Su Capitán la abandonó para morir en la nieve porque “era solo una niña”. Días después, un fantasma regresó para destruir su mundo.

PARTE 1: LA ECUACIÓN DE LA MUERTE
Uno. Dos. Tres.

Kira Brand contaba los latidos de su propio corazón. No era un ejercicio de meditación. Era la única manera de saber si seguía viva.

Estaba tumbada boca arriba, medio enterrada en una nieve que ya no sentía blanca, sino roja. El frío en sus extremidades había dejado de doler hacía diez minutos; ahora solo quedaba un entumecimiento agradable, seductor, que le susurraba que cerrara los ojos y durmiera. Pero el pecho… el pecho era un incendio forestal. Cada respiración era un vidrio molido rozando sus pulmones.

El sonido rítmico y grave de unas aspas cortando el aire helado vibró sobre ella. El helicóptero de extracción. Su salvación.

Kira intentó levantar el brazo. Su cerebro envió la orden, pero su cuerpo, roto y congelado, se negó a obedecer. Solo sus dedos se movieron levemente, arañando el hielo inútilmente.

— Ghost 0-1 a Base. Extracción completa. Todos los elementos contabilizados. Repito: todos contabilizados. Nos vamos.

La voz del Capitán Mercer crepitó en la radio que colgaba inerte de su chaleco táctico.

Kira quiso gritar. Quiso rugir. Pero de su garganta solo salió una burbuja de sangre oscura.

— Esperen… —pensó, pero el pensamiento se disolvió en la ventisca.

El rugido de los motores aumentó. La nieve se levantó en un torbellino violento, cubriendo su rostro, enterrándola aún más. Y entonces, el sonido se alejó. Se hizo más débil. Hasta que solo quedó el silencio absoluto de las montañas. El silencio de una tumba.

La habían dejado.

La mente de Kira, luchando contra la hipoxia, retrocedió 24 horas. Al calor de la tienda de mando. Al olor a café barato y tabaco rancio.

— Capitán, mire las curvas de nivel —Kira había presionado su dedo índice, pequeño y manchado de grasa, sobre el mapa topográfico—. El paso Frostline Eco es un cuello de botella. La vegetación aquí y aquí sugiere cobertura perfecta para una emboscada en forma de L. Si entramos por ahí, somos patos de feria.

El Capitán Owen Mercer ni siquiera levantó la vista de su tableta. Era un hombre grande, con veinte años de servicio grabados en las arrugas de su frente y una arrogancia blindada que ninguna bala podía penetrar.

— Brand —dijo Mercer, con ese tono condescendiente que usaba siempre con ella—. Llevo liderando hombres desde que tú estabas en pañales. No necesito que la “chica del equipo” me diga cómo leer un mapa.

— No es un consejo, Señor. Es una advertencia táctica. Mis cálculos de…

— ¡Suficiente! —Mercer golpeó la mesa, haciendo saltar el café—. Eres una especialista, Brand. Tu trabajo es disparar lo que yo te diga que dispares. Mi trabajo es pensar. Mañana cruzamos al amanecer. Fin de la discusión.

El Sargento Cole Dawson, un buen hombre pero demasiado asustado para desafiar la cadena de mando, le había lanzado una mirada de disculpa a Kira. Una mirada que decía: Lo siento, pero él es el jefe.

Ahora, tirada en la nieve, esa mirada no servía de nada. La arrogancia de Mercer no solo había matado la misión; había matado a su equipo.

La emboscada había sido brutal. Exactamente como Kira predijo. Fuego cruzado. Granadas. Gritos. Humo naranja. En el caos de la retirada, mientras cubría la huida de sus compañeros, la bala la encontró. Entró por el costado, donde la placa cerámica del chaleco no llegaba.

Y ahora estaba sola.

La temperatura estaba cayendo. Menos veinte grados. La noche se acercaba como un lobo hambriento.

Vas a morir, Kira, susurró una voz en su cabeza. Déjate ir. Es más fácil. Mercer ya firmó tu certificado de defunción.

Sus párpados pesaban toneladas. La oscuridad comenzó a devorar los bordes de su visión. Era el final. Una muerte tranquila y solitaria.

Pero entonces, algo sucedió.

No fue esperanza. No fue fe. Fue algo mucho más oscuro y caliente.

Rabia.

Una rabia pura, líquida y viscosa se encendió en su estómago. La imagen de la espalda de Mercer dándose la vuelta. La frase “Todos contabilizados”. La mentira. La injusticia.

Kira Brand mordió su propia lengua hasta sentir el sabor metálico de la sangre fresca. El dolor agudo la trajo de vuelta del abismo.

