Mateo tenía once años y toda su vida había transcurrido entre edificios altos, semáforos interminables y el ruido constante de automóviles que parecían nunca dormir. Había nacido y crecido en la ciudad, acostumbrado al wifi rápido, a los videojuegos, al sonido de los teléfonos móviles y a la seguridad de un supermercado a la vuelta de la esquina.
Pero aquel verano sería distinto. Sus padres, agobiados por el trabajo, decidieron enviarlo al pueblo, a casa de los abuelos, durante las vacaciones escolares. Al principio, Mateo se resistió con todas sus fuerzas: “¿Qué voy a hacer yo en un lugar sin internet?”, protestó. Sin embargo, nada cambió la decisión.
El viaje fue largo. El autobús dejó atrás los edificios grises y se adentró en caminos rodeados de árboles, campos abiertos y montañas lejanas. El silencio era tan profundo que Mateo se inquietaba. Cuando al fin llegaron, lo recibió el olor a tierra húmeda y el abrazo cálido de la abuela Rosa, seguido por el apretón de manos firme del abuelo Julián. La casa era de adobe, con techos bajos y un patio lleno de gallinas.
La primera noche, Mateo apenas pudo dormir. El canto de los grillos lo mantenía despierto. Extrañaba su cama blanda, la luz azul de su tablet, el zumbido del aire acondicionado. El campo le parecía un exilio forzado.
Los días siguientes fueron un aprendizaje constante. La abuela lo despertaba temprano con chocolate caliente y pan recién horneado. “Aquí el sol no espera a nadie”, le decía. Mateo fruncía el ceño: en la ciudad, las vacaciones significaban dormir hasta tarde.
El abuelo lo llevaba a acompañarlo en sus labores. Mateo, al principio, odiaba aquel polvo que se le pegaba a la ropa y el sol que parecía quemarle la nuca. “¿Qué gracia tiene sembrar frijoles?”, murmuraba entre dientes. Julián, paciente, respondía: “La tierra te devuelve lo que le das. Aquí todo tiene un tiempo”.
Una tarde, Mateo trató de conectarse a internet con su teléfono, pero no había señal. Frustrado, pateó una piedra y se encerró en el cuarto. La abuela se acercó, sin reproches, y le dejó un cuaderno viejo y unos lápices de colores. “Para que dibujes lo que veas”, dijo con una sonrisa. Sin saber por qué, Mateo empezó a garabatear las montañas.
Poco a poco, los ojos de Mateo se fueron abriendo. Una mañana vio cómo un ternero recién nacido daba sus primeros pasos. Otro día, ayudó a la abuela a recoger hierbas para preparar una infusión que calmaba la tos. También descubrió el río cercano, donde los niños del pueblo saltaban desde las rocas riendo a carcajadas.
Sin darse cuenta, Mateo comenzó a reír con ellos. Ya no extrañaba tanto la ciudad; empezaba a sentir que cada rincón del campo tenía un secreto por contar.
El clímax llegó un día de tormenta. El abuelo Julián, que ya era anciano, trataba de asegurar el techo del granero porque el viento amenazaba con arrancarlo. Mateo, asustado, corrió a ayudarlo. “No, quédate dentro”, gritó Julián, pero el niño insistió. Subieron juntos y, entre relámpagos, lograron sujetar las láminas. Cuando por fin bajaron empapados, Julián lo miró fijamente y le dijo: “Eres valiente, muchacho. Ahora ya eres parte de esta tierra”.
Aquel reconocimiento fue para Mateo como una medalla invisible. Por primera vez, no se sintió un visitante: era familia, era nieto, era aprendiz del campo.
El verano pasó volando. El día de regresar a la ciudad llegó antes de lo esperado. Mateo abrazó a sus abuelos con fuerza, sin querer soltarlos. La abuela le metió en la mochila un frasco de miel y el cuaderno lleno de dibujos. El abuelo, con voz grave, le dijo: “No olvides lo que viste aquí. La ciudad tiene prisa, pero el corazón necesita calma”.
De vuelta en el autobús, Mateo miraba por la ventana los campos que dejaba atrás. Ya no los veía como paisajes vacíos, sino como un libro lleno de historias. Sentía que dentro de él algo había cambiado: un niño que solo conocía pantallas había descubierto que la vida también se escribe con barro, con risas al aire libre, con silencios que enseñan.
Al llegar a su apartamento en la ciudad, la primera noche no encendió la tablet. En cambio, abrió el cuaderno y dibujó a su abuelo bajo la tormenta, sujetando el techo, con él a su lado. Dibujó a la abuela con las manos manchadas de harina, sonriendo.
Mateo supo que esa experiencia no terminaría allí. Prometió regresar cada verano, porque comprendió que en aquel pueblo había encontrado una parte de sí mismo que nunca imaginó. Y, aunque la ciudad volviera a rodearlo con su ruido incesante, llevaba en el corazón el eco del río, el aroma del pan casero y la certeza de que la vida tiene muchos lenguajes, y que él ya había aprendido dos.