Jack siempre había dicho que las historias más extrañas no ocurren en libros o películas, sino en lugares que todos damos por seguros. Maple Street, en pleno centro de Portland, era uno de esos lugares. Para el público, un simple estacionamiento de varios niveles, ruidoso y lleno de coches. Pero para quienes conocían la historia, era un enigma que llevaba oculto más de una década: el nivel B4, un piso que no existía en ningún plano oficial y que ahora revelaba un secreto que nadie podría haber imaginado.
Era un martes por la mañana de marzo de 2022 cuando Miguel Santos, capataz de la demolición del estacionamiento, golpeó con su martillo neumático lo que creía que era una simple losa de hormigón. Un agujero se abrió bajo sus pies y, al iluminarlo con su linterna, vio algo metálico a más de nueve metros de profundidad. Lo que parecía imposible era real: un espacio vacío, limpio y perfectamente conservado, con un Dodge Caravan de 1999 estacionado en el lugar exacto del misterio. La matrícula coincidía con Marcus Holloway, desaparecido hacía 19 años, 4 meses y 12 días. La historia oficial decía que había desaparecido el 14 de octubre de 2003, y nadie jamás volvió a saber de él.
La detective Sarah Chen había visto casos extraños durante sus 11 años en Portland PD, pero nada como esto. Descender a ese nivel B4 era entrar en un mundo detenido en el tiempo. El aire estaba frío, estable, casi limpio. Nada de humedad ni moho; solo polvo gris, tan fino que parecía un velo sobre todo. Las luces fluorescentes colgaban muertas, pero aún podían encenderse gracias al cableado temporal instalado por la cuadrilla de demolición. Cada paso de Sarah levantaba pequeñas nubes de polvo que parecían flotar eternamente en el aire.
El Caravan de Marcus estaba intacto. Las llaves en el encendido, las puertas cerradas desde adentro, todo en perfecto estado, como si Marcus lo hubiera estacionado el día anterior. Dentro, un libro de física sobre el asiento del pasajero y un recibo de Blockbuster Video fechado el 13 de octubre de 2003, el día anterior a su desaparición. No había señales de violencia, ni de lucha, ni de saqueo. Todo parecía estar congelado en el tiempo.
Mientras Sarah documentaba cada detalle con su cámara, su compañero James Rivera examinaba el registro de matrícula dentro de la guantera. “21 años,” murmuró con voz baja. “Estudiante de física en Portland State University. Iba a reunirse con su grupo de estudio el 14 de octubre. Nunca llegó.”
Patricia Holloway, su madre, había vivido con la incertidumbre durante años. Llamadas semanales, luego mensuales, y finalmente silencio. Cuando Sarah le mostró la magnitud del descubrimiento, su rostro se tornó pálido. “¿Me está diciendo que su hijo estuvo bajo este estacionamiento todo este tiempo?” preguntó con incredulidad. Sarah asintió. “Intentamos entender cómo fue posible.”
El equipo de forenses comenzó a revisar el interior del vehículo. Nada fuera de lugar, nada violento. Pero hallaron algo más: una mini cámara de video de principios de los 2000, con la batería agotada, pero la cinta intacta. La conectaron al laboratorio audiovisual, y lo que vieron cambió todo.
La grabación mostraba a Marcus conduciendo por los niveles conocidos B1, B2 y B3, mientras hablaba hacia la cámara. “¿Hola? Probando… Esto funciona,” decía. Su voz estaba cargada de emoción y curiosidad. Luego, algo increíble ocurrió: Marcus giró por un rampa que no existía en los planos, un nivel B4 totalmente desconocido. En el video, el espacio parecía demasiado limpio, demasiado intacto. Marcus sonreía: “Esto es perfecto para mi experimento de láser. Nadie nos molestará aquí.”
Pero el tono cambió rápidamente. Una figura apareció en la distancia, cerca de una puerta de servicio que Sarah y James luego descubrirían. Marcus preguntó: “Hola, ¿es seguridad?” No hubo respuesta. La figura permanecía inmóvil, sombría. La grabación captó el sonido de un golpe metálico, un ruido sordo que cortó cualquier conversación. La cámara cayó dentro del vehículo, grabando únicamente el techo y el silencio absoluto.
Durante cinco días, Marcus intentó encontrar salida. Su cuaderno, hallado después, documentaba cada intento desesperado. Caminó por túneles de mantenimiento, se topó con muros sellados, drenajes olvidados, ramificaciones que llevaban a pasadizos interconectados con la infraestructura subterránea de Portland: tuberías, alcantarillas, túneles de metro inacabados y restos de construcciones clandestinas de décadas pasadas. Cada entrada que encontraba parecía un laberinto imposible, cada ruta llevaba a callejones sin salida.
