PARTE 1: LA JAULA DE CRISTAL
El champán Moët sabía a ceniza en la boca de Diego Mendoza.
Cincuenta invitados. Cincuenta sonrisas falsas. Cincuenta trajes de diseñador que costaban más de lo que una familia promedio ganaba en cinco años. El salón de baile de la mansión en el Barrio de Salamanca no era un hogar; era un escaparate. Lámparas de araña de cristal de Bohemia. Muros de piedra caliza que sudaban dinero. Y en el centro de todo, Valentina Ruiz de la Torre.
Su prometida. Rubia. Perfecta. Envianada en un vestido Balenciaga plateado que parecía una armadura. Ella sonreía para las cámaras. Diego solo sentía frío.
—Sonríe, mi amor —susurró Valentina, sus uñas manicuradas clavándose imperceptiblemente en el bíceps de Diego—. Tu madre está mirando. Los inversores están mirando.
Diego asintió, un títere en su propio escenario. Hacía dieciocho meses que su esposa, Isabel, había muerto en el accidente. Dieciocho meses de niebla. De viajes de negocios para huir del silencio de la casa. De dejar que su madre, Inmaculada, y Valentina redecoraran su vida, borrando el dolor con eventos sociales.
Pero había una grieta en la perfección.
Mateo. Su hijo de dos años. El pequeño, vestido con un traje azul marino réplica del de su padre, estaba teniendo un colapso cerca de la entrada. No era un berrinche normal. Era pánico. Sus ojos color miel, idénticos a los de su madre fallecida, buscaban algo con desesperación.
—Haz que la niñera lo calle —siseó Valentina, sin dejar de saludar al embajador de Portugal—. Arruinará el brindis.
Diego se soltó de su agarre. El instinto paternal, dormido bajo capas de duelo y negligencia, se despertó de golpe. Caminó hacia su hijo, abriéndose paso entre la multitud perfumada.
Y entonces, sucedió. El sonido que detuvo el mundo.
—¡MAMÁ!
El grito desgarró el aire acondicionado del salón. La orquesta de cuerdas vaciló. Cincuenta cabezas se giraron.
Mateo no miraba a la foto de su madre fallecida. No miraba a Valentina. El niño corría, con sus piernitas tambaleantes, hacia la entrada de servicio. Hacia una figura que no debía estar allí.
Una mujer. Joven. Quizás veinticinco años. Llevaba el uniforme azul del servicio de limpieza. Un delantal blanco almidonado. Y en sus manos, grotescamente brillantes bajo las luces de cristal, unos guantes de goma amarillos.
Estaba paralizada. Sosteniendo una bandeja de plata que temblaba violentamente. Mateo se estrelló contra sus piernas, abrazando la tela barata del uniforme como si fuera un salvavidas en medio del océano.
—¡Mamá! —sollozó el niño, enterrando la cara en el delantal—. ¡Mamá, volviste!
El silencio en el salón era absoluto. Sepulcral. Diego llegó hasta ellos, el corazón martilleándole en la garganta. Vio el rostro de la empleada. Pálido. Aterrorizado. Pero sus ojos… Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Y miraban a Mateo con una adoración tan pura, tan dolorosa, que a Diego le faltó el aire.
Valentina apareció a su lado, vibrando de furia contenida. —¿Qué demonios es esto? —susurró, su voz como hielo picado—. ¿Por qué tu hijo llama “mamá” a la nueva fregona?
—No lo sé —tartamudeó Diego. Miró la etiqueta en el uniforme de la mujer. Carmen.
Carmen dejó caer la bandeja. El sonido del metal contra el mármol fue como un disparo. Se arrodilló, ignorando a los millonarios, ignorando el protocolo, y envolvió a Mateo con sus brazos enguantados de amarillo. —Mi niño… —susurró ella, su voz rota—. Mi niño dulce…
—¡Suéltalo! —ordenó Valentina, dando un paso adelante.
Carmen levantó la vista. Y en ese momento, Diego vio algo familiar. Un lunar junto a la ceja. La forma de la boca. Un fantasma. Un recuerdo de los primeros meses tras la muerte de Isabel, cuando él estaba demasiado borracho de dolor para sostener a su propio hijo.
