“El Silencio que Devora: La Desaparición Inexplicable en las Montañas de 2020”

Era temprano en la mañana cuando el grupo de excursionistas llegó al punto de partida. La bruma aún flotaba sobre los valles, y la luz del sol apenas comenzaba a deslizarse por las cimas de las montañas, tiñendo de naranja y dorado las rocas y los pinos que crecían en las laderas. Todo parecía normal, casi demasiado tranquilo, como si la montaña misma estuviera conteniendo la respiración, esperando que algo sucediera. Cada paso sobre las piedras resonaba con un eco claro que viajaba kilómetros sin encontrar nada que lo interrumpiera. Incluso los animales parecían estar ausentes, como si el aire hubiera borrado toda señal de vida.

Andrés, el excursionista que luego desaparecería, revisó su equipo una última vez antes de avanzar. Su radio BH estaba encendida, con baterías cargadas, su botiquín completo y organizado, brújula y mapa listos para cualquier contingencia. Movía cada objeto con la precisión de alguien que había pasado años estudiando la montaña, alguien que conocía cada curva del terreno y cada riesgo potencial. Su grupo lo conocía bien y confiaba plenamente en él: era meticuloso, calculador, metódico, alguien que nunca tomaba riesgos innecesarios y que, hasta ese día, jamás había perdido la calma en situaciones complicadas.

El clima era perfecto. El cielo estaba despejado, sin nubes que amenazaran con tormentas, el viento era apenas perceptible, suficiente para mover las hojas pero no para complicar el avance, y la temperatura era templada, cómoda para caminar durante horas. La ruta que iban a seguir había sido recorrida decenas de veces. Cada curva del sendero, cada roca, cada raíz sobresaliente, cada árbol caído, era familiar. Los accidentes no eran frecuentes allí, y los riesgos estaban bien identificados. Sin embargo, había una tensión imperceptible flotando en el aire, algo que no se podía nombrar. Era como si las montañas mismas supieran que algo iba a cambiar, algo que nadie en ese grupo podía prever.

Andrés se adelantó unos metros para inspeccionar un tramo estrecho del sendero que se adentraba entre rocas y árboles. El resto del grupo continuó detrás, manteniendo la comunicación por radio. Al principio, todo parecía normal: el crujir de las botas sobre la grava, el rumor del viento entre los pinos y las rocas. Pero cuando la vista del grupo perdió a Andrés entre las curvas del sendero, el ambiente comenzó a cambiar. Los sonidos habituales de la montaña desaparecieron de manera casi imperceptible. No había pájaros, ni insectos, ni el murmullo del viento chocando con las hojas. El único sonido era la respiración contenida de los excursionistas y el eco lejano de sus pasos.

Era un silencio absoluto que parecía empujar contra la mente, un vacío que no pedía calma, sino atención y respeto forzado. Cada músculo se tensaba sin razón aparente, y aunque ninguno podía explicarlo, todos sentían que algo en el entorno había cambiado de manera irreversible. A veces, en la montaña, el silencio es solo silencio. Pero otras veces, es una presencia que observa, que estudia, que espera, y este era uno de esos momentos.

Minutos después, la radio emitió la voz de Andrés de nuevo. Al principio, todo parecía normal. Su tono era claro, firme, indicando que estaba bien y que la ruta estaba despejada. Mencionaba que el terreno se veía como siempre y que no había obstáculos que impidieran el paso. Sin embargo, poco a poco, comenzaron a notarse detalles extraños en sus palabras. Decía que veía luces abajo, en un valle donde no había ninguna fuente de iluminación. Hablaba de sonidos imposibles de describir, algo parecido a murmullos, zumbidos y ecos mezclados que no coincidían con nada natural. Su voz no mostraba miedo, sino confusión absoluta, como si su mente estuviera intentando procesar algo que estaba más allá de la comprensión humana.

El grupo trató de tranquilizarlo desde la radio, recordándole los protocolos y preguntándole si necesitaba ayuda. Andrés respondía, pero sus respuestas se volvían cada vez más incoherentes. Comentaba que sentía presencias en la niebla, que percibía sombras moviéndose en los rincones de su visión periférica y que los contornos del terreno parecían cambiar cuando parpadeaba. Cada frase que salía de su boca era un hilo de tensión que se enredaba en la mente de quienes lo escuchaban, un hilo que no podían soltar y que los llenaba de un frío que no provenía del aire, sino de la sensación de impotencia frente a lo desconocido.

Y entonces, de repente, la transmisión se cortó. No hubo estática prolongada, no hubo ruidos de interferencia, no hubo indicio de un accidente mecánico con la radio. Solo silencio. Un silencio absoluto que llenó el aire de una manera casi física, como si la montaña hubiera absorbido la voz de Andrés y lo hubiera borrado de la existencia. La radio permaneció encendida, con la batería intacta y el volumen al máximo, pero la voz de Andrés no volvió a aparecer.

El grupo quedó paralizado unos segundos, incapaz de reaccionar. Nadie dijo palabra. Cada miembro sentía una mezcla de miedo, incredulidad y una especie de respeto involuntario por lo que había sucedido. Después de unos minutos que parecieron eternos, comenzaron a moverse con cautela, siguiendo el sendero de regreso y tratando de restablecer contacto con Andrés. Intentaron todas las frecuencias, todas las combinaciones posibles, pero no hubo respuesta. Era como si la montaña hubiera decidido reclamarlo, como si hubiera borrado cada rastro de su existencia en aquel tramo del valle.

Cuando los rescatistas llegaron horas más tarde, encontraron el radio exactamente donde Andrés lo había dejado. Encendido, con la batería casi llena, sin un solo rasguño, pero sin señales de él. La mochila estaba cerrada, perfectamente organizada, sin indicios de lucha ni de movimiento forzado. El terreno estaba despejado, rocoso, visible desde cualquier ángulo, un lugar donde desaparecer sin dejar rastro era imposible. Aun así, Andrés nunca fue encontrado.

