El aire en Denali era implacable. Cada ráfaga de viento helado cortaba la piel, y el silencio de los glaciares parecía absorber hasta el último suspiro de quienes se aventuraban allí. Scott Mcandalas, un hombre de 41 años, sentía el peso de su decisión mientras miraba la inmensidad blanca que se extendía ante él. Colorado lo había visto crecer, le había dado familia, trabajo y sueños, pero Alaska le ofrecía algo distinto: un desafío que pondría a prueba cada fibra de su ser.
Durante meses, Scott se había preparado. Había entrenado incansablemente, corrido largas horas, escalado picos en las Montañas Rocosas, y estudiado mapas con precisión quirúrgica. Denali no era un reto para amateurs; el aire se volvía traicionero, las grietas eran trampas invisibles, y la montaña, con sus 6.190 metros, guardaba secretos mortales en cada rincón. Scott lo sabía, y por eso no estaba solo.
Pemba Lakpa, su guía, había llegado desde Nepal años atrás, trayendo consigo la experiencia de múltiples ascensos en el Everest. Su currículum era impecable, y en Anchorage, donde ambos se conocieron por primera vez, Scott sintió confianza. Hablaron de rutas, del tiempo estimado de ascenso, de los campamentos y de la aclimatación que sería crítica para sobrevivir. Todo parecía calculado. Todo parecía seguro.
El vuelo hacia la base en la Cahiltna Glacier fue silencioso, salvo por el rugido del motor del pequeño avión que los transportaba sobre la blancura infinita. Al aterrizar, Scott respiró profundamente; era un olor a frío puro, a hielo que había tardado siglos en formarse, a viento que podía arrancar vidas. Registraron su presencia, revisaron el equipo y prepararon sus mochilas con meticulosa atención. La montaña esperaba, y ellos también.
El primer día de ascenso fue prometedor. Avanzaron lentamente, como marionetas que obedecían los caprichos del viento. Scott sentía sus músculos responder, la respiración adaptándose a la altura, y la sensación de logro mezclada con respeto profundo por lo que les rodeaba. Cada noche, el contacto con la base por radio confirmaba su progreso. Todo parecía marchar según el plan.
Pero el 21 de junio, algo cambió. En su diario, Scott escribió con frustración: Pemba estaba exigiendo $5.000 adicionales. Amenazaba con abandonar la expedición si no se pagaba. Scott se sintió atrapado, confundido, indignado. Había pagado $8.000 por adelantado, bajo contrato. ¿Por qué ahora esta amenaza? Esa noche, mientras la temperatura caía y el viento aullaba, la tensión creció entre ellos, silenciosa, pero tan fría y afilada como el hielo que los rodeaba.
Ese sería el último día que alguien escucharía la voz de Scott. La montaña estaba a punto de guardar sus secretos, y nadie podría prever hasta qué punto.
El 22 de junio, Pemba hizo contacto con la base, pero solo él. “Scott no ha regresado,” dijo con voz tensa, mientras los rescatistas empezaban a movilizarse. Según su relato, Scott había salido en la noche, simplemente para ir al baño, y nunca volvió. La alarma se encendió de inmediato. Los rescatistas descendieron con cuidado, comprobando cada grieta y pendiente, pero el hielo parecía tragarse cualquier pista. Cada paso en Denali era un recordatorio de que allí, la muerte podía aparecer silenciosa, inesperada.
El primer día de búsqueda resultó frustrante. No había rastros de Scott: ni ropa, ni equipo, ni huellas. El viento borraba cualquier señal, y la nieve blanca cubría el terreno con una precisión cruel. La base mantuvo comunicación constante con la expedición, coordinando cada movimiento, cada exploración de grietas y acantilados. Pero la montaña no cedía.
El 25 de junio, el clima empeoró. Una tormenta arremetió con fuerza; la visibilidad cayó a casi cero y la temperatura descendió a -35 °C, con vientos superiores a 100 km/h. La seguridad de los rescatistas estaba en juego. La decisión fue clara: evacuar y esperar a que el clima mejorara. Pemba descendió junto a ellos, narrando su versión: Scott había salido y se perdió en la oscuridad. Todo parecía encajar, aunque un pequeño detalle comenzaba a levantar sospechas.
