El alpinista hallado colgado en una cueva de hielo el oscuro misterio del Denali

El Parque Nacional de Denali no es una montaña. Es un territorio hostil que no perdona errores ni debilidades. Incluso en verano, el frío puede caer a cuarenta grados bajo cero en cuestión de minutos. El viento corta la piel, la nieve oculta grietas profundas y el silencio es tan absoluto que cualquier decisión equivocada se amplifica hasta volverse mortal. Cada año, personas desaparecen allí y nunca regresan. En la mayoría de los casos, la explicación es simple y brutal. La montaña ganó.

Pero el caso de Scott McCandles no encajaba en esa lógica.

Scott llegó a Alaska a principios de junio de 2005 con una mezcla de respeto y determinación. Tenía cuarenta y un años, vivía en Colorado y era dueño de una pequeña empresa de construcción. Durante la última década había practicado alpinismo de forma constante. No era un profesional, pero tampoco un aficionado imprudente. Había escalado varias cumbres en las Montañas Rocosas y ya había estado en el Monte Rainier, una montaña exigente incluso para escaladores experimentados. Denali sería el mayor desafío de su vida.

Durante meses se había preparado. Entrenó resistencia, fuerza y aclimatación. Compró equipo adecuado, estudió mapas, rutas, informes de clima y protocolos de seguridad. Scott sabía que Denali no admitía improvisaciones. También sabía que no debía ir solo.

Por eso contrató a un guía.

La empresa se llamaba Alaska Summit Guides. Tenía más de quince años de experiencia organizando expediciones en la región. Estaba registrada, tenía licencia y buenas referencias. Cuando Scott se puso en contacto con ellos, le asignaron a un guía con un currículum impecable. Pemba Lac, de treinta y dos años, originario de Nepal. Había trabajado más de una década como sherpa, primero en el Everest y luego en Estados Unidos. Contaba con certificaciones, visado de trabajo y recomendaciones formales. Sobre el papel, era exactamente la persona que Scott necesitaba para llegar con vida a la cima y regresar.

Se conocieron en Anchorage una semana antes de la ascensión. Hablaron durante horas sobre la ruta estándar por el glaciar Kahiltna, los campamentos de aclimatación y los tiempos aproximados. Pemba explicó que la expedición duraría unas dos semanas, dependiendo del clima. Junio solía ser más estable, pero en Denali no existían garantías. Scott escuchó con atención, hizo preguntas y firmó el contrato sin objeciones.

Pagó ocho mil dólares por adelantado. El precio incluía los servicios del guía, parte del equipo y la logística básica. No había cláusulas extra. No había pagos adicionales acordados. Todo quedó por escrito.

El 14 de junio de 2005, Scott y Pemba volaron en una pequeña avioneta hasta el glaciar Kahiltna. Ese punto, a unos dos mil metros de altitud, funcionaba como campamento base para la mayoría de las expediciones al Denali. El día era claro, con visibilidad excelente. En el campamento había otros grupos, guías, alpinistas de distintos países y pilotos que entraban y salían. Scott firmó el libro de ascensos y obtuvo el permiso oficial de los guardaparques.

Pasaron dos días en el campamento base revisando el equipo, organizando cargas y adaptándose al entorno. Nada parecía fuera de lugar. El 16 de junio iniciaron el ascenso.

Los primeros días transcurrieron sin incidentes. Avanzaban despacio, arrastrando trineos y cargando mochilas pesadas. El clima se mantenía estable. Scott se sentía fuerte. La aclimatación funcionaba. Cada noche se comunicaban por radio con el campamento base, informando su posición y estado. Todo quedaba registrado.

El 20 de junio establecieron un campamento a unos tres mil ochocientos metros. Scott escribió en su diario que estaba cansado, pero satisfecho. El progreso era el esperado. Sin embargo, el tiempo comenzó a cambiar. El viento se intensificó y la temperatura descendió con rapidez. Pemba sugirió esperar uno o dos días antes de continuar. Era una decisión prudente.