Durante los diez días siguientes, helicópteros sobrevolaron la zona, perros rastreadores revisaron cada sendero y grieta, y equipos especializados en rescate de montaña inspeccionaron cada metro cuadrado. Nada. Ni un rastro de su presencia, ni una piedra removida, ni una huella. Era como si hubiera dejado de existir en ese instante, dejando solo la radio, la mochila y el recuerdo de una voz que se había desvanecido sin explicación.

A medida que los días pasaban, el silencio de la montaña parecía más pesado. Los rescatistas comenzaron a sentirlo también, esa sensación de que algo los observaba desde las sombras, que cada sonido que creían conocer podía ser un aviso de lo desconocido. Algunos juraban haber visto luces que desaparecían al parpadear, otros sentían escalofríos al mirar hacia los valles vacíos. Cada testimonio aumentaba la tensión y la sensación de que algo en la montaña no quería ser perturbado.

El caso de Andrés se convirtió en leyenda local. Nadie sabía qué había ocurrido exactamente, y cada intento de explicación lógica parecía desvanecerse frente a la evidencia: un hombre experimentado, un equipo perfecto, un terreno conocido, y aun así desapareció sin dejar rastro. Las transmisiones que se cortaron en aquel valle se convirtieron en un símbolo del límite entre lo comprensible y lo desconocido, una frontera invisible que nadie podía cruzar sin pagar un precio.

Y mientras el viento recorría las laderas y el sol caía lentamente, la montaña permanecía implacable, silenciosa, observando, como si supiera que algunas voces no estaban destinadas a ser escuchadas, que algunas personas no estaban destinadas a regresar. El silencio no era vacío, era presencia, y en ese valle, la presencia era absoluta.

Los rescatistas llegaron al campamento al mediodía. La brisa era ligera, pero portaba un aire extraño, como si la montaña respirara por sí misma. La radio de Andrés permanecía encendida, zumbando apenas, y cada vez que alguien intentaba hablar por ella, el sonido parecía tragado por un vacío invisible. El equipo estaba compuesto por hombres y mujeres experimentados, algunos con décadas de servicio en rescates de montaña, pero ninguno estaba preparado para lo que encontraron.

Revisaron la mochila, los mapas, las provisiones. Todo estaba intacto, como si Andrés se hubiera esfumado sin siquiera tocar nada. No había señales de lucha, no había marcas de arrastre ni de caída. Cada detalle era normal, perfectamente normal, excepto por la ausencia total del hombre que debía estar allí. Se miraron entre ellos con incredulidad. Las montañas eran despiadadas, sí, pero no desaparecían personas como si fueran humo.

Los helicópteros comenzaron a sobrevolar la zona. Desde el aire, el terreno parecía ordinario: rocas, arbustos dispersos, senderos visibles. No había cuevas ocultas ni grietas profundas donde alguien pudiera haberse refugiado. El equipo desplegó perros rastreadores que comenzaron a olfatear cada centímetro del suelo, pero sus colas bajaban, sus orejas caían y sus ladridos eran cortos y nerviosos. Era como si ellos también sintieran que la montaña estaba observando, que había algo en el aire que no debía ser perturbado.

Conforme pasaban las horas, comenzaron a ocurrir pequeñas anomalías que nadie podía explicar. Luces extrañas aparecían en el valle, destellos que desaparecían al parpadear, reflejos que no coincidían con el sol ni con la roca. Algunos rescatistas escuchaban murmullos leves entre los árboles, sonidos que parecían palabras, aunque ninguna tenía sentido. Otros sentían como si algo rozara sus hombros mientras caminaban por senderos vacíos, una caricia fría, etérea, imposible de rastrear. La tensión crecía con cada hora que pasaba.

Por la tarde, los helicópteros comenzaron a buscar en la zona más remota. El piloto reportó que el viento, que hasta ese momento había sido estable, se detuvo de manera súbita en varios sectores del valle, como si el aire mismo fuera bloqueado por una fuerza invisible. Algunos rescatistas notaron que sus relojes comenzaron a desincronizarse, avanzando y retrocediendo unos segundos sin razón aparente, un fenómeno que nadie podía explicar. Cada indicio aumentaba la sensación de que no estaban lidiando solo con una desaparición, sino con algo que desafiaba las leyes de la lógica y la física.

Durante la noche, el campamento se volvió inquietantemente silencioso. La luz de las linternas iluminaba las sombras alargadas de los árboles, que parecían moverse con voluntad propia. Nadie quería estar solo; los murmullos y destellos se hacían más frecuentes. Algunos miembros del equipo comenzaron a tener visiones fugaces: formas humanas que desaparecían cuando intentaban enfocar la mirada, sombras que se inclinaban sobre ellos y se esfumaban sin dejar rastro. Los radios, aun encendidos, emitían interferencias intermitentes, como si alguien —o algo— estuviera intentando comunicarse, pero sin formar palabras comprensibles.

Al amanecer del segundo día, el equipo decidió dividirse. Cada grupo avanzaba por diferentes rutas, manteniendo contacto constante por radio. Sin embargo, las voces de los compañeros empezaron a mezclarse con ecos extraños que no pertenecían a ninguna de las frecuencias, murmullos que repetían fragmentos de la última transmisión de Andrés. “Luces… no debería… sonidos… imposible…” La repetición constante generaba un efecto hipnótico, y más de un rescatista tuvo que cerrar los ojos para no sentirse atrapado en un bucle de desesperación.

Mientras tanto, en el corazón del valle, las cámaras de vigilancia instaladas por los helicópteros detectaron movimientos imposibles de explicar: sombras que se desplazaban contra el viento, luces que parecían orbitar en círculos sin fuente física, y contornos humanos que aparecían solo para desaparecer al instante. Los científicos y expertos en rescate que analizaban las imágenes estaban desconcertados. Todo parecía real y, al mismo tiempo, imposible. La montaña se había convertido en un espacio donde las reglas normales dejaban de aplicar.

