El amanecer se filtraba a través de las cortinas de seda, pero él no lo veía. Desde su habitación en la mansión más grande de la ciudad, Daniel DeLuca solo podía sentir el calor suave del sol en su piel. Era el hijo único de un magnate cuya fortuna parecía no tener límites, y, sin embargo, vivía prisionero en la oscuridad.
Desde que tenía cinco años, Daniel no conocía los colores. Había perdido la vista tras una fiebre inexplicable que ni los médicos más costosos del mundo lograron curar. Su padre, Alessandro DeLuca, el mismo empresario que dominaba el mundo del lujo y los automóviles, había gastado millones en tratamientos, operaciones y especialistas de todos los continentes. Pero nada.
Daniel creció en silencio, entre tutores y enfermeras, escuchando más que viendo. Aprendió a distinguir las voces, los pasos, los sonidos del jardín. Sabía cuándo su padre estaba cerca por el perfume del cuero y el sonido de los gemelos al rozar la camisa.
Pero su relación era distante. Alessandro amaba a su hijo, sí, pero su amor estaba hecho de culpa y frustración. Cada fracaso médico era una herida más que prefería esconder tras una nueva inversión, un viaje, una excusa.
Daniel, en cambio, se refugiaba en la música. Tocaba el piano con una delicadeza que parecía venir del alma. Su profesora solía decir que sus dedos veían lo que sus ojos no podían.
Una mañana, mientras practicaba, escuchó un murmullo en el jardín. Risas. No eran las voces del personal, sino algo distinto: una risa infantil, ligera, viva.
—¿Quién está ahí? —preguntó, deteniendo las manos sobre las teclas.
No obtuvo respuesta. Solo un silencio travieso, seguido de pasos pequeños sobre el césped.
Al día siguiente, volvió a escucharla. Esta vez, más cerca.
—Sé que estás ahí —dijo con una sonrisa—. No tienes por qué esconderte.
—No me escondo —respondió una voz suave, de niña—. Solo estaba mirando tus flores.
Daniel giró la cabeza hacia el sonido.
—¿Cómo te llamas?
—Clara —dijo ella—. Vivo en la colina, detrás del bosque.
—No sabía que había casas por allá.
—No hay casas —respondió con naturalidad—. Solo un campo y un río.
Él sonrió. Había algo en su voz que no encajaba con los niños que solían visitar la mansión en los eventos de su padre. No sonaba mimada, ni curiosa, ni temerosa. Sonaba libre.
—¿Y qué haces aquí?
—Buscaba flores para mi mamá. Pero vi tu jardín y… no pude resistirme.
—Puedes llevarte las que quieras —dijo Daniel—. No puedo verlas, pero me dicen que son hermosas.
Clara dudó un momento antes de responder.
—Si no las ves, ¿cómo sabes que son hermosas?
Daniel sonrió con melancolía.
—Porque la gente suele mentir menos cuando habla de flores.
Ella se rió. Fue una risa tan pura que hizo vibrar algo dentro de él, algo que había estado dormido.
Durante los días siguientes, Clara volvió. Siempre a la misma hora, cuando el sol caía sobre los rosales y el viento traía el olor de la tierra húmeda. A veces hablaban de cosas simples: del clima, de los animales, del sonido del agua. Otras veces, Clara lo escuchaba tocar el piano, y en silencio, parecía comprender lo que sus notas decían.
Pero una tarde, ella llegó llorando. Daniel lo notó apenas escuchó su respiración entrecortada.
—¿Qué pasa? —preguntó preocupado.
—Mi mamá… está enferma. No tenemos dinero para el hospital.
Daniel apretó los puños.
—Puedo hablar con mi padre. Él puede ayudar.
—No quiero caridad —respondió con firmeza—. Solo quiero que reces por ella.
Hubo un largo silencio.
—¿Tú rezas? —preguntó él.
—No mucho. Pero tú puedes hacerlo a tu manera. Quizás con tu música.
Esa noche, Daniel tocó una melodía que no había tocado nunca. Era una oración hecha de sonido. Cada nota era una promesa silenciosa al universo para que la madre de Clara viviera.
Pasaron tres días sin verla. Cuatro. Una semana.
Daniel comenzó a preocuparse. Preguntó a los jardineros, a las cocineras, pero nadie sabía de qué niña hablaba. Nadie la había visto.
Hasta que una tarde, escuchó la puerta del jardín abrirse suavemente.
—Clara —susurró—.