— No —graznó. Su voz sonó como grava triturada.

Abrió los ojos. Eran verdes, y en ese momento, carecían de cualquier humanidad. Ya no eran los ojos de una mujer de 23 años. Eran los ojos de un depredador acorralado.

— No les daré el gusto.

Con un grito ahogado que murió en su garganta, Kira rodó sobre su costado. El dolor fue tan intenso que su visión se puso blanca durante diez segundos. Jadeó, tragando aire helado, obligando a sus pulmones colapsados a funcionar.

Tenía que moverse. Si se quedaba ahí, el frío la mataría antes de que saliera la luna.

Arrastrarse. Esa era su nueva realidad. Centímetro a centímetro. Sus uñas se clavaron en el hielo, rompiéndose. Su cuerpo dejaba un rastro ancho y rojo, una firma de agonía escrita en la nieve virgen.

Llegó a su mochila médica. Manos temblorosas. Torpes. Parecían guantes de boxeo intentando enhebrar una aguja. Sacó el polvo coagulante. Lo vertió directamente en la herida abierta.

El ardor fue peor que el disparo. Kira arqueó la espalda, un aullido silencioso contorsionando su rostro, lágrimas congelándose instantáneamente en sus mejillas. Pero la sangre se detuvo. Selló el agujero con cinta adhesiva y plástico. Un parche sucio para una herida mortal.

Miró a su alrededor. Su rifle. Su M24. Estaba a tres metros.

Se arrastró hacia él. Cuando sus dedos tocaron el metal gélido del cañón, sintió una descarga eléctrica. No era solo un arma. Era su extensión. Su juez y su jurado.

Se apoyó contra un tronco caído, temblando violentamente. Revisó el cargador. Cinco balas.

Cinco oportunidades.

A lo lejos, escuchó voces. No era inglés. Risas. Pasos crujiendo en la nieve. Una patrulla enemiga venía a “limpiar” el campo de batalla. A rematar a los supervivientes. A saquear los cuerpos.

Kira se cubrió con una manta térmica blanca, haciéndose una con el montículo de nieve. Su respiración se volvió superficial. Su corazón, que antes latía desbocado, se ralentizó por pura fuerza de voluntad.

Uno. Dos. Tres.

Ya no era Kira Brand, la especialista ignorada. En ese bosque helado, bajo la sombra de la muerte, había renacido.

Era el Fantasma. Y la cacería acababa de comenzar.

PARTE 2: LA ARQUITECTURA DEL DOLOR
La fiebre era un enemigo más peligroso que los soldados que patrullaban el bosque. Traía alucinaciones.

Durante las siguientes 48 horas, Kira vio cosas que no estaban ahí. Vio a su madre llamándola desde detrás de un pino. Vio fuego en la nieve. Vio al Capitán Mercer riéndose mientras cavaba su tumba.

Pero cada vez que la locura intentaba tomar el control, Kira se aferraba a la realidad a través de las matemáticas.

Viento: 15 km/h del noreste. Distancia: 400 metros. Caída de bala: 12 pulgadas.

Las ecuaciones eran su ancla.

Se había refugiado en una cueva poco profunda, oculta tras raíces retorcidas. No podía encender fuego. Comía nieve para hidratarse y masticaba barras energéticas congeladas que sabían a serrín. Su herida palpitaba con un ritmo propio, una infección que comenzaba a extender sus tentáculos negros bajo su piel.

Pero no importaba.

Kira había estudiado el despliegue enemigo. Habían establecido un campamento base en el valle, confiados en su victoria, borrachos de arrogancia. Creían que los americanos habían huido con el rabo entre las piernas. No sabían que habían dejado algo atrás.

Al tercer día, la tormenta cesó. El mundo amaneció con una claridad cristalina y cruel.

Kira salió de su agujero. Moverse era una agonía que le hacía ver estrellas, pero se obligó a subir a una cresta rocosa. Desde allí, tenía una vista perfecta del campamento enemigo.

Alineó la mira telescópica.

Vio al comandante enemigo. Un hombre barbudo, gesticulando, bebiendo té caliente. Se sentía seguro. Intocable.

Kira ajustó la torreta de su mira. Su respiración se acompasó.

Inhala. Exhala. Pausa.

El disparo rompió la quietud de la montaña como un trueno seco.

Abajo, en el valle, la cabeza del comandante se sacudió violentamente. El cuerpo cayó. El té se derramó sobre la nieve, un vapor efímero.

Antes de que el sonido del disparo llegara a los oídos de los soldados, Kira ya se estaba moviendo.