El tercer día, un rescatista desapareció brevemente. Nadie lo vio moverse; solo hubo un momento en que dejó de responder a la radio. Cuando lo encontraron, estaba sentado en medio de una roca, mirando el valle con una expresión de terror absoluto, sin poder pronunciar palabra. Sus ojos reflejaban una confusión profunda, un pánico que no era racional, como si hubiera visto algo que su mente no podía procesar. Recién entonces comprendieron que el peligro no estaba solo en el terreno físico, sino en la montaña misma, en lo que habitaba en el silencio que devoraba todo.

Los días siguientes se volvieron una lucha contra lo desconocido. Las búsquedas convencionales no ofrecían resultados, y cada intento de medición o cartografía parecía fallar: mapas que se desfiguraban, brújulas que giraban sin control, GPS que señalaban lugares imposibles. El grupo comenzó a cuestionar su propia percepción, preguntándose si todo era una ilusión colectiva, un efecto psicológico de la tensión extrema, o si realmente había fuerzas más allá de su comprensión en aquel valle.

Al quinto día, comenzaron a registrarse fenómenos auditivos más intensos. Voces distorsionadas surgían de la radio incluso cuando nadie hablaba; sonidos de pasos acompañaban a los rescatistas donde no había nadie; murmullos que parecían imitar los propios pensamientos de los presentes. Algunos, incapaces de soportarlo, se alejaban de la zona, pero otros insistían en continuar. La sensación de que la montaña estaba viva, de que los observaba y jugaba con ellos, se volvía más palpable a cada instante.

A medida que pasaban los días, la desesperación aumentaba. La ausencia de Andrés ya no era solo un misterio, sino un símbolo de la impotencia humana frente a lo desconocido. Cada amanecer traía nuevas señales inexplicables, y cada noche sumía a los rescatistas en un terror silencioso. Algunos empezaron a creer que la montaña no permitiría que nadie regresara intacto, que una fuerza invisible había decidido reclamar no solo a Andrés, sino también a quienes intentaban entender su desaparición.

La Parte 2 termina dejando al lector en un punto crítico: la búsqueda de Andrés continúa, pero la montaña demuestra que no se puede controlar ni entender fácilmente. El suspense psicológico y lo inexplicable se intensifican, preparando la llegada de eventos aún más aterradores en las siguientes partes.

El sexto día, la montaña parecía más viva que nunca. El sol iluminaba los picos, pero el valle permanecía envuelto en una neblina que se movía de manera extraña, como si obedeciera a un patrón propio, independiente del viento. Los rescatistas avanzaban con cautela, manteniendo contacto constante por radio, pero incluso las voces parecían distorsionarse, mezclándose con ecos de palabras que nadie había pronunciado. La línea entre lo real y lo imaginado se volvía cada vez más borrosa.

Uno de los helicópteros detectó algo insólito: una serie de luces en el terreno que no correspondían a ninguna fuente conocida. Se movían lentamente entre las rocas, cambiando de posición de manera imposible, apareciendo y desapareciendo en segundos. Los pilotos, acostumbrados a observar fenómenos naturales en la montaña, quedaron perplejos. No había personas, no había animales, no había reflejos del sol. Solo luces que parecían tener voluntad propia.

Mientras tanto, en el suelo, los rescatistas comenzaron a experimentar cambios extraños en la percepción del tiempo y del espacio. Algunos notaron que los senderos que habían recorrido varias veces aparecían distintos, como si se hubieran desplazado ligeramente. Rocas que antes eran pequeñas ahora parecían enormes; árboles se alargaban y se inclinaban hacia ellos sin razón. La brújula de uno de los líderes giraba sin control, señalando direcciones contradictorias, mientras el GPS marcaba coordenadas que no existían en ningún mapa conocido.

A media mañana, ocurrió el primer contacto físico con lo inexplicable. Uno de los rescatistas sintió un roce frío en el hombro. Giró rápidamente, pero no había nadie. La sensación se repitió con otros miembros del grupo: toques, presencias detrás de la espalda, como si algo invisible los estuviera acompañando, estudiando sus movimientos. Nadie podía explicarlo, y a medida que pasaban las horas, el miedo comenzó a infiltrarse en sus pensamientos, lento pero constante, como la bruma que cubría los valles.

Los radios continuaban emitiendo sonidos extraños. Fragmentos de palabras de Andrés aparecían entre estática y zumbidos, pero siempre incompletos: “No… luces… imposible… vuelvan…”, repetidos en un bucle que causaba un efecto hipnótico en quienes los escuchaban. Algunos rescatistas tuvieron que taparse los oídos, incapaces de soportar la mezcla de voces y estática, mientras otros sentían que sus propios pensamientos eran invadidos por ecos de la voz desaparecida. Era como si la montaña quisiera comunicarse, pero con un lenguaje que la mente humana no podía comprender.

Al caer la tarde, comenzaron a surgir fenómenos más visibles. Rocas que parecían moverse ligeramente cuando no se miraban directamente; sombras que se proyectaban en direcciones imposibles; árboles que crujían con fuerza sin viento. Un miembro del equipo, al tomar una fotografía con su cámara, descubrió que la imagen mostraba figuras humanas que no estaban presentes en el lugar, siluetas borrosas que parecían observarlo desde detrás de las rocas. Cuando revisó el lugar con sus propios ojos, no había nada. La montaña estaba jugando con ellos, moldeando la percepción, distorsionando la realidad.

Esa noche, el campamento se volvió un infierno psicológico. Cada miembro del equipo sentía la presencia constante de algo invisible. Los murmullos eran más claros, como voces que conversaban entre sí, pero sin emitir palabras comprensibles. Algunos afirmaban escuchar pasos detrás de ellos, otros sentían presencias que se inclinaban sobre sus camas improvisadas. El aire se volvió denso, pesado, y la temperatura descendió bruscamente, haciendo que el frío se infiltrara hasta los huesos. Dormir era imposible; incluso cerrar los ojos provocaba visiones de luces, sombras y figuras humanas que desaparecían cuando intentaban enfocar la mirada.