Los diarios mostraban su deterioro gradual. Intentaba mantener la calma, racionalizar la situación usando su conocimiento de física, incluso recordando las lecciones de su profesor Dr. Morrison: el efecto del observador, cómo la existencia se percibe cuando se es observado. Marcus se preguntaba si, al no existir en los planos ni ser visto, él mismo dejaba de existir. Su esperanza se fue apagando mientras la soledad y la oscuridad lo rodeaban.
Finalmente, en su última entrada, fechada el 19 de octubre de 2003, escribió sobre la tercera ramificación del túnel, la que creía que podría conducirlo a la libertad. Llevaba consigo su mochila, identificación y el cuaderno: “Si no llego, al menos alguien sabrá que lo intenté. Mamá, papá, los amo. Perdón… debería haber ido a la biblioteca como siempre.”
Sarah cerró el cuaderno con cuidado. El caso era más complejo de lo que nadie había anticipado. Los mapas de la ciudad, incompletos y fragmentados, solo añadían confusión: túneles de diferentes épocas, drenajes de los años 50, intentos de metro abandonados, pasadizos clandestinos… Un laberinto subterráneo que parecía diseñado para desaparecer a alguien sin dejar rastro.
James suspiró, abrumado. “Si fue atrapado aquí en 2003, no necesitó terminar ningún recorrido… los planes subterráneos estaban más completos de lo que cualquiera podía saber.”
Sarah asintió. El estacionamiento, los planos, los túneles, la desaparición de Marcus: todo encajaba en un misterio que ahora tenían que desentrañar. Pero la pregunta que los perseguiría era aún más inquietante: ¿cómo alguien construyó un nivel completo bajo un estacionamiento, lo selló profesionalmente y logró desaparecer sin que nadie lo notara durante casi dos décadas?
El descubrimiento de B4 y la historia de Marcus Holloway apenas comenzaban.
El día siguiente, Sarah Chen y James Rivera volvieron al estacionamiento Maple Street, esta vez equipados para algo más que inspección superficial. Trajeron linternas potentes, equipo de medición, cámaras y un plano provisional del nivel B4 que habían reconstruido a partir de la observación directa y los pocos registros históricos disponibles. Nadie sabía exactamente lo que podrían encontrar bajo la ciudad, y la tensión era palpable.
Al descender al nivel B4, el aire parecía más denso, cargado con un olor metálico y a polvo antiguo. Cada paso levantaba una nube gris que flotaba lentamente antes de desaparecer en la penumbra. El Dodge Caravan permanecía en su lugar, intacto, como un monumento silencioso a la desaparición de Marcus. Sarah se acercó al asiento del conductor, revisando la ubicación de la cámara mini DV que había capturado los últimos momentos visibles de Marcus con vida.
—James —dijo, señalando el cuaderno que habían colocado sobre una mesa improvisada—. Necesitamos mapear todo este nivel antes de tocar cualquier cosa. Incluso los túneles que Marcus mencionó pueden estar conectados a otros sistemas subterráneos de la ciudad.
James asintió y encendió su linterna, recorriendo el perímetro. A lo lejos, la puerta de servicio que Marcus había intentado usar todavía mostraba un rastro de polvo arrastrado por ruedas o botas. Nadie había pasado por allí en años, excepto él, o eso creían. Sarah tomó fotografías detalladas de cada marca y anotó coordenadas aproximadas en su tablet. Cada movimiento era meticuloso, como si el lugar mismo demandara respeto.
El cuaderno de Marcus, ahora cuidadosamente guardado en una bolsa de evidencia, contenía un mapa rudimentario de los túneles, con rutas trazadas a mano. Sarah y James intentaron superponerlo con los planos oficiales de la ciudad, pero el solapamiento era casi imposible: los túneles de mantenimiento habían sido modificados, clausurados o ignorados durante décadas. La red subterránea parecía haber crecido orgánicamente, como un laberinto que existía paralelo a la ciudad que todos conocían.
—Mira esto —dijo Sarah, señalando un tramo en el mapa que no coincidía con ningún registro—. Marcus siguió la tercera ramificación del túnel. Aquí debería haber un muro sellado, pero el cuaderno indica que continuaba, descendiendo.
James examinó la pared cercana, iluminando con su linterna. Efectivamente, había un panel metálico viejo, oxidado en los bordes pero con signos de haber sido movido alguna vez. —Podría ser una entrada a los drenajes antiguos —murmuró. El rumor del agua fluyendo muy debajo les confirmó que no estaban equivocados.
Decidieron explorar la ramificación que Marcus había descrito como la tercera, la que él había esperado que condujera a la libertad. El túnel se estrechaba y descendía gradualmente. Cada paso de Sarah y James parecía resonar en las paredes, creando ecos que hacían que el espacio pareciera más grande de lo que realmente era. La humedad era creciente, y el sonido del goteo constante del agua era perturbador. Los techos estaban bajos, con tuberías expuestas y conductos que serpenteaban sin lógica aparente.
