PARTE 1: ECOS EN LA OSCURIDAD
La mano de Marta se clavó en mi brazo como una garra desesperada. Sus ojos, habitualmente serenos y sumisos, ardían con un terror primario.
—¡Silencio, don Ricardo! —susurró, su voz era un hilo de vidrio a punto de romperse—. Por lo que más quiera, no haga ruido.
Antes de que pudiera procesar la insolencia, me empujó. Un movimiento brusco. Violento. Caí hacia la oscuridad del armario del recibidor, entre abrigos de lana y olor a naftalina. La puerta se cerró, dejando solo una rendija de luz. Una línea afilada que cortaba la penumbra.
Mi corazón golpeaba mis costillas como un animal enjaulado. Yo, Ricardo Santoro, el hombre que movía los hilos de la industria nacional, estaba escondido en mi propia casa como un ladrón. Había regresado tres días antes para sorprender a Elena. Imaginaba su sonrisa. Imaginaba una cena íntima.
Qué estúpido fui.
El vestíbulo estaba iluminado. Demasiado iluminado. No era la luz cálida de un hogar, era la luz fría de un escenario.
—¿Marta? —intenté protestar, pero su mano cubrió mi boca. Su palma estaba helada, temblorosa.
—Confíe en mí. Solo esta vez. No pregunte.
Entonces, las escuché.
Risas. El tintineo del cristal fino chocando.
Reconocí esa risa. Era Elena. Pero no era la risa suave que me regalaba en las galas de beneficencia. Era una carcajada gutural, obscena, llena de una complicidad que me heló la sangre.
—Tranquilo, amor. Todo está saliendo según lo planeado —dijo Elena.
Su tono goteaba veneno disfrazado de dulzura.
—¿Estás segura de que no sospecha nada? —respondió una voz masculina.
El mundo se detuvo. El aire en el armario se volvió irrespirable. Conocía esa voz. Era la voz de mi infancia. La voz que me pidió dinero cuando estaba en la ruina. La voz que juró lealtad eterna cuando le di un puesto en mi mesa directiva.
Nicolás. Mi hermano. Mi propia sangre.
A través de la rendija, los vi. Nicolás, sentado en mi sofá de cuero italiano, con los pies sobre la mesa, sosteniendo una copa de mi whisky más caro. Elena se inclinaba sobre él, sus dedos acariciando la nuca de mi hermano con una familiaridad que me revolvió el estómago.
No eran cuñados. Eran amantes. Conspiradores.
—Mi esposo es un hombre predecible —dijo Elena con desprecio, paseándose por la sala como una depredadora—. Siempre sumergido en sus negocios. Ni siquiera nota lo que tiene frente a sus narices.
Nicolás soltó una carcajada seca.
—Siempre tan confiado. El gran Ricardo Santoro. No tiene idea de que su imperio está a punto de ser nuestro.
Sentí una punzada en el pecho. No era dolor emocional. Era físico. Un mareo repentino. Las últimas semanas habían sido un infierno: fatiga crónica, náuseas, visión borrosa. “Estrés”, decían los médicos. “Necesita vacaciones”, decía Elena mientras me preparaba el café cada mañana.
—¿Cuánto tiempo más? —preguntó Nicolás, impaciente.
—Poco —respondió ella, sonriendo—. Las dosis están funcionando. Lo he visto pálido, débil. Atribuye todo a la edad. Nunca imaginaría la verdad.
Mi mente conectó los puntos en una explosión de horror. Las dosis. El café.
Me estaban envenenando.
Marta apretó mi hombro. Ella lo sabía. Por eso me había escondido. Me estaba salvando de una ejecución sumaria.
—Necesitamos aumentar la dosis —sugirió Nicolás con frialdad clínica—. El doctor que sobornaste dijo que parecerá un infarto. Pero quiero que se acabe ya. Quiero firmar los papeles de la herencia antes de fin de mes.
—Mañana pondré el doble en su desayuno —prometió Elena—. Con su viaje a Monterrey, morirá en el hotel. Lejos. Limpio.
Mis piernas fallaron. Me deslicé por la pared del armario, golpeando sin querer una caja de zapatos vieja.
PUM.
El sonido fue seco. Un disparo en el silencio de la casa.
Las risas cesaron de golpe.
—¿Qué fue eso? —la voz de Elena afilada como una navaja.
—Vino del recibidor —dijo Nicolás. Escuché sus pasos pesados acercándose. Pasos de cazador.
Estaban viniendo. Me iban a encontrar. Y en mi estado, débil y traicionado, no tenía ninguna oportunidad.
PARTE 2: LA HUIDA HACIA LA VERDAD
El pánico tiene un sabor metálico. Lo sentí en mi lengua mientras veía la sombra de Nicolás alargarse en el piso de mármol, acercándose a la puerta del armario.
Marta no dudó.
