Era julio de 1989, y el calor en el Bosque Nacional Croatan era casi insoportable. La humedad abrazaba cada centímetro de piel, y la densa neblina matutina se mezclaba con el aroma a pino húmedo y tierra mojada. Seis adolescentes de la pequeña ciudad de Havlock habían llegado al campamento Battle Lake para un fin de semana de pesca, fogatas y risas bajo las estrellas. Entre ellos estaba Randy Miller, un joven de 17 años, alto y delgado, un chico normal con sueños simples y un trabajo en el lavado de autos, ahorrando para su primer pickup usado.
La primera noche transcurrió tranquila. Se escuchaba el crepitar de la fogata, las conversaciones de amigos, y los gritos ocasionales de los búhos lejanos. Cuando el reloj marcó las 11:00 pm, todos se refugiaron en sus tiendas. Randy compartía la suya con su hermano Kyle, de 14 años. Dormían en la oscuridad, mientras los demás se sumergían en sueños juveniles, ignorando lo que la noche tenía reservado.
A las 3:00 am, Kyle despertó por un leve sonido: Randy manipulando el cierre de la tienda. “¿A dónde vas?”, preguntó, somnoliento. “Solo voy al baño”, respondió Randy, sin mayor preocupación, y desapareció en la oscuridad del bosque, sin linterna, sin zapatos, con apenas una camiseta y pantalones cortos. Kyle volvió a dormir, sin saber que ese sería el último momento en que vería a su hermano con vida.
Veinte minutos más tarde, Kyle despertó de nuevo. Randy no había regresado. La puerta del baño de madera estaba abierta, vacía. Un frío temor recorrió a los adolescentes. Llamaron su nombre, primero en voz baja, luego más fuerte. Nada. Nada más que el silencio del bosque, profundo y absoluto, interrumpido solo por el lejano croar de ranas y el murmullo del viento.
Decidieron buscarlo. Jason, Marcus y Kyle se adentraron en el bosque, linterna en mano, mientras las chicas se quedaron vigilando las tiendas. Buscaron por toda la zona del campamento, recorrieron senderos y riberas del lago, sin encontrar rastro alguno. Un silencio inquietante los envolvía, como si la misma naturaleza contuviera la respiración. Finalmente, cuando el sol comenzó a filtrarse entre los árboles, Marcus condujo hacia la estación de guardabosques más cercana para pedir ayuda.
Los rangers llegaron alrededor de las 7:00 am. Carl Jenkins, veterano de 23 años en el Croatan, coordinó de inmediato una búsqueda masiva. Veinte personas comenzaron a rastrear el área, acompañadas por perros entrenados para seguir olores humanos. Fue entonces que las pistas comenzaron a aparecer: huellas. Pero no eran normales. Eran enormes, de unos 25 cm de largo, con cinco dedos desproporcionadamente largos y garras que arañaban la tierra. Al lado, las zapatillas de Randy seguían un patrón que cruzaba las misteriosas huellas. Y entonces, simplemente, desaparecieron.
El bosque había reclamado a Randy. Por décadas, nadie volvió a pisar esas huellas con seguridad. Nadie sabe exactamente qué ocurrió aquella noche, pero los locales aprendieron a no aventurarse en Croatan después del anochecer.
Semanas después de la desaparición de Randy, el bosque parecía observar en silencio. Los residentes locales comenzaron a reportar sucesos extraños cerca del Battle Lake. Un cazador llamado Dennis Krauss aseguró haber visto, al amanecer, una figura enorme entre los árboles: casi 2,1 metros de altura, cubierta de un pelaje oscuro y moviéndose erguida sobre dos piernas. Intentó acercarse con binoculares, pero la figura desapareció como si se desvaneciera en la bruma.
No fue la única experiencia inquietante. Una mujer que vivía en el límite del bosque escuchó, noche tras noche, un sonido que oscilaba entre un aullido y un gruñido profundo. Su perro, normalmente tranquilo, se negaba a salir al patio y aullaba mirando hacia la espesura. Los rumores comenzaron a esparcirse: algo vivía en Croatan, algo que no debía estar allí.