Mientras avanzaban, James encontró restos de lo que parecían ser marcas recientes en la suciedad acumulada: pequeñas pisadas que no correspondían al polvo original. —Sarah… ¿crees que alguien más ha estado aquí recientemente? —preguntó con cautela.
—No lo sé —respondió ella, tensando los hombros—. Pero debemos considerar esa posibilidad. La desaparición de Marcus atrajo atención antes, y este lugar no es tan desconocido como creíamos.
El túnel continuó girando y descendiendo, hasta que finalmente llegaron a una bifurcación que coincidía con la descripción del cuaderno: un pasaje a la izquierda bloqueado por escombros y un tramo a la derecha que seguía más profundo. Sarah respiró hondo y encendió su cámara de grabación, mientras avanzaban con cautela. Cada sonido, cada goteo y eco parecía amplificado en la penumbra.
Al final del pasaje derecho, encontraron un tramo más amplio que se abría en lo que parecía un viejo conducto de tormentas. La estructura mostraba signos de haber sido reforzada con concreto moderno en algunas secciones, mientras que otras conservaban ladrillos antiguos y tuberías oxidadas. Fue entonces cuando Sarah tropezó con algo que hizo que su corazón se acelerara: un pequeño contenedor metálico cubierto de óxido, cuidadosamente sellado, yacen parcialmente cubierto por el lodo acumulado.
—James… —dijo ella, señalando—. Esto no estaba aquí antes.
Al examinarlo con más detalle, Sarah notó que las letras grabadas eran similares a las iniciales que Marcus había marcado en su cuaderno. La caja era pequeña, apenas lo suficiente para contener objetos personales, pero su descubrimiento añadía una nueva dimensión al misterio: Marcus no solo había quedado atrapado, sino que alguien había dejado evidencia de su paso o había intentado ocultar información crucial en este túnel.
Mientras Sarah tomaba fotografías, un ruido metálico resonó detrás de ellos. Giraron y no vieron nada. Pero la sensación de ser observados era abrumadora, similar a lo que Marcus había descrito en su última entrada: la percepción de que algo estaba presente sin mostrarse del todo.
—No estamos solos —susurró James, ajustando su linterna—. Este lugar… no se siente vacío.
Sarah asintió en silencio, consciente de que la investigación no se trataba solo de un caso de desaparición antigua, sino de algo que podría involucrar a otros, quizás a quienes habían tenido interés en el nivel B4. Cada evidencia encontrada reforzaba la idea de que Marcus había tropezado con algo que no debía conocer.
Regresaron al nivel B4, registrando meticulosamente cada rincón del túnel y cada marca de pisadas. El contenedor metálico fue cuidadosamente embalado, con la esperanza de que un análisis posterior revelara su contenido y su propósito. La red de túneles era más extensa de lo que podían mapear en un solo día, pero lo que habían encontrado confirmaba que Marcus había estado activo, explorando y documentando cada paso, hasta que la falta de luz y recursos lo dejó atrapado.
Sarah sabía que la clave para resolver el misterio de Marcus no estaba solo en encontrar el nivel B4, sino en reconstruir la red completa de pasadizos que conectaban el estacionamiento con la ciudad. La pregunta que los perseguía era inquietante: si Marcus logró avanzar por los túneles, ¿por qué nadie lo encontró jamás? Y si alguien lo hizo, ¿quién selló la entrada y por qué?
Al final de la jornada, Sarah y James salieron al aire libre con más preguntas que respuestas. El sol se estaba ocultando, y el estacionamiento vacío parecía cobrar una especie de vida propia, como si supiera que los secretos que guardaba comenzaban a ser desvelados. La noche caerá pronto, y con ella, el silencio que Marcus había enfrentado durante años, pero ahora compartido por quienes intentaban entender su destino.
La mañana siguiente comenzó con un cielo gris y pesado, como si la ciudad misma presintiera la gravedad de lo que Sarah y James habían descubierto. Equipados con linternas de alta potencia, radios, cuerdas y arneses, regresaron al nivel B4. La caja metálica que habían encontrado en la bifurcación del túnel estaba asegurada en una bolsa de evidencia, lista para ser trasladada a un laboratorio, pero su mera existencia les recordaba que la investigación apenas comenzaba.
El objetivo de hoy era claro: explorar más allá del tramo de tormenta donde Marcus había dejado sus últimas anotaciones y tratar de mapear la extensión real de los túneles. Sarah había elaborado un plan provisional usando los planos históricos de la ciudad, fotografías aéreas antiguas y el cuaderno de Marcus. Aunque la información estaba incompleta, ofrecía pistas cruciales: drenajes que se extendían bajo el centro de Portland, accesos olvidados, túneles de servicios públicos abandonados y, lo más inquietante, indicios de que ciertas secciones habían sido modificadas recientemente, pese a llevar décadas ocultas.