La mañana del 21 de junio, Scott hizo la última anotación de su vida.

En su diario escribió algo que no tenía nada que ver con el clima ni con la montaña. Escribió que su guía, Pemba, le exigía un pago adicional de cuatro mil dólares en efectivo en ese mismo momento. Según Scott, Pemba lo amenazaba con abandonar la expedición si no recibía el dinero. Scott anotó que aquello era absurdo, que ya había pagado el total acordado y que no entendía por qué el guía hacía esa exigencia a mitad de la ascensión.

Ese mismo día, Scott se comunicó por radio con el campamento base. La conversación quedó grabada, como todas las comunicaciones oficiales en Denali. En la grabación se escucha a Scott explicar que tiene un problema con su guía, que le están pidiendo más dinero y que teme que lo dejen solo en la montaña. El operador le recomienda descender juntos al campamento base y resolver el conflicto allí. Scott responde que intentará hablar con Pemba y arreglar la situación.

Esa fue la última vez que alguien escuchó su voz.

A la mañana siguiente, el 22 de junio, Pemba descendió solo. Informó por radio que Scott había desaparecido durante la noche. Según su versión, Scott salió de la tienda para ir al baño y nunca regresó. Dijo que lo buscó durante horas, gritando y alumbrando con una linterna, pero no encontró rastros. Supuso que había caído en una grieta, algo común en esa zona.

La montaña, una vez más, parecía haberse cobrado otra vida.

Pero el silencio que siguió no era el silencio habitual del Denali.

Era un silencio incómodo.

La alerta se activó de inmediato en el campamento base cuando Pemba informó la desaparición de Scott McCandles. En Denali, cada minuto cuenta, incluso cuando las probabilidades ya parecen mínimas. El operador intentó obtener más detalles. Hora exacta. Condiciones. Último lugar donde Scott había sido visto. Pemba repitió su versión con calma contenida. Scott había salido de la tienda durante la noche. No había vuelto. Probablemente una grieta. Nada más que decir.

El problema era que esa historia no encajaba del todo.

La zona donde se encontraba el campamento estaba plagada de grietas, sí, pero los alpinistas experimentados no salían nunca sin arnés ni cuerda, ni siquiera para necesidades básicas. Scott llevaba diez años escalando. Sabía eso. Pemba también lo sabía. Aun así, la montaña no deja espacio para suposiciones, así que el Servicio de Parques Nacionales inició una operación de búsqueda y rescate.

El mal tiempo complicó todo desde el primer momento. Los helicópteros no pudieron despegar. La visibilidad era pobre y el viento aumentaba. Un equipo terrestre comenzó el ascenso a pie, cargando cuerdas, sondas y equipo de rescate en grietas. El 23 de junio lograron llegar al campamento donde Pemba había pasado la noche solo.

Los rescatistas encontraron a Pemba agotado, con signos claros de estrés físico. Dijo que apenas había dormido y que seguía buscando a Scott cada vez que el clima lo permitía. Señaló el punto donde, según él, Scott había salido de la tienda. No había huellas claras. El viento había borrado casi todo rastro durante la noche.

La búsqueda comenzó de inmediato.

Peinaron el terreno en un radio amplio. Revisaron las grietas visibles. Descendieron con cuerdas a las más profundas. Alumbraron con linternas potentes, gritaron el nombre de Scott, buscaron restos de equipo, cualquier señal mínima. No encontraron nada. Ni una prenda. Ni una marca de caída. Ni un objeto fuera de lugar.

El 24 de junio se sumaron más rescatistas y voluntarios de otros grupos de alpinistas que se encontraban en la montaña. Todos colaboraron. Denali tiene un código no escrito. Cuando alguien desaparece, todos ayudan. Se amplió la zona de búsqueda. Se revisaron rutas alternativas, laderas, zonas de avalanchas recientes.

Nada.

