Sentía un dolor en la cabeza como si alguien arrancara su propio pasado. Y lo más devastador: no reconocía el rostro del joven que la observaba con lágrimas contenidas al pie de su cama.

Durante los primeros días, Eva vivió trasladada entre nebulosas mentales. Los médicos le dijeron que tenía amnesia retrógrada: había perdido recuerdos previos al accidente. Podía recordar cómo caminar, comer, hablar, pero no su propia vida reciente. Incluso su nombre era un eco difícil. Los documentos y decisiones de su madre la devolvieron al mundo: “Te llamas Eva”, “este es tu hogar”, “este joven es Diego”. Pero para ella todo era nuevo, ajeno.

Diego acudía cada día. Llevaba cartas que había escrito, fotos suyas juntos: ellos en conciertos, caminando por calles empedradas, compartiendo risas. A veces, hablaba de su primer beso, de ilusiones, de planes de futuro. Pero Eva solo escuchaba una historia, no su vida. Sentía que él hablaba de una desconocida.

Aun así, algo en su mirada la conmovía: había ternura, cariño, una calma dolorosa. En momentos breves, Eva sentía un estremecimiento al leer un mensaje suyo. Le hallaba familiaridad en lo desconocido. Pero tras un parpadeo, el reconocimiento desaparecía. El mundo la envolvía como si despertara a una vida que no había vivido.

La madre de Eva, Carmen, insistía con amabilidad: “También puedes empezar de nuevo, Eva. Diego es el amor que te dio fuerza”. Pero Eva temblaba: ¿Cómo amar a un extraño? Se culpaba por herirlo con su indiferencia temporal. Le escribía notas que decía: “No quiero hacerte daño”, “No me obligues a amar sin saber quién eres”.

Diego no desistía. Con paciencia infinita, estaba junto a ella en sesiones de fisioterapia, caminatas por jardines del hospital, escuchaba música que antes les gustaba. Trataba de despertar algo: un sabor, un olor, una melodía. En una tarde gris, le llevó un collar que él le regaló. Al ver ese colgante, Eva sintió un estremecimiento: una chispa de memoria zonzó en su mente: el rostro imaginado de alguien querido. Pero no fue suficiente para reconstruir todo.

Un día, planearon salir al jardín. Eva, en silla de ruedas, respiró el aire salado contra su rostro, escuchó las gaviotas, vio el mar. Diego a su lado la tomó de la mano. Ella alzó la mirada: por un instante, creyó que su corazón latía por alguien a quien no conocía. “Te llevo al restaurante donde cenamos la primera vez”, dijo él. Ella dudó… pero accedió.

Durante esa cena en un local costero, con luces tenues y música suave, Diego contó anécdotas: su primer viaje juntos, su miedo en aquella noche lluviosa, cómo ella lo consolaba. De repente, Eva interrumpió: “¿Por qué me cuesta tanto creer que alguna vez fui feliz contigo?”. Sus ojos estaban húmedos. Diego tomó su mano con fuerza: “Porque tu corazón aún no reconoce que le pertenezco. Pero lo hará.”

En ese momento, un recuerdo fugaz se incrustó: el eco de una risa suya, su voz diciendo “te amo”. Eva se sobresaltó, apartó la mano. El mundo osciló. “No más”, murmuró. Salió corriendo del restaurante, sintiendo un vértigo interno, una presión en el pecho. Diego la siguió despacio, preocupado.

Afuera, bajo la lluvia ligera, Eva lloraba. “No sé quién soy”, dijo, temblando. Él la abrazó con ternura: “Yo te recuerdo por las dos. Yo podré entender tu miedo, porque te amo”. En ese instante, el clímax: Eva vaciló entre rechazar al desconocido Diego y ceder a su propia necesidad de memoria, de amor.

Esa noche, Eva soñó. En sus sueños vio destellos: ella y Diego caminando por el acantilado, riendo, hablando de promesas; vio una escena que nunca vivió en su conciencia: él le susurraba “yo siempre estaré contigo”, ella lo besaba. Se despertó con un sobresalto, manos sudorosas, el corazón en confusión.

Al día siguiente, Diego le mostró un video que filmó antes del accidente: ella contando un chiste, viéndose feliz. Eva observó la pantalla. Al principio silencio. Luego, su rostro se tornó pálido: sintió como si una luz encendiera su interior. En el minuto final del video, ella y él se abrazaban: Eva vio su propio rostro en puro afecto. Sintió un nudo en la garganta. Lágrimas corrieron. Y entonces sus ojos hallaron los de Diego junto a ella en ese cuarto: “Ese soy yo contigo”, dijo él en voz apenas audible.

Las piezas comenzaron a encajar. Sentimientos olvidados emergieron: celos suaves, risas, caricias. Ella lo abrazó sin pensarlo. El mundo recobró sentido.

Pero no todo volvió de golpe. Aún hay vacíos y preguntas sin responder, pero con esa chispa encendida, Eva estaba dispuesta a reconstruir su pasado con él.

Pasaron semanas después. Eva, aún en terapia, comenzó a recuperar fragmentos: el nombre de su mejor amiga, lugares que visitaron juntos, su canción favorita. Con cada recuperación, Diego la esperaba con una flor, una carta, una sonrisa. La cautela persistía: ella temía otra pérdida de memoria, que todo volviera a borrarse.

Una tarde de otoño, caminaban por la playa. El viento azotaba su cabello, el cielo pintaba tonos dorados. Diego la envolvía en su abrigo. Se detuvieron frente al mar. Él la miró con delicadeza: “¿Sientes algo por mí ahora?” Eva vaciló, el corazón le latía fuerte. “Sí”, respondió al fin, con voz quebrada, “siento que te conozco… y quiero recordarte cada día”.

Y allí, junto al murmullo del mar, él la besó con ternura y gratitud. No era solo un beso para recuperar lo perdido: era uno para empezar de nuevo.

En el horizonte, las olas parecían aplaudir. Eva apoyó la frente contra el pecho de Diego. “Gracias por esperarme”, susurró entre lágrimas. Él la estrechó con fuerza y dijo: “Siempre lo haré, porque tú eres mi hogar”.

Aunque el pasado aún estaba lleno de fragmentos faltantes, su presente cobraba vida con emoción. El olvido no había destruido todo: ni el deseo de amar ni la promesa de volver a ser dos. Con el viento en el rostro y la sal del mar en el aire, caminaban juntos hacia un mañana donde la memoria y el corazón se reencontrarían.

Y en esa unión silenciosa, nacía una nueva historia: hecha de lágrimas, valentía y amor que sobrevive al olvido.

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