Ofrecí mi Vida a la Criatura del Lago para salvar La de mi madre, pero ella pidió algo más
El frío no era solo una sensación; era un enemigo que se infiltraba en cada fibra de mi cuerpo, calando hasta los huesos y robando cualquier pensamiento que no fuera sobrevivir. Me senté sobre el bloque de hielo, la nieve crujía bajo mi peso, y los dedos ya no respondían. Mis pies eran solo una extensión de ese hielo blanco que me rodeaba. Delante de mí, el agujero en el hielo era un pozo negro y silencioso, un vacío que me devolvía nada. Durante tres días había golpeado su superficie con el hacha, esperando despertar algo, un pez, cualquier señal de vida que pudiera salvar a mi madre. Pero no había ni una espina, ni siquiera un movimiento que diera esperanza. El frío, la oscuridad y el hambre se habían convertido en mi única compañía.
En la cabaña destartalada, mi madre yacía postrada, apenas respirando, con la piel pálida y los labios azulados. Cada minuto que pasaba fuera, buscando algo para alimentarla, sentía que su vida se escapaba. La culpa era un nudo en mi garganta, tan pesado como la nieve que aplastaba mis hombros. Había rasgado el último saco de grano en la casa, solo quedaba polvo mezclado con semillas rotas. Cada vez que miraba hacia ella, sentía la impotencia quemándome desde dentro. No podía permitir que muriera sin intentar nada. Prefería morir congelado, resistiendo este viento que cortaba como cuchillas, que quedarme mirando cómo se apagaba lentamente.
Agarré el hacha y golpeé de nuevo el hielo. Esta vez, no fue un pez lo que surgió del agujero, sino algo que desafiaba la lógica. Una mancha oscura se movió bajo la superficie, pesada, poderosa, haciendo vibrar el suelo donde estaba apoyado. El hielo crujió con un sonido seco, y antes de que pudiera reaccionar, una criatura emergió del agua. No era un animal, no era humana. Tenía escamas azuladas que relucían como el metal mojado, ojos que parecían ver más allá de mi carne, hasta lo más profundo de mi alma. Se quedó allí, inmóvil, y me mostró un pez dorado que brillaba con una luz cálida, intensa, suficiente para calentarme solo con mirarlo. Supe, sin pensar, que ese pez era la vida de mi madre.
El miedo me paralizó, pero la necesidad me hizo hablar. “Por favor… dame el pez. Es para mi madre.” Mi voz sonaba débil, rota por el viento y el frío. La criatura me miró, y entonces habló. Su voz era profunda, extraña, pero clara: “Yo también necesito algo. Necesito tu calor.” Señaló mi pecho y luego la ropa. Comprendí lo que pedía. Con manos temblorosas, me quité la túnica de lana, dejando que el viento cortante golpeara mi piel. Ella extendió sus garras y las apoyó sobre mí. No era un toque; era una toma de vida, un hachazo de frío que me vació los pulmones. Dolía tanto que estuve a punto de desmayarme, pero me quedé firme. Si quería el pez, si quería salvar a mi madre, debía aceptar ese dolor.
Después de unos instantes que parecieron eternos, retiró las garras y caí de rodillas sobre la nieve. El pez dorado brillaba en mis manos, irradiando un calor que atravesaba mi cuerpo adormecido. Corrí hacia la cabaña, sintiendo cada músculo dolorido, cada hueso congelado. Al llegar, encontré a mi madre como siempre, postrada sobre el catre. Sin perder tiempo, arrojé el pez al fuego y cociné su carne. El aroma llenó la cabaña y ella, débil y famélica, abrió los ojos ante la comida. Le di el primer bocado con mis manos, porque no podía levantarla. Cada trozo que tragaba devolvía color a sus mejillas, fuerza a su cuerpo. Para cuando terminó, se incorporó con energía renovada, devorando el resto con hambre animal. Yo me quedé allí, sorprendido y agotado, observando cómo la fiebre desaparecía con el calor del pez.
El amanecer trajo consigo calma, pero no alivio. Mi madre parecía curada, moviéndose por la cabaña como si nunca hubiera estado enferma. Pero la fiebre volvió al mediodía, más rápida y fuerte. La medicina se había agotado y no tuve más opción que volver al hielo. Una vez más, golpeé el agujero hasta que el agua negra apareció. Ella emergió, majestuosa, silenciosa, mostrando que esperaba mi obediencia sin necesidad de palabras. Esta vez no traía el pez, sino una exigencia más aterradora: quería mi primer recuerdo.
Sin pensarlo, entregué la imagen de mi madre cantándome en la cocina cuando era niño. Un dolor agudo me atravesó la cabeza y, al abrir los ojos, la criatura había desaparecido bajo el agua, llevándose ese recuerdo con ella. El pez dorado apareció ante mí y lo agarré, sintiendo su calor contra mis dedos entumecidos. Corrí a la cabaña, preparé el pescado y se lo di a mi madre, quien recuperó la vida de inmediato. Sin embargo, algo había cambiado: su energía era extraña, inhumana, y comenzó a exigir más del pez. Su humanidad se desvanecía con cada bocado, y comprendí que salvarla tenía un costo que no había previsto.
La criatura empezó a exigir cada vez más: alimento, calor, recuerdos, incluso cosas que no pertenecían a mí. Me vi obligado a robar, a mentir y a arriesgarme. Una noche, fui al almacén de Iván para conseguir comida. Los guardias no notaron mi presencia. Cada paso que daba era silencioso, casi invisible. Dentro del almacén, el aroma de la carne y el licor me hizo consciente de la magnitud de lo que estaba arriesgando. Sin embargo, Iván apareció, más grande, más feroz, y me atrapó sin esfuerzo. Me golpeó, me levantó del suelo y me estampó contra la pared. Cada impacto se sentía como nada; el frío absoluto bajo mi piel me había convertido en algo más que humano. Iván retrocedió, horrorizado ante lo que ya no podía tocar ni controlar.