El séptimo día, la situación alcanzó un punto crítico. Una de las luces extrañas observadas desde el helicóptero se materializó parcialmente en el suelo: un resplandor difuso que parecía flotar sobre las rocas, cambiando de forma y tamaño constantemente. Los rescatistas lo rodearon, y al acercarse, la luz se retiró, como si supiera que no debía ser alcanzada. La presión psicológica era tal que algunos comenzaron a cuestionar su propia cordura. La montaña ya no era solo un obstáculo físico: era una entidad que controlaba lo que veían, lo que escuchaban y cómo percibían la realidad.

Durante la tarde, un helicóptero intentó sobrevolar una zona especialmente accidentada donde la señal de Andrés había sido más intensa. Al acercarse, los instrumentos comenzaron a fallar: altímetro y brújula giraban sin control, radios emitían interferencia constante y los pilotos juraban escuchar murmullos mezclados con la estática. Uno de ellos reportó ver una figura humana parada sobre una roca, observando la nave, pero cuando giró la cámara para registrar la imagen, la figura desapareció. Todo el equipo en tierra pudo escuchar su voz temblorosa al relatarlo, y un escalofrío recorrió sus cuerpos: la montaña había empezado a influir incluso en quienes no estaban dentro de ella, extendiendo su presencia.

Esa noche, el miedo se volvió palpable. Los rescatistas comenzaron a dormir por turnos, conscientes de que permanecer alerta era la única forma de sobrevivir a la sensación constante de ser observados. Los murmullos se volvieron más claros, como si intentaran formar palabras comprensibles, pero nunca lo lograban. Las luces seguían apareciendo y desapareciendo en los valles, y cada vez que alguien las miraba, sentía que un peso invisible le presionaba el pecho, dificultando la respiración y aumentando la ansiedad.

El octavo día, ocurrieron los primeros cambios físicos en los rescatistas. Algunos comenzaron a experimentar mareos, vértigos y visión borrosa, como si la montaña afectara su percepción fisiológica además de la mental. Otros sentían un dolor punzante en la cabeza, acompañando la sensación de que algo invisible los estaba observando. La radio continuaba reproduciendo fragmentos de la voz de Andrés, ahora mezclados con sonidos incomprensibles: crujidos, pasos, susurros, como un coro distorsionado que llenaba el aire de tensión.

La desesperación alcanzó un nuevo nivel. El equipo, acostumbrado a situaciones extremas, comenzó a fracturarse psicológicamente. Discusiones surgieron entre los miembros, no por desacuerdos, sino por la presión insoportable del ambiente y los fenómenos que desafiaban toda lógica. La montaña se había convertido en un laberinto tanto físico como mental, y cada intento de razonar o planear parecía inútil. La búsqueda de Andrés ya no era solo una misión de rescate, sino un enfrentamiento con algo que no pertenecía al mundo conocido.

Al cerrar el día, mientras la neblina se espesaba y las luces misteriosas aparecían una vez más, todos comprendieron algo: lo que había ocurrido con Andrés no era un accidente ni un fenómeno natural. La montaña lo había reclamado, y ahora, aquellos que permanecían allí corrían el riesgo de sufrir el mismo destino. La línea entre la vida y la desaparición se volvía cada vez más difusa, y cada susurro, cada luz, cada sombra les recordaba que estaban en un lugar donde las reglas normales no aplicaban.

El noveno día, el campamento estaba irreconocible. La neblina que cubría los valles se había espesado hasta convertirse en una cortina que parecía moverse por voluntad propia. Los rescatistas sentían que cada paso que daban estaba siendo observado y evaluado, como si la montaña misma midiera su valor para permanecer con vida. Cada sombra parecía más larga, cada sonido más profundo, y la tensión era tan densa que podía cortarse con las manos.

Durante la madrugada, uno de los rescatistas, llamado Diego, salió a revisar un tramo del sendero. No respondió al radio durante varios minutos, y cuando su compañero se acercó, lo encontró arrodillado frente a una roca, temblando. Sus ojos reflejaban terror absoluto, y su voz apenas salía: había visto a Andrés, o algo que llevaba su apariencia, de pie sobre una ladera, mirándolo fijamente. Cuando intentó acercarse, la figura desapareció. Diego insistió en que no había sido un sueño; la sensación de que alguien lo estaba siguiendo permaneció horas después.

Ese mismo día, la radio de Andrés volvió a emitir sonido por unos segundos. La señal era clara, pero su voz estaba distorsionada, mezclada con murmullos y crujidos. Lo que dijo era incomprensible, fragmentos entrecortados: “No… retrocedan… no deberían… luces… voces… sombras…” La transmisión terminó de golpe, y el silencio posterior fue más profundo que cualquier vacío experimentado hasta ese momento. El grupo entendió que la montaña no permitía interpretaciones ni explicaciones; solo quería que sintieran miedo y confusión.

Mientras avanzaban hacia un punto donde se había detectado una de las luces, comenzaron a suceder cosas imposibles. Rocas que parecían caer por la pendiente, pero que no producían ruido al tocar el suelo. Árboles que se inclinaban hacia ellos sin viento. Y sombras que cruzaban su campo de visión solo para desaparecer al girar la cabeza. Uno de los rescatistas, Ana, tomó una fotografía y, al revisarla, descubrió que en la imagen aparecían figuras humanas detrás de los árboles, mirando al grupo, aunque no había nadie allí. La sensación de ser observados se volvió casi insoportable.

Por la tarde, mientras revisaban un desfiladero, otro rescatista desapareció. Todo ocurrió en segundos: un sonido agudo, un movimiento de la niebla y luego nada. Su radio cayó al suelo, transmitiendo solo estática, mientras el resto del grupo gritaba su nombre sin recibir respuesta. Cuando intentaron buscarlo, no había huellas, ni marcas, ni señales de arrastre. Era como si la montaña lo hubiera reclamado instantáneamente, borrando cualquier rastro. La desesperación comenzó a calar en todos; la sensación de impotencia era absoluta.

Esa noche, el campamento estaba sumido en un silencio inquietante, roto únicamente por la interferencia constante de la radio. Algunos miembros comenzaron a escuchar voces que no provenían de ninguna frecuencia conocida, fragmentos de palabras mezcladas con los propios pensamientos, como si la montaña estuviera penetrando en sus mentes. Otros juraban sentir presencias detrás de ellos, rozándolos suavemente, provocando un miedo que no era físico, sino profundo, psicológico.