El clima empeoró de forma dramática el 25 de junio. Una tormenta brutal cubrió la montaña. Visibilidad casi nula. Temperaturas cercanas a los treinta y cinco grados bajo cero. Vientos de más de cien kilómetros por hora. Seguir buscando no solo era inútil, era suicida. El jefe de la operación tomó la decisión más difícil. Evacuar a todos.

La búsqueda se suspendió.

Pemba descendió junto con los rescatistas hasta el campamento base. Allí fue interrogado con más detalle por los guardabosques. Repitió su historia sin cambios. Scott había salido de la tienda y no había vuelto. Probablemente una grieta. Cuando le preguntaron por el conflicto económico mencionado en las comunicaciones por radio, lo minimizó. Dijo que había sido un malentendido. Que solo habían hablado de servicios adicionales. Que no hubo una discusión seria.

Los guardabosques revisaron su equipo. Todo parecía normal. Cuerdas. Mosquetones. Piolet. Crampones. Ningún objeto faltante. Fotografiarion el material para el informe y lo dejaron marchar. No había pruebas para retenerlo.

A la familia de Scott se le informó oficialmente de la desaparición. Su esposa voló a Alaska dos días después. Se reunió con los guardabosques y con representantes de Alaska Summit Guides. Todos le dijeron lo mismo. Que habían hecho todo lo posible. Que Denali es impredecible. Que cada año personas mueren allí sin que se puedan recuperar los cuerpos.

Ella no lo aceptó.

Exigió que continuaran la búsqueda. Que no se cerrara el caso. Que no se limitara todo a una explicación conveniente. Los guardabosques le prometieron que reanudarían las operaciones cuando el clima lo permitiera, pero fueron honestos. Si Scott había caído en una grieta profunda, las posibilidades de encontrarlo eran mínimas. Y las de hallarlo con vida, inexistentes.

A principios de julio, el tiempo mejoró brevemente. Se organizó una nueva búsqueda. Esta vez con helicóptero. Se sobrevoló la zona señalada por Pemba. Se revisaron otra vez las rutas, las grietas accesibles, los campamentos intermedios. El resultado fue idéntico.

Nada.

Sin cuerpo.
Sin equipo.
Sin rastro.

El caso fue transferido a la oficina del sheriff del condado de Matanuska Susitna, con jurisdicción sobre el Parque Nacional de Denali. Un detective revisó todo desde el principio. Las comunicaciones por radio. El contrato. El diario de Scott. La biografía de Pemba. No encontró antecedentes penales. No encontró denuncias previas. Las finanzas de Scott estaban limpias. No había conflictos conocidos.

Aun así, algo no cuadraba.

La última anotación del diario.
La grabación de radio.
La exigencia de dinero en mitad de la montaña.

Todo quedó registrado, pero sin pruebas físicas, el caso fue archivado como desaparición por accidente en alta montaña.

La montaña había ganado.

O al menos, eso era lo que todos creían.

Durante dos años, el nombre de Scott McCandles quedó enterrado bajo capas de nieve, hielo y silencio.

Hasta que alguien, por casualidad, encontró algo que nunca debió estar allí.

Y el Denali empezó a contar otra historia.

El verano de 2007 fue inusualmente estable en el Denali. Las tormentas se retrasaron, las ventanas de buen tiempo se alargaron y eso permitió algo poco común en la montaña. Los equipos de rescate y mantenimiento del parque pudieron acceder a zonas que durante años habían permanecido completamente inaccesibles, cubiertas por hielo inestable y grietas imposibles de explorar con seguridad.

Fue durante una de esas operaciones rutinarias cuando todo cambió.

Un pequeño equipo de rescatistas del Parque Nacional de Denali descendía por una zona de cuevas de hielo formadas dentro de un glaciar secundario, no muy lejos de la ruta estándar del Kahiltna. Estas cuevas no aparecen en mapas oficiales. Se forman y desaparecen con los años, moldeadas por el movimiento lento del hielo y el agua de deshielo que excava túneles temporales en su interior.