Finalmente, llevé a la criatura al barril del trineo, ocultando a mi madre dentro. El trayecto fue tenso, los caballos nerviosos, los hombres de Iván expectantes. Al llegar al almacén, la criatura se deslizó del barril con rapidez, eliminando a los secuaces que amenazaban nuestra vida. Su fuerza era aterradora, pero no había malicia hacia mí, solo hacia quienes se interponían. Con un movimiento ágil y brutal, salvó a mi madre y me devolvió el pez rojo, el último necesario para restaurar su humanidad.
Coloqué el pez sobre su pecho, y el calor se expandió como un amanecer. Las escamas azules que habían comenzado a cubrir su piel desaparecieron, dejando su cuerpo completamente humano otra vez. Abrió los ojos, me miró y se quedó profundamente dormida en mis brazos. La criatura, en silencio, se despidió, desapareciendo en la nieve. Sabía que habíamos sobrevivido, que el miedo había terminado, pero también entendí que el invierno de aquel lago y sus secretos había cambiado nuestras vidas para siempre.
Los días posteriores al regreso de mi madre a la vida fueron extraños, casi irreales. La cabaña que había sido nuestro refugio ahora se sentía como un lugar suspendido entre dos mundos: el de los vivos y el de la criatura del hielo, el lago que guardaba secretos imposibles de comprender. Cada vez que miraba a mi madre, veía un reflejo de la experiencia vivida, la transformación parcial que casi la consume y la convirtió en algo distinto antes de que pudiera salvarla por completo. Sus ojos eran los mismos, limpios, humanos, pero en ellos había un brillo extraño, una conciencia de algo que yo no podía compartir.
Pasé los primeros días revisando cada rincón de la cabaña, asegurándome de que no quedara ningún indicio de los últimos sucesos. La ropa de mi madre, los utensilios, la leña que habíamos usado: todo parecía normal, pero yo sabía la verdad. Sabía que afuera, bajo el hielo, la criatura todavía existía, observando, esperando, reclamando algún día lo que había dado. Esa certeza era un peso constante sobre mis hombros, un recordatorio de que la vida podía cambiar en un instante y que la muerte acechaba no solo en el frío exterior, sino también en la obediencia a reglas que no comprendíamos.
Mi madre no hablaba de lo sucedido; era como si un velo hubiera caído sobre su memoria de aquellos días en que estuvo transformándose bajo el hechizo del pez dorado. Solo lo recordaba yo: los intercambios, el dolor, el miedo, la entrega de recuerdos y calor humano a cambio de su vida. Cada vez que veía el lago, sentía un tirón en el estómago, una mezcla de fascinación y terror. Sabía que allí vivía algo más allá de cualquier explicación racional, algo que podía decidir el destino de cualquiera que se acercara.
Una mañana, mientras el viento silbaba entre los árboles y la nieve crujía bajo mis pasos, decidí que debía explorar más allá del perímetro conocido, acercarme al borde del lago donde todo comenzó. No podía quedarme encerrado en la cabaña, atrapado por la paranoia. Había sobrevivido antes, y ahora necesitaba entender qué implicaba mi existencia después de aquel pacto silencioso. Me vestí con cuidado, cubriendo cada centímetro de piel expuesta, pero aún así sentí el frío calando hasta los huesos. Cada respiración se transformaba en vapor, flotando ante mí como fantasmas del pasado.
Al llegar al borde del lago, observé el hielo negro, perfectamente liso, pero con un brillo extraño, como si latiera débilmente bajo la superficie. Me senté sobre el hielo, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas en los muslos. El silencio era absoluto, roto solo por el crujir ocasional de la capa congelada. Entonces, lo sentí: un movimiento bajo la superficie, sutil, casi imperceptible, pero innegable. La criatura estaba allí, esperando. No emergió de inmediato; simplemente flotaba, invisible, presente.
“No puedo vivir sin ti, Leo”, susurró una voz que parecía venir de dentro del hielo. No era hostil, pero había un peso en sus palabras, una presión que hacía que mi corazón latiera con fuerza. Sabía que estaba allí, evaluándome, midiendo mi valor, recordándome el precio que había pagado y que todavía debía pagar. Mis manos temblaron mientras apoyaba los ojos en el lago, y sentí una mezcla de miedo y deseo: miedo de perder mi humanidad, y deseo de entender lo que aquella criatura realmente era.
Días después, comenzó a llegar gente al pueblo cercana a la cabaña. Algunos eran comerciantes, otros curiosos, atraídos por rumores sobre la nieve eterna y los peligros del lago. Yo los observaba desde la distancia, siempre atento, siempre preparado para intervenir si algo amenazaba la paz que había logrado. Pero pronto comprendí que no podía aislarme para siempre. La criatura que vivía bajo el hielo no solo estaba interesada en mí, sino que también había dejado rastros de su influencia en mi madre. Cada noche, cuando el frío arreciaba, podía sentir que la vida en su cuerpo respondía de manera extraña: más fuerte, más resistente, pero también más distante, como si su humanidad se hubiera fragmentado en capas que yo no podía tocar.
La primera señal de alarma llegó una noche sin luna. Yo había estado revisando la leña, asegurándome de que la cabaña estaba segura, cuando escuché un ruido extraño proveniente del bosque. Al principio pensé que era un animal, pero el patrón del crujido de las ramas no correspondía a ningún ser conocido. Era deliberado, calculado, acercándose. Mi instinto me hizo tomar el hacha y avanzar hacia el sonido, cada paso tenso, cada respiración contenida. Entre los árboles apareció una figura, cubierta de escarcha, ojos azules brillando con un resplandor extraño. Era ella, la criatura del lago, pero diferente: más imponente, más segura, como si quisiera recordarme que yo no era dueño de la situación.
“No has entendido, Leo”, dijo con voz que vibraba en mis oídos, “tu madre está viva, pero aún está unida a mi mundo. Cada día que pasa sin que tú pagues el precio, su humanidad se diluye. Debes elegir: seguir viviendo en la mentira de la seguridad o enfrentar la verdad y entender el equilibrio entre tu mundo y el mío.” Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Sabía que no podía huir, no podía ignorar la presencia que ahora estaba frente a mí. Cada palabra de la criatura llevaba un peso inhumano, un recordatorio de que mi vida y la de mi madre dependían de un pacto invisible, uno que iba más allá de la lógica y la moral humana.
