“Sombras en la casa, heridas en el alma: la historia de una niña que creció entre el miedo y la esperanza de construir un futuro lejos de la violencia que la marcó”

Mariana siempre recordaba el olor del café quemado y el sonido de los portazos. Su infancia no estuvo hecha de canciones de cuna ni de cuentos antes de dormir, sino de discusiones que se encendían cada noche como una hoguera.

Su padre, Ernesto, tenía una voz grave que podía llenar toda la casa. Cuando bebía —y bebía casi siempre—, esa voz se transformaba en un rugido. Su madre, Clara, intentaba mantener la calma, pero las palabras de Ernesto eran cuchillos que cortaban la tranquilidad de la pequeña vivienda en las afueras de Medellín.

A los ocho años, Mariana había desarrollado la costumbre de esconderse debajo de la cama cada vez que escuchaba el primer portazo. Su hermano menor, Andrés, la seguía como un pollito asustado. Allí, bajo las tablas de madera y el polvo, los dos niños esperaban a que el ruido terminara.

La escuela era su único refugio. Mariana adoraba leer. En los libros encontraba mundos donde los héroes vencían a los monstruos, donde la justicia existía. Pero cuando regresaba a casa, entendía que los monstruos no siempre vivían en castillos lejanos: a veces dormían en el cuarto de al lado.

Con la adolescencia llegó una mezcla de rebeldía y dolor. Mariana tenía quince años cuando un día, cansada de ver a su madre llorar, se enfrentó a su padre.

—¡Déjala en paz! —gritó con todas sus fuerzas, interponiéndose entre ellos.

Ernesto la miró con ojos rojos de ira. Por un instante, Mariana pensó que él se detendría, que al verla allí, temblando pero firme, sentiría vergüenza. No fue así. El golpe la alcanzó en la mejilla, y el mundo se volvió borroso.

Esa fue la primera y única vez que su padre levantó la mano contra ella. Pero fue suficiente. Esa noche juró que nunca más permitiría que el miedo definiera su vida.

Comenzó a buscar ayuda. Habló con una profesora de literatura, quien la llevó con una trabajadora social. Clara, su madre, tenía miedo de denunciar, pero el coraje de su hija fue como una chispa. Con el tiempo, y tras varios episodios violentos, la policía intervino. Ernesto fue detenido. La casa quedó en silencio, un silencio extraño, vacío, pero necesario.

Sin embargo, las cicatrices permanecieron. Mariana se volvió desconfiada, incapaz de relajarse en espacios pequeños. Cada vez que alguien levantaba la voz, su cuerpo reaccionaba con espasmos involuntarios. El trauma había echado raíces.

Diez años después, Mariana era una mujer de veinticinco años que trabajaba como bibliotecaria. El amor por los libros la había salvado de caer en la desesperanza. Entre estantes y páginas, encontraba calma, aunque las sombras del pasado aún la perseguían.

Le costaba entablar relaciones cercanas. Había tenido parejas, pero siempre terminaba alejándose cuando notaba el más mínimo signo de enojo o frustración. “No puedo permitir que alguien me grite”, se repetía, como si fuera un mantra.

Un día, mientras organizaba un taller de lectura para jóvenes en situación vulnerable, conoció a Camila, una adolescente de trece años. Camila llegaba con los ojos apagados, la piel marcada por golpes ocultos, la voz rota por silencios prolongados. Mariana reconoció en ella a la niña que había sido.

—¿Quieres leer conmigo? —le preguntó, mostrándole un libro.

Camila asintió tímidamente. Día tras día, volvía. No hablaba mucho, pero sus ojos se iluminaban al escuchar historias donde las heroínas escapaban de torres y vencían dragones.

Mariana comprendió entonces que sanar no era olvidar, sino usar las cicatrices como puentes hacia los demás. Se inscribió en un curso de acompañamiento psicológico para víctimas de violencia. Descubrió que, aunque no podía borrar su pasado, sí podía transformar el de otros.

En una ocasión, durante una charla en un centro comunitario, compartió su experiencia. Al terminar, una mujer del público se levantó y la abrazó con lágrimas en los ojos:

—Gracias por decir lo que yo nunca me atreví a decir.

Fue en ese instante que Mariana sintió que la niña asustada que se escondía bajo la cama había encontrado, por fin, un lugar seguro en el mundo.

Las sombras seguirían allí, siempre, pero ya no eran cadenas: se habían convertido en recordatorios de su fuerza. Y aunque las heridas no desaparecieran, había aprendido que cada cicatriz podía convertirse en una historia de resistencia y esperanza.

Related Posts

Our Privacy policy

https://tw.goc5.com - © 2025 News