—Si Marcus realmente siguió este camino —dijo James mientras encendía la linterna—, deberíamos encontrar más evidencia de su paso, tal vez objetos que dejó atrás o anotaciones adicionales.
Avanzaron por el conducto principal, con el eco de sus pasos amplificado por la estrechez del espacio. Cada metro que recorrían les daba la sensación de penetrar en un mundo que existía paralelo al Portland moderno, invisible a la superficie y protegido por años de desinterés o deliberado ocultamiento. La humedad aumentaba, y el aire olía a tierra mojada mezclada con óxido y descomposición metálica.
A medida que se adentraban, Sarah notó algo inusual: marcas de raspaduras en las paredes de ladrillo, como si alguien hubiera intentado borrar símbolos o grabados antiguos. —James, mira esto —dijo señalando los surcos—. No parecen naturales. Alguien estuvo aquí después de Marcus, o incluso antes, pero de manera deliberada.
James examinó las marcas con su linterna. —Podrían ser advertencias. No algo físico que bloqueara, sino simbólico. Alguien podría haber estado tratando de mantenernos alejados, o al menos registrar algo sin palabras.
Continuaron hasta una sección donde el túnel se abría a un espacio más amplio, lo suficiente para que una persona se moviera con facilidad. Allí, encontraron más contenedores metálicos, algunos rotos, otros cerrados herméticamente como el primero. Cada uno parecía haber sido colocado con intención, no abandonado al azar. Sarah tomó fotografías, mientras James analizaba la posición y posibles rutas de escape. Era evidente que alguien había transformado estos túneles en un laberinto funcional, quizás para ocultar secretos más grandes de los que podían imaginar.
—Esto es más que una desaparición —murmuró Sarah—. Marcus pudo haber descubierto algo que no debía, algo lo suficientemente importante como para que alguien sellara el nivel B4 y asegurara que nadie lo encontrara.
Mientras examinaban un pasaje lateral, la radio de James zumbó con interferencia. Los ruidos eran intermitentes, casi como voces distantes mezcladas con estática. Ninguno de los dos podía interpretar con claridad, pero el efecto fue inquietante. —Esto… no es normal —dijo Sarah, tensando los labios—. La ciudad no debería tener interferencias así en un lugar que nunca tuvo señal.
Se adentraron aún más, hasta que el túnel comenzó a descender abruptamente. Los sonidos de goteo se hicieron más intensos y, a lo lejos, escucharon un zumbido mecánico, similar al que Marcus describió en su última entrada. —Lo escuchas, ¿verdad? —preguntó James—. Ese ruido… no es de la ciudad, es del lugar.
Sarah asintió. —Tenemos que documentarlo, pero con cuidado. No sabemos qué lo provoca, ni si alguien más está aquí.
Avanzando con cautela, encontraron un cruce de túneles que Marcus no había podido mapear completamente. Allí, restos de una especie de instalación metálica oxidada se mezclaban con tuberías antiguas, paneles eléctricos parcialmente destruidos y señales de trabajo reciente: marcas de botas, herramientas abandonadas y restos de cinta adhesiva industrial. Sarah recogió un trozo de papel que parecía un fragmento de un plano antiguo, parcialmente desmenuzado. —Esto confirma que alguien ha estado trabajando aquí —dijo, sosteniéndolo bajo la linterna.
—Y no estamos hablando de un proyecto de mantenimiento rutinario —respondió James—. Esto es intencional, diseñado para ocultar algo.
De repente, un sonido metálico resonó detrás de ellos, más cercano que cualquier eco natural. Sarah giró con la linterna, enfocando cada rincón. Nada. El túnel estaba vacío. Pero la sensación de vigilancia se intensificó: sombras que parecían moverse apenas fuera de la luz, un zumbido constante que parecía acompañar sus pasos, y un frío que no se correspondía con la temperatura ambiental.
—James… —susurró Sarah—. Esto no es un laberinto ordinario. Es como si… alguien lo diseñara para confundir a quien intenta entrar. Y Marcus… Marcus no estaba solo en su descubrimiento.
El tiempo pasó sin que pudieran avanzar mucho más. La estructura del túnel se volvió inestable: tramos de ladrillo colapsado, filtraciones de agua y barro, y restos de maquinaria antigua que dificultaban el paso. Decidieron regresar a B4 para planear la siguiente fase de la investigación, sabiendo que habían apenas arañado la superficie de un misterio que podía ser mucho más grande de lo que imaginaban.
