
Un Domingo Cualquiera que se Convirtió en Pesadilla
La tarde del 14 de marzo de 2016 parecía un domingo más en el centro comercial Perisur, al sur de la Ciudad de México. El ambiente estaba cargado del bullicio típico de las familias, el olor a comida rápida y el aire acondicionado luchando contra el calor primaveral. Entre la multitud caminaba Sofía Ramírez, una niña de 11 años con una playera rosa de unicornio y una mochila morada, acompañada de su madre, Patricia. Después de una tarde de compras y helado, ambas se dirigieron al estacionamiento del sótano 2 para regresar a casa.
Lo que sucedió a continuación desafió toda lógica. Mientras caminaban hacia su auto, Patricia se adelantó unos pasos para buscar las llaves. Sofía, distraída con su celular nuevo, la seguía de cerca. Pero en el instante en que Patricia abrió la cajuela y volteó, su hija ya no estaba. En cuestión de segundos, en un pasillo vigilado y aparentemente seguro, Sofía se había evaporado.
El Misterio de la Cámara y la Parálisis de la Investigación
El pánico de Patricia alertó a la seguridad casi de inmediato, cerrando el lugar y desplegando una búsqueda masiva. Sin embargo, al revisar las grabaciones, el horror se intensificó. Las cámaras captaron a madre e hija caminando, pero justo en el segundo exacto de la desaparición, la imagen sufrió un “salto” inexplicable, un fallo técnico de tres segundos. Cuando la imagen regresó, el pasillo estaba vacío.
Durante semanas, la policía investigó a la familia, al personal y a los visitantes, pero no había rastro, ni testigos, ni pistas. Sofía se había convertido en un fantasma. El caso se enfrió, dejando a unos padres destrozados que terminaron separándose bajo el peso insoportable de la culpa y la incertidumbre. El expediente se cerró oficialmente tres años después, dejando a Sofía como una estadística más de las desapariciones en México.
La Notificación Imposible
Siete años después, el 14 de marzo de 2023, Patricia, ahora viviendo sola y sumida en una melancolía permanente, recibió una alerta en su celular que detuvo su corazón. Una antigua aplicación de localización familiar, vinculada al número de Sofía que llevaba años inactivo, le envió un mensaje: “Sofía conectado a la red”.
El dispositivo se había encendido durante apenas 18 segundos, pero fue suficiente para triangular una ubicación: un terreno baldío en los límites de Tlalpan y Xochimilco. Patricia, temblando, contactó a la fiscalía. El investigador David Cortés, quien recordaba el caso con amargura, decidió seguir la pista, aunque parecía una locura técnica o una broma cruel.
El Hallazgo en el Terreno Baldío
Al llegar a las coordenadas, la policía encontró un terreno lleno de maleza. No había nada a simple vista, hasta que descubrieron una vieja puerta metálica en el suelo, oculta entre la vegetación y asegurada con un candado nuevo y brillante que contrastaba con el óxido del entorno.
Tras obtener una orden judicial y romper el candado, los agentes descendieron a un antiguo aljibe subterráneo. El aire estaba viciado y húmedo. En una esquina, cubierto de polvo, yacía el teléfono de Sofía. En la otra, su pequeña mochila morada. No había nadie allí, pero la evidencia forense contaba una historia perturbadora: huellas recientes y restos biológicos indicaban que alguien visitaba ese lugar con regularidad.
El Ritual Macabro
El análisis del teléfono reveló un patrón que heló la sangre de los investigadores. El dispositivo no se había encendido por casualidad. Los registros internos mostraron que, durante los últimos siete años, el teléfono había sido encendido exactamente cada 14 de marzo, el aniversario de la desaparición.
Alguien había estado bajando a ese agujero, cargando el teléfono y encendiéndolo brevemente como parte de un ritual anual de remordimiento o trofeo. Pero en 2023, el responsable cometió un error fatal: dejó que el dispositivo se conectara a la red el tiempo suficiente para enviar la ubicación.
Gracias a testimonios de vecinos que habían visto una camioneta de mantenimiento estacionada en la zona en esas fechas, la policía identificó un vehículo con el logotipo de una empresa de plomería. El rastro llevó directamente a Jorge Alberto Mendoza, un ex empleado de mantenimiento de Perisur.
La Confesión del Monstruo Invisible
El cateo en la casa de Mendoza fue definitivo. Encontraron planos de las cámaras de seguridad del centro comercial, las herramientas usadas y un diario lleno de recortes sobre el caso de Sofía. Acorralado, Mendoza confesó.
Su relato fue escalofriante por su frialdad y planificación. Admitió haber desarrollado una obsesión con la niña al verla en el centro comercial. Como técnico de mantenimiento, él mismo había manipulado el cableado de la cámara para que fallara intermitentemente, creando la ventana de tiempo perfecta. Aquel domingo, aprovechó esos tres segundos ciegos para someter a Sofía con cloroformo, ocultarla en un carro de servicio y sacarla del edificio sin levantar sospechas.
La mantuvo cautiva en el aljibe durante casi dos semanas. Sin embargo, al darse cuenta de que no podría mantener su fantasía de “rescatarla” y ser su padre, y ante el temor de ser identificado, tomó la decisión más cruel. Le suministró sedantes en una bebida y terminó con su vida mientras ella dormía. Luego, enterró su cuerpo en una zona boscosa del Ajusco.
Mendoza guardó el teléfono y regresaba cada año para encenderlo, castigándose a sí mismo con el recuerdo de lo que había hecho, sin saber que ese mismo acto sellaría su destino.
Justicia y Despedida
Gracias a las coordenadas proporcionadas por Mendoza, los restos de Sofía fueron recuperados, permitiendo a Patricia darle una sepultura digna y cerrar el capítulo más doloroso de su vida. Mendoza fue sentenciado a 60 años de prisión, pasando el resto de sus días aislado con sus propios demonios.
Este caso, que comenzó con un misterio tecnológico y terminó revelando la oscuridad de la mente humana, nos recuerda que la verdad es persistente. Aunque pasen los años y se intente enterrar bajo tierra, siempre encuentra una grieta por donde salir a la luz. Patricia, lejos de la ciudad que le arrebató todo, finalmente encontró la paz, sabiendo que su hija ya no era una incógnita, sino un recuerdo que por fin podía descansar.