MILLONARIO humilla a su LIMPIADORA por sus CICATRICES, luego descubre que ELLA le SALVÓ la VIDA

PARTE 1: El Eco del Agua
La noche olía a dinero antiguo y a champán caro.

Alejandro De la Cruz, el soltero más codiciado de la ciudad, ajustó los gemelos de oro en sus muñecas. Su reflejo en el ventanal mostraba a un hombre que lo tenía todo: poder, influencia y una mandíbula tensa que delataba su infelicidad crónica. Abajo, en los jardines de su mansión, trescientos invitados bailaban bajo luces de hadas.

Era la fiesta del año. Pero Alejandro solo sentía vacío.

Hasta que la vio.

Sofía.

Ella no encajaba allí. No llevaba diamantes. No llevaba seda importada. Llevaba un vestido sencillo, color azul noche, que cubría su cuerpo de manera conservadora, casi defensiva. Ella era la nueva asistente de su madre, una mujer tímida que siempre caminaba pegada a las paredes, como si quisiera volverse invisible.

—Alejandro, querido —la voz de su madre, Doña Elena, cortó sus pensamientos. Una mujer de hielo y perlas—. Deja de mirar a la servidumbre. Tienes que saludar a Isabella.

Isabella. La ex prometida. La mujer que lo había dejado cuando su empresa casi quiebra y que había vuelto ahora que las acciones estaban en máximos históricos. Isabella sonreía desde el borde de la inmensa piscina iluminada, sosteniendo una copa de vino tinto como si fuera un cetro real.

Alejandro suspiró.

—Voy, madre.

Bajó las escaleras de mármol. El murmullo de la fiesta se detuvo brevemente. Todos querían ver al rey. Alejandro caminó entre la multitud, asintiendo mecánicamente. Sus ojos, sin embargo, buscaron a Sofía.

Ella estaba cerca de la piscina, sosteniendo una bandeja de canapés. Sus manos temblaban.

Isabella lo notó. La mirada de Alejandro. Ese segundo de atención que valía millones y que él le regalaba a una “don nadie”. Los ojos de Isabella se entrecerraron. Depredadora.

—¡Oh! —exclamó Isabella, fingiendo un tropiezo.

Fue un movimiento calculado. Rápido. Cruel.

Isabella extendió el brazo y “accidentalmente” empujó a Sofía.

El tiempo pareció detenerse. La bandeja voló por el aire. Los canapés cayeron como lluvia. Y Sofía, con los ojos abiertos de par en par, perdió el equilibrio hacia atrás.

Hacia el agua.

—¡NO! —el grito de Sofía fue desgarrador. No fue un grito de sorpresa. Fue un sonido animal. Puro terror.

SPLASH.

El agua se tragó su cuerpo.

La música se detuvo. El silencio cayó sobre la mansión como una losa de plomo.

Alejandro no lo pensó. El instinto se apoderó de él. Corrió hacia el borde.

Pero lo que vio lo paralizó un segundo.

Sofía no estaba nadando. Se estaba hundiendo como una piedra. Sus brazos se agitaban frenéticamente, no para nadar, sino luchando contra algo invisible. Burbujas. Caos.

Alejandro se lanzó.

El agua fría golpeó su rostro. Abrió los ojos bajo la superficie clorada. Vio a Sofía en el fondo, ovillada en posición fetal, gritando bajo el agua, tragando líquido.

La agarró por la cintura. Ella luchó contra él. Estaba en pánico total.

Con un esfuerzo titánico, Alejandro impulsó sus piernas y rompió la superficie.

—¡Te tengo! ¡Te tengo! —gritó él, tosiendo agua.

La arrastró hasta el borde de mármol. Los invitados miraban con morbo, susurrando detrás de sus copas. Isabella fingía preocupación con una mano en el pecho.

Alejandro sacó a Sofía del agua y la depositó sobre las baldosas. Ella tosía violentamente, temblando de una manera que hacía doler los huesos.

Y entonces, sucedió.

El agua pesaba. El vestido barato de tela sintética se había adherido a su piel como una segunda capa. Pero el cierre de la espalda, de mala calidad, no resistió el forcejeo del rescate.

Se rompió.

La tela se deslizó hacia los lados, exponiendo la espalda de Sofía a la luz cruda de los reflectores del jardín.

