El misterio de los dos chicos desaparecidos en Oregón: las fotos que revelaron su último momento

El verano de 1998 ardía en el este de Oregón con una intensidad que parecía derretir el horizonte. El aire olía a tierra seca y salvia, y el asfalto temblaba bajo el sol. Para Mark Jensen y Kenny Evans, ambos de 18 años, era el último verano de libertad antes de enfrentar la adultez. Mark pronto iría a la universidad; Kenny comenzaría un aprendizaje como mecánico. Antes de tomar caminos distintos, querían una última aventura, algo que quedara grabado en su memoria como el final perfecto de su juventud.

Su plan era simple y clásico: una excursión de cinco días en la naturaleza, acampando en lo más profundo del Bosque Nacional Umatilla, en el corazón salvaje de las Montañas Strawberry. Llenaron la vieja Ford Ranger de Mark con una tienda de campaña, cañas de pescar, comida enlatada, refrescos y promesas de libertad. La madre de Mark, Sarah Jensen, los vio partir desde el porche, agitando la mano mientras un presentimiento frío se instalaba en su pecho.

Debían volver el lunes 20 de julio al atardecer. Pero cuando el sol se ocultó tras las montañas y el sonido del motor nunca llegó, Sarah trató de convencerse de que todo estaba bien: “Habrán decidido quedarse una noche más”. Sin embargo, cuando el martes amaneció sin noticias, su calma se quebró. Llamó a la madre de Kenny, Carol Evans, y ambas intentaron mantener un tono tranquilo mientras el miedo se apoderaba de sus voces.

Esa tarde, Sarah denunció la desaparición. Para el oficial Alan Miller, fue otro reporte más de jóvenes que se pierden de vista por unos días. Pero algo en el tono de aquella madre le hizo tomarlo en serio. Al amanecer, un patrullero recorrió los caminos forestales. La búsqueda comenzó oficialmente.

Durante días, decenas de voluntarios y equipos de rescate peinaron el terreno. Hallaron un rastro de huellas, luego una nevera de camping con restos de comida… y después, nada. El bosque se los había tragado.

Pasó una semana. La búsqueda oficial se redujo. Las familias, sin aceptar la derrota, imprimieron cientos de folletos con las sonrisas de los muchachos sosteniendo una trucha —la última foto que tenían de ellos—. Pegaron esos rostros en gasolineras, postes y supermercados. Pero el tiempo siguió su curso, y el silencio se convirtió en una presencia constante.

La historia pronto se convirtió en un rumor, en una advertencia entre los habitantes de Oregón: las Montañas Strawberry tenían algo extraño, decían. Algunos hablaban de anomalías magnéticas que desorientaban a los caminantes. Otros, de antiguos mineros que desaparecieron sin dejar rastro. También se mencionó la posibilidad más temida: que hubieran cruzado el camino de alguien peligroso.

Dos meses después, cuando la esperanza ya se había vuelto un reflejo doloroso, un cazador encontró algo. Entre los arbustos, colgaba una chaqueta vaquera descolorida. En el bolsillo, un objeto que cambiaría el rumbo del caso: una cámara desechable Fuji QuickSnap.

Sarah Jensen la reconoció de inmediato. Era de Mark. La policía reveló el rollo con extremo cuidado. Las primeras 21 fotos mostraban momentos felices: los chicos junto al río, sonrisas, la camioneta azul aparcada frente a un paisaje majestuoso. Pero las últimas tres imágenes congelaron la sangre de todos.

La foto número 22 era borrosa, tomada desde dentro del vehículo, mostrando solo el tablero y un reflejo en la ventana. La número 23 mostraba el rostro de Kenny, asustado, mirando algo fuera del encuadre. Y la última, completamente oscura, apenas revelaba la llanta delantera de la Ranger sobre un suelo rocoso.

¿Qué estaban viendo? ¿Qué los aterrorizó? Nadie lo supo nunca.

Durante diez años, el caso quedó abierto, pero sin respuestas. El tiempo transformó el dolor en rutina. Sarah dejó intacta la habitación de su hijo, e incluso mantuvo el mensaje de voz que él había grabado en el contestador. Los Evans, incapaces de soportar el vacío, se mudaron a otra ciudad.

La historia se volvió leyenda, un relato contado a los jóvenes sobre los peligros del bosque.

Hasta abril de 2008.

Ese mes, una fuerte tormenta provocó desprendimientos en las montañas. Un grupo de estudiantes de geología exploraba un cañón remoto cuando una joven, llamada Chloe, vio algo metálico sobresalir del barro. Creyó que era chatarra vieja, pero al limpiar la tierra, apareció una forma familiar: el techo oxidado de una camioneta.

El profesor, al reconocer el color azul bajo la capa de óxido, supo inmediatamente lo que habían hallado.

Las autoridades tardaron horas en llegar. La escena era sobrecogedora: el vehículo estaba enterrado en el lecho del cañón, como si hubiera caído en picado. Recuperarlo fue una tarea delicada. Cuando finalmente abrieron la cabina, encontraron los restos de dos cuerpos aún en sus asientos.

Eran Mark Jensen y Kenny Evans.

El anuncio conmocionó al pueblo. Diez años de incertidumbre llegaban a su fin, pero no la pesadilla. La autopsia reveló que ambos murieron instantáneamente por el impacto. Sin embargo, el hallazgo planteó un nuevo misterio: el lugar del accidente estaba a más de 400 metros del camino más cercano. Era imposible que la camioneta hubiera llegado allí por accidente.

El lado del conductor estaba completamente arrancado. ¿Intentó Mark saltar del vehículo en el último segundo? ¿O algo —o alguien— los obligó a huir a ciegas por el bosque?

El viejo oficial Miller, ya retirado, revisó por última vez las fotografías que había guardado durante años. Miró el rostro aterrorizado de Kenny y el caos del último disparo. Imaginó la escena: algo asusta a los chicos, Mark pisa el acelerador, el camión se lanza entre los árboles sin control… y el abismo los engulle.

Quizás un animal salvaje, un oso o un puma, los sorprendió. Tal vez vieron algo más que nunca podremos saber.

En mayo de 2008, el pueblo se reunió para despedirlos. Las familias, por fin, tenían tumbas donde dejar flores. Pero la paz no llegó. El bosque había devuelto los cuerpos, no las respuestas.

Hoy, el caso de Mark Jensen y Kenny Evans sigue vivo en la memoria de Oregón. La vieja Ford Ranger descansa en un depósito policial, oxidada, silenciosa, como un testigo mudo de un misterio que nunca se resolverá.

Las montañas, bellas y crueles, permanecen imperturbables. Y entre el viento y los pinos, algunos aseguran escuchar, de vez en cuando, los ecos de una camioneta azul que parte hacia lo desconocido, repitiendo para siempre aquel último viaje sin retorno.

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