— Regla número uno de un francotirador: dispara y desplázate.

El caos estalló abajo. Disparaban a ciegas hacia la montaña, balas trazadoras cortando el aire muy lejos de su posición. Gritaban, corrían. El miedo es un virus, y Kira acababa de inyectar la cepa cero.

Durante los siguientes dos días, Kira desató una guerra psicológica unipersonal.

No mataba al azar. Elegía objetivos quirúrgicos. El operador de radio. El conductor del camión de suministros. El oficial que intentaba reorganizar a las tropas.

Nunca disparaba dos veces desde el mismo lugar. Se arrastraba por barrancos congelados, ignorando la sangre que a veces goteaba de sus vendajes. Dormía en lapsos de veinte minutos. Se convirtió en una sombra.

Los soldados enemigos comenzaron a hablar de un demonio. La Muerte Blanca. Decían que las balas venían de la nada. Encontraban a sus compañeros muertos con un solo orificio preciso, sin rastro del tirador. La moral se desmoronó. Dejaron de patrullar. Se encerraron en sus búnkeres, aterrorizados por el bosque.

Pero el cuerpo de Kira estaba llegando a su límite.

La sexta noche, colapsó. La infección ardía. Su visión era un túnel estrecho. Le quedaba una bala. Solo una.

Y sabía exactamente para quién era. No para el enemigo. Sino para ella misma, si la capturaban.

Miró al cielo estrellado. Las constelaciones le parecían frías e indiferentes.

— Todavía no —susurró.

Se puso de pie, usando su rifle como muleta. Sus piernas temblaban tanto que apenas la sostenían.

— Todavía no.

Comenzó a caminar. No hacia el enemigo. Hacia el sur. Hacia el punto de extracción secundario, a treinta kilómetros de terreno montañoso infernal. Era una marcha suicida. Médicamente, debería haber estado en coma. Pero el odio es un combustible más potente que la adrenalina.

Cada paso era un insulto a la muerte.

Un paso por Mercer. Un paso por Dawson. Un paso por mí.

Caminó a través de ventiscas que habrían despellejado a un hombre sano. Caminó cuando sus pies dejaron de sentir el suelo. Caminó cuando la realidad se fracturó y empezó a hablar con fantasmas.

Y entonces, al amanecer del octavo día, cuando la patrulla de reconocimiento americana Delta-9 escaneaba el horizonte con binoculares, vieron algo imposible.

Una figura solitaria emergía de la niebla blanca. Caminaba cojeando, arrastrando una pierna, cubierta de escarcha, sangre seca y suciedad. Parecía un cadáver reanimado, un espectro surgido del infierno de hielo.

— ¡Alto! ¡Identifíquese! —gritó un soldado, levantando su arma, asustado por la apariencia de la figura.

La figura se detuvo. Levantó la cabeza lentamente. El soldado vio unos ojos verdes que brillaban con una intensidad aterradora en un rostro demacrado.

La figura dejó caer el rifle al suelo. Luego, con una voz que sonó como el crujido de ramas secas, dijo:

— Especialista Kira Brand. Unidad 4-Eco.

El soldado bajó el arma, pálido.

— Imposible… —susurró—. 4-Eco fue evacuada hace una semana. Dijeron que estabas muerta en combate.

Kira sonrió. Fue una mueca rota, llena de sangre seca en los labios.

— El Capitán Mercer se equivocó —dijo, y sus piernas finalmente cedieron—. Los muertos no tienen tanta paciencia.

Cayó de bruces en la nieve, justo en los brazos de los médicos que corrían hacia ella.

PARTE 3: LA SENTENCIA DEL FANTASMA
El hospital militar en Alemania era limpio, blanco y olía a antiséptico. Era el polo opuesto del bosque. Aquí no había frío, solo el zumbido constante de las máquinas y el murmullo de las enfermeras.

Kira había pasado dos semanas en cuidados intensivos. Tres cirugías. Injertos de piel. Antibióticos lo suficientemente fuertes como para matar a un caballo. Había perdido cinco kilos, pero había recuperado algo más peligroso: su voz.

Estaba sentada en la cama, mirando por la ventana hacia los jardines bien cuidados. No miraba las flores. Su mente seguía calculando trayectorias.

La puerta se abrió.

El Capitán Owen Mercer entró.

Llevaba su uniforme de gala, impecable. Medallas brillando en el pecho. Pero su rostro estaba gris. Había ojeras profundas bajo sus ojos. Parecía un hombre que había envejecido diez años en dos semanas.