El grito colectivo de los invitados fue audible.

Alejandro se quedó helado.

No había piel suave.

Había un mapa de dolor.

Toda la espalda de Sofía, desde la nuca hasta la cintura, era una masa de tejido cicatrizado. Quemaduras antiguas. Profundas. La piel estaba arrugada, torcida, con tonos rosados y blancos que brillaban húmedos bajo la luz. Eran cicatrices de fuego. Brutales. Salvajes.

Sofía sintió el aire frío en su espalda. Sintió las miradas. Dejó de toser.

Se giró, mirando a Alejandro con ojos llenos de lágrimas y vergüenza absoluta.

—No… —susurró ella. Su voz era un hilo roto—. No me mires.

Isabella, recuperando su compostura, soltó una risa nerviosa y cruel.

—Dios mío —dijo Isabella, lo suficientemente alto para que todos la oyeran—. Con razón siempre usas cuellos altos. Eres un monstruo.

La palabra flotó en el aire. Monstruo.

La madre de Alejandro, Doña Elena, hizo una mueca de disgusto.

—Sacad a esta chica de aquí —ordenó Elena a los guardias—. Está arruinando la estética de la fiesta.

Alejandro sintió una furia volcánica subir por su garganta. Se puso de pie, goteando agua, imponiéndose sobre todos.

—¡Nadie la toque! —rugió Alejandro. Su voz retumbó en los jardines.

Pero era tarde.

Sofía se puso de pie, tratando de cerrar su vestido con manos temblorosas. Las lágrimas se mezclaban con el agua de la piscina en su rostro.

—Lo siento —sollozó ella, mirando a Alejandro—. Lo siento mucho, señor.

—Sofía, espera… —Alejandro extendió la mano.

Ella retrocedió, como si él fuera el fuego que la había quemado.

—No debí venir. No pertenezco aquí.

Sofía se dio la vuelta y corrió. Corrió descalza sobre el césped, cruzando el jardín, desapareciendo en la oscuridad de la noche, dejando un rastro de agua y dignidad rota.

Alejandro se quedó allí, con el pecho agitado. Miró a su madre. Miró a Isabella.

—¿Estás contento? —le dijo Isabella, acercándose para tocarle el brazo mojado—. Se ha ido. Ahora podemos seguir con…

Alejandro se sacudió su toque con violencia.

—Cállate —dijo él. Fue un susurro, pero cortó más que un grito.

Miró al suelo, donde Sofía había estado tumbada. Algo brillaba en las baldosas húmedas.

Se agachó y lo recogió.

Era un relicario de plata. Viejo. Oxidado. Se le había caído del cuello en la lucha.

Alejandro lo abrió con dedos torpes. Esperaba ver la foto de un novio, de un padre, de un hijo.

Pero no.

Dentro del relicario, protegida por un cristal agrietado, había una foto pequeña y descolorida.

Era una foto de dos niños. Un niño y una niña, de unos diez años. Estaban sucios, manchados de hollín, pero sonreían. La niña tenía el brazo alrededor del niño protectoramente.

Alejandro sintió que el mundo giraba.

El niño de la foto… era él.

Un recuerdo, bloqueado por años de terapia y dolor, golpeó su mente como un martillo.

El incendio.

Hace veinte años. La casa de verano. Sus padres estaban fuera. Él se había quedado atrapado en su habitación. El humo. El calor insoportable. Nadie venía.

Recordaba gritar. Recordaba el techo cayendo.

Y recordaba una mano. Una mano pequeña que lo agarró y lo arrastró a través de las llamas.

Nunca supo quién fue. Los informes dijeron que los bomberos lo sacaron. Su madre siempre le dijo que fue un milagro.

Alejandro miró la foto. Miró hacia la oscuridad donde Sofía había desaparecido.

—Madre —dijo Alejandro, sin voltearse. Su voz era acero frío—. ¿Quién es Sofía realmente?

Doña Elena palideció visiblemente, aunque intentó mantener la compostura.

—Nadie. Una empleada doméstica que contratamos el mes pasado. Una chica de la calle.

Alejandro se giró. Sus ojos estaban inyectados en sangre.

—Mientes.

Apretó el relicario en su puño hasta que el metal se le clavó en la piel.

—Ella tiene una foto mía. De ese día.

El silencio de Doña Elena fue la confirmación.

