14 de enero de 2023. La nieve crujía bajo las botas de David Thornton mientras inspeccionaba el suelo de la pequeña cabaña que había alquilado junto a su familia en Wrangle St. Elias, Alaska. Habían llegado con su esposa Sarah y sus dos hijos para una semana de pesca y tranquilidad en la naturaleza salvaje de uno de los parques nacionales más grandes de Estados Unidos. El silencio del invierno, roto solo por el viento entre los pinos y el hielo del exterior, prometía una escapada perfecta.
Pero lo que David encontró bajo los tablones del piso cambió todo. No era aislante viejo ni un nido de roedores, como esperaba. Era un maletín metálico antiguo, cubierto de cinta aislante agrietada y capas de polvo que delataban años de abandono. Sus manos temblaban mientras lo sacaba, y la luz de la cabaña reveló detalles inquietantes: remaches oxidados, la tapa deformada por el tiempo y un olor rancio que emergía de su interior. Llamó a Sarah, quien se acercó con los niños, y juntos abrieron el maletín.
Lo que vieron los dejó paralizados. Dentro, un esqueleto humano doblado en una posición antinatural, con restos de ropa oscura aún adheridos a los huesos y un mechón de cabello pegado al cráneo. Junto a él, un viejo GPS con la pantalla rota y un fragmento de mapa turístico con anotaciones manuscritas. Sarah gritó, abrazó a los niños y salió corriendo de la cabaña, mientras David, con manos temblorosas, marcaba el número de la policía estatal de Alaska.
Detective Marcus Holloway y la forense Jennifer Park tardaron cinco horas en llegar desde Chaititina, atravesando kilómetros de nieve y carreteras peligrosas. Cuando examinaron el maletín, quedó claro que los restos no eran recientes. La ropa descompuesta, la oxidación del metal y la condición de los huesos indicaban que la persona llevaba años muerta, perdida en la historia del lugar. Entre los objetos se encontró un suéter azul oscuro con manchas que parecían sangre seca, y el GPS y el mapa sugirieron que la víctima había estado viajando sola, quizás como excursionista.
Durante tres semanas, los expertos forenses trabajaron para identificar los restos. La doctora Elizabeth Chen, desde Anchorage, examinó meticulosamente los huesos y determinó que pertenecían a una mujer de entre 25 y 30 años, de aproximadamente 1,65 metros de altura. Tras comparar registros dentales y bases de datos de personas desaparecidas, finalmente el 7 de febrero de 2023 se confirmó la identidad: Carolyn Maize, desaparecida 14 años atrás durante una caminata solitaria en Wrangle St. Elias. El ADN extraído de la médula ósea corroboró sin lugar a dudas que los restos eran de ella.
La noticia impactó tanto a la comunidad como a la familia de Carolyn. Thomas y Margaret Maize, sus padres, habían pasado años buscando respuestas, rechazando la versión oficial de un accidente que la policía había dado tras su desaparición en 2009. Carolyn había sido una mujer activa, apasionada por la naturaleza y la exploración, con un amor profundo por los parques nacionales. Tras graduarse en ecología en la Universidad de Minnesota en 2004, se dedicó a la conservación y viajaba cada verano a rutas desafiantes, siempre preparada, siempre cuidadosa.
En agosto de 2009, Carolyn decidió cumplir su sueño de recorrer la ruta desde McCarthy hasta el glaciar Ruth en Alaska. Al llegar a McCarthy el 8 de agosto, conoció a un guía local, Jake Harrison, quien la ayudó a planear su ruta y le advirtió sobre osos, grietas glaciales y cambios repentinos del clima. Al día siguiente, Carolyn comenzó su travesía, firmando el registro de visitantes con la fecha de regreso prevista para el 17 de agosto. Nadie volvió a verla con vida después de esa mañana, y la búsqueda inicial, aunque intensa, solo arrojó un pequeño brazalete roto como pista. La policía concluyó que probablemente había caído en una grieta glaciar, un accidente trágico pero natural.
Sin embargo, el hallazgo del maletín bajo el piso de la cabaña en 2023 cambió todo. La hipótesis del accidente colapsó: alguien había escondido su cuerpo deliberadamente, un crimen que había permanecido oculto durante más de una década. El caso pasó de accidente a asesinato, y Detective Holloway comenzó a reconstruir los últimos días de Carolyn con una nueva perspectiva.
Detective Marcus Holloway sabía que encontrar el maletín bajo el piso de la cabaña no era un accidente. El hecho de que los restos de Carolyn Maize hubieran sido cuidadosamente escondidos durante 14 años indicaba a un asesino meticuloso, alguien que conocía la zona y confiaba en que nadie descubriría su crimen. La cabaña pertenecía a Clayton McGregor, un hombre local que la había construido en los años 90 y la utilizaba como base de caza. Sin embargo, McGregor se había mudado a Anchorage en 2011 y alquilaba la cabaña ocasionalmente a turistas experimentados. Él aseguró no saber nada sobre Carolyn, y su coartada fue confirmada: había estado fuera de McCarthy durante las fechas de la desaparición.
Con McGregor descartado, Holloway revisó los registros de la investigación original de 2009. Entre todos los contactos de Carolyn, uno llamó su atención: Jake Harrison, el guía que la había ayudado a planear su ruta y advertirle sobre los peligros del parque. En 2009, Harrison había declarado que la vio por última vez la noche del 8 de agosto en el campamento y que el 9 de agosto acompañaba a un grupo de turistas a Kennakott Glacier, lo que estaba respaldado por registros de la agencia de tours. Su testimonio parecía sólido entonces, pero Holloway sospechaba que alguien cercano a Harrison podría haber estado involucrado.