—¿Quién es usted? —exigió Diego, su voz temblando.
La mujer se quitó los guantes frenéticamente, como si quemaran. Sus manos desnudas acariciaron las mejillas de Mateo, limpiando las lágrimas. —Soy Carmen —dijo, poniéndose de pie, temblando pero con la barbilla alta—. Soy la hermana de Lucía.
El nombre golpeó a Diego como un puñetazo físico. Lucía. La niñera. La chica que había cuidado de Mateo los primeros seis meses después del funeral. La que cantaba. La que se había ido de repente, sin despedirse.
—Lucía… —murmuró Diego—. Ella renunció. Encontró un trabajo mejor. Eso me dijo mi madre.
Carmen soltó una risa amarga, un sonido lleno de dolor. —¿Renunció? —Sus ojos oscuros se clavaron en Inmaculada, la madre de Diego, que se acercaba con paso marcial—. No, señor Mendoza. Mi hermana no renunció. Fue despedida. La echaron como a un perro porque cometió un crimen imperdonable en esta casa.
—¿Qué crimen? —preguntó Diego, sintiendo que el suelo se abría.
Carmen miró a Mateo, que se aferraba a su pierna, y luego a los ojos de Diego. —Su crimen fue amar a su hijo cuando usted no estaba.
PARTE 2: EL PRECIO DEL SILENCIO
La acusación flotó en el aire, densa y tóxica.
Inmaculada Mendoza Álvarez, la matriarca de hierro, llegó al círculo. Su rostro era una máscara de mármol, pero sus ojos destellaban peligro. —Seguridad —dijo con voz calmada—. Saquen a esta mujer. Está alterada. Está asustando a los invitados.
—¡Nadie la toca! —rugió Diego.
El grito de Diego sorprendió incluso a él mismo. Fue la primera vez en años que su voz sonaba suya, y no como un eco de las expectativas de su madre. Valentina retrocedió un paso, sorprendida.
—Diego, por favor —intentó Valentina, recuperando su sonrisa ensayada—. Es una escena patética. Claramente quiere dinero. Dale un cheque y que se vaya.
—No quiero su dinero —escupió Carmen. Las lágrimas corrían libremente por su rostro—. Solo quería verlo. Una última vez.
—¿Por qué? —Diego se acercó a ella, ignorando a su prometida—. ¿Dónde está Lucía? Si tanto quería a Mateo, ¿por qué no vino ella? ¿Por qué envió a su hermana a infiltrarse como limpiadora?
Carmen cerró los ojos. Tomó aire. Cuando habló, su voz era un susurro que se escuchó en cada rincón del salón de baile. —Lucía murió hace tres meses.
El mundo de Diego se detuvo. —¿Qué?
—Cáncer de páncreas. Fue rápido. Brutal. —Carmen miró a Mateo con una ternura devastadora—. En el hospital, en sus últimos días, ella no hablaba de dolor. No hablaba de miedo. Solo hablaba de Mateo. De sus rizos. De cómo le gustaba dormir con la luz encendida.
Carmen se volvió hacia Inmaculada. La acusación en su mirada era fuego puro. —Ella le suplicó a usted, señora Mendoza. Le escribió cartas. Solo quería venir a visitarlo una vez. Despedirse. Decirle que no lo había abandonado.
Diego se giró lentamente hacia su madre. Inmaculada mantuvo la mirada, fría, aristocrática. —¿Es verdad? —preguntó Diego.
—Hice lo necesario —respondió Inmaculada, sin una pizca de remordimiento—. Esa chica, Lucía, se estaba extralimitando. Se creía la madre. Era confuso para el niño. Y cuando te comprometiste con Valentina… bueno, necesitábamos limpiar la casa. No hay lugar para sirvientas sentimentales cuando se construye una familia de prestigio. Las cartas… las tiré. Era lo mejor para todos.
—¿Lo mejor? —La voz de Diego se quebró—. Mi hijo ha estado llorando por las noches durante un año y medio. Gritaba un nombre que yo no entendía. Yo pensaba que era un balbuceo.