—Hola —respondió ella, con voz débil—. Mi mamá está mejor. Gracias.
Él suspiró aliviado.
—Me alegra tanto…
Ella se acercó, y por primera vez, tomó sus manos.
—Tus ojos… —dijo con ternura—. No están vacíos, solo están dormidos.
Daniel sintió un escalofrío. Nadie había hablado así de su ceguera.
—¿Dormidos?
—Sí. Pero puedo despertarlos —susurró.
Antes de que él pudiera reaccionar, sintió los dedos pequeños de la niña tocar sus párpados. Fue un contacto cálido, ligero, casi eléctrico.
—Clara, ¿qué haces? —preguntó nervioso.
—Solo confía.
Ella cerró los ojos también, y durante unos segundos, el aire cambió. El viento se detuvo. El jardín entero pareció contener la respiración.
Daniel sintió algo moverse dentro de su cabeza, una presión extraña, una chispa que lo hizo temblar.
Y entonces, por una fracción de segundo… una luz. Una diminuta línea dorada cruzó su oscuridad.
Abrió los ojos con fuerza, y el mundo volvió a ser negro. Pero esa chispa había estado ahí. No era un sueño.
—¿Qué hiciste? —susurró.
—Nada —dijo ella, sonriendo—. Solo quité un poco de polvo.
—¿De mis ojos?
—No —respondió—. De tu alma.
Y sin decir más, se marchó corriendo hacia el bosque, dejando tras de sí un silencio que ya no era vacío, sino lleno de preguntas.
Los días siguientes fueron un torbellino de preguntas sin respuestas. Daniel no podía dejar de pensar en aquella chispa que había sentido, esa línea dorada que había atravesado su oscuridad por apenas un segundo. Era imposible, y sin embargo, lo había visto. Lo había sentido.
Intentó contárselo a su padre, pero Alessandro lo escuchó con la misma mirada cansada de siempre, la mirada de quien no cree en milagros porque ha gastado demasiado dinero buscándolos.
—¿Una niña? —repitió el magnate, sirviéndose un whisky—. ¿Y dices que te tocó los ojos y viste una luz?
—Sí, papá. No fue un sueño.
Alessandro soltó una risa amarga.
—Daniel, hijo, eso no existe. Quizás fue un reflejo, una ilusión sensorial. Sabes que tu cerebro a veces puede… engañarte.
—No fue eso —respondió él, con voz firme—. Ella hizo algo.
Su padre lo miró unos segundos antes de responder.
—Quiero que dejes de verla. No sé quién es esa niña ni de dónde viene, pero no quiero que se acerque a ti.
—¿Por qué?
—Porque la gente siempre se aprovecha de la debilidad, Daniel. Y tú eres mi debilidad.
El silencio se hizo denso. Alessandro salió del salón con el sonido de sus pasos resonando sobre el mármol.
Esa noche, Daniel no durmió. No podía. En su mente, la voz de Clara sonaba como una melodía que no podía borrar. “Tus ojos no están vacíos, solo dormidos.”
Al amanecer, decidió salir por su cuenta. Sin bastón, sin acompañantes. Solo con el recuerdo del camino hacia el jardín. Avanzó despacio, tanteando el aire con las manos, guiado por el olor del rocío.
Cuando llegó al borde del bosque, escuchó el sonido del agua. El río. Y entre las hojas, la risa de una niña.
—Sabía que volverías —dijo Clara, sin sorpresa en su voz.
—Mi padre no quiere que te vea. Dice que podrías hacerme daño.
Ella suspiró.
—Tu padre tiene miedo. No de mí. De lo que no entiende.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué hiciste conmigo aquel día?
—Nada que no estuviera ya dentro de ti —respondió—. Solo quité lo que te impedía ver.
—Pero sigo ciego.
—¿Estás seguro?
Daniel se quedó callado. Algo en su tono lo desconcertó.
—Sí, no veo nada.
Clara se acercó, tan cerca que él pudo oler el aroma de su cabello, a flores y río.
—Entonces dime —susurró—, ¿cómo sabías que hoy el cielo amaneció gris?
Daniel se congeló. Había dicho “amaneció gris” apenas unos minutos antes, sin pensar, mientras caminaba. Había sentido el día apagado, como si lo viera sin verlo.
—No lo sé —murmuró.
—Porque estás empezando a ver de otra forma. No con los ojos… sino con lo que tienes dentro.