De vuelta en el nivel B4, la sensación de ser observados no había desaparecido. Sarah revisó sus fotografías y notas, consciente de que cada hallazgo los acercaba a entender lo que le sucedió a Marcus, pero también a exponerse a riesgos que la ciudad había mantenido ocultos durante décadas.
Mientras salían, el eco de sus pasos resonó en la oscuridad, y el nivel B4 pareció cerrarse sobre sí mismo, como si el tiempo y el espacio allí estuvieran sujetos a reglas diferentes. Sarah y James sabían que no podrían volver a explorar sin prepararse aún más: equipo de comunicación mejorado, planos detallados, y un plan de contingencia para cada eventualidad. La investigación de Marcus Holloway apenas comenzaba, y el nivel B4, con sus túneles y secretos, estaba listo para revelar más de lo que cualquiera podría haber imaginado.
Al día siguiente, Sarah y James regresaron al nivel B4 con un plan más estructurado. Habían traído equipos de iluminación portátiles, cámaras de alta definición y detectores de movimiento improvisados. No podían permitirse improvisar esta vez; los descubrimientos del día anterior habían dejado claro que los túneles subterráneos no eran solo antiguos, sino activos, manipulados por alguien que todavía entendía la geografía oculta de la ciudad.
—Vamos a dividirnos en secciones —dijo Sarah mientras revisaba el mapa provisional—. Yo seguiré el tramo que Marcus describió en su cuaderno, y tú exploras la bifurcación lateral donde encontramos las marcas recientes. Mantengamos comunicación constante.
James asintió, ajustando la linterna a su casco. —Entendido. Cualquier anomalía, avisamos de inmediato.
Avanzaron por corredores que Marcus apenas había esbozado en su último diario. Cada paso amplificaba el eco metálico de sus botas en los muros húmedos. La humedad impregnaba la ropa, y un olor a tierra mezclado con aceite viejo se hacía más intenso mientras descendían. La oscuridad parecía absorber todo sonido, excepto el zumbido intermitente que emergía de lo profundo, constante y opresivo.
Sarah observó marcas en las paredes: símbolos, letras, números que alguien había grabado hace años, parcialmente borrados por la humedad y el óxido. No parecían casuales, sino códigos. Tomó fotografías detalladas, con la esperanza de descifrarlos más tarde. Cada símbolo transmitía un mensaje críptico, como advertencias que se habían conservado para aquellos que se atrevían a adentrarse en la red.
—James, esto no es un simple laberinto de mantenimiento —dijo—. Es un sistema planificado. Y Marcus, de alguna manera, lo descubrió antes de que alguien lo sellara.
James inspeccionaba la bifurcación lateral. Allí encontró restos de cables eléctricos desgastados y pequeñas cajas de metal abiertas, que parecían contener restos de documentación. Entre los escombros, localizó un trozo de cinta de video que parecía coincidir con el formato del mini DV camcorder de Marcus. —Podría ser material que él grabó antes de que la batería muriera —comentó—. Si lo analizamos, podríamos reconstruir sus movimientos con más precisión.
Mientras continuaban, llegaron a una sección donde el túnel descendía aún más, abriéndose a un espacio más amplio. Allí, hallaron restos de maquinaria antigua: engranajes corroídos, motores secos y tubos que goteaban agua helada. La sensación de vigilancia creció, como si cada sombra entre las columnas y las paredes tuviera vida propia.
De repente, un sonido metálico resonó cerca, seguido por un eco de pasos que no coincidían con los suyos. Sarah y James se detuvieron. —No estamos solos —susurró Sarah—.
El silencio posterior era absoluto, excepto por un murmullo lejano, como voces que discutían detrás de una pared metálica. Intentaron acercarse, pero cada movimiento parecía provocar un zumbido mecánico, como si el túnel mismo estuviera reaccionando a su presencia. James activó un detector de movimiento improvisado, pero no mostró presencia humana.
—Tal vez es algún tipo de maquinaria —sugirió James, aunque su tono no convencía—.
Sarah sacó su linterna, enfocando cada rincón. Allí, sobre una losa de metal oxidado, notó marcas recientes de botas, mucho más definidas que cualquier pisada de Marcus. —Alguien ha estado aquí después de él —dijo—. Y no solo una vez, probablemente varias veces.
Avanzaron con cautela hasta encontrar una puerta de servicio parcialmente cubierta de escombros. Sarah limpió la entrada y vio que estaba cerrada con un sistema de pestillos oxidados, pero intactos. —Esto debe ser un acceso que Marcus no logró abrir —dijo—. Si pudiéramos forzarla, quizás encontremos más pistas sobre lo que sucedió con él.
James y Sarah trabajaron en equipo, levantando escombros y utilizando herramientas para abrir la puerta lentamente. Al otro lado, encontraron un espacio más amplio, que parecía una cámara subterránea, con mesas metálicas, archivadores antiguos y pilas de papeles amarillentos. La luz de sus linternas reveló símbolos grabados en las paredes y un rastro de manchas que podrían haber sido tinta, aceite o incluso sangre vieja.