—¡Lucía me cantaba! —gritó Mateo de repente. Su voz infantil cortó la discusión de los adultos. Señaló a Carmen—. ¡Tú tienes los ojos de Lucía! ¡Canta la luna!
Carmen se mordió el labio para no sollozar. Asintió. —Sí, mi amor. La canción de la luna.
—Esto es ridículo —interrumpió Valentina, mirando su reloj de diamantes—. Diego, el juez está esperando para formalizar el compromiso. Saca a esta gente de servicio de aquí. Me está dando dolor de cabeza el olor a lejía.
Esa frase. Olor a lejía.
Diego miró a Valentina. Realmente la miró. Vio la belleza fría. La ambición. La crueldad casual de quien nunca ha tenido que limpiar su propio desastre. Luego miró a Carmen. Vio las manos enrojecidas por el trabajo. El uniforme barato. Y el amor incondicional por un niño que no era suyo, heredado de una hermana que murió con el corazón roto por la crueldad de los ricos.
La señora Monserrat, la cocinera que llevaba veinte años en la casa, dio un paso adelante desde la puerta de servicio. —Señor Diego… —dijo con voz temblorosa—. La chica dice la verdad. Lucía… Lucía era un ángel. Ella sostuvo a este niño cuando usted… cuando usted no podía levantarse de la cama por la depresión. Ella le enseñó a caminar. Ella le secó las lágrimas. Y la señora Inmaculada la echó el mismo día que la señorita Valentina se mudó aquí. Nos amenazaron a todos con el despido si hablábamos.
Un murmullo recorrió a los invitados. La vergüenza empezaba a manchar el aire.
—Basta —dijo Diego.
Caminó hacia Carmen. —¿Tú sabes la canción? —preguntó suavemente.
Carmen asintió, las lágrimas cayendo sobre su delantal. —Lucía me la enseñó antes de morir. Me hizo prometer que si alguna vez lo veía, se la cantaría. Para que él supiera que ella no lo olvidó.
—Cántala —dijo Diego.
—¡Diego! —chilló Valentina—. ¡No te atrevas! ¡Estamos en una fiesta!
—¡CÁNTALA! —rugió Diego, silenciando a todo el salón.
Carmen se agachó junto a Mateo. Acarició su cara. Y con una voz suave, temblorosa pero clara, empezó a cantar. “A la luna le pido, que te cuide al dormir… que tus sueños sean lindos, y mañana al despertar, yo estaré aquí…”
Mateo dejó de llorar. Sus hombros se relajaron. Se apoyó en el pecho de Carmen, cerrando los ojos, transportado a un lugar donde se sentía seguro. Un lugar que el dinero de su padre no había podido comprar.
Diego sintió cómo se le rompía el corazón. Reconoció la melodía. La había escuchado a través de las paredes, en su niebla de alcohol y dolor, hace mucho tiempo. Había dejado que esa música se fuera. Había dejado que el amor se fuera, cambiándolo por frialdad y estatus.
Miró a Valentina. Miró el anillo de diamantes de cinco quilates en su dedo. Y supo exactamente lo que tenía que hacer.
PARTE 3: LA REDENCIÓN
Diego se quitó la chaqueta de su traje Loewe de tres mil euros y la dejó caer al suelo. Se aflojó la corbata. Caminó hacia Valentina.
—Diego, ¿qué haces? —Valentina retrocedió, su máscara de perfección empezando a agrietarse por el miedo—. No hagas una escena. Podemos hablar de esto en privado. Despediremos a quien quieras. Contrataremos a las mejores psicólogas para el niño.
—No necesitamos psicólogas, Valentina —dijo Diego, con una calma aterradora—. Necesitamos verdad.
Tomó la mano izquierda de Valentina. Ella sonrió nerviosa, pensando que él iba a besarla. En lugar de eso, Diego deslizó el anillo de compromiso fuera de su dedo. El diamante brilló bajo la luz antes de que Diego lo dejara caer en una copa de champán cercana. Plink.
—Se acabó —dijo Diego.
