El rugido de una motocicleta quebraba el silencio de las madrugadas en una ciudad que nunca terminaba de dormir. Entre las luces intermitentes de los semáforos y el eco distante de los mercados nocturnos, Manuel trabajaba incansablemente como conductor de moto-taxi. Su vida se había convertido en un ir y venir de calles estrechas, avenidas congestionadas y rostros apresurados.
No era un hombre viejo, pero las arrugas en su frente parecían haber llegado antes de tiempo. Cada línea contaba la historia de noches en vela y preocupaciones acumuladas. Su esposa había fallecido hacía tres años, y desde entonces, la vida le había puesto una prueba más dura: el diagnóstico de leucemia de su hijo Diego, un niño de apenas once años.
El médico había sido claro: el tratamiento era costoso y constante. Medicinas, quimioterapias, visitas al hospital. Todo parecía imposible para alguien que vivía al día. Pero Manuel no conocía la palabra rendición. Para él, cada kilómetro recorrido era una moneda más que podía convertirse en una pastilla, en una esperanza, en un respiro de vida para Diego.
Mientras otros conductores descansaban al amanecer, él seguía conduciendo. El sol era testigo de sus ojos enrojecidos y sus manos endurecidas por el manillar. Su único descanso era una taza de café barato en los pequeños puestos de la calle, acompañado a veces de pan duro que apenas lograba calmar el hambre.
Diego lo esperaba siempre en casa con una sonrisa. Aunque su cuerpo estaba débil, sus ojos brillaban con la fuerza de quien quiere vivir. Cada vez que veía a su padre entrar sudoroso, con el casco bajo el brazo, lo abrazaba con la poca energía que le quedaba y le decía:
—Papá, yo sé que un día me voy a curar.
Esa frase era gasolina en las venas de Manuel.
Las facturas médicas crecían como una montaña imposible de escalar. Manuel aumentaba las horas de trabajo, llevando pasajeros incluso bajo la lluvia o en medio de la madrugada, cuando el peligro acechaba en cada esquina.
Una noche, tras dejar a una clienta en un barrio lejano, fue asaltado por dos jóvenes en moto. Lo encañonaron y le robaron la recaudación de todo el día. Era más de lo que ganaba en una semana. No solo perdió el dinero, también la esperanza momentánea de comprar las medicinas de la mañana siguiente.
Volvió a casa con las manos vacías. Al ver a Diego, las lágrimas le ganaron la batalla. No lloraba nunca frente a su hijo, pero esa vez no pudo evitarlo. Diego, con su voz suave, le dijo:
—Papá, no te preocupes… yo aguanto.
Esas palabras eran un puñal en el corazón. Manuel apretó los puños y juró que, pasara lo que pasara, su hijo no se quedaría sin medicinas.
Los días siguientes fueron una guerra contra el cansancio. Conducía hasta que sus manos temblaban y sus párpados se cerraban solos. A veces, para mantenerse despierto, gritaba, cantaba o se golpeaba las piernas. La ciudad lo veía como una sombra que recorría calles interminables.
Una tarde, mientras esperaba pasajeros cerca de la estación de buses, conoció a Clara, una enfermera joven que había escuchado de su historia en el hospital. Ella lo miró con ternura y le ofreció ayuda:
—Manuel, no puedes seguir así. Te estás destruyendo. Déjame hablar con unas asociaciones, quizá puedan apoyar.
Él negó con la cabeza. El orgullo y el miedo a deber favores lo detenían. Pero Clara insistió. Semanas después, una fundación empezó a colaborar parcialmente en el tratamiento de Diego.
Sin embargo, eso no era suficiente. El costo seguía siendo mayor que la ayuda recibida. Y entonces, la noticia más dura llegó: Diego necesitaba una intervención urgente, de alto riesgo y aún más costosa.
Esa noche, Manuel trabajó hasta que la moto casi se quedó sin gasolina en plena avenida. Luchaba contra el destino, como si con cada pasajero pudiera comprarle un día más de vida a su hijo.
Finalmente, su cuerpo dijo basta. Cayó inconsciente en medio de la lluvia, bajo un puente, con el casco aún puesto. Fue un taxista quien lo encontró y lo llevó al hospital.
Cuando despertó, lo primero que preguntó fue por Diego. Clara estaba allí, cuidándolo. Ella le tomó la mano y le dijo:
—Tranquilo, tu hijo está bien. Lo llevaron a cirugía gracias a una colecta. Médicos, vecinos, incluso algunos pasajeros tuyos colaboraron.
Las lágrimas de Manuel fueron ahora de alivio. La ciudad, que tantas veces lo había golpeado, también tenía un corazón.
La operación fue larga, pero exitosa. Diego tendría un camino difícil por delante, lleno de cuidados, pero la esperanza había vuelto a casa.
Manuel, débil y agotado, salió del hospital en silla de ruedas, empujado por Clara. Frente a ellos, Diego sonreía con una máscara de oxígeno y el pulgar levantado.
Por primera vez en mucho tiempo, Manuel no pensó en la deuda, ni en la fatiga, ni en la moto que lo esperaba en la calle. Solo pensó en su hijo, en que cada sacrificio había valido la pena, y en que mientras respiraran, la lucha continuaría.
La moto, testigo de cada lágrima y cada esfuerzo, seguía allí, lista para recorrer la ciudad una vez más. Pero esta vez, Manuel no se sentía solo. Tenía a su hijo, tenía a Clara, y tenía la certeza de que incluso en las noches más oscuras, siempre habría una chispa de luz.