Agosto de 2013 llegó con su frío penetrante en los Alpes australianos. La nieve cubría los picos más altos y los valles parecían espejos blancos que reflejaban un cielo gris. Entre esos paisajes, un joven canadiense llamado Prabdeps Round, o simplemente Prap entre amigos, caminaba hacia Charlotte Pass Village. Tenía 25 años, la curiosidad intacta y una mochila que apenas contenía lo suficiente para un día de excursión. Su viaje por Australia había sido planeado como un descanso antes de regresar a la rutina académica en Canadá, una especie de pausa para descubrir el mundo y encontrarse consigo mismo.
Prap no era un experto en montañismo ni había entrenado en condiciones invernales. Su experiencia se limitaba a caminatas ligeras y viajes de aventura moderada. Sin embargo, la majestuosidad de la Main Range Track lo atraía. La ruta, que en verano era popular entre turistas, ofrecía vistas de cumbres y valles que pocos podían imaginar desde un paisaje urbano. La tentación de recorrerla en pleno invierno fue más fuerte que la prudencia.
Esa mañana, el sol apenas iluminaba los picos nevados. Prap se ajustó la chaqueta ligera, revisó la mochila y se puso los vaqueros. No llevaba ropa térmica, ni botas de montaña adecuadas. Su equipo consistía en agua, algo de comida y un teléfono que probablemente nunca recibiría señal. No dejó planes concretos a nadie; confiaba en su intuición y en la percepción de que podría manejar la caminata como cualquier otro día.
Alrededor de las 9:30, comenzó a avanzar por el sendero. Los testigos lo vieron como una figura solitaria que se alejaba entre la blancura del paisaje. Algunos notaron la imprudencia de su vestimenta y su falta de preparación, pero nadie intervino. En Charlotte Pass, como en otros puntos turísticos de la región, ver visitantes desprevenidos era común. La nieve, el frío extremo y los cambios climáticos abruptos no parecían amenazar a aquellos que solo buscaban una postal invernal.
A medida que Prap ascendía, el viento comenzó a soplar con más fuerza. Las nubes descendieron rápidamente, cubriendo las cimas. Lo que parecía un día despejado se transformó en una tormenta que borraba el horizonte, haciendo que los árboles, las rocas y las huellas se confundieran en un blanco uniforme. Para las 14:00 horas, la visibilidad era mínima. Cada paso requería concentración extrema, pero Prap continuó, confiado en que la experiencia sería breve. La montaña, sin embargo, no era indulgente.
Mientras avanzaba, sentía la soledad absoluta de la región. La nieve amortiguaba cualquier sonido, el viento llevaba consigo un silbido constante y las nubes bajas convertían la altura en un espacio casi irreal. Cada crujido de la nieve bajo sus pies parecía amplificado, como si la montaña lo observase y meditara sus próximos movimientos. Aunque el sendero estaba marcado, las condiciones hacían que cada señal desapareciera rápidamente. Cualquier desvío era casi imposible de detectar hasta que era demasiado tarde.
A medida que el día avanzaba, Prap tuvo que tomar decisiones. Continuar hacia la cima o buscar un refugio temporal. La ambición lo impulsaba a seguir. La idea de llegar a la cumbre, de contemplar desde lo más alto de Australia, parecía más fuerte que la prudencia. Sin embargo, los signos eran claros: el clima empeoraba y la tormenta se consolidaba. La montaña no ofrecía segundas oportunidades a quienes subestimaban su poder.
Para los visitantes que quedaron atrás en Charlotte Pass, la tarde pasó con inquietud creciente. Algunos comenzaron a preguntarse si Prap había evaluado correctamente la situación. Los guardabosques, conscientes de los peligros del invierno australiano, sabían que cada hora que pasaba hacía más difícil un rescate exitoso. La nieve, que hoy podía parecer inocente y estética, se convertía en un enemigo silencioso que borraba huellas, escondía barrancos y aislaba a quienes osaban desafiarla sin preparación.
Cuando la noche llegó, Prap ya había desaparecido de la vista de cualquiera. Los últimos rayos de sol se reflejaban sobre la nieve, y el viento se llevaba cualquier sonido que pudiera indicar presencia humana. En Charlotte Pass, la ausencia de su regreso comenzó a generar preocupación real. La montaña, que había recibido a Prap como un visitante más, empezaba a mostrar su cara más implacable: un vacío absoluto donde cualquier rastro humano se desvanecía.
