
El bosque no tiene voz, pero sabe gritar.
Aquella mañana de junio de 2013, el Bosque Nacional Gifford Pinchot amaneció envuelto en una mortaja de niebla gris. Era una humedad que se filtraba en los huesos, que borraba los senderos y convertía los abetos centenarios en fantasmas vigilantes. Maurine Kelly, de diecinueve años, se puso en pie. No buscaba calor. No buscaba refugio.
Se quitó las botas.
Sus pies, cubiertos solo por gruesos calcetines de lana, tocaron la tierra húmeda. Sus compañeros de campamento la miraron con una mezcla de desconcierto y respeto reverencial. Había algo en sus ojos: una claridad aterradora, una determinación que no pertenecía a este mundo.
—Voy a hacer una caminata —dijo, su voz era un susurro que cortaba el aire frío—. Necesito estar sola. Es un proceso personal.
Tyler, uno de los campistas, sostuvo su taza de café humeante. El calor del vapor era lo único real en ese ambiente onírico. —¿Estás segura, Maurine? No llevas nada. El bosque es traicionero. Ella asintió. No hubo duda. No hubo miedo. Solo una paz que resultaba violenta para los que se quedaban atrás. —Volveré cuando esté lista —sentenció.
Dio el primer paso hacia el este. La niebla se la tragó en segundos. No hubo un adiós, solo el sonido del río Lewis golpeando las piedras y el crujido de las ramas bajo sus pies descalzos.
Esa fue la última vez que el mundo de los vivos escuchó su voz.
El rastro de las migas de pan
A las ocho de la noche, el silencio del bosque ya no era espiritual; era una amenaza. La temperatura cayó en picado, rozando el punto de congelación. El grupo de campistas, ahora presas del pánico, llamaba su nombre hacia la negrura absoluta.
—¡Maurine! —el grito de Tyler se perdió en la inmensidad de quinientas mil hectáreas de vegetación impenetrable.
Nadie respondió. El bosque solo devolvió el eco sordo de los pinos Douglas.
Al amanecer, el operativo de rescate era un despliegue de fuerza bruta contra la naturaleza. Helicópteros, perros, rescatistas veteranos. Robert Marsh, un rastreador con veinte años de cicatrices en el alma, encabezaba la línea. Encontraron las huellas.
—Aquí —dijo Marsh, agachándose sobre el barro—. Calcetines. Camina con paso firme. No está perdida, está siguiendo un mapa que solo ella tiene en la cabeza.
A medida que avanzaban, el misterio se tornaba macabro. A trescientos metros: la botella de agua, vacía, colocada verticalmente sobre una roca plana. Perfectamente equilibrada. Cien metros más allá: la caja de fósforos. Intacta. Ordenada. Como una ofrenda.
—¿Por qué se está despojando de todo? —preguntó un voluntario, con el rostro pálido—. Sin agua, sin fuego… se está suicidando. —No —murmuró Marsh, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con el clima—. Se está vaciando.
El punto de no retorno
El segundo día, el bosque decidió jugar sus cartas. Los buzos peinaron el río Lewis, buscando un cuerpo que no aparecía. Los perros, animales entrenados para no rendirse nunca, empezaron a gemir. Al llegar a la orilla de un pequeño arroyo, el perro líder se detuvo en seco. Se sentó y empezó a aullar hacia el cielo, negándose a cruzar.
Las huellas de Maurine entraban en el agua por el sur. Salían por el norte, marcadas con nitidez en el lodo. Y luego, el vacío.
—Se han terminado —dijo Marsh, incrédulo—. Las huellas… simplemente se detienen aquí.
Miró a su alrededor. No había rocas donde saltar. No había ramas bajas de las que colgarse. Era como si Maurine Kelly hubiera dado un paso fuera del barro y hubiera ascendido, o como si la realidad misma hubiera sufrido un desgarro en ese punto exacto.
—Es imposible —susurró el sheriff Sullivan por la radio—. Nadie se desvanece en el aire. —Dígaselo a este bosque —respondió Marsh, mirando la espesura donde la luz del sol no lograba tocar el suelo.
El círculo y el cuchillo
A dos kilómetros de las últimas huellas, en un claro que se sentía como el altar de una iglesia olvidada, encontraron el último vestigio.
El cuchillo multiusos estaba clavado en la tierra. Vertical. El mango hacia el cielo. Cerca de él, un círculo perfecto de vegetación aplastada. No había rastro de lucha. No había sangre. Solo una presión uniforme, simétrica, como si algo inmenso y invisible hubiera descendido sobre la hierba.
Marsh se arrodilló dentro del círculo. El aire allí se sentía pesado, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara. —Ella estuvo aquí —dijo Marsh—. Pero ya no era Maurine.
El 19 de junio, la búsqueda oficial murió. Las autoridades archivaron el caso bajo la etiqueta de “desaparición sin resolver”. Una frase fría para un misterio que quemaba.
Patricia Kelly, la madre, se quedó en el borde del bosque, con el corazón destrozado pero los ojos fijos en la maleza. —Mi hija no ha muerto —decía a quien quisiera escucharla—. Ella encontró el silencio que buscaba. El bosque se la quedó porque ella se entregó voluntariamente.
El eco eterno
Diez años han pasado. El Bosque Gifford Pinchot sigue allí, hambriento y majestuoso. Los campistas modernos caminan por los senderos, riendo, sin saber que bajo sus pies el secreto de Maurine Kelly sigue latiendo.
Hay quienes dicen que, en las noches de neblina espesa, si te quedas muy quieto cerca del río Lewis, puedes escuchar algo. No es el viento. No es un animal. Es el sonido de unos pasos suaves, rítmicos, de alguien que camina en calcetines sobre las hojas secas.
Son los pasos de una joven de diecinueve años que decidió que el mundo era demasiado ruidoso y que la única forma de llenarse era desaparecer por completo. El bosque no devuelve lo que toma, pero a veces, en el susurro de los pinos, te permite saber que ella sigue ahí, caminando eternamente hacia el corazón de lo invisible.
Maurine Kelly no se perdió. Maurine Kelly llegó a su destino.