Abrió la puerta apenas lo suficiente para deslizarse fuera. Su rostro, pálido como la cera, se transformó en una máscara de confusión somnolienta.
—¿Señora? —dijo Marta, su voz fingiendo sorpresa.
Los pasos de Nicolás se detuvieron.
—¡Marta! —gritó Elena—. ¿Qué demonios haces ahí espiando?
—Disculpe, señora —Marta bajó la cabeza, adoptando la postura de sumisión que la había hecho invisible durante quince años—. Escuché un ruido. Creí que se había caído algo. Iba a revisar la despensa.
—¡Lárgate a tu cuarto! —bramó Nicolás, con los nervios a flor de piel—. ¡Si te veo merodeando otra vez, te despido esta misma noche!
—Sí, señor. Disculpe.
Marta caminó hacia la cocina. Esperó un segundo. Y entonces, el estruendo. Una torre de ollas y sartenes cayendo al suelo con un escándalo infernal.
—¡Maldita sea esa mujer inútil! —gritó Elena.
Escuché sus pasos alejándose, corriendo hacia la cocina para reprenderla.
Era mi oportunidad. La puerta del armario se abrió de golpe. Marta estaba allí, jadeando, con los ojos desorbitados.
—¡Ahora, don Ricardo! ¡Corra!
Me sacó del armario. Mis piernas eran de gelatina. El veneno corría por mis venas, pesado, tóxico. Me apoyé en ella, en su cuerpo pequeño pero firme. Salimos por la puerta de servicio hacia el aire frío de la noche.
—Mi coche… —balbuceé, señalando el garaje.
—¡No! —Marta me tiró del brazo—. El Mercedes tiene GPS. Sabrán dónde estamos en cinco minutos. Sígame.
Cruzamos el jardín trasero, escondiéndonos entre los arbustos como criminales. Mi propia casa, mi fortaleza, se alzaba a mis espaldas como un monstruo iluminado.
Llegamos a la calle lateral. Allí, bajo la luz parpadeante de un farol, estaba un Tsuru viejo y despintado. El coche de Marta.
—Entre. Rápido.
Me dejé caer en el asiento del copiloto. El olor a tapicería vieja y polvo fue el aroma más dulce que había olido jamás. Significaba vida.
Marta arrancó el motor. Tsió, rugió y finalmente encendió. Nos alejamos justo cuando las luces de seguridad de la mansión se encendieron.
—¿A dónde vamos? —pregunté, mi cabeza daba vueltas.
—A un lugar donde su dinero no existe, don Ricardo. A un lugar seguro.
Condujo durante cuarenta minutos. Dejamos atrás las avenidas exclusivas, los edificios de cristal, la seguridad privada. Nos adentramos en un laberinto de calles estrechas, casas de autoconstrucción y perros callejeros.
Se detuvo frente a una casa modesta de fachada azul.
—Es la casa de mi hermana Rosa —dijo Marta, apagando el motor—. Aquí nadie buscará al gran Ricardo Santoro.
Me ayudó a bajar. Casi no podía caminar. El estrés había acelerado el efecto del arsénico. Vomité en la acera antes de poder entrar.
Los siguientes tres días fueron una borrachera de dolor y fiebre.
Recuerdo a Rosa, una mujer mayor con manos ásperas, poniéndome paños fríos en la frente. Recuerdo el sabor a carbón activado que me obligaban a tragar. Recuerdo a Marta vigilando la ventana, con el miedo tatuado en la cara.
—Hay que llevarlo al hospital —decía Rosa.
—¡No! —respondía Marta—. Si lo registramos, Elena lo sabrá. Tiene contactos. Lo matarán antes de que pueda declarar.
En mis delirios, veía a mi hermano sonriendo mientras me servía vino envenenado. Veía a Elena besándolo sobre mi tumba.
Al cuarto día, la fiebre bajó.
Desperté en un sofá cama, con el olor a tortillas recién hechas inundando la habitación. Me senté, débil, pero vivo. La niebla mental se había disipado, dejando paso a una claridad fría y furiosa.
Marta entró con una taza de café. Me tensé.
Ella lo notó y bebió un sorbo primero, mirándome a los ojos.
—Está limpio, don Ricardo. Aquí todo está limpio.
Tomé la taza. Mis manos temblaban.
—¿Por qué? —pregunté. Mi voz sonaba ronca—. Podías haberte ido. Podías haber dejado que pasara. Te arriesgaste a perderlo todo.
Marta se sentó en una silla de plástico frente a mí.
—Usted me pagó la operación de mi hija hace diez años, señor. ¿Lo recuerda?
No. No lo recordaba. Para mí fue un cheque firmado por mi secretaria. Un trámite.
—Para usted fue dinero suelto —continuó ella—. Para mí, fue la vida de mi niña. La lealtad no se olvida, don Ricardo. Aunque usted no me viera, yo siempre lo vi a usted.