Detrás de él entró un General de dos estrellas y el Sargento Dawson. Dawson no podía mirar a Kira a los ojos; fijaba la vista en el suelo, avergonzado.

Mercer se aclaró la garganta. Intentó adoptar su postura de mando habitual, pero sus hombros estaban tensos.

— Especialista Brand —dijo Mercer. Su voz carecía de la fuerza que tenía en la tienda de campaña—. Es… es un milagro verte despierta.

Kira giró la cabeza lentamente. Sus ojos se clavaron en él. No había odio visible. Solo una frialdad absoluta, vacía, como el cañón de un arma antes de disparar. Eso asustó a Mercer más que cualquier grito.

— No fue un milagro, Capitán —dijo Kira suavemente—. Fue competencia. Algo de lo que usted sabe muy poco.

El General dio un paso adelante, interrumpiendo la tensión.

— Hija, hemos leído el informe preliminar de la patrulla Delta. Lo que hiciste… sobrevivir sola, neutralizar objetivos clave, desestabilizar al enemigo con una sola bala y una herida mortal… es materia de leyendas. El Ejército quiere otorgarte la Estrella de Plata. Y el Capitán Mercer aquí presente ha recomendado tu ascenso inmediato.

El General sonrió, esperando gratitud. Esperando que la medalla arreglara el “malentendido”.

Kira miró la caja de terciopelo en las manos del General. Luego miró a Mercer.

— ¿Recomendó mi ascenso? —preguntó Kira, con una ironía venenosa—. ¿Fue antes o después de firmar el informe donde declaraba “Todos contabilizados” y me dejaba desangrándome en la cota 300?

El silencio en la habitación fue absoluto. Mercer se puso pálido.

— Brand, escucha, fue una situación de combate caótica —balbuceó Mercer, sudando—. Los sensores térmicos no te detectaban. Creímos que…

— Usted no creyó nada —lo cortó Kira. Su voz subió de volumen, no en un grito, sino en intensidad, dura como el acero—. Usted no quiso escucharme cuando le advertí de la emboscada. Su ego mató a tres hombres ese día. Y cuando las cosas se pusieron feas, huyó. No miró atrás. Porque mirar atrás significaba admitir que la “chica” tenía razón.

Kira se arrancó las vías intravenosas de su brazo. La sangre goteó al suelo, pero a ella no le importó. Se puso de pie, tambaleándose, pero manteniéndose erguida por pura furia.

— No quiero su medalla, General. Esa medalla es un soborno para comprar mi silencio sobre la incompetencia de este oficial.

Se acercó a Mercer. Él retrocedió un paso, instintivamente. Kira, rota, vendada y débil, era la persona más poderosa en esa habitación.

— Usted dijo que yo era solo una niña —susurró Kira, invadiendo su espacio personal—. Pero esa niña se arrastró por el infierno mientras usted bebía café caliente en la base. Esa niña hizo el trabajo que usted no tuvo el valor de hacer.

Kira se quitó la etiqueta de identificación de su muñeca y la dejó caer en el bolsillo de la camisa perfecta de Mercer.

— Guárdela. Para que cada vez que se mire al espejo, recuerde quién es realmente el cobarde.

Se volvió hacia el General.

— Quiero la baja. Ahora.

— Brand, piénsalo —dijo el General, sorprendido—. Tienes una carrera brillante por delante. Eres la mejor…

— No, señor. Era la mejor. Ahora soy algo diferente. Y no trabajo para hombres que dejan a los suyos atrás.

Kira Brand salió del hospital ese mismo día. Rechazó la ceremonia. Rechazó las entrevistas. Rechazó ser la heroína de póster que el ejército necesitaba desesperadamente.

Mercer fue sometido a una corte marcial meses después. El testimonio de Dawson y los registros de radio que Kira había guardado fueron condenatorios. Fue despojado de su rango y dado de baja con deshonor. Su carrera de 20 años terminó en vergüenza, destruida por la “novata” que él despreció.

Pero de Kira, nadie volvió a saber nada oficialmente.

Sin embargo, en los bares oscuros donde se reúnen los mercenarios y en las fronteras olvidadas donde los conflictos nunca terminan, se cuenta una historia.

Hablan de una figura solitaria. Una mujer que nunca habla, que nunca falla un tiro y que desaparece antes de que la nieve toque el suelo. Dicen que si estás en una situación imposible, atrapado en el frío y traicionado por los tuyos, a veces ella aparece.

No busca gloria. No busca dinero.

Busca equilibrio.

El Fantasma de Frostline sigue ahí fuera. Y ha aprendido una lección que enseña con cada bala: El frío puede olvidar, pero ella nunca lo hará.

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