—Esto es… —dijo Sarah, sin poder terminar la frase—, no es un túnel de servicio. Esto es un archivo secreto. Alguien lo estaba usando para almacenar información durante décadas.
Entre los papeles, Sarah encontró planos que describían estructuras subterráneas nunca documentadas oficialmente. Incluían conexiones con otros edificios, rutas de escape y cámaras ocultas. James examinó los archivos con cuidado: —Si Marcus llegó aquí, vio más de lo que imaginamos. Y estos documentos podrían ser la razón por la que desapareció.
Mientras revisaban el lugar, un sonido de arrastre metálico resonó desde la entrada de la cámara. Ambos se giraron, alertas. Nada visible, pero el sonido se acercaba lentamente, como si algo o alguien los estuviera siguiendo, evaluando sus movimientos. La sensación de peligro inmediato los obligó a retroceder hacia la seguridad relativa del túnel principal.
—No podemos quedarnos más tiempo —dijo Sarah—. Esto requiere preparación, equipo adicional y, probablemente, autorización. Pero lo que hemos encontrado confirma algo: Marcus no fue simplemente atrapado por accidente. Alguien lo buscaba, lo monitoreaba y controlaba los accesos a B4.
De regreso a B4, mientras aseguraban la entrada a los túneles, Sarah reflexionaba sobre las implicaciones. Cada hallazgo aumentaba el misterio: documentos secretos, rutas ocultas, marcas de presencia reciente. La desaparición de Marcus ya no parecía un caso aislado; era parte de algo mucho más grande, una red subterránea que la ciudad había mantenido oculta durante décadas.
Al salir del nivel B4, el aire de Portland parecía más pesado, más cargado. Las sombras de la ciudad sobre el pavimento recordaban que debajo de sus calles normales existía un mundo paralelo, donde los secretos podían permanecer enterrados por generaciones, y donde cada descubrimiento podría tener consecuencias que ni Sarah ni James estaban preparados para enfrentar.
Sarah y James regresaron al nivel B4 al día siguiente con más preparación. Habían contactado al departamento de ingeniería y a expertos en estructuras subterráneas para asegurarse de que la exploración fuera segura. La tensión en el aire era palpable; cada paso hacia los túneles de Marcus parecía acercarlos no solo a respuestas, sino a peligros que no podían imaginar.
—Vamos a documentarlo todo —dijo Sarah—. Fotos, video, notas. Si alguien nos está observando, queremos evidencia.
El túnel se extendía como un laberinto bajo la ciudad. Las paredes, húmedas y manchadas de óxido, emitían un olor metálico penetrante. Sarah revisaba cada marca, cada símbolo grabado, mientras James marcaba las rutas con cintas fluorescentes. Cada ramificación tenía un propósito; nada estaba al azar. Los pasadizos parecían diseñados no solo para ocultar, sino también para confundir a cualquiera que se adentrara sin conocimiento previo.
—Mira esto —dijo James, señalando un conjunto de marcas en una pared—. No son aleatorias. Alguien creó un patrón, probablemente un sistema de codificación.
Sarah se inclinó para observar. —Podría ser un mapa de los túneles —murmuró—. Si desciframos este código, podríamos encontrar la ruta que Marcus tomó, o incluso descubrir otros accesos que nadie debería conocer.
Mientras avanzaban, llegaron a la bifurcación que Marcus había documentado en su último cuaderno. Tomaron la rama derecha, siguiendo la trayectoria que él había marcado. Cada paso hacía eco, resonando en el silencio absoluto, y cada sombra parecía moverse a su alrededor. La sensación de vigilancia crecía.
Después de un tramo de unos cien metros, la luz de sus linternas iluminó algo inusual: un conjunto de cajas metálicas selladas, alineadas contra la pared. La corrosión indicaba que llevaban años allí, pero el patrón de instalación sugería intención deliberada. Sarah examinó una de las cajas; estaba cerrada con un mecanismo que no habían visto antes, un tipo de combinación mecánica extremadamente sofisticada.
—Esto no es sólo almacenamiento —dijo James—. Esto es seguridad, deliberada y meticulosa. Alguien no quería que nadie viera lo que había aquí.
Entre las cajas, notaron rastros de pisadas recientes, mucho más recientes que cualquier marca de Marcus. —No estamos solos —susurró Sarah, la voz apenas audible—. Y no han estado aquí por curiosidad.
Continuaron avanzando con extrema cautela, hasta que la bifurcación final los condujo a una cámara más amplia. Allí, la sorpresa los dejó sin aliento: una especie de sala de operaciones improvisada, con mesas llenas de equipos antiguos y documentación. Los papeles estaban organizados de manera precisa, como si alguien hubiera planeado regresar en cualquier momento.
