
Desde la frialdad de la celda 23 en el Centro de Reinserción Social Femenil de Santa Martha Acatitla, María Alejandra Contreras Suárez, de 38 años, narra una historia que parece sacada de un thriller psicológico, pero que está cimentada en el dolor más profundo que una madre y esposa puede experimentar. Su relato no es una súplica de perdón, ni un intento de justificar lo injustificable ante la ley; es la confesión cruda de una mujer que vio cómo su vida se desmoronaba en Venezuela y decidió reconstruir el equilibrio del universo con sus propias manos en las calles de la Ciudad de México.
El Origen de la Pesadilla
La historia se remonta a Caracas, Venezuela. María Alejandra no era una criminal; era una enfermera dedicada, graduada de la Universidad Central, que pasaba turnos de 12 horas salvando vidas en el Hospital Universitario. Tenía una vida modesta pero llena de amor junto a su esposo, Carlos Enrique Suárez, un ingeniero civil y activista, y su hijo de 16 años, Sebastián. Eran una familia de clase media que, como muchas otras, sufría los estragos de la crisis económica y política, pero mantenían la esperanza de un cambio.
Esa esperanza se apagó violentamente la noche del 23 de abril de 2018. Mientras María trabajaba, un comando irrumpió en su hogar. La última llamada de su hijo Sebastián, gritando por ayuda mientras golpeaban a su padre, es un sonido que, según ella, nunca dejará de resonar en su cabeza. Días después, el cuerpo de Carlos apareció con un disparo, acompañado de una nota que lo señalaba como opositor. De Sebastián, nunca se supo nada más, hasta que una fuente interna le confirmó el peor de los desenlace: había sido eliminado y ocultado en una fosa clandestina.
La Huida y el Encuentro Fortuito
Con el corazón destrozado y bajo amenazas de muerte si seguía investigando, María huyó. Dejó atrás las tumbas vacías y los recuerdos para cruzar fronteras hasta llegar a México en 2019. Como miles de refugiados, empezó de cero, limpiando casas y finalmente trabajando como mesera en un restaurante de comida venezolana en la colonia Condesa. México le ofreció seguridad y una oportunidad de sanar, o al menos eso creía.
El destino, caprichoso y cruel, le tenía preparada una prueba de fuego. En enero de 2022, un cliente entró al restaurante. Pidió arepas y una cerveza. Su voz, su acento y su rostro activaron una memoria traumática en María. Era “El Gordo”, uno de los cuatro agentes que, según la información que ella había recabado en Caracas, participaron en el ataque a su familia. Vivía en la impunidad, disfrutando de la vida en la capital mexicana como si sus manos no estuvieran manchadas de sangre.
La Metamorfosis: De Sanadora a Justiciera
En ese momento, la enfermera murió y nació la vengadora. María no confrontó al hombre. No llamó a una policía que probablemente no podría actuar por falta de jurisdicción o pruebas inmediatas. En su lugar, recurrió a lo que mejor conocía: la medicina. Sabía que ciertos medicamentos, administrados en dosis incorrectas a personas sanas, podían simular fallos cardíacos naturales.
Tras seguirlo y confirmar su identidad, María ejecutó su primer acto de retribución. Usando insulina, una sustancia vital para diabéticos pero letal en exceso para quienes no lo son, contaminó la bebida del hombre. Horas más tarde, las noticias reportaban el fallecimiento de un ciudadano venezolano por un “infarto fulminante”. Nadie sospechó. Fue el crimen perfecto. Pero para María, esto solo era el comienzo; tenía tres nombres más en su lista: “El Flaco”, “El Chino” y “El Capitán”.
La Cacería Silenciosa en la CDMX
Durante los siguientes 20 meses, María llevó una doble vida. De día servía mesas y sonreía a los clientes; en sus tiempos libres, se convirtió en una investigadora implacable. Se infiltró en círculos de la comunidad, hizo preguntas discretas y rastreó a los otros tres exagentes que, al igual que el primero, habían huido a México.
A “El Flaco”, guardia de seguridad, lo neutralizó con cloruro de potasio en una bebida regalada. A “El Chino”, taxista y autor material del disparo a su esposo, le administró digoxina. Finalmente, encontró a “El Capitán”, el líder del grupo, trabajando en una gasolinera en Iztapalapa. Para agosto de 2023, los cuatro nombres de su lista habían sido tachados. Cuatro paros cardíacos. Cuatro muertes “naturales”.
La Caída y la Sentencia
La perfección no existe en el crimen. La serie de muertes similares de exfuncionarios venezolanos en un periodo corto levantó sospechas. La policía ministerial mexicana, realizando un trabajo exhaustivo, conectó los puntos. Cámaras de seguridad, testimonios de farmacéuticos y el hallazgo de la lista de nombres en posesión de María cerraron el cerco.
Fue arrestada en su lugar de trabajo. No opuso resistencia. En el interrogatorio, confesó todo con una frialdad que heló la sangre de los fiscales. No buscó coartadas. “Ellos me quitaron a mi familia, yo les di lo que merecían”, declaró.
El juicio fue breve pero intenso. La defensa alegó el estado de alteración emocional provocado por el trauma, pero la premeditación era innegable. El juez, aunque reconoció el contexto de dolor y la pérdida irreparable que sufrió María a manos de un régimen opresor, dictó sentencia basándose en la ley: 18 años de prisión. La justicia privada no tiene cabida en un estado de derecho.

Reflexión Final desde el Encierro
Hoy, María Alejandra trabaja en la enfermería de la prisión. Irónicamente, sus manos vuelven a salvar vidas, curando a otras internas. A pesar de los 16 años que le restan de condena, afirma sentirse libre. “La vida en prisión es dura, pero no tan dura como vivir sabiendo que los verdugos de tu familia están libres y felices”, confiesa.
Su caso ha generado un debate moral complejo en redes sociales y en la opinión pública. ¿Es una villana o una víctima llevada al límite? Para la ley, es una homicida. Para ella misma, es una madre que cumplió con su deber final hacia su esposo e hijo. “Si pudiera volver atrás, lo haría todo exactamente igual”, concluye, cerrando un capítulo de sangre y lágrimas que une trágicamente a Caracas con la Ciudad de México.
Esta historia nos recuerda que, cuando las instituciones fallan y el dolor supera la razón, el ser humano es capaz de transformarse de formas inimaginables. María Alejandra pagará su deuda con la sociedad mexicana, pero en su conciencia, la cuenta con su pasado está saldada.