Carl Jenkins, el ranger veterano, decidió investigar los archivos antiguos del bosque. Lo que encontró lo dejó pálido. En 1973, un grupo de cazadores había reportado un encuentro con un animal imposible de identificar en la misma zona: alto, cubierto de pelo, y con un extraño comportamiento térmico. En 1979, turistas en un campamento cercano mencionaron ruidos extraños durante la noche y encontraron huellas grandes con dedos anormalmente largos. Jenkins entendió que no era un caso aislado.
El otoño de 1989 trajo nuevos incidentes. Geólogos que realizaban estudios a tres millas del campamento encontraron un campamento completamente destrozado: tiendas rasgadas, mochilas esparcidas y comida robada, pero sin señales humanas. Alrededor, las mismas huellas de 25 cm con dedos largos estaban impresas en la tierra. Dos días después, un hombre fue hallado inconsciente en un camino forestal cercano, con rasguños profundos y ropa desgarrada. Contó que había sido atacado por algo alto, peludo, con brazos y garras enormes, y que había corrido toda la noche hasta encontrar la carretera.
A raíz de estos sucesos, el Servicio Forestal cerró varios senderos y colocó carteles de advertencia, sin explicar el motivo exacto. Randy Miller nunca apareció. Los años pasaron, pero cada 20 de julio su familia se acerca al borde del bosque para dejar flores, recordando a un hijo desaparecido sin rastro.
Jenkins se retiró en 2002. Antes de irse, colocó fotografías de las huellas y sus notas en un archivo sellado, marcado como no accesible al público. En una conversación privada, le confesó a un colega: “Hay algo viviendo en ese bosque que no debería estar aquí, y no quiere ser encontrado”.
El misterio persiste. ¿Qué tomó a Randy Miller aquella noche de julio? Nadie lo sabe con certeza. Lo único claro es que, en el bosque Croatan, después del anochecer, aventurarse solo es jugar con algo que supera cualquier lógica y explicación humana.
Con los años, la desaparición de Randy Miller se convirtió en una leyenda urbana local, transmitida de boca en boca entre los residentes de Havlock y los excursionistas que se aventuraban cerca del bosque Croatan. Algunos sugieren que Randy pudo haber sido víctima de un animal desconocido, quizás un primate o depredador mutado, una especie que el mundo nunca había documentado. Otros creen en algo más sobrenatural: seres que habitan los bosques profundos, evitando cualquier contacto humano, pero dejando huellas y señales de su presencia.
Los testigos que sobrevivieron a encuentros con lo desconocido describen un patrón inquietante. Siempre es de noche o al amanecer, la criatura parece medir más de dos metros, camina erguida, y sus extremidades y dedos son más largos de lo normal. Sus movimientos son rápidos y silenciosos, pero dejan huellas enormes que desaparecen abruptamente sobre terreno sólido, como si se desmaterializara. Los perros y otros animales domésticos reaccionan con miedo extremo, negándose a acercarse al bosque.
En entrevistas recientes, algunos antiguos guardabosques que patrullaban la zona confirman que los sucesos nunca cesaron. Aunque raros, los informes de gritos, rastros imposibles de identificar y campamentos desordenados siguen llegando, aunque ahora son más escasos debido a la disminución del acceso público y la vigilancia estricta. Una cosa quedó clara para todos los que trabajaron en el área: el bosque tiene un secreto, y aquel que se adentra demasiado puede no volver.
La familia Miller nunca dejó de esperar respuestas. Cada año, en el aniversario de la desaparición de Randy, colocan flores en el borde del bosque. Para ellos, la memoria de su hijo sigue viva, y el misterio no resuelto alimenta un dolor silencioso. Incluso hoy, muchos lugareños evitan caminar solos por Croatan después del anochecer, respetando la advertencia tácita que Randy, sin saberlo, les dejó: hay fuerzas en el bosque que no deben ser perturbadas.
Los archivos de Jenkins permanecen sellados, con fotografías de las huellas y sus notas guardadas en secreto. Nadie fuera del Servicio Forestal tiene acceso a ellos, y nadie sabe si alguna vez se abrirán. Las historias de Randy Miller y de los encuentros inexplicables en Croatan recuerdan a todos que hay lugares en la Tierra donde la lógica humana y la ciencia se enfrentan a lo inexplicable. Después de más de tres décadas, la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué se llevó a Randy Miller aquella noche de julio de 1989? El bosque Croatan guarda la respuesta, y no tiene intención de revelarla.