Allí, en lo alto de las montañas donde el viento parece cantar canciones antiguas, existía una pequeña escuela de madera con ventanas que crujían. Desde lejos se veía una hilera de pupitres alineados sobre el suelo desigual, frente a una pizarra agrietada. Era el único salón de clases de un valle remoto, donde los niños caminaban horas por senderos pedregosos para aprender lo poco que la vida en la altitud les permitía. Y en esa escuela estaba ella: la maestra.
Se llamaba Irene, de rostro tostado por el sol helado, cabello negro y recogido con una cinta. Llegó hace años a aquel paraje porque sentía que allí su labor importaba de veras. Cuando empezó, había entusiasmo, pero también promesas: promesas de un salario que nunca llegó. Desde el primer mes, le dijeron que el presupuesto era escaso, que “tal vez el próximo año”. Pero los años pasaron. Irene sostuvo la clase sin cobrar, con sus recursos, con su amor por enseñar, con la convicción de que esos niños merecían algo más que la mera supervivencia de cada día.
Cada mañana, con la luz rosada del alba, ella encendía una lámpara de queroseno, borraba el polvo del pizarrón y abría la puerta, esperando ver las siluetas de los niños aparecer por el sendero. Muchos llegaban con medias rotas, otros con cuadernos remendados. Para ellos, era un lujo tener una tiza. Pero para Irene, era suficiente voluntad y fe.
La historia de Irene no era conocida en la ciudad; nadie en los distritos lejanos sabía que una maestra allí no cobraba nada. Los padres de familia la apoyaban con un poco de leña o zanahorias del huerto, comida modesta, una promesa oral de ayuda que a veces no se cumplía. Sin embargo, cada día ella estaba allí. Y ese compromiso humilde se convirtió en raíz de algo mucho más grande.
Las mañanas eran frías. A veces el viento colaba su aliento entre las tablas de la escuela. Irene llevaba una bufanda de lana hecha por su abuela, que ataba fuerte alrededor del cuello. Se ponía su abrigo viejo y comenzaba la clase. Los niños llegaban sin desayunar muchas veces, o con solo un trozo de pan. Ella les ofrecía té caliente que llevaba de su casa — algo de limón y azúcar — y presidía la lección mientras su estómago rugía. Pero su voz nunca temblaba, siempre era firme.
En ocasiones, la pizarra se rompía, la tiza escaseaba, o el techo goteaba. Irene cosía retazos de tela para tapar goteras, recogía arcilla para sellar rendijas, limpiaba con trapos que los estudiantes traían de casa. Enseñaba lectura, escritura, aritmética, geografía de memoria — con mapas dibujados en pedazos de cartón — y cultura local: cantos de la montaña, leyendas antiguas, historias de las estrellas que solo en la noche clara se veían. Ella decía: “No importa lo poco que tenga la escuela, lo importante es que sus pensamientos se vuelvan luz”.
Con el paso del tiempo, su fama comenzó a propagarse en los pueblos cercanos. Algunos visitantes de la ciudad subieron por curiosear: periodistas locales, voluntarios. Vieron un aula sencilla, maestros sin mesas modernas, niños sentados alerta mientras Irene narraba con pasión. Pero cuando mencionaban el salario, los ojos quedaban sorprendidos. ¿Cómo podía alguien sostener tantos años una tarea sin sueldo?
La comunidad del valle tuvo un conflicto: la autoridad regional propuso cerrar esa escuela para agrupar niños en otra más lejano, con promesas de mejor infraestructura. Pero hacerlo implicaba que muchos no podrían asistir, porque el trayecto sería demasiado largo, peligroso, con pendientes escarpadas. Los padres se oponían, temían que sus hijos quedaran sin instrucción. Irene, aunque exhausta, organizó reuniones: habló con padres, visitantes, autoridades locales. Les mostró las calificaciones de los niños — notas buenas pese a tantas carencias — y les recordó que el aula era un puente de esperanza.
Un día llegó una carta oficial que decía: “La escuela será clausurada al final del semestre por falta de presupuesto”. Fue un golpe brutal. Los niños lloraron. Algunos preguntaron si eso significaba que ya no habría clases. Irene reprendió sus lágrimas con valentía, pero su pecho latía con furia. Sabía que si cerraban, muchos perderían su única oportunidad.
Ella decidió emprender una batalla. Viajó durante horas hasta la ciudad más cercana para buscar apoyo: hablar con autoridades educativas, periodistas, ONGs. Llevaba los textos de los alumnos, fotos del aula humilde, testimonios de padres. Dormía en albergues modestos, recorría oficinas, esperaba audiencias. En cada puerta, decía: “Esa escuela no puede morir”. Pero se encontró con muros institucionales, indiferencia, promesas vacías. Algunos funcionarios escuchaban con cortesía, luego archivaban los documentos.