A partir de aquel momento, cada acción que emprendía estaba condicionada por la criatura. No solo tenía que alimentar a mi madre con los peces dorados que ella traía, sino que también debía obedecer reglas implícitas, gestos, sacrificios de mi propia energía y recuerdos. Cada vez que entregaba un recuerdo, sentía un vacío en mi mente, como si parte de mi identidad se desvaneciera. Mis sueños estaban poblados de agua negra, de escamas azules y de ojos que me miraban con juicio. El frío ya no era solo físico; era psicológico, un recordatorio constante del precio que se pagaba por la vida.
El pueblo cercano comenzó a murmurar sobre desapariciones extrañas, luces que danzaban sobre el hielo, y pescadores que juraban haber visto algo inhumano bajo el lago. Yo sabía la verdad, pero no podía hablar. La criatura me observaba desde la distancia, evaluando mis acciones, midiendo la paciencia de los humanos que no entendían la complejidad del lago. Cada vez que alguien se acercaba demasiado al hielo, sentía la tensión creciente: la línea entre la vida y la muerte se había vuelto delgada, y yo estaba atrapado entre ambos mundos.
Con cada día que pasaba, comprendía que había cambiado. Ya no temía al frío ni al dolor físico. Mis sentidos se habían agudizado, mi capacidad de ver, escuchar y sentir estaba en sintonía con algo que trascendía lo humano. La criatura me había enseñado, sin palabras, que había un mundo bajo el hielo, un lugar donde la supervivencia no dependía de fuerza ni de armas, sino de entendimiento, respeto y entrega. Cada pez dorado que traía no era solo alimento, sino un recordatorio de que la vida humana tenía un precio que iba más allá de lo visible.
Mientras caminaba hacia la cabaña después de cada encuentro con el lago, sentía la tensión creciente entre mi madre y yo. Su humanidad se fortalecía con el pez, pero también cambiaba, se adaptaba a la energía que yo le entregaba y que la criatura controlaba. Su mirada a veces me parecía extraña, distante, consciente de cosas que yo no podía explicar. Sabía que la vida que había devuelto no era gratuita; era un regalo condicionado, uno que me obligaba a mantener un delicado equilibrio entre el mundo humano y el mundo del lago.
Los días siguientes fueron un equilibrio delicado entre la rutina y el miedo. Cada vez que salía al bosque o al lago, sentía la presencia de la criatura, silenciosa, observando, evaluando mis acciones y decisiones. Mi madre parecía recuperada completamente, pero yo sabía la verdad: su humanidad estaba comprometida, sus movimientos eran más precisos y fuertes, pero su respiración a veces se volvía extraña, como si estuviera ajustando su cuerpo a una fuerza invisible. Ya no podía dormir con tranquilidad, porque cada noche el hielo me llamaba con su brillo inquietante, recordándome que el pacto seguía vigente.
Una tarde, mientras recogía leña cerca de la cabaña, escuché el sonido de botas en la nieve que no reconocía. Mi instinto me gritó que alguien se acercaba con intenciones hostiles, y no estaba equivocado. Iván había regresado. No estaba solo; traía consigo dos hombres más, los mismos que habían intentado acorralarme antes, con la mirada llena de codicia y furia contenida. Sabía que buscaban al “tesoro” del lago, la criatura que nos había obligado a pagar precios impensables. Sentí cómo el corazón me golpeaba el pecho, no de miedo, sino de ira contenida y decisión.
Iván no perdió tiempo con palabras. “Leo”, dijo, su voz cortante y firme, “el lago no te pertenece. Ese monstruo que llamas amiga nos debe a todos. Traerás a esa cosa hasta mí, o tu madre pagará por tu insolencia.” Pude ver cómo su mano se cerraba en torno a un cuchillo, y cómo sus hombres se preparaban para interceptarme si intentaba escapar. Sabía que no podía pelear contra ellos directamente; mi fuerza humana no bastaría. Pero ahora comprendía algo que ellos ignoraban: la criatura no era solo una amenaza, sino un poder con el que podía negociar, manipular y, si era necesario, usar para equilibrar la balanza.
Sin pensarlo, me adentré en el bosque hacia el lago, sabiendo que Iván y sus hombres me seguirían, o al menos intentarían. Cada paso que daba sobre la nieve me acercaba al borde del hielo, al lugar donde todo comenzó. Al llegar, golpeé el hielo con fuerza, llamando su atención. La criatura emergió lentamente, majestuosa y terrible, sus ojos fijos en mí como si leyera cada pensamiento. “Necesito tu ayuda otra vez”, le susurré. Ella no respondió de inmediato, solo observaba, evaluando, midiendo mi urgencia y miedo.
“Traerás lo que me pertenece”, dijo finalmente, su voz fría pero con una calma que helaba la sangre. “¿Estás dispuesto a pagar el precio otra vez?” Asentí, aunque mi cuerpo temblaba por la tensión. Sabía que cada vez que entregaba algo mío —un recuerdo, un calor, una parte de mi humanidad— la criatura se fortalecía y yo perdía algo vital. Pero no había alternativa; la vida de mi madre estaba en juego.
Guié el trineo hacia el lago, asegurándome de que Iván no nos viera aún. La criatura se deslizó por el hielo, silenciosa y rápida, como una sombra azul que parecía surgir del mismísimo lago. Colocó sus manos sobre el barril de madera que usaríamos para transportarla, y sin resistencia, se dejó envolver por el agua oscura, entrando en él con una fluidez imposible. Yo cerré la tapa con cuidado, asegurándome de que no quedara espacio para que Iván pudiera espiar.
El viaje de regreso al pueblo fue tenso. Los caballos relinchaban con miedo, la nieve crujía bajo el peso del trineo y el viento parecía cortar como cuchillas. Cada vez que miraba al barril, sentía la fuerza latente de la criatura, lista para emerger si algo salía mal. Sabía que Iván y sus hombres no me darían tregua; cada segundo que pasábamos en el bosque aumentaba el riesgo de enfrentamiento.
