“El Guardián de las Sombras: El macabro hallazgo en un cobertizo de Chihuahua que reveló un secreto de 8 meses.”

La Sierra Madre Occidental en Chihuahua, con sus profundas barrancas y bosques de pino, es un imán para el turismo de aventura en México. Sin embargo, lo que debió ser un viaje de desconexión para Valerie Dixon y Annie Casease, dos amigas apasionadas por el senderismo, terminó convirtiéndose en uno de los casos más perturbadores de la crónica roja mexicana reciente. En noviembre de 2018, las cámaras de seguridad en la entrada de una ruta cercana a Guachochi captaron su camioneta Subaru entrando a la zona. Nadie imaginó que pasarían ocho meses antes de que alguien volviera a saber de ellas.

El caso, que inicialmente fue tratado como un desafortunado extravío debido al clima extremo de la sierra, dio un vuelco escalofriante en julio del año siguiente. Un ranchero local que buscaba ampliar sus zonas de pastoreo entró en un cobertizo abandonado en una zona conocida como el Cañón del Cobre. Allí, bajo el olor a humedad y polvo, descubrió un bulto extraño: varias mantas de lana pesada, perfectamente dobladas, que ocultaban una realidad devastadora. Las jóvenes no habían caído por un risco ni se habían perdido simplemente; alguien las había colocado allí con una precisión que rozaba lo ritual.

Lo que más impactó a los peritos de la Fiscalía de Chihuahua no fue solo el hallazgo, sino el estado de preservación de los restos debido al frío seco de la montaña y la ausencia de violencia física directa. Sin embargo, los exámenes forenses revelaron algo siniestro: rastros de una planta tóxica regional en el organismo de una de las víctimas, capaz de provocar desorientación total y parálisis en pocos minutos. Esto descartó la teoría del accidente y puso el foco en una figura que los habitantes de la zona mencionaban en susurros: un antiguo guía que se había vuelto contra el mundo.

La investigación llevó a las autoridades hasta una mina abandonada, donde se descubrió el refugio de un hombre identificado como Martin Rhodess. En su interior, la policía no encontró solo un escondite de ermitaño, sino un “catálogo” de vigilancia. Fotografías de turistas, recortes de periódicos sobre accidentes previos en la sierra y, lo más aterrador, diarios donde Rhodess detallaba cómo acechaba a quienes consideraba “invasores” de la naturaleza. Según sus notas, él no las atacó; simplemente alteró su ruta, contaminó sus fuentes de agua y esperó a que la sierra “hiciera su trabajo” mientras él observaba desde las sombras.

Rhodess, un hombre con una cicatriz característica en el rostro, conocía los senderos no marcados y las cuevas donde ni los rescatistas más experimentados se atrevían a entrar. En su diario, describió el final de las jóvenes como una “lección de humildad ante la montaña”. Tras el fallecimiento de las senderistas, él mismo trasladó los restos hasta el cobertizo, envolviéndolos en mantas que pertenecieron a la vieja hacienda de su familia, como si fuera un último acto de posesión sobre el territorio.

A pesar de los operativos masivos y el uso de drones térmicos por toda la zona de las barrancas, Martin Rhodess desapareció como si fuera parte del mismo bosque. El caso ha dejado una cicatriz abierta en la comunidad de senderistas en México. Aunque los restos fueron entregados a sus familias en Denver para un funeral privado, el vacío de justicia persiste. Hoy, los guías locales advierten sobre no desviarse de los caminos principales, mientras circulan historias de una silueta en camuflaje que observa desde los acantilados cuando cae el sol, recordándonos que en lo profundo de la sierra mexicana, el peligro a veces tiene rostro humano y leyes propias.

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