Alejandro no esperó más. Dejó a los trescientos invitados, dejó a Isabella con la boca abierta, dejó el lujo y la mentira. Corrió hacia su coche deportivo.

Tenía que encontrarla.

Porque esas cicatrices en su espalda… no eran suyas.

Eran de él. Ella las había llevado por él durante veinte años.

PARTE 2: Las Cenizas del Pasado
La lluvia comenzó a caer, pesada y torrencial, como si el cielo llorara por los pecados de la tierra.

Alejandro conducía su deportivo negro a una velocidad suicida por las calles de la ciudad. Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. El relicario de plata colgaba del espejo retrovisor, balanceándose violentamente con cada curva.

Su mente era un torbellino.

Flashback. Humo. Calor. Un niño de diez años tosiendo en el suelo de madera. “¡Levántate!” Una voz de niña. “¡Alejandro, levántate!” Una viga ardiendo cayó entre ellos. La niña no retrocedió. Ella saltó a través del fuego. Su ropa prendió. Ella gritó, pero no lo soltó. Lo arrastró hasta la ventana. Lo empujó fuera. Y luego… el techo colapsó sobre ella.

Alejandro golpeó el volante.

—¡Maldita sea! —gritó, solo en el coche.

Había vivido veinte años pensando que era un superviviente “afortunado”. Su madre le había dicho que la hija de la cocinera había muerto en el incendio. Que fue una tragedia inevitable.

Mentiras. Todo eran mentiras.

El GPS de su teléfono marcaba una dirección en los suburbios, en la zona más pobre de la ciudad. Había conseguido la dirección de los archivos de recursos humanos de su propia empresa, hackeando el sistema mientras conducía.

Llegó a un edificio gris, descascarado, rodeado de basura y sombras.

Alejandro bajó del coche, sin importarle la lluvia que empapaba su traje de tres mil dólares. Entró en el edificio. No había ascensor. Subió cuatro pisos corriendo, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.

Apartamento 4B. La puerta era de madera contrachapada, débil.

Alejandro golpeó.

—¡Sofía! ¡Abre!

Nadie respondió.

—¡Sofía, por favor! ¡Sé quién eres!

Silencio. Solo el sonido de la lluvia golpeando el techo de chapa.

Alejandro probó el pomo. Estaba abierto.

Entró.

El apartamento era minúsculo. Una sola habitación. Un colchón en el suelo. Una mesa coja. Pero estaba inmaculado. Y las paredes…

Alejandro se quedó sin aliento.

Las paredes estaban cubiertas de dibujos. Bocetos al carboncillo. Retratos.

Todos eran de él.

Alejandro en la universidad. Alejandro recibiendo su primer premio empresarial. Alejandro triste en el funeral de su padre. Alejandro sonriendo falsamente en las revistas.

Ella lo había estado observando. Siempre. Desde las sombras.

Sobre la mesa había una carta a medio escribir y un billete de autobús. Un billete para irse de la ciudad esa misma noche. Salida: 2:00 AM.

Miró su reloj. Eran las 1:45 AM.

—La estación —murmuró.

Salió corriendo del apartamento, pero al llegar al pasillo, una figura bloqueó su camino.

Era un hombre mayor, con la piel curtida y ojos tristes. El casero.

—¿Busca a la chica quemada? —preguntó el hombre, masticando un palillo.

—¿Dónde está? —exigió Alejandro.

—Se fue. Estaba llorando. Dijo que el pasado la había encontrado. Dijo que no podía permitir que usted la viera con lástima.

—No es lástima —dijo Alejandro, con la voz quebrada—. Es deuda. Es vida.

—Ella no quiere su dinero, señor millonario —escupió el hombre—. Ella ha trabajado dos turnos limpiando suelos durante diez años para pagar las cirugías de su piel. Cirugías que no funcionaron. Ella solo quería estar cerca de usted para asegurarse de que usted fuera feliz. Eso me dijo una vez. “Solo quiero ver que valió la pena”.

La frase golpeó a Alejandro como un puñetazo físico.

“Solo quiero ver que valió la pena”.

Ella había sacrificado su belleza, su piel, su infancia, para salvarlo a él. Y él… él había permitido que su madre y su ex novia la humillaran públicamente.

Alejandro bajó las escaleras saltando los escalones de tres en tres.

Subió al coche. Arrancó.