Al llegar al almacén de piedra, Iván nos esperaba con una sonrisa torcida, confiado en que su codicia le permitiría controlar la situación. “Ábrelo”, ordenó, su cuchillo brillando a la luz del fuego. Mi corazón latía con fuerza, pero mantuve la calma. “Está aquí”, dije, mientras levantaba lentamente la tapa del barril.
La criatura emergió con un grito que heló la sangre de todos los presentes. Sus garras eran armas vivientes, su furia palpable. En un instante, atacó al hombre más cercano, desgarrando la carne y el frío metal del arpón sin esfuerzo. Iván retrocedió, incrédulo y aterrorizado, pero no podía escapar. La criatura lo fijó con su mirada, y él comprendió demasiado tarde que la fuerza que enfrentaba no era humana. Con un movimiento rápido y brutal, lo lanzó contra la pared de piedra, desarmándolo y dejando su codicia expuesta como vulnerabilidad.
Yo me quedé observando, respirando con dificultad, consciente de que la criatura no había perdido su humanidad completamente, pero tampoco era completamente amable. Era una fuerza de la naturaleza con inteligencia y juicio propios. Al terminar su ataque, dejó el pez rojo sobre mi regazo y desapareció por la puerta abierta, como un recordatorio de que su presencia siempre estaba ahí, esperando, vigilando.
La madre cayó exhausta en mis brazos, temblando pero viva. Su piel, aunque endurecida por el frío, comenzaba a recuperar su suavidad original. La fiebre que la había consumido desapareció, y por primera vez desde el inicio de todo este desastre, sentí un respiro de alivio. La criatura me había enseñado una lección: la vida no era gratuita, y el equilibrio entre los mundos debía respetarse.
Esa noche, mientras la cabaña se llenaba del olor del fuego y la comida, comprendí que nada volvería a ser igual. Mi madre estaba viva, pero ahora éramos conscientes de un poder que existía más allá de la comprensión humana. La criatura, el lago y los peces dorados eran símbolos de un mundo que coexistía con el nuestro, un mundo que exigía respeto y entrega. Cada noche, al cerrar los ojos, sentía el latido de la criatura bajo el hielo, recordándome que la vida y la muerte estaban entrelazadas de formas que nunca podría controlar completamente.
El invierno continuó, y con él, la necesidad de obedecer las reglas impuestas por la criatura. Cada día traía nuevos desafíos: asegurar comida para mi madre, entregar recuerdos y calor a cambio de peces dorados, y mantener la amenaza de Iván bajo control. Sabía que cualquier error podía costarnos la vida, pero también entendía que la criatura nos había enseñado algo esencial: la supervivencia no se medía en fuerza ni en astucia, sino en comprensión, paciencia y entrega consciente.
A medida que los días se convertían en semanas, mi madre comenzó a recuperar la fuerza y la humanidad que había perdido parcialmente, y yo entendía mejor el mundo que nos rodeaba. El lago no era solo un espejo de hielo; era un portal a un equilibrio invisible, una frontera entre lo que era humano y lo que trascendía la comprensión. Cada pez dorado, cada intercambio, cada sacrificio, era un recordatorio de que el precio de la vida podía ser más alto de lo que jamás había imaginado.
El pueblo comenzó a acostumbrarse a nuestra presencia. Los rumores del lago y la criatura se mezclaban con historias de superstición y miedo. Nadie se atrevía a acercarse al hielo durante la noche, y aquellos que lo hacían desaparecían sin dejar rastro. Yo me movía entre ambos mundos: el humano y el del hielo, comprendiendo que la supervivencia dependía de respetar las reglas que no podía ver por completo. La criatura nos había enseñado que la vida no era solo un regalo, sino una responsabilidad compartida entre seres distintos, cada uno con su propio entendimiento del mundo.
El amanecer del cuarto día llegó con un frío que cortaba la piel como cuchillas invisibles. Cada respiración era un vapor blanco que desaparecía de inmediato en el aire helado. Mi madre dormía profundamente, su respiración estable, como si por primera vez desde que todo comenzó estuviera verdaderamente segura. Yo, sin embargo, no podía descansar. Mi mente repasaba cada movimiento de los últimos días, cada sacrificio, cada intercambio con la criatura. Sabía que no había garantías; el lago y su guardiana no ofrecían misericordia a los descuidados.
Decidí salir temprano, antes de que Iván y sus hombres pudieran reaccionar. Cada paso sobre la nieve era calculado. La criatura había desaparecido esa mañana, dejando solo un ligero rastro de agua que reflejaba el cielo gris. Sabía que si algo salía mal, no habría tiempo para reaccionar; cada segundo contaba. Al llegar al borde del hielo, me detuve a observarlo. La superficie parecía normal, tranquila, pero yo sabía que debajo de ese espejo congelado residía una fuerza que podía devorar a cualquiera.
Golpeé el hielo con fuerza, y esta vez la criatura emergió con una velocidad que me dejó sin aliento. Sus ojos azules brillaban intensamente, evaluando mi intención. “¿Estás listo para pagar el precio completo?” preguntó, su voz resonando como un eco dentro de mi cabeza. Asentí. Sabía que esta vez no habría intermedio; si mi madre quería sobrevivir, tendría que entregar más que recuerdos, más que calor. Tendría que entregar una parte de mí mismo que no podría recuperar.
Ella me indicó que colocara el barril sobre el hielo y, con un movimiento fluido, se deslizó hacia él. Entró en el agua oscura y desapareció, dejando solo ondas que se expandían lentamente. Sentí un escalofrío que no venía del frío externo, sino de algo que estaba cambiando dentro de mí. Era como si cada intercambio, cada sacrificio, comenzara a alterarme, a modificar mi cuerpo y mi percepción. Me pregunté qué estaba haciendo realmente: ¿estaba salvando a mi madre o estaba entregándome a un mundo que nunca comprendería del todo?