Y así, la caminata de un joven curioso, que comenzó como un simple paseo de descubrimiento, se transformó en un misterio que nadie podía explicar. La nieve, el frío y el viento habían borrado todo rastro. No había señales de caída, de accidente, ni de presencia continua. Solo quedaba el silencio, ese silencio que, con el paso de las horas, empezó a adquirir un significado inquietante para todos los que esperaban noticias.
El caso de Prapdeps Round no tardaría en convertirse en una historia que la montaña misma contaría: una historia donde la ausencia hablaba más fuerte que cualquier evidencia, y donde la soledad y el misterio se entrelazaban para crear uno de los desaparecimientos más desconcertantes en la historia reciente de Australia.
Al día siguiente, cuando la tormenta comenzó a ceder, el parque ya no parecía el mismo lugar que Prap había recorrido unas horas antes. La nieve reciente había cubierto senderos, grietas y piedras, borrando cualquier rastro de su presencia. Los guardabosques recibieron la alerta sobre su ausencia y de inmediato organizaron la búsqueda. Helicópteros surcaban el cielo gris, mientras equipos de rescate se desplegaban por laderas escarpadas y valles helados. Cada paso era un desafío: la nieve se hundía hasta la rodilla, las rocas se cubrían de hielo resbaladizo y el viento cortaba como un cuchillo.
Los primeros en subir fueron los más experimentados: rastreadores que conocían cada curva y cada grieta de la montaña. Sabían que el invierno en Cociusco podía cambiar de un momento a otro y que, bajo la nieve, el terreno escondía trampas mortales. Aun así, no había señales de Prap. No había huellas que seguir, ni restos de ropa, ni rastros de mochila. Todo parecía haberse disuelto en el blanco absoluto de la montaña. La sensación de vacío se intensificaba con cada hora que pasaba.
Ocho días después, cuando los rescatistas comenzaban a perder la esperanza, alguien afirmó haber escuchado gritos. Eran cortos, apagados, desesperados, como si vinieran de un lugar profundo, inaccesible. Los equipos corrieron hacia la dirección de los sonidos, pero la montaña devolvía solo ecos y silencio. El viento jugaba con el oído de quienes subían, creando la ilusión de que alguien estaba allí, atrapado en la nieve. Ninguna pista confirmaba que los gritos pertenecieran a Prap. Nadie volvió a oírlos.
Los medios comenzaron a hablar del caso. La historia de un joven canadiense desaparecido en la nieve sin dejar rastro captó la atención del país y de los turistas internacionales. Para muchos, la conclusión parecía evidente: un accidente fatal, un mal cálculo, la nieve como enemiga mortal. Pero para quienes conocían el terreno, algo no encajaba. La montaña podía ser peligrosa, sí, pero tragarse a una persona sin dejar ni una huella era casi imposible. Algunos guardabosques empezaron a referirse al fenómeno como “el silencio de Cociusco”, un vacío que parecía absorber todo lo que osaba cruzarlo.
Cada día, los equipos regresaban con las manos vacías, la frustración y el miedo creciendo en igual medida. La nieve se endurecía, se derretía y volvía a cubrir pistas potenciales. Los restos de un humano, por pequeños que fueran, deberían haber aparecido en algún punto: una hebra de cabello, un botón de camisa, una mochila caída. Pero nada emergía. Algunos rastreadores comenzaron a sentir una presencia extraña, una sensación de ser observados, de que la montaña misma estaba viva y reaccionaba a cada movimiento humano.
Mientras tanto, en la prensa y entre los turistas, surgieron rumores inquietantes. Algunos hablaban de sombras que se movían entre la nieve, de susurros que el viento parecía cargar y luego disipar, de luces extrañas en las noches despejadas tras la tormenta. Nadie podía confirmar nada, pero la acumulación de relatos hizo que el caso de Prapdej Round se volviera legendario en la región. Lo que comenzó como un accidente más en la montaña se transformó en un misterio que desafiaba la lógica y la experiencia.