Los rescatistas comenzaron a cuestionar su propia percepción. Las luces del valle se movían siguiendo patrones imposibles, y cada vez que alguien intentaba acercarse, parecían escapar o multiplicarse. Rocas que habían sido marcadas como referencia cambiaban de lugar. Los senderos que conocían aparecían transformados, como si la montaña jugara con ellos, deformando el espacio. La sensación de que el tiempo también se alteraba era inevitable: minutos que parecían horas, y horas que se sentían como segundos.

El décimo día, la tensión alcanzó su punto máximo. Algunos miembros del grupo comenzaron a actuar irracionalmente, impulsados por el miedo y la desesperación. Intentaron huir del valle, pero cada intento resultaba inútil: los senderos parecían volver al mismo lugar, las montañas se extendían más de lo que deberían, y la neblina cerraba cualquier escape. Era como si el valle mismo se hubiera transformado en una trampa viviente, diseñando caminos para atrapar a quienes osaran desafiarlo.

En medio de la tarde, una de las luces apareció justo frente al campamento. Era intensa, blanca, casi cegadora, y parecía tener forma humana. Se movía lentamente hacia ellos, sin emitir sonido, como si flotara sobre el terreno. Los rescatistas intentaron acercarse, pero cada paso que daban los acercaba al borde de un vértigo profundo, una sensación de caída infinita que no tenía explicación física. Cuando finalmente algunos lograron enfocar la luz, esta desapareció sin dejar rastro.

La noche del décimo día fue la más aterradora. La niebla era tan densa que no podían ver a un metro de distancia. Los murmullos se convirtieron en gritos distorsionados, y cada sombra parecía avanzar hacia ellos, aunque al girar la cabeza no había nada. Dos miembros del equipo desaparecieron durante la noche; uno fue arrastrado por la ladera mientras dormía y el otro simplemente se levantó y se internó en la neblina, sin que nadie pudiera detenerlo. La radio transmitía fragmentos de la voz de Andrés, mezclada con interferencias y ecos que imitaban los gritos de los desaparecidos.

Al amanecer del undécimo día, solo unos pocos rescatistas permanecían en el campamento. Todos estaban exhaustos física y psicológicamente, con la mente al límite. Sabían que continuar significaba arriesgar la vida, pero también entendían que no podían abandonar a quienes habían desaparecido ni dejar que el misterio quedara sin respuesta. Sin embargo, la montaña parecía consciente de su determinación. Cada sonido, cada sombra, cada cambio en la luz les recordaba que no estaban en un lugar donde las reglas normales se aplicaran.

El grupo sobreviviente comprendió algo fundamental: la desaparición de Andrés no había sido un accidente ni un fenómeno aislado. La montaña misma estaba activa, consciente, capaz de alterar la realidad, manipular el tiempo, el espacio y la percepción de quienes se aventuraban en ella. Los humanos eran intrusos en un territorio donde las leyes de la naturaleza no aplicaban, y cada paso que daban podía ser su último.

La Parte 4 termina con el grupo reducido, exhausto y aterrorizado, enfrentando la montaña como una entidad consciente. La historia está lista para intensificarse aún más en la Parte 5, donde los fenómenos se vuelven imposibles de ignorar, y la línea entre la realidad y lo sobrenatural desaparece por completo.

El undécimo día amaneció con un silencio absoluto. La neblina cubría el valle de manera tan espesa que apenas se distinguían las siluetas de los sobrevivientes. Los pocos rescatistas que quedaban sabían que cada paso podía ser el último, que la montaña no era solo un terreno difícil, sino una entidad consciente que jugaba con su mente y su percepción. Respiraban con dificultad, no por la altura, sino por la sensación de presión que llenaba el aire, un peso invisible que parecía apretarlos contra el suelo.

Las luces extrañas, que hasta ahora se habían mostrado intermitentes, comenzaron a multiplicarse. Surgían detrás de rocas, entre los árboles, y algunas flotaban sobre el campamento. Tenían formas humanoides pero cambiaban constantemente, como si no tuvieran contorno definido. Cada vez que alguien intentaba acercarse, la luz se dispersaba, dejando un vacío aún más intenso, un vacío que parecía devorar la realidad misma. Algunos rescatistas comenzaron a sentir que el suelo bajo sus pies se movía, como si la montaña respirara y ajustara su superficie para mantenerlos atrapados.

Uno de los sobrevivientes, Laura, comenzó a registrar todo en video con su cámara, tratando de documentar lo inexplicable. Lo que vio la dejó paralizada: en la pantalla aparecían figuras humanas observándolos desde las sombras, con ojos brillantes que parecían perforar la realidad. Cuando giró la cámara para ver con sus propios ojos, no había nadie. La disonancia entre lo que el ojo captaba y lo que la tecnología registraba era aterradora. Era como si la montaña existiera en varias dimensiones a la vez, mostrando fragmentos de lo que no debía ser visible.

Por la tarde, un fenómeno aún más perturbador ocurrió. La radio de Andrés volvió a activarse por varios segundos, reproduciendo palabras claras, aunque distorsionadas: “No… sigan… no… lo entienden… no deberían…”. Luego, un grito agudo y prolongado que no parecía humano, mezclado con interferencia y estática, y finalmente, un silencio absoluto que se sentía más pesado que cualquier roca. La montaña parecía usar la voz de Andrés como advertencia, un recordatorio de que no se podía desafiar lo desconocido.

Los últimos sobrevivientes intentaron reorganizarse, sabiendo que su tiempo era limitado. Cada intento de seguir el plan original de rescate resultaba inútil: los senderos se desfiguraban, los puntos de referencia desaparecían y reaparecían en lugares distintos, y la sensación de que alguien o algo los observaba no los dejaba en paz ni un segundo. Cada roca, cada árbol, cada sombra se convirtió en un elemento de terror potencial. La montaña no solo manipulaba su entorno físico, sino que también parecía alterar la mente de quienes la atravesaban.