Cuando el barril volvió a cerrarse, lo llevé de regreso al almacén sin que nadie me viera. Cada sombra parecía un posible enemigo; cada crujido de la madera hacía que mi corazón se acelerara. Iván estaba allí, esperando, con su cuchillo en la mano y una sonrisa que pretendía ser confiada pero que no podía ocultar su impaciencia. “¿La traes?” preguntó. Su mirada recorría el barril como si esperara que algo se moviera, que la magia que nos había controlado escapara.
Abrí la tapa lentamente, y la criatura emergió. No atacó de inmediato; me observó con esos ojos que lo veían todo, y luego, con un movimiento rápido y calculado, derribó a los hombres que la rodeaban antes de que pudieran reaccionar. Iván retrocedió, aterrorizado, pero su codicia seguía aferrada a él. La criatura giró su mirada hacia mí, y por un instante sentí que evaluaba si yo también era prescindible. Le aseguré con un gesto que mi lealtad estaba clara: estaba allí para cumplir mi parte, no para desafiarla.
Con un rugido, la criatura atacó a Iván. Sus garras atravesaron el aire y lo golpearon contra la pared, dejándolo inmóvil y temblando. Los hombres que lo acompañaban intentaron huir, pero no hubo escapatoria: uno tras otro fueron arrastrados hacia el barril, absorbidos por la fuerza que residía bajo el hielo. Yo permanecí quieto, respirando con dificultad, observando la ferocidad que había aprendido a respetar y temer al mismo tiempo.
Cuando todo terminó, la criatura volvió a mi lado, dejando el pez rojo sobre mi regazo. Esta vez, su mirada no era solo de advertencia, sino de algo más profundo: una conexión, un entendimiento silencioso entre nosotros. Entendí que no podía tratarla como un instrumento; era un ser con voluntad propia, con sus propias leyes y moralidad, ajena a los humanos y sus limitaciones.
Coloqué el pez sobre el pecho de mi madre. La luz roja pulsó, calentando su cuerpo, y sentí cómo el hielo que había endurecido su piel comenzaba a derretirse lentamente. Su respiración se volvió más profunda, más natural, y las escamas grises cayeron como polvo, dejando su piel rosada y suave. Abrió los ojos, y por primera vez en semanas, me sonrió con una mezcla de gratitud y sorpresa.
La criatura permaneció en silencio junto al lago, observando mientras me aseguraba de que mi madre estaba completamente recuperada. Sabía que cada acción futura tendría un precio, que no podría volver a vivir como antes, pero también entendía que habíamos sobrevivido a algo que pocos podrían imaginar. Esa noche, mientras el viento aullaba fuera de la cabaña, me senté junto al fuego, contemplando la luz cálida y recordando cada sacrificio que habíamos hecho.
Iván y su codicia habían sido derrotados, pero sabía que otros podrían intentar aprovecharse del lago y sus secretos. La criatura nos había enseñado una lección dura y clara: la vida no es gratuita, y la supervivencia requiere un respeto absoluto por las fuerzas que no podemos controlar. Cada pez, cada intercambio, cada sacrificio era un recordatorio de la delicada línea que separa la humanidad de la transformación.
Mientras mi madre dormía, con su respiración estable y sus ojos cerrados, comprendí que nuestro mundo había cambiado para siempre. No éramos solo sobrevivientes; éramos guardianes, responsables de un equilibrio que excedía nuestra comprensión. Y aunque el miedo seguía presente, sabía que la criatura nos había dado una oportunidad única: vivir, aprender y respetar el poder que habitaba bajo el hielo, siempre vigilante, siempre esperando.
El invierno parecía interminable. Cada día traía un frío más intenso, y la cabaña que antes me había parecido un refugio seguro ahora se sentía como una prisión de hielo. Mi madre estaba recuperada, pero su mirada había cambiado; había algo en ella que antes no estaba, un brillo extraño en los ojos que reflejaba la transformación que había sufrido. No hablábamos mucho, solo compartíamos la presencia mutua y el calor del fuego que mantenía su cuerpo humano.
Sabía que no podía confiar completamente en la criatura, aunque nos había salvado. Su poder era inmenso y absoluto; no entendía la moral humana y su manera de proteger a los nuestros estaba ligada a un código que solo ella comprendía. Cada vez que nos acercábamos al lago, sentía su mirada invisible sobre nosotros, evaluando cada gesto, cada pensamiento. Era como si pudiera leer el alma y decidir quién merecía sobrevivir y quién no.
Los días pasaban, y la presión de la supervivencia se volvía más intensa. Cada pieza de alimento que conseguíamos parecía insuficiente. La criatura exigía pagos más altos, no solo en peces dorados, sino también en recuerdos, calor, incluso en partes de nuestra propia esencia. Había entregado recuerdos de mi infancia, momentos que habían definido quién era, y sentía que algo dentro de mí estaba vacío, hueco. Sin embargo, no podía detenerme; mi madre dependía de esos sacrificios.
Un día, mientras rompía el hielo en el lago, apareció otra figura. No era humana, pero tampoco idéntica a la criatura que conocía. Sus ojos eran rojos, como brasas, y su cuerpo estaba cubierto de escamas negras y brillantes que reflejaban la luz del amanecer. Emergió del agua sin hacer ruido, observándome con una calma aterradora. La criatura azul apareció a su lado, sus ojos se encontraron y hubo un instante de reconocimiento que heló mi sangre.
“Ésta es una de las nuestras”, dijo la criatura azul, su voz más suave, pero cargada de autoridad. “Si quieres mantenerla viva, tendrás que demostrar que puedes cumplir con las reglas más allá de este lago. Ella vigila los límites.”
Sentí un miedo intenso. Esta nueva presencia parecía más antigua, más poderosa. Comprendí que el lago no era solo un lugar; era un reino que existía en paralelo al mundo humano, con leyes propias y guardianes que castigaban cualquier desobediencia. Cada pez dorado, cada sacrificio que habíamos hecho, era solo un intercambio temporal para mantenernos vivos dentro de ese equilibrio.