Entre los documentos, Sarah encontró planos detallados de la ciudad subterránea. Incluían mapas de conducciones de agua, sistemas de transporte y, lo más inquietante, rutas secretas que conectaban B4 con varios edificios históricos y abandonados del centro de Portland. Parecía que alguien había construido una red completa bajo la ciudad, cuidadosamente planificada y mantenida en secreto durante décadas.
James revisaba los papeles con atención. —Esto explica cómo Marcus pudo desaparecer sin dejar rastro. B4 no era solo un nivel escondido; era la entrada a una red que nadie debía conocer.
Sarah examinaba más archivos y encontró un cuaderno similar al de Marcus. Estaba fechado en los años posteriores a 2003, y contenía anotaciones sobre un joven estudiante desaparecido en el sistema de túneles. La escritura, aunque diferente, reflejaba patrones similares: rutas, marcas de ubicación, advertencias codificadas. Era evidente que Marcus no había sido la primera persona en encontrarse con esta red.
—Alguien ha estado siguiendo a los que descubren estos lugares —dijo Sarah—. Y Marcus quedó atrapado en el momento equivocado.
Mientras exploraban más, comenzaron a escuchar un zumbido mecánico, similar al que Marcus había registrado en su cámara. Esta vez, sin embargo, era más cercano, más persistente. No parecía un sonido ambiental; parecía dirigido, como si alguien o algo estuviera ajustando los mecanismos a medida que avanzaban.
De repente, un ruido de metal contra metal resonó desde un túnel lateral. Sarah y James se giraron, linternas al frente. Ninguna figura apareció, pero el eco del golpe y la vibración en el suelo eran innegables. —Tendremos que seguirlo —dijo Sarah con firmeza—. No podemos dejar pistas sin explorar.
Se adentraron en el túnel lateral, siguiendo los ecos. Cada paso parecía abrir un espacio aún más profundo, y la temperatura descendió varios grados. Finalmente, llegaron a un punto donde la luz de sus linternas reveló una compuerta metálica. Estaba parcialmente cubierta por escombros, pero las marcas de desgaste indicaban que había sido usada con regularidad.
—Esto es lo que Marcus vio —dijo James—. Y aquí es donde desapareció.
Sarah examinó la compuerta y encontró símbolos grabados similares a los que habían visto en todo el túnel. Era un lenguaje de advertencias, un sistema de control diseñado para mantener a intrusos alejados. —No fue accidente —murmuró—. Esta puerta fue hecha para atrapar.
Ambos intercambiaron miradas. La magnitud de lo que habían encontrado empezaba a hacerse evidente. B4 no era solo un nivel oculto de estacionamiento; era la entrada a una ciudad subterránea secreta, mantenida durante décadas, donde las desapariciones como la de Marcus podrían ocurrir sin dejar rastro. Y lo más aterrador: parecía que alguien todavía controlaba esta red.
Sarah respiró hondo y revisó sus notas. —Tenemos que informar esto de inmediato —dijo—. Pero no podemos confiar en que la ciudad sepa qué hacer. Esto es más grande que la policía, más grande que la ciudad.
James asintió, consciente de que lo que habían encontrado cambiaría su comprensión de Portland para siempre. Cada túnel, cada marca, cada sombra y sonido era una pista de que la red subterránea no solo era real, sino activa. Marcus no había desaparecido en un accidente; había sido absorbido por un mundo oculto bajo la ciudad, un mundo que aún mantenía sus secretos celosamente.
Mientras aseguraban la entrada y regresaban a la superficie, Sarah y James sabían que lo que habían descubierto no era solo un misterio; era un desafío a su comprensión de la realidad, un recordatorio de que bajo la ciudad conocida, existía un reino de sombras, tecnología olvidada y vigilancia silenciosa que aún operaba, invisible para quienes vivían en la luz del día.
Sarah y James regresaron al nivel B4 con un equipo más grande, incluyendo ingenieros estructurales y expertos en seguridad subterránea. La magnitud de lo que habían encontrado en los túneles era demasiado grande para manejarla solos. Había que documentarlo, explorarlo y, sobre todo, entender cómo Marcus Holloway había desaparecido allí hace casi veinte años.
El equipo avanzó por los túneles siguiendo la ruta que Marcus había registrado en su cuaderno. Cada marca, cada símbolo y cada bifurcación coincidía con las notas del joven estudiante. La sensación de vigilancia no disminuía; más bien, crecía a medida que se adentraban en la red subterránea. Las luces de los cascos iluminaban paredes húmedas, tuberías oxidadas y sistemas de drenaje que parecían haber estado activos mucho después de la desaparición de Marcus.