Durante la noche, los fenómenos se intensificaron. Voces que imitaban a los rescatistas surgían de la neblina, llamándolos por sus nombres, repitiendo sus propios pensamientos en un eco distorsionado. La luz de las linternas se volvió inútil: sombras que no correspondían a ningún objeto iluminado se proyectaban en todas direcciones. Algunos sobrevivientes comenzaron a desorientarse completamente, caminando en círculos sin darse cuenta, como si la montaña los estuviera guiando hacia puntos donde podrían desaparecer también.

Al amanecer del duodécimo día, solo tres rescatistas permanecían: Laura, Marcos y Javier. Estaban exhaustos, física y psicológicamente. Sabían que no podían escapar de la montaña con métodos convencionales. La cordura de cada uno pendía de un hilo, y la constante sensación de ser observados, de ser manipulados, hacía que cada decisión fuera un riesgo. Sin embargo, un impulso vital los obligó a avanzar, a enfrentar lo que no comprendían, con la esperanza de encontrar alguna señal de Andrés, algún indicio que diera sentido a lo ocurrido.

Mientras se adentraban en un desfiladero que había sido identificado como el último punto de transmisión de Andrés, comenzaron a notar cambios físicos imposibles: la temperatura fluctuaba abruptamente, de cálida a helada en segundos; el terreno parecía inclinarse y moverse ligeramente; y la neblina adoptaba formas humanoides que los rodeaban sin tocar el suelo. Marcos, intentando documentar todo, notó que las cámaras y dispositivos electrónicos dejaban de funcionar, mostrando únicamente estática y luces imposibles de describir. Era como si la montaña misma controlara cualquier medio de registro, borrando evidencia y reforzando el misterio.

Entonces ocurrió algo que nadie esperaba: en medio del desfiladero, las sombras se condensaron hasta formar la figura de Andrés. No estaba herido, pero su apariencia era diferente, extraña, casi etérea. Sus ojos estaban abiertos, pero vacíos, y sus movimientos eran lentos, como si no pertenecieran completamente al mundo físico. Intentó hablar, pero solo se produjeron sonidos incomprensibles, fragmentos de palabras mezcladas con un zumbido constante. La montaña parecía haberlo transformado en un intermediario, una presencia que existía entre la realidad y otra dimensión desconocida.

Laura y Javier se acercaron con cautela, sintiendo un terror que mezclaba compasión y miedo absoluto. Andrés extendió una mano, pero antes de que alguien pudiera tocarlo, desapareció de nuevo, dejando solo la estática de la radio que llevaba consigo. La sensación de vacío que dejó fue abrumadora, como si la montaña hubiera reclamado algo más que un cuerpo: había absorbido su esencia, su presencia, y había mostrado a los sobrevivientes un fragmento de lo que podría sucederles si continuaban desafiándola.

En los momentos posteriores, la montaña parecía estar viva, respirando y reaccionando a cada movimiento de los rescatistas. Rocas y árboles parecían moverse para guiar o atrapar, luces surgían en todos los ángulos y sombras adoptaban formas imposibles. La cordura de Laura y Javier estaba al límite; cada sonido, cada luz, cada cambio en la neblina era un recordatorio de que estaban en un lugar donde las reglas humanas no aplicaban, y que cualquier intento de control era inútil.

El día terminó con un silencio absoluto que pesaba más que cualquier sonido. La montaña se mantuvo inmóvil, pero su presencia era tangible, como un organismo consciente que evaluaba a los intrusos. Los últimos sobrevivientes comprendieron que habían cruzado una línea invisible, que la desaparición de Andrés no había sido un accidente, sino una advertencia y una prueba: algunos lugares, algunas fuerzas, simplemente no están destinados a ser comprendidos ni desafiados.

Mientras la noche caía, Laura y Javier permanecieron juntos, contemplando el valle envuelto en neblina, con la radio aún encendida y un zumbido constante que recordaba la presencia de Andrés. Sabían que no había seguridad, que no había garantías, y que la montaña había cambiado para siempre la percepción de lo posible. Cada luz, cada sombra, cada sonido, era un mensaje silencioso: aquí, en este valle, el silencio devora todo, y quienes se atreven a desafiarlo corren el riesgo de desaparecer sin dejar rastro.

El decimotercer día comenzó con un frío inusual, un frío que no provenía del aire ni de la altura, sino de la montaña misma. Laura y Javier estaban exhaustos, cada músculo adolorido, cada pensamiento cargado de tensión. Habían sobrevivido por pura fuerza de voluntad, conscientes de que cualquier error podría ser su último. La neblina cubría todo a su alrededor, densa y opaca, y cada sombra parecía moverse con vida propia, desafiando la lógica.

Decidieron avanzar hacia el lugar donde Andrés había desaparecido por última vez. Cada paso era medido, consciente, y aun así, sentían que la montaña reaccionaba a ellos, ajustando la posición de rocas y arbustos, haciendo que el sendero se alargara o se inclinara de manera imposible. El GPS no funcionaba correctamente; las coordenadas cambiaban en segundos, y la brújula giraba sin control. Era un terreno que no solo desafiaba la física, sino también la percepción de la realidad.

A medida que avanzaban, comenzaron a escuchar sonidos más intensos. No eran solo murmullos, sino voces que imitaban sus propios pensamientos, llamándolos por nombre, repitiendo sus miedos internos. Cada sonido era un recordatorio de la imposibilidad de escapar: la montaña parecía estar viva, consciente de sus movimientos, manipulando no solo el entorno físico, sino también su mente. Javier trató de bloquear los ruidos tapándose los oídos, pero el efecto era aún más intenso; las voces parecían surgir desde dentro de su propia cabeza, mezclándose con sus pensamientos y distorsionando su percepción de la realidad.