Uno de los rescatistas notó algo extraño en una cavidad lateral.

No era natural.

A varios metros dentro de la cueva, colgado boca abajo, había un cuerpo humano completamente congelado. Estaba suspendido por una cuerda de escalada, atada con un nudo técnico directamente a una protuberancia de hielo endurecido en la pared. El cuerpo estaba cubierto por una gruesa capa de hielo, como si el glaciar hubiera intentado preservarlo.

El hombre llevaba allí mucho tiempo.

Cuando los rescatistas lograron liberar el cuerpo y trasladarlo fuera de la cueva, no hubo dudas. El estado de congelación indicaba que llevaba al menos dos años muerto. La ropa, aunque deteriorada, era reconocible. El equipo técnico coincidía con el utilizado en expediciones al Denali a mediados de la década.

La identificación fue rápida.

Scott McCandles.

La noticia recorrió el parque como una descarga eléctrica. El alpinista desaparecido no había caído en una grieta al azar. No había muerto por un accidente nocturno. Había sido colocado allí.

A propósito.

El informe forense fue claro en varios puntos inquietantes. Scott no presentaba fracturas compatibles con una caída desde altura. No había signos evidentes de avalancha. El cuerpo mostraba lesiones previas a la muerte, golpes internos y marcas en las muñecas y antebrazos compatibles con sujeción forzada. La posición del cuerpo indicaba que había sido colgado cuando ya estaba inconsciente o muerto.

Pero lo más perturbador era la cuerda.

Era una cuerda de escalada en buen estado. Con un nudo correcto. Limpio. Preciso. Hecho por alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo. No era improvisado. No era desesperado.

Era profesional.

La cueva no era un lugar donde alguien pudiera caer por accidente. La entrada estaba parcialmente oculta y solo era accesible descendiendo con cuerda. Para llegar allí, alguien tuvo que conocer el terreno, planificar el movimiento y disponer del tiempo suficiente para hacerlo sin ser visto.

La investigación se reabrió de inmediato.

El sheriff del condado y los guardabosques federales revisaron todo el caso desde cero. El diario de Scott. Las grabaciones de radio. El contrato con la empresa Alaska Summit Guides. Y, sobre todo, la última persona que había estado con él.

Pemba Lac fue localizado semanas después en el estado de Washington, donde trabajaba para otra empresa de expediciones. Fue detenido e interrogado.

Esta vez, la conversación fue muy distinta.

Los investigadores le mostraron las fotografías del cuerpo. La cuerda. El nudo. La ubicación exacta de la cueva. Pemba negó cualquier implicación directa, pero su relato empezó a mostrar grietas. Dijo que había conocido cuevas similares en Nepal. Luego dijo que nunca había estado en una cueva en Denali. Afirmó que Scott era inestable, que discutían constantemente. Después aseguró que su relación era profesional y cordial.

Las contradicciones se acumulaban.

Cuando le preguntaron directamente por la exigencia de dinero, ya no habló de malentendido. Admitió que pidió más dinero. Dijo que Scott había aceptado verbalmente. Pero no pudo explicar por qué lo hizo ni por qué lo amenazó con abandonarlo, algo prohibido por las normas del parque y por el contrato firmado.

Sin embargo, no había testigos directos del momento de la muerte.

No había grabaciones.
No había huellas claras.
No había confesión.

El cuerpo, después de dos años en el hielo, no podía contar toda la historia.

La fiscalía evaluó el caso durante meses. Aunque todo apuntaba a un homicidio, las pruebas no eran suficientes para sostener una acusación penal sólida. El entorno extremo, el paso del tiempo y la ausencia de testigos hacían casi imposible reconstruir los hechos con precisión jurídica.

Pemba Lac fue liberado.

La empresa Alaska Summit Guides perdió su licencia meses después tras una auditoría interna y varias denuncias adicionales por prácticas irregulares. Oficialmente, el cierre no estuvo relacionado directamente con la muerte de Scott McCandles.