Mientras tanto, en la montaña, los niños esperaban. Cada día, cuando Irene volvía, les decía: “Hoy lucharé un poco más por ustedes”. Y ellos la saludaban con ojos de esperanza.
La tensión alcanzó su punto más álgido cuando, una noche lluviosa, la escuela empezó a mojarse: el alero colapsó parcialmente y parte del techo cedió. En la mañana siguiente, gotas caían sobre los pupitres. Los niños corrían a cubrir sus cuadernos con bolsas plásticas. Fue una escena dolorosa. Irene corrió bajo la lluvia a sujetar tablas cayendo, mientras los estudiantes observaban con miedo. Esa imagen se volvió viral cuando alguien tomó una foto: la maestra sosteniendo una viga vieja bajo gotas, con niños al fondo apuntando con asombro.
Esa misma tarde, apareció una reportera local que había oído rumores de la escuela en riesgo. Preguntó a Irene si podía hacer un reportaje. Irene aceptó con humildad. Al día siguiente, el periódico de la ciudad publicó una página con título: “La maestra que enseña sin salario en la montaña: ¿y si la cierran?”. Ese texto conmovió a personas en la ciudad, activistas, maestros universitarios, ciudadanos comunes. Se abrió una ola de solidaridad.
Desde distintos rincones comenzaron a llegar donaciones: tizas, cartones para pizarras, mesas, hules, herramientas. Una ONG ofreció reparar el techo. Una radio comunitaria difundió el caso. Personas hicieron cócteles benéficos, recaudaron fondos. Los estudiantes de normativas sociales de la universidad viajaron para ayudar a pintar las paredes, traer materiales. Una maestra jubilada envió paquetes de libros. Y lo más importante: la presión mediática alcanzó a las autoridades regionales.
Uno de los funcionarios, conmovido por las imágenes y las cartas, acudió a la escuela en visita oficial. Vio con sus propios ojos el aula maltrecha, las grietas, el aula improvisada. Escuchó a los padres, a los estudiantes, y pidió una reunión de emergencia. En esa reunión, Irene habló con voz firme pero emocionada: “No quiero ser heroína, solo quiero enseñar”. Sus palabras resonaron en el salón donde tantas veces había impartido clase con ilusión. Las autoridades prometieron: cancelar el cierre, asignar presupuesto para salario atrasado y recursos para mejorar la escuela.
La comunidad celebró. Los niños saltaron, gritaron, corrieron hacia Irene con abrazos. Ella, con lágrimas en los ojos, los reflexionó: no era victoria solo suya, sino de todos. Pero no todo fue inmediato: tendrían que esperar que los fondos se gestionaran, que las obras empezaran. La escuela no sería perfecta de la noche a la mañana, pero ya no estaba condenada al olvido.
Meses después, con dinero recaudado y apoyo oficial, las reparaciones comenzaron: el techo fue reforzado, las paredes pintadas con colores vivos, se instaló iluminación solar. Llegaron escritorios nuevos y estanterías con libros. Irene recibió un salario retroactivo — no tanto como merecía, pero era reconocimiento. Más importante: la promesa de que nadie más estaría sola en esa tierra.
En la inauguración simbólica, los estudiantes prepararon una pequeña ceremonia. Cantaron canciones de la montaña, recitaron poemas sobre la escuela y sobre Irene. Algunos padres lloraron de gratitud. Un turista que había seguido el caso capturó en video la escena: la maestra de pie ante una pared recién pintada, niños a su alrededor, el sol de la tarde colándose.
Irene miró la escuela con ojos humedecidos. Se acordó de cada madrugada fría, cada lección improvisada, cada viaje para pedir ayuda. Pensó en los días en que dudó si valía la pena. Pero aquella avalancha de solidaridad le demostró que no estaba sola. Que la educación puede ser verbo y resistencia.
Y mientras los niños reían y corrían alrededor del edificio, Irene les dijo suave: “Recuerden siempre que esta escuela es de ustedes. Nosotros somos solo cuidadores del sueño”. Entonces, uno de los niños le entregó un girasol que había cultivado en su jardín: símbolo de luz, de persistencia. Irene lo aceptó con una sonrisa que revelaba más que alegría: alivio, gratitud, esperanza.
La montaña guardaría para siempre la historia de la maestra que enseñó sin salario, pero nunca sin dignidad. Y los niños crecerían sabiendo que alguien creyó en ellos, incluso cuando nadie más lo hizo.
— Fin —