La estación de autobuses estaba al otro lado de la ciudad. Tenía diez minutos.

Aceleró. El motor rugió.

Mientras conducía, el teléfono de Alejandro sonó. Era su madre.

Lo contestó por el manos libres.

—Alejandro, regresa inmediatamente. Los invitados están preguntando…

—¡Cállate! —gritó Alejandro—. ¡Sabías que estaba viva! ¡Sabías que fue ella quien me sacó del fuego!

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, la voz de Elena cambió. Ya no era dulce. Era fría y calculadora.

—Era la hija de la criada, Alejandro. Si la gente se enteraba de que el heredero de los De la Cruz fue salvado por una niña sirvienta mientras yo estaba de fiesta… habría sido un escándalo. Le dimos dinero a su abuela para que se la llevaran. Pagamos su silencio.

—¡La dejasteis pudrirse con esas quemaduras!

—Hicimos lo necesario para proteger la imagen de la familia. Ella es el pasado. Tú eres el futuro. Isabella es tu futuro.

—No tengo familia —dijo Alejandro, con una calma aterradora—. Tú no eres mi madre. Eres un monstruo con joyas.

Colgó. Y lanzó el teléfono por la ventana.

Llegó a la estación de autobuses. El reloj marcaba las 1:58 AM.

El autobús con destino al Norte estaba encendiendo los motores. El humo del tubo de escape se mezclaba con la lluvia.

Alejandro dejó el coche en medio de la calle, bloqueando el tráfico. Corrió hacia los andenes.

Buscó entre las ventanas empañadas. Buscó una cara. Buscó unos ojos tristes.

Allí.

En la última fila. Sofía miraba por la ventana, con la frente apoyada en el cristal frío. Llevaba una capucha gris que ocultaba su rostro, pero él reconoció la curva de sus hombros. La postura de alguien que ha cargado con el peso del mundo.

El autobús comenzó a moverse.

—¡PARA! —gritó Alejandro, corriendo paralelo al vehículo.

Golpeó el lateral del autobús con la palma de la mano.

—¡SOFÍA!

El conductor no lo vio. El autobús aceleró.

Alejandro corrió. Sus zapatos de cuero resbalaban en el asfalto mojado. Sus pulmones ardían.

Sofía levantó la vista. Lo vio. Vio al hombre elegante, empapado, corriendo desesperadamente detrás del autobús sucio.

Sus ojos se encontraron a través del cristal y la lluvia.

Ella negó con la cabeza. Vete, parecían decir sus labios. Déjame ir.

—¡No te dejaré! —gritó él, aunque ella no podía oírlo.

El autobús giró en una curva y ganó velocidad, entrando en la autopista. Alejandro se detuvo, jadeando, con las manos en las rodillas. Vio las luces traseras rojas alejarse en la oscuridad.

La había perdido.

Cayó de rodillas en el asfalto. La lluvia empapaba su esmoquin, mezclándose con sus lágrimas.

Pero entonces, recordó algo. El casero había mencionado “el norte”. Y en la carta que vio en la mesa… había visto un nombre. San Juan. Un pequeño pueblo costero donde había un viejo faro.

Alejandro se levantó. Una determinación fría reemplazó su desesperación.

No iba a rendirse. Ella había cruzado el fuego por él. Él cruzaría el infierno por ella.

Caminó hacia su coche.

Pero al llegar, se encontró con una sorpresa desagradable.

La policía. Y junto a ellos, el coche de seguridad privada de su madre.

Un hombre de traje bajó del coche de seguridad.

—Señor De la Cruz —dijo el jefe de seguridad—. Su madre está muy preocupada. Dice que usted está teniendo un episodio psicótico. Tenemos órdenes de llevarlo a casa. Por su propio bien.

Dos guardias grandes se acercaron.

Alejandro sonrió. Una sonrisa sin humor. Una sonrisa de tiburón.

—¿Mi propio bien?

—Por favor, suba al coche, señor.

Alejandro miró a los guardias. Miró su coche bloqueado.

Sabía lo que su madre estaba haciendo. Intentaba controlarlo. Intentaba encerrarlo hasta que se le pasara el “capricho” de la criada. Si volvía a esa mansión, nunca lo dejarían salir. Lo drogarían. Lo convencerían de que estaba loco.

Alejandro tensó los músculos.