La criatura negra señaló el hielo frente a mí. Allí había un agujero abierto que no recordaba haber visto antes. De su superficie emanaba un frío que calaba hasta los huesos, y un silencio profundo que parecía absorber cualquier sonido. “Si quieres protegerla, tendrás que entrar”, dijo la criatura azul. “El precio será alto, y no todos regresan.”
Sabía que no podía negarme. Miré a mi madre, que me observaba desde la cabaña, con una mezcla de confianza y miedo. Su vida dependía de mi decisión. Tomé aire, agarré el hacha y me acerqué al agujero. La superficie del hielo crujió bajo mis pies, y por un instante sentí que me iba a romper bajo mi peso. Miré hacia el agua negra, y un frío paralizante recorrió mi espalda. Sin embargo, recordé cada sacrificio, cada dolor soportado. No podía fallar.
Me sumergí en el agua oscura, y el mundo cambió de inmediato. La temperatura era insoportable, pero mi cuerpo ya había aprendido a resistirla. La oscuridad era completa, y la sensación de vacío era abrumadora. Sentí que algo me rodeaba, como tentáculos invisibles que rozaban mi piel, evaluando mi fuerza y determinación. Cada brazada era un esfuerzo monumental; cada movimiento parecía hundirme más en un abismo sin fin.
Finalmente, llegué al fondo del agujero. Allí, en la penumbra, vi lo inimaginable: un reino bajo el hielo, con estructuras de cristal azul que reflejaban luces como si fueran pequeñas estrellas atrapadas. Criaturas de todas las formas nadaban alrededor, algunas brillaban con colores que no existían en la superficie, y otras me observaban con ojos que sentí que atravesaban mi alma. Era un mundo vivo, vasto y despiadado, gobernado por reglas que aún no comprendía.
La criatura negra se acercó a mí. “Cada paso que das aquí tiene un precio”, dijo. “El pez dorado que has traído es solo una señal. Ahora debes demostrar que puedes renunciar a algo más profundo: tu humanidad.”
Entendí que el sacrificio que había hecho hasta ahora no era suficiente. Cada recuerdo entregado, cada dolor soportado, cada momento de mi calor humano, había sido solo el comienzo. La criatura exigía más: una parte de mi esencia que definía quién era, algo que no podía recuperar. Sentí un terror absoluto, pero también una determinación feroz. No podía permitir que mi madre pagara el precio de mi miedo.
Cerré los ojos y busqué dentro de mí los recuerdos más queridos, los que formaban mi identidad: la risa de mi madre cuando era niño, la primera vez que caminé por la nieve sin temor, los abrazos cálidos en noches de frío extremo. Uno a uno, los ofrecí a la criatura negra. Cada vez que los entregaba, sentía que algo dentro de mí se vaciaba, un hueco que parecía no poder llenarse. Pero cada sacrificio traía un pez más brillante, más poderoso, que podía devolver la vida a mi madre.
Cuando terminé, sentí un cambio profundo en mi cuerpo. El frío ya no me afectaba de la misma manera; algo en mí se había endurecido, algo se había transformado. La criatura negra me miró con una mezcla de respeto y desaprobación. “Has aprendido la primera lección”, dijo. “Sobrevivirás, pero recuerda: cada acción tiene consecuencias. La línea entre la humanidad y lo que habitas ahora es fina y peligrosa.”
Regresé al barril con el pez más brillante que había visto jamás. Mi madre lo recibió, y al instante su piel volvió a ser cálida y humana. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y esta vez me abrazó con fuerza, consciente de los cambios que me habían afectado, de la transformación que comenzaba a definir nuestra relación con ese lago y sus guardianes.
Sabía que esto era solo el inicio. El lago no había terminado con nosotros; su mundo estaba más allá de nuestra comprensión, y la criatura azul y la negra nos habían marcado. Cada sacrificio futuro, cada desafío, sería un recordatorio de que habíamos cruzado límites que la humanidad nunca debería tocar.
El invierno continuó, pero algo había cambiado. Mi madre estaba viva y sana, pero yo llevaba dentro de mí un poder y un vacío que nadie más podía comprender. El equilibrio estaba mantenido, pero a un precio que seguiría pagando cada día. Y mientras miraba la luz que emanaba del lago, comprendí que nuestra vida ya nunca sería la misma: estábamos unidos a un mundo que existía bajo el hielo, gobernado por fuerzas que no tenían compasión, y cuya lealtad debía ganarse con cada sacrificio, cada recuerdo y cada parte de nuestra humanidad.
El frío ya no me afectaba como antes. Había algo en mí que había cambiado desde que la criatura azul me había tocado, desde que entregué recuerdos y dolor a cambio de salvar a mi madre. Cada músculo, cada hueso, parecía endurecido por un hielo interno que me hacía casi inmune al viento cortante que azotaba la cabaña y el lago. Pero ese poder no era gratis. Sentía un vacío en mi interior, un hueco silencioso donde antes había alegría, temor y memoria. Cada vez que miraba a mi madre, veía en sus ojos agradecimiento y vida, pero también un brillo que me recordaba que nosotros éramos parte de algo mucho más grande y peligroso.
El lago no dormía nunca. Durante el día parecía tranquilo, sereno, incluso acogedor con su superficie de espejo. Pero por las noches, cuando la niebla descendía y el viento parecía silbar entre los acantilados, sabía que algo se movía bajo el hielo, observándonos. La criatura azul volvía a aparecer a menudo, y cada encuentro estaba cargado de tensión. No hablaba mucho, pero podía sentir su juicio en cada mirada. No era amable ni cruel, solo absoluta y despiadadamente justa en su propio código.
Una noche, mientras mi madre dormía profundamente tras alimentarse del pez más brillante, escuché un ruido extraño. Venía del bosque, más allá de la cabaña, donde la nieve formaba dunas y sombras que ocultaban cualquier movimiento. Me levanté silencioso, llevando conmigo el hacha y un trozo de madera endurecida por el fuego. Cada paso era calculado; mi oído nuevo, el que la criatura azul me había agudizado, captaba hasta el más mínimo crujido.