Daniel quiso protestar, pero la voz de Clara tenía algo hipnótico. Era imposible no creerle.
Ella lo tomó de la mano y lo guió hasta la orilla del río.
—Pon las manos en el agua.
Lo hizo. El agua estaba fría, viva, como si respirara.
—¿Qué sientes? —preguntó ella.
—Movimiento. Luz. No sé cómo explicarlo.
—Eso es ver, Daniel. La luz también tiene sonido, también tiene peso.
Mientras hablaba, una brisa le acarició el rostro, y por un instante, Daniel percibió el contorno del río, como si el aire tuviera forma.
Clara sonrió.
—¿Ves?
Él asintió, con lágrimas en los ojos.
—No entiendo cómo lo haces.
—No soy yo —dijo ella, mirando hacia el horizonte—. Solo te estoy recordando lo que olvidaste.
Daniel quiso preguntarle más, pero una voz interrumpió el momento.
—¡Señor Daniel! —era el mayordomo, corriendo entre los árboles—. ¡Su padre lo está buscando!
Clara soltó su mano de inmediato y retrocedió.
—No le digas que me viste —susurró—. No todavía.
—¿Por qué?
—Porque tu padre no cree en lo invisible. Y si intenta destruirlo, lo perderás para siempre.
Antes de que Daniel pudiera responder, la niña ya no estaba. El viento sopló fuerte y el bosque volvió a quedar en silencio.
Esa tarde, de regreso en casa, Alessandro lo esperaba en el estudio.
—¿Dónde estabas? —preguntó con frialdad.
—Paseando.
—¿Con ella?
Daniel no contestó.
Alessandro caminó hacia él.
—He hecho investigar. No hay ninguna niña llamada Clara viviendo cerca. Ninguna familia con una hija así. Nadie.
—Debe haber un error. Ella existe. La vi… bueno, la sentí.
El padre lo miró con una mezcla de rabia y miedo.
—Estás confundido. No dejaré que te lastimes por una fantasía. Mañana mismo volverás al hospital.
Daniel apretó los dientes.
—¿Por qué te molesta tanto que crea en algo?
Alessandro lo miró con dureza.
—Porque sé lo que es perder la fe. Y no quiero verte caer en lo mismo.
Pero esa noche, mientras el magnate hablaba por teléfono con un médico en Zúrich, un jardinero entró corriendo a la casa, pálido.
—Señor DeLuca, tiene que venir. Hay algo en el jardín…
Salieron todos. En medio del césped, donde Clara solía sentarse, había un círculo de flores que no existían antes: blancas, luminosas, abiertas en plena oscuridad de la noche.
Daniel, guiado por el mayordomo, se arrodilló junto a ellas. Las tocó y sintió calor.
—Es ella —susurró.
Su padre lo observó con incredulidad.
—¿Qué significa esto?
Daniel sonrió.
—Significa que aún no lo has visto todo.
Y por primera vez, Alessandro DeLuca sintió algo parecido al miedo.
Los días posteriores al círculo de flores fueron un torbellino. Médicos, periodistas, guardias de seguridad, todos querían entender lo que había pasado. El jardín amanecía cada día distinto: flores que brillaban sin luz, el aire con olor a río, una sensación de vida que parecía respirar junto con la casa.
Alessandro había ordenado examinarlo todo. Mandó muestras de tierra, pétalos, incluso aire al laboratorio. Nada anormal, según los informes. Pero el miedo seguía ahí, adherido a su voz cuando hablaba.
—Daniel —le dijo una mañana—, quiero que viajes conmigo a Suiza. He conseguido un nuevo tratamiento experimental.
Daniel negó con la cabeza.
—No voy a irme.
—¿Por qué?
—Porque Clara volverá. Y cuando lo haga, yo estaré aquí.
Su padre suspiró, agotado.
—Esa niña no existe.
Daniel sonrió levemente.
—Tú no la ves, pero eso no significa que no exista.
Esa noche, mientras la mansión dormía, él salió otra vez al jardín. Las flores luminosas lo guiaban como pequeñas llamas. Se sentó junto al estanque y esperó. El viento era suave, casi cómplice.
Y entonces la oyó. La risa. Esa risa imposible de confundir.
—Sabía que vendrías —dijo Daniel, con una mezcla de alivio y emoción.
—Nunca me fui —respondió Clara, apareciendo entre los rosales.
—Mi padre dice que no existes.
Ella sonrió.
