
La Sierra Madre no tiene piedad. Es una bestia de piedra caliza que duerme bajo el sol abrasador y despierta con el viento helado de la noche.
Mateo “El Gato” Velázquez no le tenía miedo. La respetaba, sí, pero miedo no. Creció escalando las paredes de La Huasteca antes de aprender a andar en bicicleta. Era un chingón de la montaña. Un tipo duro, de pocas palabras, que conocía cada grieta del Cañón del Eco.
Por eso, cuando su vieja camioneta Nissan apareció abandonada en la entrada de la brecha “El Nido del Águila”, con las llaves puestas y una torta a medio comer en el asiento del copiloto, su hermana Valeria sintió un frío que no tenía nada que ver con el clima.
Sintió la muerte.
—Mateo no deja comida —dijo Valeria al oficial de la Guardia Nacional, con la voz temblando pero los ojos secos—. Y Mateo nunca deja las llaves.
La montaña estaba en silencio. Un silencio pesado, denso, que olía a resina y tierra seca. Y en algún lugar allá arriba, entre los picos que arañan el cielo, la verdad estaba esperando.
La Búsqueda Desesperada
Era el 10 de octubre cuando Mateo subió. Dijo que iba a probar una ruta nueva en el “Pico del Fraile”, una aguja de roca que los locales miran con recelo. —Regreso para la carne asada del domingo, flaca —le prometió a Valeria, dándole un beso en la frente.
El domingo llegó y se fue. El lunes trajo el pánico.
Protección Civil desplegó todo lo que tenía. El Comandante Riquelme, un hombre con la piel curtida por el sol y demasiados rescates fallidos en su memoria, organizó las cuadrillas. Helicópteros del estado zumbaron sobre los cañones como mosquitos molestos. Perros rastreadores aullaron en los barrancos.
—¡Mateo! —los gritos de los voluntarios rebotaban en las paredes de piedra, multiplicándose en un eco burlón.
Tres días después, encontraron su campamento base. Una tienda pequeña, bien montada. Unas latas de atún vacías. Todo en orden. Mateo había dormido allí. Había despertado, se había puesto su equipo y había caminado hacia la pared vertical.
Y ahí se acababa el rastro. Como si la Virgen le hubiera dado alas o el Diablo se lo hubiera llevado al infierno.
Pasaron diez días. Luego veinte. La esperanza se fue marchitando como las flores que Valeria dejaba en la entrada del sendero.
—Señorita —dijo Riquelme una tarde, quitándose la gorra con pesar—. Ya no estamos buscando a un hombre vivo. La sierra es muy grande y el cuerpo… a veces la sierra no devuelve lo que toma.
Valeria se negó a aceptarlo. —Mi hermano es terco como una mula, Comandante. Si alguien puede aguantar, es él.
Pero Mateo no aparecía.
El Ojo de Dios
Pasaron dos meses. El caso se enfrió. Los periódicos locales dejaron de publicar su foto en la portada.
Pero Javier Montes, un chavito de San Pedro con aspiraciones de cineasta y un dron de alta gama, no había olvidado la historia. Le obsesionaba la idea de que un experto como “El Gato” simplemente desapareciera.
El 12 de diciembre, Día de la Virgen, Javier decidió subir. No iba a caminar. Iba a volar.
Se estacionó lejos, donde nadie lo molestara. El sol de invierno pegaba fuerte sobre la roca gris. Encendió el control, persignó al aparato y lo lanzó al aire.
El dron zumbó, subiendo metros y metros, más allá de donde llegan los turistas, más allá de donde llegan las águilas. Javier dirigió la cámara hacia la “Pared Norte”, un muro liso y traicionero que nadie en su sano juicio intentaba escalar solo.
Buscaba grietas. Buscaba colores que no fueran piedra.
Durante dos horas, solo vio el vacío. La inmensidad de la Sierra Madre que hace sentir al hombre pequeño e insignificante.
—Nada… —murmuró Javier, a punto de dar la vuelta. La batería marcaba 15%.
Y entonces, un destello.
Algo que no encajaba. Una mancha azul oscuro en un mar de gris y ocre.
Javier detuvo el dron en el aire. El corazón le empezó a latir en la garganta. Acercó la imagen. Los píxeles se definieron.
—No mames… —susurró, sintiendo que las piernas le fallaban—. No puede ser.
Ahí, en una repisa minúscula, colgado en medio de la nada, a trescientos metros del suelo y cien de la cima, había un hombre.
La Espera Eterna
La imagen era brutal. De una tristeza que rompía el alma.
