DOCE AÑOS EN EL LIMBO: CÓMO UN DRON ENCONTRÓ LA CAMIONETA OXIDADA DE LA FAMILIA SALAZAR Y REVELÓ LA VERDAD OCULTA POR EL DESIERTO DE COAHUILA

En el vasto y silencioso norte de México, donde el desierto de Coahuila se extiende implacable, hay secretos que la tierra solo revela cuando está lista. Es un territorio que guarda con celo las historias de aquellos que un día partieron y jamás regresaron. La tragedia de la familia Salazar, campesinos honestos de un pequeño ejido a las afueras de Cuatro Ciénegas, es una de esas crónicas suspendidas en el tiempo que, durante más de una década, fue apenas un expediente empolvado. Esta historia es el relato de su desaparición y del milagro tecnológico que, 12 años después, comenzó a desentrañar un doloroso misterio.

La familia vivía una vida humilde pero digna. Don Héctor Salazar, de 52 años, trabajaba la tierra con sus manos encallecidas, mientras su esposa, Doña Elisa, vendía tamales. Sus hijos eran Ramiro, un joven de 19 años que ayudaba en el campo, y Lucía, la pequeña de 11, con trenzas largas y el sueño de ser maestra. Su única posesión valiosa era una vieja camioneta Ford Roja de 1998, gastada, pero esencial en esas tierras polvorientas.

El sábado 14 de abril de 2012, la familia abordó la camioneta. Iban a visitar a Doña Carmen, la madre enferma de Elisa, en un rancho alejado a 60 kilómetros. Era un viaje rutinario, por un camino de terracería solitario, pero conocido. Don Héctor le dijo a un vecino que regresarían antes del anochecer. Pero la noche llegó, y luego el domingo, y el lunes, y la camioneta roja nunca apareció. En aquellos años, Coahuila estaba inmersa en una época oscura, marcada por la operación de grupos criminales que no dudaban en tomar rutas rurales, y el miedo era una sombra constante.

La angustia se apoderó del ejido. Don Vicente y Don Martín, vecinos de la familia, recorrieron el camino una y otra vez, buscando señales de un accidente, pero el desierto había borrado cualquier rastro. La indiferencia inicial de las autoridades municipales solo profundizó la frustración de la familia, que sentía gritar en el vacío. Semanas después de la desaparición, los familiares y un equipo de rastreadores locales, pagados con el poco dinero que Doña Carmen pudo reunir, peinaron cientos de kilómetros cuadrados. Encontraron una pieza de tela roja enganchada en un arbusto, posiblemente de la camisa de Ramiro, pero la policía la desestimó como prueba. Los rumores sobre enfrentamientos armados y secuestros en la zona crecieron, pero las autoridades, abrumadas por una oleada de miles de desapariciones, archivaron el caso. Los Salazar se convirtieron en una estadística.

El tiempo que siguió fue un calvario de dolor suspendido para Doña Carmen, quien se instaló en la casa vacía de su hija, manteniendo intactos los objetos de la familia, como si en cualquier momento pudieran regresar. Ella sobrevivió a infartos y a la desesperación, aferrada a la esperanza de encontrar a sus nietos. Cada cumpleaños, cada Navidad, eran recordatorios del vacío y de la incertidumbre. El caso de los Salazar se sumió en el olvido, una tragedia más en el panorama nacional.

Pero en 2024, 12 años después, la tecnología irrumpió en el silencio. Un joven voluntario, Daniel, que colaboraba con un colectivo de búsqueda utilizando un dron, sobrevolaba una zona remota al sureste de Cuatro Ciénegas. Entre la densa maleza y los matorrales, el dron capturó una imagen inconfundible: un destello metálico, rojo y oxidado. Era una camioneta, casi devorada por la vegetación que había crecido durante años, oculta a la vista desde tierra.

Tras verificar las coordenadas, el equipo de búsqueda y la Fiscalía Estatal se dirigieron al punto. El lugar era extremadamente remoto, y tuvieron que caminar varios kilómetros entre espinas y rocas para llegar. Ahí estaba, la Ford Roja, modelo 1998, con la placa confirmando que era la de Don Héctor Salazar. En el interior, entre el polvo y los escombros, encontraron una pequeña mochila escolar rosa con cuadernos y una identificación de la escuela primaria a nombre de Lucía Salazar. La certeza fue un golpe brutal para la familia.

La inspección forense de la camioneta reveló que la familia había estado allí, pero no había restos humanos. La pregunta que atormentaba a todos era: ¿Dónde están los cuerpos? La búsqueda se intensificó con perros especializados y tecnología de radar. Finalmente, a unos 300 metros de la camioneta, los perros detectaron un área donde la tierra parecía removida. La excavación cuidadosa reveló restos humanos, aunque incompletos. Las pruebas de ADN tardaron dos meses, un lapso de agonía que consumió la salud de Doña Carmen.

En octubre de 2024, llegaron los resultados: los restos correspondían a Don Héctor Salazar y Doña Elisa. El análisis forense confirmó que ambos fueron víctimas de violencia extrema, presentando fracturas en cráneo y costillas compatibles con agresiones con objetos contundentes, y que habían sido enterrados apresuradamente. La teoría más sólida era que la familia se había topado con un retén ilegal operado por grupos criminales, siendo asesinados por ver algo que no debían, o simplemente por ejercer un control territorial brutal.

Sin embargo, el dolor era incompleto. Los restos de los hijos, Ramiro y Lucía, no fueron localizados. Esto dio paso a la teoría más aterradora, pero a la vez, la única con una pizca de esperanza: fueron llevados por los agresores. Ramiro, de 19 años, pudo haber sido reclutado a la fuerza, y Lucía, de 11, pudo haber sido víctima de las redes de trata de personas que operaban en la región. La familia se aferró a esta posibilidad, difundiendo imágenes actualizadas de cómo se verían los jóvenes ahora.

La tragedia alcanzó su punto final con la sepultura de Don Héctor y Doña Elisa en noviembre de 2024. Don Vicente y Don Martín cargaron los féretros, y en el de Doña Elisa, se colocó una fotografía de Ramiro y Lucía, un símbolo de que la madre no se iría sola. Doña Carmen, demasiado débil para asistir, falleció tres semanas después, a los 76 años, con el rosario en la mano y las fotografías de sus nietos junto a ella. Murió con la convicción inquebrantable de que debía seguir buscando. Su lápida, cerca de su hija y yerno, lleva la inscripción que resume su vida: “Nunca dejó de buscarlos, nunca dejó de amarlos.”

Hoy, el caso Salazar está prácticamente estancado. La investigación oficial sigue abierta por los hijos desaparecidos, pero sin pistas nuevas. Ramiro y Lucía se han unido a las más de 100,000 personas desaparecidas en México, una cifra que refleja un dolor nacional. La historia de esta familia es un recordatorio de la fragilidad de la vida, de la impunidad rampante, y de la resistencia de aquellos que, como Doña Carmen y los colectivos de búsqueda, se niegan a ser indiferentes. El desierto reveló parte de su secreto, pero el destino de los dos hermanos sigue siendo un interrogante doloroso. La camioneta oxidada, ahora evidencia forense, es el último mudo testigo de un día normal que se convirtió en una pesadilla inolvidable.

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