“El horror silencioso de la soledad: Cómo una mujer murió olvidada durante 10 años en un apartamento de Kawasaki”

En febrero de 2013, los empleados de Tokyo Gas detectaron algo que, a simple vista, podría parecer trivial, pero que escondía una verdad escalofriante. En un viejo edificio de apartamentos en el barrio de Saiwai, en Kawasaki, el medidor de gas y electricidad del apartamento 207 mostraba un patrón imposible: durante diez años consecutivos, su consumo había permanecido exactamente en cero. Diez años sin encender una luz, sin cocinar una sola comida caliente, sin ningún indicio de vida cotidiana. Técnicamente, esto significaba que nadie había utilizado servicios públicos en esa vivienda desde 2003. Y sin embargo, los registros indicaban que el apartamento estaba habitado y que el alquiler se pagaba religiosamente. No había quejas de vecinos ni reclamaciones de servicios. Todo parecía “normal”, salvo por ese detalle inexplicable.

La ocupante de aquel apartamento era Yoshiko Nagata, una mujer nacida en 1941 en un pequeño pueblo costero de Niigata, en la región del Mar de Japón. Su infancia transcurrió en un entorno marcado por la posguerra, en un hogar de comerciantes de arroz, donde la vida era austera pero tranquila. Tras trasladarse a Tokio siendo joven, trabajó como secretaria y se casó a los 23 años, aunque el matrimonio duró solo cinco años y no tuvo hijos. Tras el divorcio, Yoshiko continuó trabajando en diferentes empleos de oficina, pero a medida que envejecía, su vida se volvió más solitaria. Para la década de 1990, era lo que en Japón se conoce como un “hikikomori de mayor edad”: alguien que casi no tiene contacto social y vive completamente aislado.

En 1998, con 57 años, se retiró por motivos de salud. Yoshiko padecía problemas cardíacos y diabetes, pero rechazaba la supervisión médica regular, prefiriendo comprar sus medicamentos en farmacias sin receta. Vivía con una modesta pensión estatal de aproximadamente 120,000 yenes al mes, suficiente solo para cubrir el alquiler de un pequeño apartamento y gastos básicos de alimentación.

En marzo de 2001, Yoshiko alquiló un modesto apartamento en el edificio del 14 de Saiwai, un edificio de tres pisos construido en los años sesenta, habitado principalmente por ancianos y algunos estudiantes que no podían permitirse mejores residencias. El propietario era Takao Nagata, un hombre reservado de 71 años que heredó el edificio de su padre y lo alquilaba como ingreso adicional. Takao apenas aparecía en el lugar, delegando la cobranza del alquiler y otros asuntos a su hijo o a asistentes.

El apartamento 207 era un pequeño estudio de 18 metros cuadrados con una cocina mínima, baño unitario, un futón, una mesa baja, un televisor antiguo y un refrigerador. Yoshiko pagaba puntualmente su renta de 45,000 yenes mensuales y nunca causó problemas, lo que la hacía una inquilina “ideal” a los ojos de Nagata. Los vecinos apenas la veían; uno, un hombre mayor llamado Tanaka que vivía enfrente, recordó haberla visto algunas veces en el pasillo durante los primeros años, siempre apresurada, nunca deteniéndose a conversar. Sus compras se limitaban a productos básicos en la tienda de conveniencia cercana, donde los empleados la recordaban como una clienta tranquila que siempre pagaba en efectivo y nunca hacía preguntas.

Lo último que alguien vio a Yoshiko con vida fue a finales de octubre de 2003. Una cajera del supermercado, Kiko, recordó que Yoshiko había comprado un paquete de arroz, una lata de frijoles y una botella de té verde. Parecía frágil y pálida, y cuando Kiko le preguntó si estaba bien, Yoshiko simplemente asintió y salió apresuradamente de la tienda. Nadie volvió a verla después de ese día.

Se cree que entre finales de octubre y principios de noviembre de 2003, Yoshiko murió en su apartamento, probablemente de un infarto o complicaciones de su diabetes. Su muerte pasó inadvertida. Nadie entró a ayudarla, y nadie notó su ausencia. Su cuerpo permaneció allí, y ahí es donde comienza la parte más oscura de esta historia.

Takao Nagata, al descubrir el cuerpo de su inquilina por accidente, tomó una decisión que cambiaría la percepción de la codicia y la moralidad en Japón. En lugar de llamar a la policía, decidió ocultar la muerte de Yoshiko. Envuelto en bolsas de plástico y cuidadosamente sellado para evitar el olor, colocó el cadáver en el refrigerador de la cocina, un modelo antiguo de los años setenta, y se aseguró de que el apartamento aparentara normalidad. Cada mes, continuó retirando dinero de la pensión de Yoshiko, asegurándose de cubrir la renta y apropiándose del resto, durante diez años, sin que nadie sospechara.

Durante este tiempo, los vecinos no notaron nada extraño. En muchas zonas de Japón, especialmente donde habitan personas mayores, la soledad y el aislamiento social son comunes. La ausencia de Yoshiko pasó desapercibida, y las prácticas burocráticas permitieron que los pagos de la pensión continuaran sin requerir presencia física.

Finalmente, en 2013, durante una auditoría de rutina del sistema de datos de Tokyo Gas, la anomalía fue detectada: el consumo del apartamento 207 seguía siendo cero. Esto llevó a las autoridades a investigar, descubriendo la verdad aterradora y dando inicio a uno de los crímenes más impactantes de la historia reciente de Japón.