Oficialmente.

La familia de Scott recibió finalmente el cuerpo. Lo enterraron en Colorado, lejos del hielo y del silencio del Denali. Su esposa nunca aceptó la versión del accidente. Para ella, la montaña no había sido la asesina.

Solo había sido el escondite.

El informe final del parque utilizó un lenguaje cuidadosamente elegido.
“Muerte no accidental bajo circunstancias sospechosas en entorno de alta montaña.”

Una frase que no acusaba a nadie.
Una frase que tampoco exoneraba.

En Denali, el hielo se mueve lentamente, pero nunca olvida.

Y a veces, años después, devuelve lo que alguien creyó que quedaría oculto para siempre.

El hallazgo del cuerpo de Scott McCandles cerró una búsqueda, pero abrió una herida que nunca llegó a cicatrizar. Durante semanas, los medios hablaron del alpinista encontrado colgado en una cueva de hielo, del guía nepalí, del dinero exigido a mitad de la montaña. Luego, como suele ocurrir, el interés se apagó. El Denali siguió en pie. El hielo volvió a cubrirlo todo.

Para la justicia, el caso quedó atrapado en una zona gris. No hubo juicio. No hubo condena. No hubo una verdad oficial completa. La fiscalía declaró que, aunque las circunstancias apuntaban a un acto criminal, no existían pruebas suficientes para llevar el caso ante un tribunal sin un riesgo alto de absolución. El paso del tiempo, el entorno extremo y la falta de testigos habían hecho su trabajo.

Pemba Lac abandonó Estados Unidos poco después de ser interrogado por segunda vez. No volvió a trabajar oficialmente como guía en el país. Según registros migratorios, regresó a Nepal meses después. Nunca concedió entrevistas. Nunca hizo declaraciones públicas. Su nombre quedó asociado para siempre a uno de los episodios más incómodos en la historia reciente del alpinismo en Denali.

La empresa Alaska Summit Guides cerró discretamente. Algunos ex empleados hablaron de prácticas dudosas, de presiones económicas y de decisiones arriesgadas con clientes para reducir costos y tiempos. Nada de eso fue suficiente para reabrir el caso de Scott, pero sí lo bastante grave como para borrar a la empresa del mapa.

La viuda de Scott McCandles nunca aceptó el lenguaje frío de los informes oficiales. Para ella, su esposo no murió por un error ni por la montaña. Murió porque confió. Con el tiempo, creó una fundación privada para asesorar a alpinistas aficionados sobre contratos, guías certificados y derechos legales en expediciones. No buscaba venganza. Buscaba que nadie más quedara solo a seis mil metros de altura frente a alguien que podía marcharse impunemente.

Los guardaparques veteranos del Denali aún recuerdan el caso. No lo mencionan a los turistas, pero entre ellos, el nombre de Scott McCandles sigue siendo una advertencia silenciosa. Recuerdan la cueva. El cuerpo colgado boca abajo. El nudo perfecto en la cuerda. Detalles que no pertenecen a los accidentes.

En el Denali, la mayoría de las muertes son claras. Caídas. Avalanchas. Hipotermia. El caso de Scott fue distinto. No fue el caos de la naturaleza. Fue el orden frío de una decisión humana.

Hoy, la cueva donde fue encontrado ya no existe. El glaciar se movió. El hielo colapsó. El acceso desapareció como si nunca hubiera estado allí. Pero en los archivos del parque, una frase permanece intacta.

El cuerpo fue ocultado deliberadamente.

En la montaña más alta de América del Norte, donde muchos buscan gloria, superación o silencio, quedó una lección que no aparece en los mapas ni en las guías.

El mayor peligro no siempre es el frío.
Ni la altura.
Ni el hielo.

A veces, el verdadero riesgo camina a tu lado, comparte tu cuerda y decide, en medio de la tormenta, cuánto vale tu vida.

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