Las lágrimas me quemaron los ojos. Había vivido rodeado de tiburones, pensando que eran mi familia, mientras la única persona que realmente valía la pena me servía el desayuno en silencio.
—Tengo que destruirlos, Marta —dije. La furia reemplazó al miedo—. No por el dinero. Sino por la traición.
—Lo sé —Marta metió la mano en su bolso y sacó un objeto pequeño y plateado—. Por eso traje esto.
Era mi grabadora de voz. La que usaba para dictar notas.
—La dejé encendida en la mesa auxiliar cuando salí a buscarlo al armario —dijo Marta—. Grabó todo. La confesión. El plan. El nombre del doctor corrupto.
La miré como si fuera un ángel vengador. Teníamos el arma. Ahora, solo faltaba apretar el gatillo.
PARTE 3: EL IMPERIO DE LA JUSTICIA
La venganza es un plato que se sirve frío, pero la justicia es un martillo que debe golpear duro.
No regresé a la oficina. No llamé a nadie desde mi teléfono intervenido. Marta, Rosa y yo trazamos el plan en esa pequeña cocina de barrio.
Primero, fuimos a una clínica comunitaria. El Dr. Mendoza, un hombre íntegro que trabajaba por vocación y no por yates, tomó mis muestras de sangre.
—Niveles letales de arsénico —confirmó dos días después, mirando los resultados con horror—. Señor, es un milagro que esté de pie. Este informe es prueba forense irrefutable.
Con el informe médico y la grabación, contacté a mi abogado personal, un hombre viejo y paranoico que odiaba a Elena desde el día de nuestra boda. Nos reunimos en la trastienda de una panadería. Cuando escuchó la cinta, su rostro se puso rojo de ira.
—Los tengo —gruñó—. Los tengo a todos.
Una semana después de mi “desaparición”, Elena y Nicolás organizaron una pequeña reunión en la mansión. Supuestamente para “coordinar la búsqueda” de mi persona. En realidad, estaban celebrando.
Yo no estaba invitado a la fiesta. Pero la policía sí.
Marta y yo observamos desde un coche sin distintivos aparcado al final de la calle.
Fue un espectáculo operístico.
Las sirenas rompieron el silencio del barrio exclusivo. Luces rojas y azules rebotaron en las paredes de mi mansión, esa casa que nunca fue un hogar.
Vi cómo sacaban a Elena. Llevaba un vestido negro, como de luto anticipado. Cuando los oficiales le pusieron las esposas, su máscara de perfección se rompió. Gritaba, pataleaba, escupía veneno verbal. Ya no había elegancia, solo la desesperación de una rata acorralada.
Luego sacaron a Nicolás. Lloraba. Mi hermano menor, el hombre que quería mi imperio, lloraba como un niño asustado mientras un policía lo empujaba hacia la patrulla.
—¡Soy inocente! ¡Es un error! —gritaba.
Nuestras miradas se cruzaron a través del vidrio tintado del coche. Él no podía verme, pero yo sentí cómo su alma se encogía.
El juicio fue rápido y brutal. La grabación de Marta fue la estaca final. No hubo fianza. No hubo tratos. Elena recibió veinticinco años. Nicolás, treinta.
El día que leyeron la sentencia, sentí… nada. Ni alegría, ni triunfo. Solo un vacío inmenso donde antes había amor.
Vendí la mansión. No podía volver a dormir bajo ese techo. Vendí los coches. Liquidé gran parte de la empresa y doné millones a la investigación médica y a orfanatos.
Me quedé con lo suficiente para vivir tranquilo, pero lejos del lujo ostentoso que casi me cuesta la vida.
Compré una casa pequeña, con un jardín lleno de sol y flores, a pocas calles de donde vivía Rosa.
Una tarde, meses después, estaba sentado en el porche. Marta salió con dos tazas de café.
Me tendió una.
La miré. El vapor subía en espirales hacia el cielo naranja del atardecer.
—¿Sabe, don Ricardo? —dijo ella, sentándose en la silla de mimbre a mi lado—. A veces extraño la otra casa. La cocina era más grande.
Sonreí. Fue una sonrisa genuina, la primera en años.
—Marta, por favor. Ya no soy “Don Ricardo”. Solo Ricardo. Y la cocina es pequeña, pero aquí el aire es limpio.
Bebí el café sin dudar. Estaba perfecto.
—Gracias —le dije.
Ella me miró, confundida.
—¿Por el café?
—No —respondí, mirando el horizonte—. Por enseñarme que la familia no es la sangre que llevas en las venas, sino la gente que te sostiene cuando te estás cayendo.
Marta sonrió y, por primera vez, no vi a la empleada. Vi a mi hermana. Vi a mi salvadora.
El sol se puso, llevándose consigo las sombras de mi pasado. Había perdido un imperio de mentiras, pero había ganado una vida de verdad. Y ese era un negocio que volvería a hacer mil veces.