Cada búsqueda fallida, cada grito no confirmado, aumentaba el aura de terror y desconcierto. La montaña, que podía ser explorada y comprendida, ahora parecía esconder secretos que se negaban a ser revelados. Para quienes participaron en la expedición de rescate, el recuerdo de la ausencia de Prap y del vacío absoluto que encontró cada equipo se grabó como una advertencia: en Cociusco, incluso el tiempo podía desaparecer a una persona y dejar solo la nieve, el viento y un silencio que hablaba más fuerte que cualquier testimonio.
La historia de Prap no terminaba en la tormenta ni en los valles helados. Comenzaba en la mente de quienes escuchaban los rumores, en los ecos de gritos imposibles y en la sensación de que la montaña había reclamado algo que no podía ser recuperado. Cada visitante que llegaba a Charlotte Pass después del 26 de agosto de 2013 sentía una presencia, una advertencia silenciosa que recordaba que la belleza de la montaña podía volverse mortal y que el misterio de Prap aún flotaba sobre las cumbres nevadas, esperando ser comprendido.
Con el paso de los días, la montaña volvió a su rutina silenciosa. El viento continuaba cortando por los valles, la nieve caía y se derretía, pero nunca apareció rastro alguno de Prapdeps Round. Los equipos de rescate, exhaustos y frustrados, comenzaron a retirarse. Helicópteros sobrevolaron por última vez las cumbres, y guardabosques recorrieron los senderos más peligrosos una vez más, sin encontrar ni un objeto, ni un fragmento de ropa, ni un hueso. Todo indicaba que Prap se había desvanecido por completo.
El silencio absoluto que dejó atrás se convirtió en un protagonista invisible de la historia. En la montaña, la ausencia hablaba con fuerza. Era un recordatorio de que la naturaleza podía ser implacable, pero también de que había cosas que la mente humana no podía comprender del todo. Para los familiares, amigos y quienes habían conocido a Prap, el dolor y la incertidumbre eran insoportables. No había explicación clara, no había cierre. Solo quedaba imaginar qué decisiones tomó aquel joven caminando solo, cómo enfrentó la tormenta y si en sus últimos momentos fue consciente del peligro que lo rodeaba.
Entre los relatos de los rescatistas, las teorías comenzaron a multiplicarse. Algunos creían que la nieve lo había cubierto de manera imposible de rastrear, ocultándolo en un lugar donde nadie podría encontrarlo. Otros sugerían que la montaña misma lo había absorbido, que había caído en un barranco oculto o que algo más extraño había ocurrido, imposible de explicar con lógica. Incluso se hablaba de los gritos que nadie pudo confirmar, que resonaban como advertencias desde lo más profundo del parque. Cada versión tenía un peso emocional distinto, pero ninguna podía ofrecer certeza.
Con el tiempo, la historia de Prapdeps Round se transformó en leyenda. Los turistas y excursionistas que llegaban a Charlotte Pass escuchaban con respeto y miedo el relato de aquel joven desaparecido. La montaña se había convertido en un espacio donde la curiosidad y la imprudencia podían pagar el precio más alto. Para muchos, el caso no era solo una tragedia, sino un recordatorio de la fuerza absoluta de la naturaleza y de la vulnerabilidad del ser humano frente a lo desconocido.
Hoy, más de una década después, nadie ha vuelto a ver a Prap. No hay pruebas físicas, no hay evidencia concreta, solo la memoria de quienes participaron en la búsqueda y el silencio persistente de la montaña. Quien quiera intentar explicar lo que ocurrió se enfrenta a un dilema: aceptar que una vida puede desaparecer sin dejar rastro, o imaginar escenarios que desafían la lógica y la realidad.
Al final, cada lector debe decidir por sí mismo qué ocurrió aquel 26 de agosto de 2013. ¿Fue un accidente trágico, una mala decisión ante la furia de la naturaleza, o algo que la mente humana no puede comprender? El misterio sigue vivo porque, en Cociusco, la ausencia tiene voz propia. La montaña no da respuestas, solo exige respeto y cuidado. Y mientras la nieve siga cubriendo sus senderos y los valles se mantengan desiertos, el nombre de Prapdeps Round seguirá flotando entre la blancura, recordando que