La Ley de la Gravedad: El Secreto de Cyher Hawk

Parte I: La Invisibilidad del Acero
El aire en el puesto avanzado Haven no solo olía a diésel y tierra húmeda; olía a olvido. La sargento Maris Kingcade caminaba entre las tiendas como una anomalía en el sistema. Invisible. Eficiente. Perfectamente desechable. Durante ocho meses, su fusil había sido un adorno, una extensión inerte de su hombro que los demás Rangers miraban con un desdén mal disimulado. Para ellos, Maris era un error administrativo, una “especialista en mapas” que ocupaba un lugar en el equipo de élite sin haber quemado un solo cartucho en combate.

Las botas de Maris no hacían ruido. Ni un crujido en el lodo, ni un roce en la grava. Su control motor era absoluto, casi inhumano. Mientras los soldados jóvenes reían y los veteranos como el sargento Silas Grey mascaban tabaco con la mandíbula tensa, ella evaluaba. Ángulos. Trayectorias. Humedad. El mundo para Maris no eran personas, eran vectores.

—Kingcade, te vas con Lock al punto de observación. Vigilancia pasiva. Nada de heroísmos —ordenó Grey sin mirarla. Su tono era una bofetada de indiferencia.

Maris solo asintió. No necesitaba validar órdenes que ya había procesado. El cabo Evan Lock, un muchacho de veinte años con la piel aún sin curtir por el miedo, le sonrió con una arrogancia frágil.

—Apuesto cien dólares a que hoy tampoco disparas, sargento —le dijo Lock a Pike, un Ranger corpulento que ajustaba sus placas de cerámica. —Hecho —gruñó Pike—. Si dispara, tú lavas mi equipo un mes.

Maris los escuchó, pero su mente ya estaba en el bosque Blackwood Thicket. Revisó su rifle. Cerrojo, gatillo, seguro. Desmontó el cargador y tocó cada bala con la punta de los dedos, como si estuviera contando los latidos de un corazón que aún no se detenía. A las 07:00, los catorce Rangers se tragaron la luz del día al entrar en la espesura. El bosque era un laberinto de raíces como serpientes y un silencio que pesaba en los pulmones. Los pájaros habían callado. La muerte estaba escuchando.

Parte II: La Ecuación del Caos
A las 09:47, la realidad se fragmentó. El primer disparo arrancó la corteza de un árbol junto a Mercer; el segundo casi le vuela la cabeza a Pike. Cincuenta hombres contra catorce. Una emboscada quirúrgica que cerró las rutas de escape en segundos. El radio estalló en un coro de estática y pánico.

—¡Estamos rodeados! ¡Necesitamos apoyo! —gritaba Grey mientras intentaba mantener una línea que se desmoronaba como ceniza.

En el risco, Maris no se inmutó. Sus ojos, fríos como el cristal, ignoraron los disparos cercanos. Su mirada escaló la colina opuesta, recorriendo mil metros de distancia hasta un punto casi invisible entre la vegetación.

—El peligro real está en el risco a las once —dijo con una voz plana que cortó el aire. —No veo nada, sargento —balbuceó Lock, con el sudor nublándole la vista. —Están montando una PKM. Si disparan, el pelotón muere.

Lock ajustó su zoom al máximo. Entonces los vio: cinco siluetas grises ensamblando una ametralladora pesada. Estaban a una distancia que desafiaba las leyes de la física. —Es imposible —susurró Lock—. El viento, la caída… nadie hace ese disparo.

Maris ya no era la sargento silenciosa. Era Cyher Hawk, un fantasma de la Delta Force despertando de un largo letargo. Calculó la rotación de la tierra. Sintió la presión del viento contra su mejilla. Exhaló, vaciando sus pulmones hasta que su pulso fue un murmullo lejano.

—Cinco disparos —sentenció ella—. Si fallo uno, todos mueren. Anuncia mis impactos.

El primer tiro fue un latigazo seco. El retroceso golpeó su hombro con brutalidad, pero ella ni parpadeó. Tres segundos después, el artillero enemigo colapsó hacia atrás. —¡Impacto! —gritó Lock, con la voz quebrada.

Segundo disparo: el observador cayó antes de gritar. Tercer disparo: el cargador fue alcanzado en plena huida. Cuarto disparo: el tirador de apoyo se desplomó. Quinto disparo: el líder del grupo enemigo fue borrado del mapa. Cinco balas. Tres segundos. Mil metros de distancia.

—¿Qué… qué demonios eres tú? —susurró Lock, mirando a la mujer que acababa de redefinir lo posible. Maris recargó con la frialdad de una máquina. —Primero terminamos esto.

Giró el rifle hacia el flanco izquierdo. Empezó a disparar con el ritmo de un metrónomo de muerte. Uno, dos, tres líderes enemigos cayeron. El pánico cambió de bando. Los atacantes, creyendo que se enfrentaban a un batallón de francotiradores invisibles, comenzaron a retroceder. En un gesto de poder absoluto, Maris disparó a los pies del último comandante enemigo, levantando tierra a centímetros de sus botas. El hombre entendió el mensaje: Estás vivo porque yo lo permito. Huyó sin mirar atrás.

Parte III: El Peso de la Verdad
La batalla terminó en diecinueve minutos. Catorce hombres regresaron; ninguno en una bolsa de lona. Cuando Maris bajó del risco, el pelotón no la miró con duda. La miraron con un temor sagrado, como se mira a una deidad que acaba de descender para evitar un sacrificio.

—Cuatro hombres están vivos gracias a ti —murmuró el médico Mercer, con las manos aún rojas de sangre ajena. —Sargento —intervino Pike con voz ronca—, conté veintitrés disparos. ¿Falló alguno? Maris lo miró a los ojos. El silencio pesó más que el plomo fundido. —No.

De regreso en el campamento, el Teniente Coronel Everett Shaw la esperaba. Había leído su archivo: las partes que no estaban bloqueadas por niveles de seguridad presidencial. —Lo que hiciste no es entrenamiento convencional. Eso es Cyher Hawk —dijo Shaw—. ¿Sigues activa para ellos? —Depende de si los Rangers necesitan que siga viva, señor.

La advertencia desde arriba fue clara: “No vuelvas a romper las leyes de la física con testigos”. Maris fue trasladada a la jefatura de francotiradores. Se convirtió en mentora de Evan Lock, quien ahora tomaba notas con una devoción religiosa.

Una tarde, mientras el sol teñía las montañas de púrpura, Pike entró en su oficina. Dejó un sobre sobre el escritorio. Dentro había un billete de cien dólares y una nota arrugada: “Perdí la apuesta, pero gané algo mejor: saber que alguien como tú está de nuestro lado”.

Maris guardó el billete en un cajón, junto a sus pocos recuerdos. Por primera vez en ocho meses, algo dentro de ella se relajó. Había revelado su secreto más peligroso, había sacrificado su anonimato, pero había salvado trece vidas. Y para Cyher Hawk, esa siempre fue la única ecuación que importaba. La precisión no es solo matemática; es saber cuándo una vida vale más que un secreto.

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