Finalmente, llegaron al tramo que Marcus había marcado como el tercer túnel. Allí, una puerta metálica parcialmente enterrada bloqueaba el paso. Esta vez, sin embargo, estaba abierta. Como si alguien la hubiera dejado para ellos, o como si el tiempo mismo hubiera decidido revelar el secreto.
Sarah y James cruzaron la puerta con extrema cautela. Del otro lado encontraron una cámara más amplia, extrañamente iluminada por un brillo frío proveniente de conductos invisibles. En el centro, un pequeño compartimento de cristal contenía algo que les heló la sangre: un hombre joven, dormido, en un estado de suspensión, con rasgos inconfundibles. Era Marcus Holloway.
—No puede ser… —susurró Sarah, incrédula.
James se acercó y examinó el compartimento. No había signos de daño ni de manipulación reciente; Marcus parecía haber sido colocado allí con cuidado y mantenido en algún tipo de animación suspendida. Un dispositivo pequeño, conectado a conductos de aire y cables finos, mantenía su corazón latiendo y sus funciones vitales estables, aunque en un estado mínimo.
El cuaderno de Marcus estaba allí mismo, cuidadosamente colocado sobre un soporte metálico. Sarah lo recogió con delicadeza y lo abrió. La última entrada había sido escrita justo antes de que fuera atrapado. Su narrativa mostraba que, al seguir el tercer túnel, había descubierto un grupo clandestino que operaba en B4. Personas que mantenían la ciudad subterránea para experimentos secretos, usando tecnología avanzada desconocida incluso para la mayoría de los científicos. Marcus había sido capturado, pero no dañado; su desaparición era parte de un plan que había continuado durante años.
—Esto… —dijo James, sin palabras—. Es un secuestro… o algo más… una conservación.
Sarah asintió. —Y nadie sospechaba nada porque todo estaba bajo la ciudad. B4 fue diseñado para desaparecer a cualquiera que encontrara la red.
El equipo comenzó a trabajar para desconectar los sistemas y liberar a Marcus. Una vez fuera del compartimento, respiró profundamente, como si despertara de un sueño muy largo. Sus ojos se encontraron con los de Sarah y James.
—Yo… —dijo débilmente—… estaba tratando de salir por los túneles. No entendía lo que estaba pasando…
Sarah le explicó brevemente que había sido encontrado y que los túneles habían sido explorados. Marcus, todavía confundido, asintió. El alivio y el miedo se mezclaban en su mirada. Finalmente, pudo caminar nuevamente bajo la luz del día.
Al salir a la superficie, la realidad les golpeó con fuerza. La ciudad seguía igual, ajena a los secretos que había escondido bajo sus calles durante décadas. B4 y la red de túneles quedaban sellados temporalmente, bajo la vigilancia de las autoridades y con planes de investigación exhaustiva. Nadie podría acceder de nuevo sin autorización, y el peligro de la red clandestina se mantenía latente, aunque controlado.
Patricia Holloway recibió a su hijo con lágrimas y abrazos interminables. La noticia de que Marcus había sido encontrado vivo después de 19 años conmocionó a Portland y al país. La historia del nivel B4 y los túneles secretos se volvió viral, dejando preguntas sin respuesta sobre quién los había construido y por qué.
Sarah y James reflexionaron sobre lo ocurrido. Habían resuelto el misterio de Marcus, pero el descubrimiento había cambiado su perspectiva sobre la ciudad y sus secretos. Bajo la superficie, había un mundo paralelo, lleno de tecnología avanzada y vigilancia silenciosa, que funcionaba más allá del alcance de la ley y del tiempo.
En los días posteriores, Marcus comenzó su recuperación, física y psicológica. La experiencia lo había marcado profundamente, pero también lo convirtió en un testigo único de los secretos de Portland. Sarah documentó todo con meticulosidad, asegurándose de que la historia completa quedara registrada.
El nivel B4 permaneció sellado, con la ciudad arriba ajena a la existencia de sus pasadizos y cámaras ocultas. Sin embargo, Sarah sabía que el mundo subterráneo no estaba inactivo. La tecnología y la red de vigilancia continuaban funcionando, y aunque Marcus había sido liberado, no había garantía de que los secretos permanecerían ocultos para siempre.
El misterio de B4 se convirtió en una lección sobre la fragilidad de la percepción humana y sobre cómo la realidad puede ocultarse bajo lo cotidiano. Lo que parecía ser un simple estacionamiento resultó ser una puerta hacia un mundo secreto, una cápsula del tiempo y un experimento oculto, donde la desaparición de un joven estudiante había sido solo el principio.
Mientras Portland continuaba su vida cotidiana, Sarah, James y Marcus entendieron algo esencial: el pasado puede permanecer escondido, pero la verdad, tarde o temprano, siempre encuentra la manera de salir a la luz.