Al alcanzar un claro en la ladera, Laura y Javier presenciaron algo que los dejó inmóviles de terror. Entre la niebla, una serie de luces comenzó a formarse, siguiendo un patrón que parecía casi geométrico, pero imposible de describir con palabras humanas. Las luces se movían como si tuvieran voluntad, ascendiendo y descendiendo, acercándose y alejándose, formando figuras humanas que luego se disolvían en un parpadeo. Fue entonces cuando comprendieron que Andrés estaba allí de algún modo. La luz que había tomado su forma parecía observarlos, y cada movimiento de ellos generaba una reacción inmediata en las luces, como si la montaña estuviera jugando un juego cruel con ellos.

Intentaron acercarse, pero la sensación de vértigo y desorientación se volvió abrumadora. Cada paso que daban parecía retrocederlos en lugar de avanzar, y el suelo bajo sus pies se sentía movedizo, inestable, como si flotara entre dimensiones. La neblina se cerró completamente, envolviéndolos en un manto que absorbía todos los sonidos excepto los suyos, amplificando los murmullos y la voz fragmentada de Andrés en la radio. Cada fragmento de su voz parecía transmitir un mensaje que no podían comprender del todo, pero cuya intención era clara: advertencia, miedo, y la imposibilidad de escapar de lo desconocido.

De repente, un estruendo sacudió la ladera. Rocas gigantes cayeron, pero sin producir ruido al tocar el suelo; la sensación de impacto estaba ahí, pero no el sonido. Sombras gigantes se movieron entre la neblina, adoptando formas humanas y luego animales, para luego desintegrarse en luces parpadeantes. Laura y Javier se abrazaron instintivamente, incapaces de moverse, sintiendo que la montaña los estaba evaluando, midiendo su resistencia, su miedo, y quizá, su derecho a sobrevivir.

Fue entonces cuando ocurrió el fenómeno más aterrador hasta el momento. Entre la neblina, se materializó Andrés, pero no completamente humano. Su forma era etérea, translúcida, con partes de su cuerpo que parecían fundirse con la luz y la sombra alrededor. Sus ojos estaban vacíos, pero su rostro parecía transmitir algo: confusión, advertencia, y una especie de súplica que no podía ser entendida con palabras. Intentó hablar, pero solo salieron sonidos fragmentados, ecos mezclados con el zumbido constante de la radio, generando una sensación de angustia que se infiltró hasta en los huesos de Laura y Javier.

Javier intentó acercarse para tocarlo, pero antes de que pudiera dar un paso, la figura de Andrés desapareció, y la montaña reaccionó de inmediato. La neblina se volvió más densa, el suelo comenzó a moverse bajo sus pies, y la luz de las linternas se distorsionó, proyectando sombras que parecían extenderse hacia ellos. El aire estaba cargado, pesado, con un olor extraño, metálico, como si la propia montaña respirara. Cada inhalación se volvía un esfuerzo, como si intentara consumirlos junto con el silencio que lo envolvía todo.

Laura comprendió algo crucial en ese momento: la montaña no solo reclamaba cuerpos, sino que alteraba la esencia de quienes entraban en su dominio. Andrés no había sido simplemente desaparecido; había sido transformado, absorbido por la entidad que habitaba allí. Cada fenómeno extraño, cada luz, cada sombra y cada susurro eran manifestaciones de la montaña, pruebas de su poder y de la imposibilidad de comprenderla.

El miedo se convirtió en pánico controlado. Laura y Javier entendieron que debían moverse, pero cada dirección que tomaban parecía llevarlos de vuelta al mismo lugar. Era un laberinto no de piedras y árboles, sino de dimensiones, percepción y miedo. La radio comenzó a emitir nuevamente fragmentos de la voz de Andrés: “No… pueden… escapar… nosotros… aquí… siempre…”. Las palabras no tenían sentido completo, pero la intención era clara: advertirles, confundirlos y mostrarles que estaban atrapados en un lugar donde las reglas humanas no aplicaban.

Mientras avanzaban lentamente, la montaña empezó a mostrar indicios de “inteligencia”. Rocas y arbustos se reorganizaban, la neblina se movía en patrones casi predecibles, y las luces danzaban siguiendo su avance, provocando vértigo, confusión y desorientación. Cada vez que intentaban mirar hacia atrás, veían sombras que imitaban sus movimientos, reflejando sus propios gestos como un espejo deformado de la realidad. La sensación de que no estaban solos era abrumadora; cada respiración, cada parpadeo, era una interacción con la entidad que habitaba la montaña.

Finalmente, llegaron a un punto donde la ladera se abría, y desde allí pudieron ver el valle entero cubierto de neblina y luces. Era un espectáculo imposible de describir: formas humanas flotando entre la niebla, luces que parecían comunicarse entre sí, y la sensación de que todo el valle estaba vivo, consciente, respirando, observándolos. Laura y Javier entendieron que habían cruzado la línea entre lo real y lo sobrenatural, y que lo que les había ocurrido a Andrés era solo el primer paso de algo que la montaña reclamaba con paciencia infinita.

El día terminó con los dos rescatistas abrazados, temblando, incapaces de hablar. La montaña permaneció silenciosa, pero su presencia era palpable, una entidad viva que evaluaba, observaba y manipulaba. La radio continuaba zumbando, y cada fragmento de voz de Andrés era un recordatorio de que lo desconocido no solo existía, sino que podía reclamar todo lo que se atreviera a desafiarlo.

En esta Parte 6, el clímax se aproxima. La montaña se revela como una entidad consciente, Andrés se muestra transformado y etéreo, y los sobrevivientes comprenden que su supervivencia depende de enfrentarse a lo imposible o ser absorbidos por completo. La historia está lista para la Parte 7, el final, donde se decidirá el destino de los sobrevivientes y se revelará la última verdad sobre la desaparición de Andrés.

El décimocuarto día comenzó con un silencio absoluto. Laura y Javier estaban al límite de la resistencia física y mental. Cada músculo dolía, cada pensamiento estaba cargado de ansiedad, y cada respiración parecía un esfuerzo sobrehumano. Sabían que la montaña los estaba evaluando, midiendo cada miedo, cada movimiento, y que cualquier error podría ser su último. La neblina era tan densa que apenas distinguían las siluetas de los árboles cercanos, y el aire estaba cargado de una energía imposible de describir: pesada, vibrante, consciente.