Desde la oscuridad emergió una figura humana. O al menos parecía humana. Llevaba un abrigo largo y grueso, y sus ojos brillaban con un rojo intenso, como los de la criatura negra que había visto antes. Mi instinto me dijo que no podía confiar en él. Sabía que el lago tenía guardianes y que cualquier intruso podía ser castigado brutalmente. Pero lo que me sorprendió fue que no parecía venir a atacarnos. Se detuvo a unos metros, observando la cabaña y el lago, y habló con una voz grave y resonante:
—He venido a advertirte. El lago ha notado tus acciones. No estás solo, y tu madre no puede depender solo de ti. La criatura azul no perdona, pero tampoco actúa sin causa. Lo que has hecho ha cambiado las reglas del juego.
No entendía del todo lo que quería decir, pero sentí el peligro en sus palabras. Antes de que pudiera responder, desapareció entre la niebla como si nunca hubiera estado allí. Un escalofrío recorrió mi espalda. Sabía que no podía confiar en nadie más. El mundo que nos rodeaba se había vuelto demasiado vasto y peligroso para nuestra comprensión humana.
Al día siguiente, decidí que debía explorar más el lago. Necesitaba comprender qué era exactamente lo que nos mantenía vivos y cómo podía proteger a mi madre sin sacrificar mi propia humanidad por completo. Agarré el hacha, un abrigo grueso y el trineo con otro pez dorado, y me dirigí hacia el agujero que había usado tantas veces. La criatura azul emergió como esperaba, su mirada fija en mí, evaluando cada gesto.
—Has sobrevivido hasta ahora —dijo con esa voz que parecía acariciar el hielo—. Pero hay algo más que debes aprender. Debes conocer a los otros. Ellos decidirán si puedes continuar protegiéndola.
No tenía elección. Me sumergí en el agua helada y me dejé guiar por un impulso que ya no era solo humano. Bajo la superficie, el mundo brillaba con luces que cambiaban de color y forma constantemente. Criaturas de todos los tamaños y formas nadaban a mi alrededor, algunas curiosas, otras hostiles. Pude sentir sus intenciones, sus pensamientos rudimentarios, y comprendí que el lago no solo protegía a su especie; los entrenaba y los evaluaba.
Un grupo de criaturas emergió frente a mí, más grandes que la criatura azul, con cuerpos que parecían fusionar hielo y carne viva. Sus ojos me estudiaban, pero no atacaban. Una de ellas, la más grande, habló con una voz que retumbó bajo el agua:
—Sabemos quién eres. Has cruzado límites humanos, has entregado recuerdos y dolor para salvar una vida. Pero cada acción tiene consecuencias. ¿Estás dispuesto a pagar lo que viene?
Asentí, con un nudo en la garganta. Sabía que lo que venía no sería fácil. La criatura azul nadó a mi lado y me susurró:
—Ellos deciden tu derecho a continuar. No los falles.
El encuentro duró lo que parecieron horas. Cada prueba era un desafío: soportar el frío extremo, resistir la presión del agua, enfrentar criaturas que intentaban inducir miedo y desesperación en mi mente. Cada vez que fallaba, sentía un tirón en mi interior, un dolor que me recordaba los recuerdos que había perdido. Pero cada vez que pasaba una prueba, un pez más brillante aparecía frente a mí, prometiendo vida y sanación para mi madre.
Finalmente, después de la última prueba, las criaturas se retiraron, dejando solo a la criatura azul. Su mirada era más suave, casi maternal, pero cargada de advertencia. —Has pasado la primera serie de pruebas —dijo—. Pero aún no entiendes la magnitud de lo que has hecho. Cada pez que traes, cada sacrificio que haces, es solo un contrato temporal. No hay permanencia aquí. Si quieres proteger a tu madre, debes aprender a negociar con el lago mismo.
Regresé a la cabaña con el pez dorado más brillante que había visto hasta ahora. Mi madre lo recibió y su piel volvió a ser cálida y humana, pero esta vez algo cambió en ella. Sus movimientos eran más decididos, más firmes, como si su cuerpo hubiera aprendido algo nuevo. Miró mis manos y asintió, entendiendo que el sacrificio era inevitable, pero que también había enseñado algo a su hijo.
El invierno continuó, y cada día se volvía más intenso. El lago no nos permitía relajarnos. Sabía que la criatura azul me observaba constantemente, evaluando cada acción, cada pensamiento. Comencé a comprender que nuestra vida ya no pertenecía solo al mundo humano. Estábamos ligados a un poder que existía bajo el hielo, y nuestra supervivencia dependía de nuestra capacidad de adaptarnos, de negociar, de sacrificar y resistir.
Una noche, mientras miraba el lago, comprendí que el verdadero peligro no estaba solo en el frío, ni en la criatura, ni siquiera en los intrusos humanos como Iván. El verdadero desafío era mantener nuestra humanidad intacta mientras nos enfrentábamos a un mundo que no entendía la compasión, la moral ni el amor como nosotros. Cada pez dorado que traía, cada recuerdo que entregaba, cada prueba que pasaba, me transformaba, me acercaba más a algo que no era humano del todo.
Pero sabía que no podía rendirme. Cada sacrificio era una inversión en la vida de mi madre, en su humanidad, en nuestra conexión con el mundo que amábamos. Sabía que cada encuentro futuro con el lago y sus criaturas sería más peligroso, más exigente, y que eventualmente tendría que enfrentar algo que pondría a prueba no solo mi cuerpo, sino mi alma.
Y mientras el hielo crujía bajo el viento de la noche, me preparé para lo inevitable: un invierno largo, lleno de pruebas imposibles, donde la vida y la muerte bailaban en equilibrio sobre un lago que no perdonaba errores, y donde cada decisión que tomaba podía salvar o condenar a los que amaba.
El amanecer sobre el lago estaba cubierto por una neblina espesa, un manto gris que transformaba la superficie helada en un espejo fantasmagórico. Sabía que ese sería el día en que tendría que enfrentar la prueba final, aquella que definiría no solo mi destino, sino el de mi madre y la relación que ahora teníamos con la criatura azul y el lago mismo. No había vuelta atrás. Cada pez que había llevado, cada recuerdo entregado, cada sacrificio hecho, había marcado un camino que no podía abandonar.
