Puentes de cristal

Cuando Laura se casó con Andrés, sabía que la parte más difícil no sería mudarse de ciudad, ni dejar su trabajo de siempre, ni adaptarse a una nueva rutina. Lo más difícil sería ganarse a Sofía, la hija de Andrés, una niña de doce años con ojos oscuros y desconfiados, que la miraban como si fuera una intrusa en un territorio sagrado.

La primera vez que coincidieron, Sofía apenas le extendió la mano con frialdad. Su silencio era más pesado que cualquier palabra hiriente. Laura sonrió, fingiendo serenidad, mientras por dentro se preguntaba si alguna vez lograría atravesar ese muro invisible.

La casa nueva olía a pintura fresca y a un futuro lleno de promesas. Pero en cada rincón también flotaba la ausencia de la madre de Sofía, fallecida tres años atrás. Había fotos en las estanterías, juguetes guardados en cajas y un vacío que nadie podía reemplazar. Laura lo entendía: no quería ocupar un lugar que no le correspondía, solo deseaba ofrecer un puente, un espacio seguro.

Durante semanas, los días transcurrieron entre saludos cortos, comidas silenciosas y miradas esquivas. Andrés hacía lo posible por mediar, pero sabía que el vínculo debía nacer de ellas dos, no de sus insistencias.

Una tarde de otoño, mientras la lluvia golpeaba las ventanas, Laura decidió dar un paso más allá. Preparó galletas de chocolate —el postre favorito de Sofía, según le había contado Andrés— y esperó en la cocina con la esperanza de que aquel aroma dulce derritiera un poco del hielo.

Sofía entró con su mochila al hombro, empapada por la lluvia. Al ver la mesa llena de galletas, arqueó una ceja.

—No soy una niña —dijo con brusquedad—. No necesito que me trates como si tuviera cinco años.

Las palabras la atravesaron como un cuchillo. Laura sintió el impulso de defenderse, pero respiró hondo.

—Lo sé —respondió suavemente—. Solo pensé que te gustaban. Pero si no… no pasa nada.

Sofía tomó una galleta sin mirarla, mordió un pedazo y se marchó a su cuarto sin añadir palabra. Laura permaneció sola en la cocina, con un nudo en la garganta, preguntándose si aquel gesto mínimo significaba un rechazo definitivo o una rendija de esperanza.

Con el tiempo, los choques se hicieron más frecuentes. Un día, Laura quiso acompañarla a una reunión escolar, pero Sofía explotó:

—¡No eres mi mamá! ¡No tienes derecho a estar ahí!

El grito resonó en la sala como un eco que dejó a Andrés paralizado. Él intentó intervenir, pero Sofía ya había corrido a su habitación. Laura sintió cómo se desmoronaba por dentro. No quería reemplazar a nadie, pero ¿cómo hacerle entenderlo?

Aquella noche lloró en silencio, mientras Andrés la abrazaba.

—Dale tiempo —le susurró—. Sofía aún carga con mucho dolor.

Pero Laura temía que el tiempo solo construyera más distancia.

Un sábado cualquiera, ocurrió lo inesperado. Sofía bajó las escaleras con una carpeta en las manos. Tenía un proyecto escolar de arte, debía recrear un recuerdo especial en forma de collage, pero no sabía cómo hacerlo.

—¿Tú… sabes dibujar? —preguntó, sin mirarla directamente.

Laura contuvo la emoción.

—Un poco. Puedo ayudarte si quieres.

Pasaron horas recortando fotos, pegando papeles de colores y mezclando pinturas. Sofía eligió una foto de su madre, tomada en un viaje al mar. Se quedó observándola largo rato, con lágrimas contenidas. Laura se acercó despacio, sin invadir.

—Era muy hermosa —dijo Laura, con sinceridad.

Sofía asintió en silencio. Por primera vez, no se sintió juzgada, ni obligada a olvidar. Laura no pretendía borrar a su madre; simplemente reconocía su presencia.

Esa noche, cuando el collage estuvo terminado, Sofía lo sostuvo entre sus manos y murmuró:

—Gracias.

Fue una palabra pequeña, pero en boca de Sofía significaba el inicio de un puente frágil, como de cristal.

El vínculo no nació de un día para otro. Hubo recaídas, silencios largos y nuevos desencuentros. Pero también aparecieron risas inesperadas, confidencias compartidas y paseos por el parque en los que, poco a poco, la distancia se acortaba.

Un día de primavera, mientras caminaban juntas, Sofía se detuvo frente a un puesto de flores. Tomó un ramo de margaritas blancas y se lo entregó a Laura.

—Eran las favoritas de mamá —explicó—. Creo que… le hubiera gustado que tú estuvieras aquí.

Laura sintió que el corazón se le desbordaba. No necesitaba más pruebas: aquella niña, que antes la rechazaba con furia, ahora le estaba ofreciendo un gesto de aceptación.

No serían madre e hija en el sentido tradicional, pero habían aprendido a reconocerse en el dolor compartido, en el respeto mutuo y en el cariño que, aunque distinto, era real.

Los puentes de cristal, pensó Laura, son frágiles. Pero si se cuidan con ternura, pueden sostener el peso de dos almas que se buscan.

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