La familia de Scott llegó a Alaska días después. Su esposa, con el corazón encogido y la mente llena de preguntas, escuchó las condolencias y explicaciones de los rangers y de la agencia de guías. Les dijeron que en Denali, las desapariciones eran frecuentes; las grietas, las avalanchas, el frío extremo. Era peligroso, impredecible, mortal. Pero ella no podía aceptar esa explicación sin más. Quería respuestas, quería buscar hasta el último rincón de la montaña.
Cuando el clima finalmente se estabilizó, se organizó una segunda operación de búsqueda. Helicópteros sobrevolaron la zona, rescatistas rastrearon cada posible ruta y revisaron los campamentos donde Scott podría haber pasado. No encontraron nada. La ausencia de evidencias directas hacía que el caso se volviera cada vez más inquietante. ¿Podría realmente una grieta invisible haberlo atrapado? ¿O había algo más detrás de esa noche fría y silenciosa?
El sheriff del condado de Matanuska-Susitna tomó el caso. Revisión de antecedentes, chequeos financieros, interrogatorios a Pemba. Todo parecía en regla. Sin criminales, sin deudas, sin motivos evidentes para un conflicto extremo. Sin embargo, la última grabación de radio, donde Scott mencionaba la amenaza de Pemba por el dinero adicional, no podía ignorarse. Era un hilo de tensión, una pista sutil que podría encender la investigación.
El misterio de Denali estaba lejos de resolverse. La montaña había reclamado a Scott, pero sus secretos solo comenzaban a salir a la luz. Entre contratos, exigencias, amenazas y silencios helados, algo no encajaba. Y mientras los investigadores buscaban pruebas, la pregunta permanecía: ¿fue un accidente cruel o alguien había planeado que Scott desapareciera para siempre?
Meses después, la montaña parecía tranquila, como si hubiera borrado cualquier rastro de Scott. Sin embargo, en el invierno de 2006, un grupo de alpinistas encontró algo inesperado: un cuerpo colgando boca abajo, congelado, adherido al hielo y atado a la pared de una cueva con una cuerda de escalada. Era Scott. La noticia sacudió a todos. La investigación del sheriff se reabrió inmediatamente.
El examen forense reveló que Scott había estado muerto por aproximadamente dos años. La posición en la que fue encontrado sugería que alguien lo había colocado deliberadamente allí, escondiéndolo de manera casi perfecta. El hallazgo contradijo la versión de Pemba: no había evidencia de accidente ni de caída fortuita. Cada detalle —la cuerda, la ubicación, el aislamiento extremo— apuntaba a que alguien había planificado esta desaparición.
Se reinterrogaron testigos, colegas de Pemba y expertos en montañismo. El historial de Pemba se revisó nuevamente. Aunque en papel parecía impecable, su comportamiento durante la expedición —demandas de dinero, amenazas reportadas, falta de rastreo efectivo— adquirió un nuevo peso. Los investigadores también revisaron comunicaciones, diarios y grabaciones de radio. Los indicios empezaron a formar un patrón inquietante: Scott no había desaparecido por accidente; alguien lo había traicionado.
Los detectives teorizaron que la confrontación sobre el dinero podría haber sido la chispa que desencadenó el crimen. La montaña, con su clima implacable y terreno impenetrable, fue usada como un escondite natural, un lugar donde el crimen parecía imposible de rastrear. Cada paso de la investigación reveló la brutal realidad: en Denali, no solo la naturaleza podía matar.
Finalmente, aunque la evidencia directa contra Pemba no fue concluyente en un juicio formal, su reputación quedó marcada. El caso se convirtió en un ejemplo del lado más oscuro del alpinismo: la confianza extrema depositada en los guías, la vulnerabilidad de los clientes y el peligro de un entorno donde la supervivencia depende de cada decisión. La familia de Scott obtuvo algo de cierre al saber qué le había sucedido, pero el eco de la traición y el misterio de Denali permaneció en la memoria de todos los involucrados.
Denali, la majestuosa montaña, seguía implacable. Cada primavera y verano, nuevos alpinistas se acercan a sus glaciares y crestas, ignorantes de que, entre sus hielos eternos, la historia de Scott permanece congelada, un recordatorio mortal de que la montaña nunca olvida.