Investigando más a fondo, descubrieron que Harrison tenía un tío llamado Milo Shelton, un hombre con antecedentes criminales. Nacido en 1949 en Oregon, Shelton había trabajado como geólogo en Alaska desde los años 70. En 1986 fue condenado por agresión a una mujer en Anchorage y cumplió tres años de prisión. Tras su liberación, se estableció como recluso cerca de McCarthy, construyó una pequeña casa y vivió aislado, siendo recordado por los locales como extraño y difícil de tratar. En 2010, Milo Shelton desapareció, dejando su casa vacía. Su paradero era desconocido, y oficialmente estaba listado como desaparecido.
Holloway notó un detalle inquietante: la casa de Shelton estaba a solo 2 km de la cabaña de McGregor, donde se encontraron los restos de Carolyn. La proximidad no podía considerarse una coincidencia. El detective organizó un equipo de investigación y forenses para inspeccionar la casa abandonada el 3 de marzo de 2023. La estructura de madera estaba medio derruida, con el techo colapsado y la humedad deteriorando las paredes. Sin embargo, el sótano, aún parcialmente intacto, ofrecía pistas que podrían conectar a Shelton con la desaparición de Carolyn.
Entre los escombros encontraron objetos antiguos, ropas desgastadas y restos de equipamiento de senderismo. Algunos elementos coincidían con lo que Carolyn había llevado en su excursión: una brújula antigua, partes de un mapa y restos de una mochila que podrían haber sido reutilizados o movidos. Cada hallazgo aumentaba la sospecha de que Milo Shelton había estado involucrado en la muerte y ocultación del cuerpo de Carolyn, aunque la evidencia directa seguía siendo limitada.
Detective Holloway también examinó los registros de alquiler de la cabaña en 2009. El análisis reveló que la cabaña había estado vacía durante la semana de la desaparición de Carolyn, pero alguien había tenido acceso a ella para esconder el maletín. Combinando la cercanía geográfica, los antecedentes criminales de Shelton y su desaparición en 2010, Holloway concluyó que debía seguir investigando sus contactos y posibles cómplices. La teoría de un accidente desapareció: Carolyn había sido asesinada deliberadamente, y su cuerpo ocultado con precisión durante catorce años.
Mientras tanto, la familia Maize, aunque devastada por la confirmación de la muerte de Carolyn, comenzó a comprender que la verdad, aunque dolorosa, estaba emergiendo finalmente. Cada hallazgo, cada fragmento de evidencia, acercaba a los investigadores a revelar un crimen que la vasta y solitaria naturaleza de Alaska había logrado ocultar durante más de una década.
La investigación del detective Holloway avanzaba lentamente, pero cada hallazgo confirmaba que Carolyn Maize no había muerto por accidente, sino que había sido víctima de un asesinato cuidadosamente planeado. La proximidad de la casa abandonada de Milo Shelton a la cabaña de McGregor, junto con sus antecedentes criminales, lo convertían en el principal sospechoso. Sin embargo, con Shelton desaparecido desde 2010, encontrar pruebas directas se convirtió en un desafío.
Los investigadores recurrieron a la tecnología moderna: análisis forense avanzado, estudios de ADN de objetos encontrados en la casa y en el maletín, y reconstrucción de rutas usando mapas históricos y registros de senderistas. Cada fragmento de evidencia apuntaba a un patrón inquietante: alguien conocía perfectamente la zona, la cabaña, los senderos y los puntos aislados donde nadie podría descubrir un cuerpo durante años.
Durante la inspección del sótano de la casa de Shelton, los forenses encontraron restos de objetos personales que pertenecían a Carolyn: fragmentos de ropa, una pequeña brújula y trozos de su mapa de rutas. Estos hallazgos, junto con la información sobre su desaparición y la ubicación del maletín en la cabaña de McGregor, fortalecieron la teoría de que Shelton había cometido el crimen. Aunque el asesino nunca fue encontrado en vida, la evidencia reconstruyó su modus operandi: atrapar a Carolyn durante su excursión, asesinarla y ocultar el cuerpo en un maletín, luego dejarlo bajo el suelo de una cabaña cercana para asegurarse de que nadie lo descubriera durante años.
La familia Maize recibió finalmente respuestas después de 14 años de incertidumbre. Aunque nunca podrían recuperar a Carolyn, comprendieron que su muerte no había sido accidental ni producto de la naturaleza salvaje de Alaska. Su hija había sido víctima de la maldad humana, y la paciencia y dedicación de los investigadores habían logrado reconstruir la verdad. Thomas y Margaret Maize, aunque devastados, encontraron un consuelo parcial en saber que Carolyn había sido localizada y su caso esclarecido, aunque incompleto sin justicia para el asesino.
La historia de Carolyn Maize se convirtió en un caso emblemático en Alaska: un recordatorio de que incluso en los lugares más remotos y hermosos, la maldad puede ocultarse durante décadas. Las autoridades reforzaron las medidas de seguridad para excursionistas solitarios, y el parque nacional estableció protocolos más estrictos para monitorear la entrada y salida de visitantes, con especial atención a las rutas aisladas.
Aunque Milo Shelton nunca fue capturado, la investigación demostró la importancia de la tecnología forense moderna y la perseverancia de los investigadores. Cada pieza de evidencia, cada objeto encontrado y cada registro revisado permitió finalmente reconstruir el destino de Carolyn, revelando un crimen que parecía haber sido olvidado por el tiempo y la nieve de Alaska.
La historia terminó con un mensaje de precaución y memoria: Carolyn Maize, mujer valiente y amante de la naturaleza, finalmente fue localizada, y su vida y muerte dejaron una lección duradera sobre la vigilancia, la justicia y la fragilidad de la vida humana, incluso en los paisajes más imponentes y remotos.