
En julio de 1995, la familia Turner emprendió un viaje por carretera desde Minneapolis hacia el Monte Rushmore, uno de los monumentos más icónicos de Estados Unidos. Para Sarah y James Turner, el viaje representaba una oportunidad de unión para su nueva familia tras la reciente fusión de hogares. Sus hijos, Ethan de 14 años y Ross de 16, estaban entusiasmados con la aventura. Aquella mañana soleada parecía perfecta: turistas llegaban en masa, los rostros presidenciales se iluminaban con la luz del verano, y los hermanos planeaban recorrer el sendero presidencial para tomar fotos y vivir su propia exploración.
Lo que nadie podía prever es que esa sería la última vez que se vería a los Turner juntos. A las 11:17 a. m., las cámaras de seguridad captaron a Ethan con su chaqueta roja y a Ross con su gorra de los Minnesota Twins. Dos horas después, no regresaron al punto de encuentro. A las 3 p. m., la preocupación se transformó en alarma, y a las 4:45 p. m., un hallazgo estremeció a todos: los mochilas de los chicos aparecieron cuidadosamente colocadas en un banco de un mirador, con la cámara desechable aún llena de fotos felices.
Las autoridades desplegaron un operativo masivo. Más de 60 personas, helicópteros, perros rastreadores y cientos de voluntarios buscaron a los hermanos por todo el parque. Sin embargo, no hubo rastro alguno. Ni un cuerpo, ni una pista clara, solo un par de mochilas abandonadas y una huella que nunca pudo confirmarse.
El misterio rápidamente se convirtió en pesadilla. Los medios nacionales se hicieron eco, la familia suplicó ayuda frente a las cámaras, y miles de personas siguieron de cerca la historia de los dos adolescentes que parecían haberse desvanecido en pleno día. Sin embargo, con el paso de las semanas, la esperanza se apagó. Para finales de verano de 1995, el caso ya era considerado uno de los más desconcertantes de Dakota del Sur.
Durante los años siguientes, la familia Turner vivió atrapada entre la fe y la desesperación. Sarah mantenía intactas las habitaciones de sus hijos, viajaba cada cierto tiempo al parque con la esperanza de que los cambios de estación revelaran alguna pista, y jamás dejó de buscar. La desaparición se convirtió en parte de la memoria colectiva de la zona, alimentando leyendas y conspiraciones. Algunos hablaban de accidentes fatales, otros de secuestros, e incluso surgieron teorías sobrenaturales. Pero la realidad era mucho más siniestra.
En marzo de 2018, mientras se realizaban obras de renovación en las instalaciones del Monte Rushmore, un operario descubrió restos humanos enterrados bajo una antigua zona de vivienda para empleados. Entre la tierra aparecieron objetos que helaron la sangre de los investigadores: un reloj corroído, una gorra de béisbol de los Minnesota Twins y una chaqueta roja. Los análisis confirmaron lo que la familia había temido durante 23 años: eran los restos de Ethan y Ross Turner.
La tragedia no terminó ahí. Junto a los hermanos, aparecieron más objetos pertenecientes a otras personas desaparecidas. Muy pronto, los investigadores conectaron las piezas: alguien había convertido el parque en un escenario de crímenes cuidadosamente planeados.
El responsable resultó ser Dale Mitchell, un supervisor de mantenimiento del parque que había trabajado allí entre 1993 y 2003. Su puesto le otorgaba acceso total a las instalaciones, equipo de construcción y conocimiento detallado de futuros proyectos. Esto le permitió enterrar cuerpos en lugares que más tarde serían cubiertos por obras oficiales, asegurando que permanecieran ocultos durante décadas.
Las pruebas eran abrumadoras. Mitchell había estado presente en cada desaparición registrada en esa década, e incluso había participado en las búsquedas de las víctimas, guiando a equipos lejos de las zonas donde él mismo había enterrado los cuerpos. Su confesión manuscrita, encontrada tras su muerte en 2014, confirmó lo que ya era evidente: era un asesino serial que operó impunemente bajo la sombra de los rostros presidenciales.
En su carta, describió cómo los Turner se habían cruzado accidentalmente con él mientras enterraba otra víctima. Para Mitchell, los adolescentes se convirtieron en un problema que debía silenciar. Los engañó usando su uniforme de empleado, los llevó a una zona restringida y los mató con brutalidad. Sus muertes, rápidas y crueles, quedaron enterradas junto con un secreto que el asesino creyó eterno.
La revelación sacudió a la familia Turner, que finalmente pudo despedirse de sus hijos en un funeral digno. Sarah, con el cabello ya encanecido, colocó la gorra y la chaqueta recuperadas junto a las fotos familiares en un altar. “Al menos estuvieron juntos hasta el final”, dijo con lágrimas en los ojos.
El caso desencadenó un cambio radical en los protocolos de seguridad de los parques nacionales de Estados Unidos. Desde entonces, los antecedentes de empleados son revisados con mayor rigurosidad, las construcciones en parques requieren inspecciones forenses previas y los guardabosques reciben capacitación para detectar comportamientos sospechosos incluso entre sus propios compañeros.
El legado de Ethan y Ross no solo quedó en la memoria de su familia, sino también en la transformación de un sistema que nunca imaginó que uno de los suyos pudiera convertirse en un depredador. Hoy, un jardín conmemorativo en las inmediaciones del Monte Rushmore recuerda a las ocho víctimas identificadas de Dale Mitchell, un recordatorio doloroso de lo que se ocultó durante demasiado tiempo.
La historia de los Turner y del asesino que convirtió un símbolo de libertad en un escenario de terror nos recuerda una verdad incómoda: incluso los lugares más seguros pueden esconder la oscuridad más profunda.