Avanzaron lentamente hacia el lugar donde la última transmisión de Andrés había sido registrada. La montaña parecía reaccionar a cada paso: rocas se movían ligeramente, sombras cambiaban de forma, y las luces danzaban siguiendo sus movimientos. Javier intentó documentar la escena con su cámara, pero la pantalla solo mostraba estática y destellos de luz que no correspondían a ningún objeto real. Era como si la montaña misma controlara la percepción, borrando cualquier evidencia tangible de su presencia.

De repente, una figura apareció entre la neblina: Andrés. Su forma era etérea, translúcida, casi fusionada con la luz y la sombra alrededor. Sus ojos, vacíos pero penetrantes, parecían contener la memoria de la montaña, su conocimiento y su poder. Intentó hablar, pero de su boca solo surgieron sonidos fragmentados, ecos de palabras que se repetían en bucle: “No… pueden… escapar… nosotros… aquí… siempre…”. Laura y Javier comprendieron que Andrés había dejado de ser un hombre; se había convertido en un intermediario, un aviso vivo de la imposibilidad de desafiar a la montaña.

La montaña reaccionó inmediatamente. La neblina se cerró alrededor de los sobrevivientes, el suelo se volvió inestable, y los arbustos y árboles parecían moverse para bloquear cualquier escape. Las luces flotantes se multiplicaron, formando figuras humanoides que los rodeaban. Cada paso que daban aumentaba el vértigo y la sensación de desorientación; la realidad parecía doblarse y expandirse simultáneamente. Laura y Javier comprendieron que ya no estaban en un terreno físico, sino atrapados en un espacio donde las leyes de la naturaleza no se aplicaban.

Entonces ocurrió algo inesperado: Andrés extendió la mano hacia ellos, y en su rostro etéreo apareció un gesto de súplica. Era como si intentara advertirles, comunicarles que la única opción no era luchar contra la montaña, sino rendirse ante su voluntad. Javier intentó hablar, pero la voz no salía, y Laura sintió un frío intenso recorrerle el cuerpo, un frío que parecía consumir no solo la carne, sino el espíritu. La montaña se hacía más intensa, viva, respirando a su alrededor, y cada sonido, cada sombra, cada luz, estaba impregnado de una conciencia propia que evaluaba sus mentes y sus cuerpos.

Los minutos se estiraron como horas. Laura y Javier entendieron que cualquier intento de escapar por la fuerza sería inútil. La montaña no solo controlaba el espacio físico, sino que manipulaba la percepción, el tiempo y la realidad. Lo que se llamaba desaparecido, lo que se llamaba perdido, no era simplemente una ausencia física: era un estado de existencia alterno, una absorción de la esencia humana en algo más grande, más incomprensible. Andrés era la prueba viva de ello.

Finalmente, Laura comprendió la decisión que debían tomar. Miró a Javier y asintió lentamente: no podían desafiar lo desconocido. Avanzaron hacia la luz etérea de Andrés con los brazos extendidos, no para tocarlo, sino como un gesto de aceptación. La montaña respondió: la neblina se volvió menos opresiva, las luces se estabilizaron, y un silencio profundo y absoluto llenó el valle. La sensación de observación constante disminuyó, pero no desapareció completamente; era un recordatorio de que la montaña seguía viva, consciente, y que ahora formaban parte de su dominio de manera distinta.

La transformación fue sutil pero irreversible. Laura y Javier comenzaron a sentir que sus cuerpos se volvían ligeros, casi translucidos, como si estuvieran atravesando una membrana entre dimensiones. No dolía, pero la mente se saturaba de visiones: luces, sombras, figuras humanas que desaparecían, ecos de voces y pensamientos que no eran propios. La montaña estaba integrando su esencia, como había hecho con Andrés, pero a diferencia de él, ellos llegaron a aceptar la condición. Comprendieron que la resistencia era inútil y que la entrega era la única forma de sobrevivir de alguna manera.

Con la aceptación llegó la claridad: pudieron percibir el flujo de la montaña, la vida que residía en su neblina, en sus luces, en sus sombras. La montaña no era solo un lugar físico; era un organismo consciente, con memoria y voluntad, que reclamaba a quienes se adentraban demasiado. Andrés era un intermediario, un testigo de su poder, y ahora ellos también formaban parte de ese estado intermedio. No eran completamente humanos ni completamente parte de la montaña; existían entre ambas realidades, capaces de percibir ambas, pero imposibilitados de regresar al mundo que habían conocido.

El día terminó con una sensación de paz extraña y aterradora. La montaña permanecía silenciosa, pero viva, respirando, observando, consciente de que había marcado a sus nuevos “habitantes”. Laura y Javier comprendieron que nunca serían liberados en el sentido convencional, pero tampoco sufrirían; eran parte de algo que excedía la comprensión humana, y su conciencia podía vagar dentro de la montaña sin miedo físico.

La historia de la desaparición de Andrés, y ahora de los sobrevivientes, se convirtió en un misterio impenetrable para quienes permanecían fuera. Las autoridades, los familiares y los científicos nunca encontraron explicación. La montaña permaneció intacta, implacable y silenciosa, con la memoria de quienes fueron absorbidos grabada en su esencia. Los radios emitían zumbidos y fragmentos de voces de vez en cuando, como ecos de advertencia para cualquiera que se atreviera a adentrarse en su dominio.

El valle volvió a su apariencia habitual para los observadores externos: rocas, árboles, senderos visibles. Pero quienes se acercaban sabían que algo había cambiado. La montaña tenía un secreto, un poder que nadie podía comprender ni desafiar. Y en algún lugar entre la neblina, entre las luces y las sombras, Andrés, Laura y Javier permanecían, parte de la montaña, eternos, silenciosos, vigilando y recordando a los que se atrevieran a cruzar sus límites.

El silencio final era absoluto, pero estaba lleno de presencia. La montaña había reclamado lo que consideraba suyo, y había mostrado que algunas desapariciones no tienen explicación. Que algunas voces no están destinadas a ser escuchadas, y que lo desconocido siempre será más fuerte que cualquier intento humano de comprenderlo.

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