EL MISTERIO DE LOS PANTANOS DE CENTLA: LA JOVEN QUE REGRESÓ DEL INFIERNO DOS AÑOS DESPUÉS SIN PODER HABLAR

Los Pantanos de Centla, en el estado de Tabasco, son una maravilla natural de humedales, manglares y una red infinita de ríos y lagunas. Pero bajo su belleza verde se esconden peligros mortales: fauna salvaje, zonas incomunicadas y secretos que la selva a veces decide no devolver jamás. El 17 de junio de 2006, Mariana Reyes, una estudiante de preparatoria de 17 años llena de sueños, se adentró en esta reserva para una excursión con amigas. Lo que debía ser una tarde tranquila de fotografía de aves se convirtió en el inicio de una pesadilla que duraría dos años y dejaría una cicatriz imborrable en la sociedad tabasqueña.

La Desaparición en el Manglar

Todo comenzó con una decisión rutinaria cerca de una zona turística. El grupo se separó brevemente en un sendero de madera; Mariana quería llegar a un mirador para ver mejor la laguna, prometiendo volver en veinte minutos. Ese lapso se convirtió en una eternidad. Cuando sus amigas y los guías locales la buscaron, Mariana se había esfumado.

La búsqueda fue masiva. Protección Civil, la policía estatal y pescadores locales peinaron miles de hectáreas de terreno difícil. Al día siguiente, encontraron un indicio macabro en la orilla de un brazo del río: los tenis de Mariana, colocados perfectamente uno al lado del otro, y su mochila con la correa cortada limpiamente con una navaja. No había señales de lucha, ni huellas, ni testigos. Tras semanas de esfuerzos infructuosos y con la temporada de lluvias complicando el acceso, las autoridades concluyeron lo peor: probablemente había caído al agua y sido víctima de los cocodrilos o ahogada en el fango. Sus padres, Juana y David Reyes, devastados, tuvieron que enterrar un ataúd vacío en el cementerio de Villahermosa, mientras su hija vivía un infierno en la tierra.

El Regreso de la Oscuridad

El milagro ocurrió dos años después, en agosto de 2008. Carlos Durán, un chofer de tráiler que cubría la ruta nocturna hacia Coatzacoalcos, vio algo extraño al amanecer en la carretera federal 180, cerca de Frontera. Una figura esquelética se aferraba a un señalamiento vial.

Al detener su unidad, se encontró con una joven que parecía un cadáver viviente. Mariana pesaba apenas 39 kilos. Estaba cubierta de lodo seco, con ropa que eran apenas trapos y la piel llena de infecciones por picaduras de insectos. Pero lo más aterrador era su silencio. Tenía la boca abierta, intentando respirar con dificultad, y los ojos desorbitados por el pánico, pero no emitía sonido alguno. Fue trasladada de urgencia al Hospital Regional de Alta Especialidad en la capital del estado, donde los médicos descubrieron la verdad de su mudez: un trauma psicológico profundo conocido como mutismo psicógeno.

Las marcas en su cuerpo contaban la historia que ella no podía verbalizar. Cicatrices circulares en muñecas y tobillos indicaban el uso de cadenas. Lesiones en el interior de la boca sugerían que había sido amordazada con brutalidad y frecuencia. Alguien se había asegurado de que Mariana no pudiera gritar, anulando su voz hasta que su propia mente bloqueó el habla como mecanismo de supervivencia.

La Casa de Seguridad en el Pantano

Gracias a dibujos que Mariana hizo con manos temblorosas y a la recuperación paulatina de su habla meses después, la Fiscalía General del Estado pudo reconstruir el horror. Había sido capturada por un hombre alto y curtido por el sol pocos minutos después de quedarse sola. La llevó en una lancha a través de canales estrechos hasta un palafito (casa sobre pilotes) en una zona virgen de la reserva, inaccesible por tierra.

Allí, Mariana vivió encadenada a una viga de madera podrida. Su captor, identificado más tarde como Rogelio Blanco, un cazador furtivo de lagartos con antecedentes penales en Frontera y Centla, le impuso una regla de oro: silencio total. Cualquier intento de emitir un sonido era castigado. Pasaba días sola, escuchando los ruidos de la selva, esperando la llegada de su verdugo, quien le traía apenas lo necesario para no morir de hambre y abusaba de ella sistemáticamente.

Los agentes ministeriales, guiados por expertos en la zona, encontraron la cabaña. Era un lugar nauseabundo, lleno de humedad y restos de comida enlatada. Encontraron las cadenas y una mordaza casera colgada en la pared. El ADN de Mariana estaba por todas partes. Sin embargo, Rogelio Blanco se había esfumado. Su lancha fue encontrada quemada en un recodo del río Usumacinta, pero de él no había ni rastro.

La Lucha por Recuperar la Voz

La liberación de Mariana sigue envuelta en misterio. Un día, Blanco, actuando de manera nerviosa —quizás temiendo que algún operativo contra la caza furtiva se acercara—, simplemente le quitó las cadenas, le arrojó una botella de agua y huyó en su lancha, dejándola a su suerte. Mariana caminó y nadó por tramos durante horas, guiada por el instinto, hasta encontrar la carretera.

El camino hacia la recuperación ha sido lento y doloroso. Mariana tardó seis meses en poder decir “mamá” entre lágrimas. Tuvo que volver a aprender a vivir en sociedad, a dormir en una cama limpia sin el miedo a despertar amordazada. Hoy, estudia psicología en una universidad local, con el objetivo de ayudar a otras víctimas de violencia y secuestro.

Sus padres transformaron su dolor en activismo, fundando “Voz de Esperanza”, una asociación civil que apoya a familias de desaparecidos en el sureste mexicano. Saben que tuvieron un “milagro” al recuperar a su hija con vida, algo que lamentablemente muchas familias en México no consiguen.

El caso de Mariana Reyes nos recuerda que los peligros no siempre son sobrenaturales; a veces son hombres que viven al margen de la ley, ocultando secretos monstruosos en la profundidad de la selva. Rogelio Blanco sigue prófugo, convirtiéndose en una especie de “coco” para los habitantes de la zona, pero Mariana Reyes está aquí, viva, y ha recuperado su voz para exigir que nunca más se repita una historia así.

Mientras los turistas siguen recorriendo los majestuosos ríos de Tabasco, esa vieja cabaña se pudre en el olvido, pero sirve de recordatorio de que la voluntad humana es capaz de resistir la oscuridad más absoluta y encontrar el camino de regreso a casa.

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