—¿Qué? —Valentina parpadeó, incapaz de procesarlo—. ¿Por una sirvienta? ¿Vas a dejarme por la hermana de la niñera? ¡Soy una Ruiz de la Torre! ¡Esto es una fusión de imperios!
—Esto no es un imperio —dijo Diego, señalando el salón, los invitados, las flores, el lujo vacío—. Esto es una tumba. Y ya no quiero vivir enterrado.
Se giró hacia los invitados. —La fiesta ha terminado. Váyanse. Todos.
—¡Diego! —Inmaculada intentó intervenir, agarrándole del brazo—. ¡Estás destruyendo nuestro apellido!
Diego se soltó con suavidad pero con firmeza. Miró a su madre con una tristeza infinita. —Tú destruiste nuestro apellido el día que pensaste que el estatus era más importante que la bondad, mamá. Despediste a la única persona que amaba a mi hijo cuando yo no pude hacerlo. Eso es imperdonable. Mañana hablaremos de tu papel en esta empresa. Y en esta casa. Ahora, vete.
Inmaculada palideció. Por primera vez en décadas, se quedó sin palabras. Dio media vuelta y salió, con su dignidad hecha jirones. Valentina, roja de furia y humillación, gritó: —¡Te arrepentirás de esto, Diego Mendoza! ¡Eres un patético debilucho! ¡Te quedarás solo con tu mocoso y tu servidumbre!
Salió taconeando, seguida por el séquito de invitados escandalizados. El sonido de los motores de los coches de lujo alejándose llenó el silencio.
El salón quedó vacío. Solo quedaban Diego, Carmen, Mateo y el personal de la casa. La señora Monserrat y las otras empleadas lloraban abiertamente, sonriendo.
Diego se arrodilló en el suelo de mármol, al mismo nivel que Carmen y Mateo. No le importó manchar sus pantalones de traje. Mateo estaba medio dormido en brazos de Carmen, aferrando su mano con fuerza.
—Lo siento —dijo Diego, mirando a Carmen a los ojos. No hablaba como el millonario. Hablaba como un hombre—. Siento no haber protegido a tu hermana. Siento que hayas tenido que ponerte esos guantes y mentir para ver al niño que ella amaba.
Carmen se secó las lágrimas con el dorso de la mano. —No lo hice por usted, señor. Lo hice por Lucía. Ella decía que el amor no sabe de contratos ni de sangre.
—Ella tenía razón —Diego miró a su hijo—. Carmen… no quiero que limpies mi casa.
Carmen bajó la mirada, esperando el despido. —Lo entiendo. Me iré ahora mismo.
—No —Diego le puso una mano suavemente en el hombro—. Quiero que te quedes. No como servicio. Quiero contratarte… no, quiero pedirte que seas parte de la vida de Mateo. Quiero que le cuentes sobre Lucía. Quiero que le cantes esa canción todas las noches. Quiero que él sepa que fue amado.
—¿De verdad? —Los ojos de Carmen se abrieron como platos.
—Tengo una mansión con veinte habitaciones vacías —dijo Diego, mirando alrededor—. Y hoy me he dado cuenta de que es la casa más pobre del mundo porque le faltaba amor. Si tú te quedas… tal vez podamos empezar a llenarla.
Mateo abrió un ojo, adormilado. —¿Papá?
—Sí, campeón. Aquí estoy.
—¿Carmen se queda? ¿Mariposas?
Diego sonrió, y por primera vez en dieciocho meses, la sonrisa llegó a sus ojos. —Sí, Mateo. Carmen se queda. Y vamos a ver las mariposas.
Carmen sonrió, y en su sonrisa, Diego vio el perdón. Vio el reflejo de Lucía. En medio del salón de baile desierto, rodeados de rosas blancas abandonadas y copas de champán sin beber, un niño, un padre y una tía improvisada se abrazaron.
Fuera, el sol se ponía sobre Madrid. Dentro, la frialdad de la mansión Mendoza empezaba, finalmente, a derretirse.
Un niño de dos años había visto la verdad que cincuenta adultos ignoraron: que unos guantes de limpieza pueden sostener más amor que todas las joyas de una caja fuerte.