El eco del verano de 2017 aún flotaba en el aire cuando los tres adolescentes desaparecieron sin dejar rastro. Era una mañana como tantas, de esas que comienzan con expectativas simples sin que nadie imagine que la vida puede partirse en dos con un solo paso en falso. Pero para Leewi, Jang Hao y Wang Mei, aquel día sería el final invisible de una etapa y el comienzo de un misterio que devoraría seis años enteros.
La ciudad de Pekín, en su versión más periférica, había sido siempre el telón de fondo de sus vidas. Entre edificios grises y mercados llenos de aromas intensos, los tres jóvenes habían formado un vínculo construido a base de confidencias nocturnas, sueños compartidos y pequeñas rebeldías propias de la adolescencia.
Leewi era el soñador discreto, ese que hablaba poco pero miraba el mundo como si siempre buscara una puerta secreta hacia algo más grande. Tenía dieciocho años y una calma interior que sus amigos solían envidiar. Su amor por la naturaleza lo impulsó a proponer la caminata que marcaría su destino.
Jang Hao, en cambio, era puro movimiento. Alto, desgarbado, eternamente sonriente, tenía el talento peculiar de transformar el miedo en humor y el cansancio en alguna broma absurda. Nadie imaginaba que aquella risa que llenaba los pasillos de la escuela sería recordada después como un eco doloroso.
Wang Mei era la brújula del grupo. Organizada, meticulosa, siempre con un plan alternativo por si algo fallaba. Sus cuadernos estaban llenos de esquemas, rutas, recordatorios y mapas improvisados. Era la responsable sin quererlo, la que revisaba señales, baterías, clima y horarios de autobús.
Cuando decidieron subir por el tramo salvaje de Mutianyu, ninguno de los tres podía prever que la historia se rompería justo en el punto donde la Muralla dejaba de recibir turistas y comenzaba a pertenecerle otra vez a la naturaleza.
La caminata empezó entre risas y una sensación de invencibilidad que solo la juventud es capaz de sostener sin vergüenza. El aire olía a resina y a tierra mojada. La luz filtrada entre las hojas creaba un juego de sombras que parecía bailar sobre el sendero.
Algo, sin embargo, se respiraba en el ambiente. Un silencio extraño que llegaba en ráfagas, como si el bosque estuviera conteniendo la respiración. Pero ellos no se dieron cuenta. Para ellos el silencio era solo parte del paisaje, no una advertencia.
Subieron más y más, alejándose de los gritos de los vendedores, del murmullo del turismo y de las señales de teléfono que desaparecieron con la misma naturalidad con que se pierde una hoja entre la brisa.
En un punto del ascenso, Mei consultó su GPS, pero la pantalla quedó congelada. Lo intentó tres veces. Nada. Jang Hao bromeó diciendo que era “un área prohibida digna de dramas chinos”. Leewi solo sonrió.
Continuaron avanzando hasta llegar a una torre abandonada, cubierta de enredaderas y musgo. El interior estaba húmedo, frío, y olía a piedra vieja, a tiempo acumulado. Se sentaron a comer. Era un descanso merecido.
Fue allí donde ocurrió algo imperceptible. Un sonido breve, como un chasquido metálico, resonó en lo profundo de la torre. No era viento. No era un animal. Era… otra cosa. Una vibración que ninguno supo identificar.
Jang Hao se levantó para inspeccionar, pero la luz dentro del torreón parecía doblarse en los bordes, como si la sombra respirara. Mei sintió un escalofrío. Leewi guardó su móvil. Nadie más habló del tema.
La comida terminó rápido. El sol ya caía en una posición distinta, como si hubiera acelerado su recorrido. El ambiente estaba más frío a pesar del verano. Cuando salieron nuevamente al sendero, el lugar se veía un poco cambiado. Como si hubieran estado allí mucho más tiempo del que creían.
A partir de ese punto, los recuerdos se vuelven difusos incluso en los informes oficiales. Algunos testigos dijeron haberlos visto avanzar hacia un tramo derrumbado. Otros afirmaron haber escuchado voces lejanas que parecían pedir ayuda, pero nadie pudo indicar exactamente desde dónde.
Lo cierto es que no regresaron.
La búsqueda comenzó esa misma noche. Equipos de rescate, drones, perros rastreadores. Nada. Ni mochilas, ni ropa, ni huellas. Solo ausencia. Una ausencia tan absoluta que parecía imposible.
Las semanas se volvieron meses, y los meses se hicieron años. Las familias se quebraron. Los padres de Leewi envejecieron de golpe. La madre de Mei caminaba cada día hasta la parada del autobús donde había despedido a su hija por última vez. El padre de Jang Hao dejó de abrir su puesto de comida.
Pero algo permanecía sin explicación: los móviles de los jóvenes nunca volvieron a conectarse. Ni un registro de señal. Nada. Como si se hubieran desvanecido de la red y del mundo físico al mismo tiempo.
El caso se volvió leyenda urbana. Foros, videos, teorías. Algunos hablaban de grietas temporales. Otros mencionaban zonas prohibidas del ejército. Otros, simplemente, creían que se habían perdido en un área inexplorada.
Nadie imaginó lo que ocurriría seis años después.
Una noche de junio, a las 2:14 de la madrugada, el móvil de la madre de Leewi vibró. Era un mensaje. El remitente era desconocido, pero el contenido era su nombre escrito en el tono exacto que solo su hijo usaba para llamarla.
“Mamá, ¿dónde estás? Está muy oscuro aquí.”
El mensaje se difundió como pólvora. Horas después, la familia de Mei recibió un audio. La voz era de ella. Temblorosa. Entre jadeos. Como si hablara desde un lugar donde el aire faltaba.
“No sé qué día es… pero creo que seguimos en la Muralla. No está como antes. Todo se ve… diferente.”
La policía inició una investigación digital. Los mensajes provenían de un origen imposible: los tres teléfonos aparecían conectados desde una zona sin cobertura, sin torres, sin señales. Un vacío en el mapa.
Esa misma semana, el padre de Jang Hao recibió un archivo de video. Muy breve. Tres segundos. Suficientes para mostrar sombras moviéndose detrás de él. La cara del joven estaba cubierta de polvo. Sus ojos parecían haber vivido años de miedo.
“No vengan. Aquí no es seguro.”
La opinión pública estalló. Los medios exigieron respuestas. El gobierno guardó silencio. Los expertos en redes dijeron que aquello era imposible de falsificar. Los investigadores de campo recorrieron la Muralla una vez más. No encontraron nada.
Pero noche tras noche, los mensajes continuaron. A veces incoherentes. A veces profundamente lúcidos. A veces describían lugares de la Muralla que ya no existían. O que habían sido restaurados siglos atrás.
Los padres escuchaban, lloraban, respondían… pero jamás recibían una contestación directa. Era como si los jóvenes solo enviaran señales desde un punto donde el tiempo no corría en la misma dirección.
La teoría más inquietante nació de un audio que llegó en octubre. Era la voz de Mei, susurrando. “Creo que estamos caminando en un lugar que no pertenece al mapa… La torre donde entramos no era solo ruina. Era una puerta.”
Tras ese mensaje, los tres teléfonos volvieron a apagarse. Silencio total. Como si la Muralla, una vez más, los hubiera absorbido.
Las familias siguen esperando. Las autoridades siguen sin explicaciones. Y la gente que se acerca a Mutianyu asegura que, en ciertos amaneceres, se escuchan voces muy jóvenes llamándose entre sí.
Voces que parecen venir desde detrás de las piedras. Voces atrapadas entre siglos. Voces que aún buscan salir.