EL SILENCIO DE LAS SOMBRAS: MIL DÍAS BAJO LA TIERRA

El metal chirrió. Un sonido agudo, violento, que rompió el aire estancado del bosque. Mark Tennison hundió la palanca con el peso de su cuerpo y la trampilla de acero cedió, revelando una garganta de hormigón que descendía hacia la oscuridad absoluta.

—¿Hola? —su voz rebotó en las paredes húmedas, perdiéndose en el vacío.

Silencio. Solo el goteo rítmico de la condensación contra el suelo de cemento. Mark bajó la escalera metálica, su linterna cortando el aire viciado. Al fondo, tras una puerta de acero reforzado, el haz de luz iluminó un rostro. Piel de papel, ojos que habían olvidado la luz, y una cadena que conectaba un tobillo esquelético con un tubo de hierro.

Lauren Parks, la chica que el mundo dio por muerta, no parpadeó.

Habían pasado años. Lauren no recordaba su propio apellido, pero recordaba perfectamente el sonido de los pasos. Un paso pesado, arrastrado. El paso de Gerald Matthews. El hombre que la había cazado como a un animal mientras ella recorría el sendero de los Apalaches, arrastrándola hacia aquel agujero donde el tiempo dejó de existir.

—Bebe —susurró Mark, ofreciéndole su cantimplora con manos temblorosas.

Lauren retrocedió, pegando su espalda contra el hormigón frío. Sus dedos, entumecidos y sucios, se cerraron sobre el plástico con una desesperación animal. El agua sabía a vida, pero el miedo seguía sabiendo a hierro.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él, su voz quebrada por el horror de lo que estaba viendo.

Hubo una pausa eterna. El aire en el búnker pesaba como el plomo, cargado de la humedad de mil pesadillas.

—Lauren —la voz salió rota, una cuerda de violín a punto de quebrarse—. Soy de Richmond. Ayúdame, por favor.

El rescate fue un torbellino de luces azules y uniformes gritando órdenes. Cuando la camilla emergió de las profundidades, la luz del sol golpeó el rostro de Lauren. Cerró los ojos con un gemido de dolor físico. El mundo era demasiado brillante. Demasiado ruidoso. Demasiado libre para alguien que había aprendido a respirar en un espacio de tres metros cuadrados.

En el hospital, los médicos contaron sus costillas antes que sus palabras. Era una sombra humana. Cicatrices de grilletes en los tobillos contaban la historia de cada intento de fuga fallido, de cada vez que intentó recuperar su dignidad y fue castigada por ello. Cicatrices en el alma que ningún bisturí podría alcanzar jamás.

—¿Por qué no volviste a por mí? —le preguntó Lauren a su reflejo en el cristal de la ventana semanas después.

Sus padres lloraban al otro lado de la puerta, una mezcla de alegría y una culpa que los devoraba vivos. Lauren solo sentía un vacío inmenso. El sargento que detuvo su búsqueda años atrás, convencido de que un depredador del bosque la había matado, no podía sostenerle la mirada. Ella había estado viva todo el tiempo, gritando en silencio bajo sus pies.

—Pensaba que nadie me buscaba —dijo Lauren meses después, sentada frente a una grabadora, su voz ahora firme pero carente de brillo—. Cada día pensaba: “Hoy será el último”. Pero el cuerpo no quería morir. El corazón seguía latiendo a pesar de mí. No era valentía, era instinto de supervivencia puro y cruel.

Gerald Matthews estaba muerto. El monstruo había sufrido un derrame cerebral en su caravana mientras Lauren moría de hambre lentamente en su búnker olvidado. Él se llevó las llaves a la tumba, pero ella se quedó con la vida. Fue el azar, y no la justicia, lo que permitió que Mark Tennison encontrara la escotilla mientras buscaba chatarra en la propiedad abandonada.

Lauren Parks caminó hacia la salida del hospital. El viento le rozó la cara, cargado con el aroma de los pinos. Ya no estaba atada a la cama. Ya no estaba en el búnker. Pero mientras miraba hacia las montañas distantes, supo que una parte de ella siempre se quedaría allí abajo, en la oscuridad, esperando un sonido de pasos que ya no podían herirla.

Estaba viva. Y ahora, tenía que aprender a habitar un mundo que ya no conocía.

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