Mateo estaba sentado. Parecía tranquilo. Tenía la espalda apoyada contra la roca, como si estuviera descansando después de una larga caminata. Su arnés seguía puesto. La cuerda colgaba a su lado, cortada, bailando con el viento seco.
Estaba atrapado.
Javier grabó, con las manos temblando. Mateo había caído o su cuerda se había roto, dejándolo varado en esa cornisa del tamaño de una banca de parque. Sin poder subir. Sin cuerda para bajar.
Lo más desgarrador no era la muerte. Era la vida que hubo antes.
La posición de sus manos, cruzadas sobre el regazo. La forma en que había acomodado su chamarra para protegerse del frío nocturno. Mateo había estado vivo allí arriba.
Había visto los helicópteros. Había escuchado, tal vez, los gritos lejanos. Había visto las luces de la ciudad de Monterrey brillando a lo lejos por la noche, tan cerca y tan inalcanzable.
Había esperado.
Javier bajó el dron a toda velocidad, lo metió en su mochila y corrió hacia su coche marcando el 911. —¡Lo encontré! ¡Está en la Norte! ¡Manden a todos!
El Rescate en el Abismo
La noticia corrió como pólvora. “Encontraron al Gato”.
Cuando Valeria vio el video en la tablet del Comandante, se tapó la boca para no gritar. Ahí estaba su hermano mayor. Tan solo. —Estuvo esperándonos —dijo ella, con lágrimas cayendo sobre la pantalla—. Mira cómo está sentado. No se rindió, Riquelme. Se sentó a esperarnos.
El operativo de recuperación fue una locura. El Grupo de Rescate Alpino de Nuevo León tuvo que pedir apoyo a escaladores de élite. La pared era inestable, “roca podrida” le llaman. Un paso en falso y los rescatistas se irían al mismo abismo.
Tardaron seis horas en llegar a él.
Beto, el líder del equipo de rescate y viejo amigo de Mateo, fue el primero en descolgarse hasta la repisa. El viento golpeaba con fuerza allá arriba.
Beto se aseguró a la pared y miró a su amigo. El cuerpo de Mateo estaba momificado por el sol y el aire seco. Su rostro miraba hacia el horizonte, hacia la salida del sol.
—Qué onda, Gato —susurró Beto, con la voz quebrada por el nudo en la garganta—. Perdón, hermano. Perdón por tardarnos tanto.
Con un cuidado ceremonial, como si estuvieran manejando a un santo, metieron el cuerpo en la camilla rígida.
El Regreso a Casa
Abajo, al pie de la montaña, se había juntado una multitud. Familiares, amigos, curiosos y prensa. Había un silencio religioso, solo roto por el sonido de las radios de Protección Civil.
Cuando la camilla tocó tierra firme, Valeria rompió el cerco de seguridad.
No le importó el protocolo. No le importó la prensa. Corrió hacia la bolsa naranja. Se tiró al suelo, abrazando el cuerpo inerte de su hermano, manchándose la ropa de polvo y tierra.
—¡Ya llegaste! —lloraba, un llanto profundo, de esos que duelen de escuchar—. ¡Ya estás aquí, cabrón! ¡Ya descansa!
El Comandante Riquelme, un hombre que nunca lloraba, tuvo que darse la vuelta y limpiarse los ojos con el dorso de la mano.
En la cámara GoPro que recuperaron del casco de Mateo, encontraron la respuesta final.
No había videos de pánico. No había despedidas llenas de terror. Había un último video, grabado al atardecer de su tercer día en la cornisa. Mateo, con los labios partidos y la voz débil, enfocaba la puesta de sol sobre la Sierra Madre.
—Está bien bonito —se le escuchaba susurrar, con una calma que helaba la sangre—. No se preocupen, jefa. No se preocupen, flaca. Aquí la vista es de reyes. Si me toca, me toca. Los quiero un chingo.
El Eco en la Montaña
Hoy, en la entrada del cañón, hay una cruz de hierro forjado clavada en la roca. Siempre tiene flores frescas y veladoras.
Los escaladores pasan por ahí y tocan la cruz antes de subir. Es un ritual. Un respeto.
Mateo Velázquez no desapareció en el olvido. Gracias a un dron y a la terquedad del destino, su historia se convirtió en leyenda.
Nos recordó que la montaña es hermosa, pero cobra peaje. Y nos enseñó que, incluso en el momento más oscuro, cuando estás solo en una repisa fría esperando la muerte, el espíritu mexicano no se rompe. Se sienta, mira al horizonte, y aguanta con dignidad hasta el último suspiro.
Valeria tenía razón. Él no perdió. La montaña solo se lo quedó porque necesitaba a un guardián allá arriba.