Tras la muerte de Yoshiko Nagata, ocurrida entre finales de octubre y principios de noviembre de 2003, Takao Nagata tomó decisiones que marcarían uno de los crímenes más fríos y calculados que Japón haya conocido en tiempos recientes. En lugar de reportar el fallecimiento, su primera acción fue asegurarse de que el cuerpo no dejara evidencia visible de su muerte. Con meticulosa frialdad, envolvió a Yoshiko en varias capas de bolsas de basura negras, asegurándolas con cinta adhesiva para impedir que el olor escapara. Luego, la colocó en el viejo refrigerador de su apartamento, un electrodoméstico de los años setenta, y retiró todos los estantes para acomodar el cuerpo. Cerró la puerta y aseguró el refrigerador con cinta y cuerdas, creando una especie de tumba improvisada que permanecería intacta durante diez años.

Después de esta acción, Nagata se enfrentó al problema de la pensión de Yoshiko. Sabía que, como pensionista estatal, ella recibía un pago mensual de aproximadamente 120,000 yenes. De ese monto, 45,000 yenes cubrían el alquiler del apartamento 207. El resto, 75,000 yenes, podía ser retirado de manera discreta si él tenía acceso a la cuenta bancaria y a la tarjeta de Yoshiko. Nagata procedió con cautela: tomó la tarjeta de Yoshiko, anotó su PIN y manipuló documentos necesarios para que los pagos de la pensión continuaran sin problemas ni sospechas. Cada mes, retiraba el dinero de la cuenta, pagaba él mismo el alquiler a su nombre y apropiaba del excedente para su uso personal.

Lo notable es que, durante los primeros años, nadie cuestionó la ausencia de Yoshiko. En Japón, especialmente en áreas con alta población de ancianos, la soledad extrema y la falta de interacción social son fenómenos relativamente comunes. Algunos vecinos podían ver raramente a sus vecinos, y la ausencia de Yoshiko no provocó alarmas inmediatas. Cuando un vecino, llamado Tanaka, le preguntó a Nagata por la desaparición de Yoshiko, el propietario ofreció una explicación aparentemente plausible: Yoshiko pasaba la mayor parte de su tiempo en la ciudad natal de un familiar y regresaba solo ocasionalmente, y la renta seguía siendo pagada como garantía de que su apartamento se mantuviera disponible para ella. Tanaka aceptó la explicación sin más indagaciones.

Nagata no solo manipuló la pensión, sino que también tomó medidas para que el apartamento pareciera habitado. Colocaba periódicamente recibos de pago de renta recientes sobre la mesa, limpiaba de manera superficial y ventilaba la habitación, creando la ilusión de que Yoshiko aún vivía allí. La electricidad, el gas y el agua no se consumían; de hecho, los medidores permanecían en cero durante toda la década, un detalle que no llamó la atención de las compañías de servicios hasta 2013, cuando Tokyo Gas realizó una auditoría de su sistema de datos.

La estafa de Nagata era sistemática y meticulosa. Cada mes, retiraba 75,000 yenes en efectivo de la cuenta de Yoshiko, pagaba el alquiler con 45,000 yenes y se quedaba con el excedente. Utilizó la identidad de Yoshiko para enviar documentos al fondo de pensiones, asegurándose de que la burocracia japonesa no detectara irregularidades. La falta de requerimientos de presencia física de los pensionistas permitió que el fraude continuara sin interrupciones. Nagata, con frialdad absoluta, veía a Yoshiko no como una persona fallecida, sino como una fuente de ingresos mensual.

Durante esos años, los vecinos apenas notaban su ausencia. Nadie veía actividad en el apartamento, pero en un contexto donde la soledad y el aislamiento eran comunes, esto no despertaba sospechas. Algunos vecinos incluso creían que Yoshiko viajaba con frecuencia o pasaba tiempo con familiares, sin imaginar que su desaparición estaba siendo encubierta de manera tan sistemática y macabra.

Lo más inquietante es la frialdad con la que Nagata se movía. Cada acción estaba calculada: la limpieza superficial del apartamento, la colocación de recibos recientes, el retiro mensual de efectivo, y la manipulación de documentos oficiales. Durante diez años, mantuvo la ilusión de que Yoshiko seguía viva, mientras su cuerpo permanecía sellado en el refrigerador. Esta manipulación no solo permitió el robo de aproximadamente 18,3 millones de yenes en total, sino que también reveló una capacidad de deshumanización escalofriante: Nagata trataba a una persona fallecida como un instrumento económico.

Mientras tanto, las compañías de servicios públicos seguían enviando facturas sin uso, y la burocracia del sistema de pensiones funcionaba como un mecanismo inadvertido que facilitaba el fraude. La combinación de aislamiento social, procedimientos administrativos poco rigurosos y la codicia de un individuo permitió que un crimen extraordinario pasara desapercibido durante una década.

Finalmente, en 2013, la anomalía en los medidores de Tokyo Gas desencadenó la investigación que pondría fin a la década de fraude. Cuando los inspectores notaron que el apartamento 207 no había consumido gas ni electricidad en diez años, pidieron confirmación al propietario. Nagata ofreció la misma excusa de siempre: Yoshiko estaba viva, aunque rara vez salía de su apartamento. Pero esta explicación ya no bastaba. La policía, alertada por Tokyo Gas, visitó el apartamento y, tras una confrontación con Nagata, descubrió el cadáver en el refrigerador. El horror se convirtió en noticia nacional e internacional: un cadáver mantenido en secreto durante diez años mientras se saqueaba su pensión.

El caso de Yoshiko Nagata y Takao Nagata expuso no solo la codicia de un individuo, sino también vulnerabilidades en el sistema japonés de pensiones y la fragilidad de la vigilancia social en comunidades aisladas. La historia provocó reformas para obligar la verificación presencial de los pensionistas y reforzar la supervisión de los pagos automáticos. Aun así, la memoria de Yoshiko permaneció como un recordatorio escalofriante de cómo la indiferencia y la codicia pueden convertir la muerte de una persona en un recurso económico.

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