
El despacho del notario olía a madera antigua y a papeles olvidados. Alejandro Mendoza se removía en la silla, hojeando por enésima vez los documentos del divorcio que había pedido tras ocho meses de separación. Todo parecía rutinario, un trámite más para cerrar un capítulo doloroso de su vida. Pero el destino tenía otros planes.
La puerta se abrió y allí estaba Victoria. La mujer que había sido su esposa, la madre de sus sueños, la que había compartido cinco años de su vida y que, hasta hace unos meses, pensaba que ya no formaba parte de su mundo. Llevaba un vestido blanco sencillo, con un cinturón dorado bajo el pecho, y su cabello castaño caía en ondas suaves sobre los hombros. Alejandro se quedó helado al verla… y luego su mirada cayó sobre su vientre.
Era enorme. Redondo. De al menos siete meses de embarazo.
—Victoria… —dijo con la voz atrapada en su garganta—… ¿qué… qué es esto?
Ella sonrió, calmada y segura, dejando que la verdad pesara en el aire.
—Es tuyo, Alejandro. —Su tono era firme, decidido, y cargado de algo que Alejandro no podía negar: realidad pura.
El corazón de Alejandro se detuvo por un instante. Ocho meses separados, siete meses de embarazo… un bebé que solo podía ser suyo. Todo el tiempo, todas las discusiones, todas las lágrimas parecían desvanecerse de repente. El despacho del notario, con sus paredes llenas de estanterías y documentos, parecía desvanecerse alrededor de ellos.
—No entiendo… —murmuró Alejandro—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
Victoria respiró hondo y dejó que un instante de vulnerabilidad se asomara en sus ojos.
—Porque no sabía si querías formar parte de esto —dijo—. Pensé que habías seguido adelante. Pero no podía quedarme callada más. Nuestro hijo merece que sepas que existe un padre que lo ama desde ahora.
Alejandro se levantó lentamente, con las piernas temblorosas, incapaz de contener la avalancha de emociones. Se acercó a Victoria y puso su mano sobre su vientre. Sintió el calor, la vida que latía allí dentro, y algo dentro de él se transformó. Un torrente de miedo, amor y esperanza lo invadió a la vez.
—Victoria… yo… —su voz se quebró—. Nunca imaginé esto. Nunca.
—No tienes que decir nada ahora —respondió Victoria suavemente—. Solo quiero que estés aquí, conmigo y con nuestro hijo. Podemos aprender juntos, Alejandro. Eso es lo único que importa.
Alejandro asintió, tragando saliva, mientras se sentaba junto a ella, todavía con la mano sobre el vientre. Por un momento, el mundo pareció detenerse. Los recuerdos de su vida juntos vinieron a raudales: su boda en Toledo, los viajes improvisados a la costa, las noches de conversaciones infinitas, los planes de tener hijos y una vida juntos. Todo parecía tan cercano y a la vez tan distante.
—No puedo creer que… esto esté pasando —susurró Alejandro, con los ojos brillantes—. Pensé que había perdido mi oportunidad contigo para siempre.
—Nunca es tarde, Alejandro —respondió Victoria, sonriendo con ternura—. Nuestro hijo es una oportunidad para empezar de nuevo. Para nosotros.
El notario, que hasta ese momento había permanecido en silencio, carraspeó suavemente.
—Parece que tendremos que posponer la firma del divorcio —dijo con profesionalismo, pero con una mirada que delataba la sorpresa que sentía.
Alejandro rió nerviosamente, y Victoria le tomó la mano con firmeza. Juntos, miraron hacia adelante, hacia un futuro incierto pero lleno de posibilidades. La vida les había dado una segunda oportunidad, y esta vez no la dejarían escapar.
Flashback: cinco años atrás, Alejandro y Victoria se habían conocido en una boda en Sevilla. Él era padrino, ella dama de honor. Una casualidad en la asignación de mesas los sentó juntos y, en esas primeras horas, descubrieron coincidencias sorprendentes: libros favoritos, películas, sueños compartidos de viajar a Japón. Fue un flechazo inesperado, pero profundo.
El noviazgo fue intenso y lleno de aventuras: escapadas a la costa, cenas en restaurantes escondidos, charlas que duraban hasta el amanecer. Dos años después, se casaron bajo un cielo otoñal en Toledo, rodeados de familiares y amigos que aplaudían la pareja perfecta. Los primeros años fueron idílicos; compraron un piso más grande en Chamberí, decoraron su hogar juntos y viajaron cumpliendo los sueños que habían compartido.
Hablaban de tener hijos, de una casa con jardín, de envejecer juntos rodeados de nietos. Pero el tercer año de matrimonio comenzó a cambiar todo. Los malentendidos se hicieron frecuentes, las discusiones crecieron, y pequeñas decepciones se convirtieron en un abismo emocional. Finalmente, decidieron separarse, pensando que sus caminos estaban destinados a dividirse para siempre.
De vuelta al despacho, Alejandro sentía que el pasado y el presente se mezclaban. Cada momento que había compartido con Victoria cobraba ahora un significado nuevo. Sus manos temblaban, pero se mantenían firmes sobre el vientre de ella.
—No puedo creer que vayamos a ser padres —dijo en voz baja, con una sonrisa que mezclaba incredulidad y felicidad—. Esto… esto cambia todo.
—Sí —respondió Victoria, acariciando su mano—. Nos da la oportunidad de hacer las cosas bien esta vez. De enseñarle amor verdadero a nuestro hijo.
Elena, la secretaria del notario, entró en ese momento con un café para cada uno y los miró con una sonrisa curiosa. Alejandro y Victoria intercambiaron una mirada cómplice y tímida. Por primera vez en meses, Alejandro se permitió relajarse.
—Alejandro —dijo Victoria—, sé que esto es mucho para procesar. Pero quiero que sepas algo: no se trata solo de nuestro hijo. Se trata de nosotros. Si queremos, podemos reconstruir lo que teníamos, con más fuerza y más amor que antes.
Él la miró fijamente, viendo la sinceridad en sus ojos, y sintió cómo una paz inesperada llenaba su pecho.
—Quiero intentar —dijo finalmente—. Por nuestro hijo. Por nosotros.
Victoria sonrió y apoyó la cabeza en su hombro. Por primera vez, Alejandro sintió que todo el dolor de los últimos ocho meses había valido la pena. Porque a veces, los regalos más inesperados llegan cuando menos lo esperas, y la vida encuentra la manera de sorprenderte con milagros que cambian todo en un instante.
Mientras el notario preparaba nuevas hojas para que ambos firmaran, Alejandro y Victoria se tomaron de la mano, un gesto simple, pero lleno de promesas. Promesas de amor, de responsabilidad y de un futuro compartido. Afuera, el sol de Madrid brillaba como si celebrara junto a ellos aquel inesperado renacer.
—Vamos a ser padres —murmuró Alejandro, con los ojos brillando—. Nunca imaginé que diría estas palabras y que sentiría tanta felicidad.
—Yo tampoco —dijo Victoria, sonriendo con lágrimas en los ojos—. Pero vamos a hacerlo bien, Alejandro. Juntos.
Y en ese instante, mientras la ciudad seguía su rutina indiferente, ellos entendieron que la vida, a veces, guarda los mejores regalos para los momentos más inesperados. Un bebé que llegaba a unirlos, un encuentro que cambió sus vidas para siempre y la certeza de que, a pesar de todo lo ocurrido, aún existía la esperanza, el amor y un nuevo comienzo.