—No voy a ir a ninguna parte con vosotros.

—No lo haga difícil, señor.

El guardia extendió la mano para agarrarlo.

Alejandro reaccionó. Un gancho de derecha directo a la mandíbula. El guardia cayó.

Era el caos.

Alejandro aprovechó la confusión, saltó sobre el capó del coche de policía, rodó por el otro lado y corrió hacia la oscuridad de los callejones.

Ahora era un fugitivo. Sin teléfono. Sin coche. Sin tarjetas de crédito (sabía que su madre las cancelaría en minutos).

Solo tenía el relicario en su bolsillo y una promesa grabada en su alma.

Tenía que llegar a San Juan. A pie, en autostop, como fuera.

La caza había comenzado.

PARTE 3: La Cicatriz del Amor
Tres días.

Habían pasado tres días desde la fiesta.

Alejandro De la Cruz, el millonario de portada de revista, parecía ahora un vagabundo. Su barba había crecido, su ropa estaba sucia y caminaba cojeando por una carretera secundaria llena de polvo.

Había hecho autostop en camiones de carga. Había dormido en un granero. Había comido lo que podía comprar con el poco efectivo que tenía en la cartera.

Pero había llegado.

San Juan. Un pueblo olvidado por Dios, donde el mar golpeaba los acantilados con furia.

El faro se alzaba al final de un promontorio rocoso. Era un lugar solitario. Perfecto para alguien que quiere esconderse del mundo.

Alejandro caminó hacia el faro. El viento marino le azotaba la cara.

Llegó a la puerta de la pequeña casa del farero. Estaba entreabierta.

Entró.

—¿Sofía?

La casa estaba en penumbra. Olía a sal y a trementina.

En el centro de la sala, había un caballete. Y frente a él, Sofía.

Llevaba una camiseta vieja y manchada de pintura. Su espalda estaba descubierta, expuesta al aire. Estaba pintando. Pintaba el mar, pero un mar de fuego. Rojos, naranjas, negros.

Ella no se giró.

—Sabía que vendrías —dijo ella. Su voz era tranquila, resignada—. Eres tan terco como cuando eras niño.

Alejandro dio un paso adelante. El suelo de madera crujió.

—¿Por qué te fuiste?

—Porque tú brillas, Alejandro —dijo ella, dejando el pincel—. Tú eres luz. Eres éxito. Eres belleza. Y yo… —se tocó el hombro, rozando la piel rugosa—. Yo soy el recordatorio de lo feo. Soy la ceniza.

—No —Alejandro se acercó más. Estaba a solo unos metros—. Eres la razón por la que estoy vivo.

Sofía se giró lentamente. Sus ojos estaban rojos de llorar.

—Mírame, Alejandro. Mírame de verdad. No con gratitud. No con culpa. Mírame como un hombre mira a una mujer. ¿Puedes? ¿O te doy asco?

Se quitó la camiseta por completo, dejando caer la tela al suelo. Se quedó allí, desnuda de cintura para arriba, de espaldas a él.

El mapa de cicatrices era brutal. La piel tirante. Las marcas del fuego que le había salvado la vida a él.

Alejandro sintió que se le rompía el corazón, pero no por asco. Por amor. Por un amor tan profundo que dolía.

Caminó hacia ella. Levantó la mano.

Sus dedos, temblorosos, tocaron la piel dañada de su espalda.

Sofía se tensó, esperando el rechazo. Esperando el estremecimiento de repulsión.

Pero Alejandro no se apartó. Trazó el camino de una cicatriz con suavidad infinita.

—No veo fealdad —susurró él cerca de su oído—. Veo coraje. Veo lealtad. Veo a la única persona que me amó lo suficiente como para arder por mí.

Apoyó su frente contra la espalda de ella.

—Estas cicatrices son mías, Sofía. Tú cargaste mi dolor. Déjame cargar el tuyo ahora.

Sofía sollozó. Un sonido roto que liberó veinte años de soledad.

Se giró y lo abrazó. Lo abrazó con fuerza, clavando sus uñas en la espalda de él, llorando en su pecho sucio.

Alejandro la besó. No fue un beso de cuento de hadas. Fue un beso desesperado, salado por las lágrimas, hambriento. Un beso que sellaba un pacto.

De repente, el sonido de sirenas rompió el momento.

