
Guillermo Salinas lo tenía todo: dinero, éxito y reconocimiento. A sus 34 años era un empresario inmobiliario de renombre en la Ciudad de México, dueño de una vida lujosa en Polanco. Pero ninguna cifra en su cuenta bancaria lo preparó para las palabras que escuchó aquella mañana en el consultorio del doctor Mendoza.
“Su hijo tiene leucemia linfoblástica aguda. Es un tipo agresivo de cáncer”, dijo el médico con voz grave. En un instante, el mundo de Guillermo se desmoronó. Frente a él, Diego, su hijo de siete años, ojeaba inocente una revista de historietas, ajeno a la gravedad de lo que ocurría.
Tras perder a su esposa Elena en un accidente tres años antes, Diego era lo único que mantenía a Guillermo en pie. Pero ahora, con un diagnóstico tan cruel, se encontraba solo frente a la batalla más dolorosa de su vida.
Convirtieron su hogar en un pequeño hospital. Enfermeros iban y venían, los medicamentos se amontonaban en la cocina, y los pasillos, antes llenos de risas, se volvieron silenciosos. Entonces apareció Lourdes Villagrán, una enfermera joven, sencilla, con una sonrisa capaz de iluminar cualquier cuarto.
“Me puedes decir Lulú”, le dijo a Diego la primera vez que lo vio. No llevaba uniforme blanco, sino ropa colorida. En lugar de hablar de tratamientos, le propuso cocinar juntos. Y, por primera vez en semanas, el niño sonrió.
Con el paso de los días, Lourdes se convirtió en algo más que una cuidadora. Trajo alegría a una casa dominada por el miedo. Llenó el cuarto de Diego de colores, historias y juegos. Un día lo llevó “de viaje” a una playa imaginaria en su habitación, con arena real en el suelo y fotografías del mar en las paredes. “Papá siempre dice que iremos de vacaciones, pero siempre está muy ocupado”, dijo Diego con un dejo de tristeza. Guillermo, al llegar del trabajo, lo encontró riendo por primera vez en semanas.
Esa noche, Lourdes le habló al padre con franqueza: “Diego ya sabe que algo no está bien. No le tengas miedo a la verdad. A veces, los niños solo necesitan entender para poder vivir el tiempo que les queda sin miedo”.
Guillermo siguió su consejo. Una mañana se sentó junto a su hijo y le habló con honestidad. “Sí, pequeño, todos moriremos algún día, pero tú te irás antes de lo que yo quisiera”. Diego, con sorprendente serenidad, respondió: “¿Puedo hacer una lista de cosas que quiero hacer antes?”.
Aquella lista se convirtió en el motor de la familia. Con la ayuda de Lourdes, Diego escribió sueños sencillos: hacer un pastel gigante de chocolate, ver nieve, tener un perrito por un día, plantar un árbol, hacer una fiesta para papá, aprender una canción en la guitarra, ver el amanecer y volver a verlo sonreír.
Y empezaron a cumplirlos uno por uno. Prepararon el “pastel más gigante del mundo entero”, aunque apenas alcanzaba para tres. Rieron mientras se llenaban de harina. Luego trajeron un cachorro llamado Max, plantaron un jacarandá en el jardín, y hasta contrataron a un actor disfrazado de Superman.
Una madrugada, cumplieron el deseo de ver el amanecer. En el techo de la casa, envuelto en cobijas, Diego observó cómo el cielo de la Ciudad de México se pintaba de dorado. “Cada día es un regalo”, susurró Lourdes. Y Guillermo, por primera vez en mucho tiempo, sintió esperanza.
Con el paso de las semanas, el niño se debilitó. Pero su determinación seguía intacta. Quería preparar una fiesta para el cumpleaños de su papá, el 15 de diciembre. Con la ayuda de Lourdes, dibujó invitaciones, recortó papeles de colores y planeó cada detalle. “Vas a quedarte con nosotros para siempre, ¿verdad, Lulú?”, le preguntó. Ella, conteniendo las lágrimas, respondió: “Mientras me necesiten, sí”.
El día de la fiesta, Diego apenas tenía fuerzas, pero logró cantar “Las mañanitas” para su padre. “Pide un deseo”, le dijo. Guillermo pidió uno imposible: más tiempo.
Esa noche, mientras lavaban los trastes, Guillermo le preguntó a Lourdes por qué dedicaba su vida a cuidar niños enfermos. Ella le contó su historia: había perdido a su hermano Ricardo por la misma enfermedad cuando tenía quince años. “Me prometí que si algún día podía, ayudaría a otros niños a tener la infancia que él no pudo”, dijo con voz temblorosa.
Guillermo entendió entonces que Lourdes no solo había sanado a Diego, también los había sanado a ambos.
El último deseo de la lista era aprender a tocar una canción en la guitarra. Aunque Diego ya casi no tenía fuerzas, Lourdes ideó una manera: “Tú pones tus manitas en las cuerdas, yo te ayudo con los acordes y tu papá canta”. Y así lo hicieron.
Durante tres días practicaron “Las mañanitas”. Hasta que, finalmente, Diego la tocó completa. “Lo logramos, papá”, exclamó feliz. Esa fue su última gran victoria.
Poco después, Guillermo le confesó a Lourdes: “No quiero que te vayas cuando él se vaya”. Ella le tomó la mano y le respondió: “Diego nos unió. El amor no elige momentos, simplemente llega, incluso en medio del dolor”.
La víspera de Año Nuevo, Diego no despertó. Su respiración era débil, pero su rostro estaba en paz. A las tres de la tarde, abrió los ojos por última vez y murmuró: “Quiero hacer un pastel para ustedes dos”.
Guillermo y Lourdes se miraron entre lágrimas. Sabían que, en ese último deseo, Diego los estaba bendiciendo con algo más que un recuerdo. Les dejaba la promesa de un nuevo comienzo.
En el jardín, el pequeño jacarandá que habían plantado seguía creciendo, igual que el amor que Diego había dejado entre ellos.