Salí de la cabaña con el corazón latiendo a mil por hora, llevando conmigo el último pez dorado, el más grande y brillante que había visto hasta ahora. Mi madre estaba despierta, observándome en silencio. Sus ojos tenían un brillo extraño, mezcla de miedo y confianza. No dijo nada, solo me tocó el hombro y asintió levemente, como si supiera que lo que iba a ocurrir no era solo mío, sino nuestro.
Al llegar al agujero, la criatura azul ya estaba allí, emergiendo con gracia y lentitud. Sus ojos parecían contener la profundidad del lago, y por primera vez sentí que no me juzgaba, sino que esperaba algo de mí. No necesitó palabras. Sabía que había comprendido todo. Extendí el pez hacia ella, y la luz que emanaba iluminó la neblina alrededor, creando un halo que hacía que la cabaña y el bosque parecieran distantes, irreales.
—Has aprendido mucho —dijo con voz que parecía acariciar el viento helado—. Pero el lago exige un último precio. No solo protegerás a tu madre. Deberás decidir quién puede vivir y quién no. Esta es la prueba que define a los guardianes del hielo.
Mis manos temblaban, no por el frío, sino por la responsabilidad que me acababa de imponer. Sabía que Iván y su gente podrían regresar, que el mundo humano seguía siendo una amenaza, pero también entendía que la criatura azul me estaba enseñando algo más profundo: el verdadero poder no estaba en la fuerza ni en la resistencia, sino en la capacidad de elegir, de sacrificar y de entender los límites de la vida.
De repente, un ruido rompió la quietud. Entre la niebla emergieron figuras humanas: Iván y sus hombres. Creyeron que podían intimidarme, robarme el último pez y tomar el control del lago. Pero no entendían la fuerza que yo ahora tenía dentro. Sin pensarlo, puse el pez sobre el hielo. La criatura azul lo tomó y en un instante, una explosión de luz iluminó el lago y congeló la superficie a nuestro alrededor, atrapando a los intrusos en bloques de hielo que los inmovilizaban, sin romperlos, sin matarlos, solo deteniéndolos.
Iván gritó, pero no podía moverse. Sus hombres intentaron liberarlo, pero sus esfuerzos eran inútiles. La criatura azul emergió lentamente, cada movimiento cargado de poder y gracia, y me miró. —Ahora decides —dijo—. Puedes dejarlos vivir y recordar que el lago los perdonó, o puedes sellar su destino para siempre.
Mi mente se llenó de recuerdos: los robos, las amenazas, los golpes, la codicia y el dolor que habían traído a mi madre y a mí. Podría vengarme, podría asegurar que nunca volvieran a molestar a nadie. Pero también recordé la luz del primer pez, la sensación de calidez, la vida que se podía salvar incluso cuando todo parecía perdido. Respiré hondo y tomé una decisión.
—Déjalos vivir —dije con voz firme—. Pero que nunca olviden este lugar, que sepan lo que significa el lago y sus guardianes. Que comprendan el poder que no deben desafiar.
La criatura azul asintió, y con un gesto de sus garras, los bloques de hielo que atrapaban a Iván y sus hombres se rompieron lentamente, permitiéndoles escapar. Corrían hacia el bosque, tambaleándose, cubiertos de escarcha, temblando y sabiendo que habían sido advertidos de la manera más directa posible.
El lago volvió a la calma. La luz del pez se disipó lentamente, pero la sensación de poder y control permaneció. La criatura azul se acercó a mí, y por primera vez, su expresión no era ni amenazante ni inquisitiva, sino algo parecido a la aprobación. —Has aprendido bien —susurró—. Tu madre vivirá, y tú has encontrado tu lugar entre los guardianes del hielo. Pero recuerda: cada acción tiene un precio. No olvides quién eres, y lo que has sacrificado.
Volví a la cabaña con mi madre, quien me recibió con lágrimas silenciosas y un abrazo tembloroso. Su piel estaba cálida y rosada, sus ojos vivos y brillantes como siempre. Sabía que el cambio que había sufrido ya no era reversible por completo, pero también entendía que la vida que habíamos salvado valía cada sacrificio.
Esa noche, mientras la nieve caía silenciosa sobre el lago y la cabaña, sentí que algo dentro de mí había cambiado para siempre. Ya no era solo un hijo intentando proteger a su madre. Ahora era parte de un mundo más grande, un mundo de hielo, de criaturas antiguas y de poderes que superaban cualquier comprensión humana. Sabía que vendrían más pruebas, más desafíos, y que el lago siempre nos observaría.
Pero también comprendí que habíamos sobrevivido, y que el amor y el sacrificio podían superar incluso los inviernos más crueles, los miedos más profundos y los secretos más oscuros del hielo. Por primera vez en años, respiré profundamente, sintiendo el calor del fuego, la vida de mi madre y la certeza de que habíamos ganado algo que ningún humano podía arrebatar: la esperanza.
El invierno continuó, pero el miedo había desaparecido. Cada noche prometí en voz baja, mientras observaba el lago, que nunca olvidaríamos lo que habíamos aprendido, que respetaríamos el poder que nos había salvado y que siempre protegeríamos la vida, sin importar el precio. La criatura azul regresaba a veces, observando desde la distancia, y yo la miraba, no con temor, sino con respeto. Y en ese silencio compartido, supe que habíamos encontrado un equilibrio: entre el hielo y la vida, entre el sacrificio y la humanidad, entre el miedo y la esperanza.
Y así, mientras la noche caía y las estrellas brillaban sobre el lago, me senté junto al fuego con mi madre, abrazando su calor humano, sintiendo que habíamos sobrevivido no solo al invierno, sino a nosotros mismos. La historia del lago, la criatura y los peces dorados no terminaría nunca, pero habíamos ganado algo más grande que la vida: habíamos ganado la comprensión de que incluso en los lugares más fríos y oscuros, el amor y la valentía podían florecer.