Richard Sterling
La sala principal de la mansión olía a dos cosas: caoba antigua y ambición fría. La segunda olía más fuerte.
El silencio era una sentencia en aquella austera oficina, forrada de libros jurídicos que nunca se leían por placer. Fue roto. No por un grito, sino por la voz controlada y seca de Richard Sterling. Una voz que cortaba el aire como un cristal.
—Otro F. Arthur. En matemáticas.
Richard estaba de espaldas, su silueta dura recortada contra la luz gris del invierno de Connecticut. Era una pared de hombre. Una pared de juicio.
—Contraté a los mejores tutores de Yale. Pagué cursos extras en Ginebra. —Su voz subió un tono. No a un grito, sino a una cuchilla.— Y esto es lo que me traes.
Sentado a la mesa de roble, Arthur parecía minúsculo. A sus doce años, su uniforme impecable de preparatoria era ya un disfraz incómodo. Se encogió. La boleta de calificaciones se arrugaba, temblorosa, entre sus dedos.
—Lo intenté, padre —susurró el niño con la voz quebrada.
Era verdad. Lo había intentado hasta que la mente se le nubló.
—Las letras parece que bailan cuando intento enfocarme. No puedo explicarlo.
Richard se giró. El movimiento fue tan rápido que el aire se agitó. Impotencia vestida de impaciencia.
—¿Bailar? Tienes doce años, Arthur, no cinco. Eres un Sterling. Los Sterling construyen rascacielos. No se quejan porque los números son difíciles.
En la esquina, María, la ama de llaves mexicana, era solo una sombra de bata blanca. Había servido a la familia durante décadas. Su corazón se encogió, arrugado como la boleta de Arthur.
—Señor Sterling, quizás el niño solo esté cansado. Estudia hasta medianoche…
—El mundo allá afuera es presión, María —la interrumpió Richard, sin mirarla. Seco.— Quiebra ahora. ¿Qué quedará de él cuando yo ya no esté aquí?
Mientras los adultos libraban su guerra de principios, otra escena, silenciosa y vital, ocurría en la mesa.
Sofía.
La hija adoptiva de María se inclinó junto a Arthur. Ella no llevaba el apellido Sterling, pero poseía una claridad que faltaba en aquella casa de cristal.
Tocó el brazo del niño. Señaló el papel arrugado.
—Él no está viendo —susurró ella.
—Él lo ve todo. Ve que soy un fracaso —respondió Arthur, conteniendo el temblor de las lágrimas.
Sofía fue más dura. Más honesta.
—Él ve la nota. No te ve a ti.
Ella alisó el borde del papel. Reveló el margen del examen. Donde Arthur pensaba que solo había garabateado por nervios, había dibujos. Pero no eran garabatos. Eran dibujos geométricos complejos. Estructuras tridimensionales perfectas. La línea de un puente. La simetría precisa.
—Te equivocaste en la fórmula —dijo Sofía, sus ojos oscuros brillando con inteligencia. Era la luz en la penumbra de la oficina.— Pero mira lo que dibujaste aquí. La estructura del puente. La simetría es exacta.
—Eso no importa, Sofía. Eso no cuenta para la nota —murmuró Arthur, incapaz de ver su propio valor. Su genio era su vergüenza.
La paciencia de Richard se agotó.
—¡Basta! —tronó el padre. El sonido hizo vibrar el cristal de la ventana.
—Arthur, ve a tu habitación. Mañana llamaré al director. Si no hay solución, tendremos que considerar el internado militar en Georgia. Quizás disciplina sea lo que falta.
La palabra “internado” cayó pesada. Arthur se levantó bruscamente. Derribó la silla. Corrió de la sala, sin mirar atrás. Un niño huyendo de su nombre.
En el silencio, Sofía recogió el papel. Lo alisó sobre la mesa de Richard. Un acto de valentía silenciosa. Lo colocó justo en el centro, sobre los contratos millonarios. Luego salió tras Arthur.
Richard suspiró. Solo de nuevo. Su mirada cayó sobre el papel. Vio la F roja. Pero por una fracción de segundo, sus ojos se fijaron en el dibujo del puente. Había una lógica visual. Una verdad estructural que él, el constructor de rascacielos, reconoció vagamente.
Pero el orgullo habló más fuerte.
—Enfoque, Richard. El niño necesita disciplina, no arte —murmuró para sí mismo. Arrugó el papel de nuevo. Lo tiró a la papelera de metal.
Allí dentro, el dibujo del puente permaneció visible. Brillando. Un secreto que podría salvar o destruir a aquella familia.
Líneas Cruzadas
La cena de esa noche fue una sentencia. El único sonido en el vasto comedor era el tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana fina. Richard no miraba a su hijo. Su atención estaba completamente volcada en un brillante folleto.
En la portada, letras doradas y severas: Academia Militar de Georgia. Forjando Hombres de Carácter.