—Entonces no le muestres lo que soy. Déjalo ver por sí mismo cuando esté listo.
Daniel estiró la mano.
—Clara, dime la verdad. ¿Quién eres?
Ella guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Soy alguien que prometió protegerte.
—¿Protegerme de qué?
—De ti mismo —susurró.
Daniel se estremeció.
—No entiendo.
Clara dio un paso hacia él. La luz de las flores parecía aumentar con su presencia.
—Cuando eras pequeño, antes de quedarte ciego, viste algo que no debías ver. Algo que tu mente no pudo soportar.
Daniel sintió un nudo en el pecho.
—¿Qué fue?
—La verdad.
—¿Qué verdad?
Clara lo miró con ternura infinita.
—La noche que enfermaste, tu madre no murió por un accidente, Daniel. Ella intentó protegerte. Había gente que quería el poder de tu padre, y tú… viste lo que hicieron.
Un silencio espeso llenó el aire. Daniel recordó fragmentos rotos, voces, gritos, un fuego lejano. Y una figura que lo abrazaba antes de todo. Su madre.
—Yo… la vi caer —susurró—. Recuerdo el olor del humo.
Clara asintió.
—Tu mente cerró los ojos para no volver a ver. Fue la única manera de seguir viviendo.
Las lágrimas corrieron por su rostro.
—Entonces… ¿por eso estoy ciego?
—Sí. Tu cuerpo se curó, pero tu alma no.
Daniel se llevó las manos a los ojos.
—Y tú… ¿qué eres para mí?
Clara sonrió con tristeza.
—Cuando tu madre murió, me dejó algo. Su promesa. Me pidió que te cuidara, que esperara el momento en que tu corazón estuviera listo para ver de nuevo.
—¿Eres… su espíritu?
Clara no respondió. Se limitó a acercarse y poner sus manos sobre los párpados de Daniel, igual que la primera vez.
—Tu madre te amaba tanto que dejó una parte de sí dentro de ti. Esa parte que ahora necesita despertar.
Daniel respiró hondo.
—Hazlo.
Ella cerró los ojos y comenzó a susurrar algo que sonaba como un canto, una melodía de cuna. El aire cambió otra vez. El jardín se iluminó como si cada flor respirara al compás del corazón de la tierra.
De pronto, Daniel sintió que algo se desprendía dentro de su cabeza. Un dolor breve, como un rayo, y luego una claridad nueva. Abrió los ojos.
Al principio, solo vio luz. Después, formas. Colores. Movimiento. La sombra de los árboles, el reflejo del agua. Y frente a él, una niña de cabello dorado, rodeada de resplandores.
—Clara… —susurró.
Ella lo miró con una ternura que dolía.
—Ahora ves.
Él rompió a llorar.
—Puedo verte. Puedo ver todo.
Ella acarició su rostro.
—Tu madre estaría orgullosa.
—¿Dónde estás? No te vayas.
—No puedo quedarme —dijo con voz suave—. Mi promesa se cumplió.
Daniel la tomó de la mano, desesperado.
—No, Clara, por favor.
Ella sonrió.
—Mírame bien, Daniel. Porque lo que ves ahora no es una niña. Es el amor que te sostuvo en la oscuridad.
Y poco a poco, su figura comenzó a desvanecerse en una lluvia de luz. Las flores se cerraron, el aire se detuvo.
Cuando la última chispa desapareció, Daniel se quedó solo, de rodillas en el jardín, con los ojos abiertos por primera vez en diecisiete años.
El cielo amanecía.
Su padre salió corriendo al escuchar su grito.
—¡Daniel! ¿Qué sucede?
El joven lo miró, con lágrimas en los ojos y una sonrisa que nunca había tenido.
—Te veo, papá.
Alessandro cayó de rodillas, incrédulo.
—¿Cómo…?
Daniel lo abrazó.
—No lo sé. Pero creo que alguien te perdonó también.
El hombre lloró, por primera vez en décadas.
A partir de ese día, Daniel volvió a tocar el piano, pero su música cambió. Ya no era triste ni vacía. Era luz, esperanza, redención. Cada nota era un homenaje a aquella niña que lo había devuelto al mundo.
En el jardín, donde antes estuvo el círculo de flores, creció un rosal dorado que nunca se marchitó. Los jardineros decían que en las noches tranquilas, aún podía escucharse una risa suave entre los pétalos.
Y cada vez que Daniel pasaba por allí, sonreía y susurraba:
—Gracias, Clara.