Luces azules y rojas destellaron a través de las ventanas del faro.

Alejandro se separó y miró afuera. Tres coches de policía y una limusina negra.

Su madre.

—No te dejarán en paz —dijo Sofía con miedo—. Te destruirán si te quedas conmigo. Te quitarán tu empresa, tu dinero.

Alejandro miró la limusina. Luego miró a Sofía. Le tomó la cara entre las manos.

—Que se lo queden todo. No quiero nada que no seas tú.

Salió de la casa del faro, llevando a Sofía de la mano. Ella se había puesto una camisa de él, que le quedaba grande.

Doña Elena bajó de la limusina, impecable, con gafas de sol oscuras.

—Alejandro —dijo ella con frialdad—. Se acabó el juego. Sube al coche. Los abogados han preparado un comunicado diciendo que fuiste secuestrado y drogado por esta… mujer.

Isabella bajó del otro lado, cruzando los brazos.

—Vamos, cariño. Esto es patético. Mira cómo estás. Hueles a pobre.

Alejandro caminó hasta quedar frente a ellas. Apretó la mano de Sofía.

—Madre —dijo Alejandro—. Tienes razón. Se acabó el juego.

Sacó el relicario de su bolsillo y lo levantó.

—¿Recuerdas esto?

Elena frunció el labio.

—Basura sentimental.

—No. Es la prueba.

Alejandro se giró hacia los policías, que esperaban órdenes.

—Oficiales —dijo con voz de mando, esa voz de CEO que no había usado en días—. Quiero presentar una denuncia.

Elena se rió.

—¿Contra quién? ¿Contra tu propia madre? Soy dueña de media ciudad.

—Contra la administración del Patrimonio De la Cruz —dijo Alejandro—. Por negligencia criminal, encubrimiento de pruebas y abandono de un menor en el incendio de 2004. Y tengo a la testigo principal aquí.

Señaló a Sofía.

—Su testimonio, junto con mis registros médicos y este relicario que estaba en la escena… destruirá la reputación de la familia. Las acciones caerán a cero mañana por la mañana si hablo con la prensa.

La sonrisa de Elena desapareció. Sabía que Alejandro era un genio de los negocios. Sabía que si él quería hundir la empresa, podía hacerlo.

—¿Qué quieres? —siseó ella.

—Quiero mi libertad. Quiero que renuncies como presidenta de la junta. Quiero que Isabella desaparezca de mi vista para siempre. Y quiero que transfieras la propiedad de la antigua mansión del lago a nombre de Sofía. Hoy.

—Estás loco —gritó Isabella—. ¡Lo perderás todo por esta cicatrizada!

Alejandro miró a Isabella con lástima.

—Ella tiene cicatrices en la piel, Isabella. Tú las tienes en el alma. Y las tuyas son incurables.

Se volvió hacia su madre.

—Decide, madre. O me dejas ir con ella y conservas tu dinero, o quemo el imperio hasta los cimientos, tal como se quemó esa casa.

El silencio fue tenso. El viento aullaba.

Finalmente, Elena bajó la cabeza. Derrotada por la única cosa que amaba más que a su hijo: su dinero.

—Vete —dijo ella—. Pero no vuelvas cuando te des cuenta de que el amor no paga las facturas.

Subió a la limusina. Isabella la siguió, echando chispas. Los coches dieron la vuelta y se alejaron, dejando una nube de polvo.

Alejandro y Sofía se quedaron solos frente al faro.

Él no tenía coche. No tenía acceso a sus cuentas por el momento. No tenía ropa limpia.

Sofía le apretó la mano.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella.

Alejandro miró el horizonte. El sol estaba empezando a ponerse, pintando el cielo de colores que recordaban a las pinturas de Sofía.

—Ahora… —Alejandro sonrió, y por primera vez en años, la sonrisa llegó a sus ojos—. Ahora empezamos de cero. Sin mentiras. Sin máscaras.

La miró.

—¿Me enseñarás a pintar?

Sofía sonrió. Una sonrisa tímida, pero radiante.

—Te costará aprender. Eres muy rígido.

—Tengo tiempo. Tengo toda la vida.

Alejandro la atrajo hacia sí y la besó de nuevo, mientras las olas rompían contra las rocas, limpiando el pasado, dejando solo la verdad desnuda y cicatrizada de su amor.

FIN

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