Arthur empujaba la comida. Sus hombros caídos. Cada vez que su padre pasaba una página del folleto, el niño se estremecía.
—El director Miller está de acuerdo conmigo —dijo Richard sin levantar los ojos.
Su voz era fría, sin emoción.
—Dijo que tu falta de enfoque es crónica. La disciplina militar enderezará eso en un semestre. El vuelo sale el lunes.
Arthur soltó el tenedor. Cayó con un estruendo agudo en el plato. Pidió permiso con un hilo de voz. Se retiró a su habitación. Un prisionero volviendo a su celda.
Horas más tarde, la casa estaba sumida en la oscuridad. Sofía se deslizó por los silenciosos pasillos. Sabía que violaba cada regla. El ala de la familia estaba prohibida. Pero la imagen de los dibujos de Arthur ardía en su mente.
Encontró la puerta de su habitación entreabierta. Arthur estaba sentado en el suelo, rodeado de cajas de cartón. Ya no lloraba. Estaba en un estado de resignación adormecida. Tirando sus libros de texto dentro de una maleta, uno por uno.
—¿Vas a dejar que haga esto? —preguntó Sofía, entrando en la habitación.
Arthur se sobresaltó. Luego se relajó al verla.
—No tengo opción, Sofía. Él tiene razón. Miro las ecuaciones y es como si fuera una lengua alienígena. Estoy roto.
Sofía se arrodilló. Apartó la maleta con un golpe seco.
—No estás roto. Vi lo que hiciste en el examen. Y vi lo que escondes debajo de la cama.
Arthur palideció.
—Tocaste mis cosas…
Sofía estiró el brazo y sacó una vieja caja de zapatos. Estaba oculta bajo el somier. Dentro no había juguetes. Había decenas de cuadernos baratos. Repletos de bocetos. Eran diagramas detallados. El sistema de calefacción de la mansión. La estructura de la casa del árbol. Un dibujo despiezado del motor del coche de Richard.
Sofía hojeó los cuadernos, maravillada.
—No dibujaste esto copiando. Dibujaste como si vieras a través de las paredes.
—Así es como funcionan las cosas en mi cabeza —confesó él, avergonzado.
—Cuando el profesor dice: ‘Dos más dos’, no veo números. Veo pesos. Veo palancas. Veo cómo las cosas se equilibran. Pero cuando intento escribir, todo se mezcla.
Sofía tomó un lápiz. Sus ojos brillaban con un descubrimiento repentino.
—Entonces… el problema no es que no sabes la respuesta. El problema es que te están haciendo la pregunta en el idioma equivocado.
La puerta se abrió abruptamente. María estaba allí. El rostro marcado por el pánico.
—¡Sofía! —susurró la madre con urgencia.
—¿Qué estás haciendo aquí? Si el señor Sterling te encuentra en la habitación del niño… ¡Dios mío, seremos despedidas antes del amanecer!
—Mamá, mira esto —Sofía intentó mostrar el cuaderno.— Arthur es un genio. Su padre solo necesita ver…
—Su padre es un hombre ocupado y orgulloso que ya tomó su decisión —interrumpió María, tirando de su hija por el brazo.
Había miedo en sus ojos. El miedo de quien sabe cuán frágil es la seguridad de un inmigrante en un mundo de multimillonarios.
—No es nuestro lugar, mi hija. No podemos darle falsas esperanzas al niño. Vámonos.
María arrastró a Sofía. Dejó a Arthur solo. Pero antes de que la puerta se cerrara, Sofía miró hacia atrás.
—No cierres la maleta todavía, Arthur —susurró ella, desafiante.
En el pasillo, lejos de Arthur, Sofía se soltó de su madre.
—Va a echar a su hijo por un error, mamá. Necesito probar…
—¿Probar qué? —preguntó María, cansada.
—Que Arthur habla el idioma de su padre. Mejor que el propio padre.
Esa noche, Sofía no durmió. Mientras la tormenta de invierno aullaba afuera, trazó un plan. Necesitaba algo grande. Algo que Richard Sterling no pudiera ignorar. No podía arrugarlo ni tirarlo a la basura. Necesitaba traducir el mundo de Arthur al mundo real. Sabía exactamente dónde encontrar el problema perfecto para ello.
La Traición del Rascacielos
El sábado amaneció con una tormenta de nieve que aisló la mansión. La verdadera turbulencia estaba dentro de la oficina de Richard Sterling.
El plazo para el Proyecto Millenium —el rascacielos que sería el legado definitivo de los Sterling en Manhattan— vencía el lunes. Y había un problema catastrófico.
Richard caminaba de un lado a otro, gritándole al ingeniero jefe.
—No me importa si el suelo es inestable, Peterson, ya hemos excavado. Si esa cimentación cede dos milímetros más, el ayuntamiento embargará la obra. Perderé doscientos millones de dólares. Encuentre una solución o ni se presente el lunes.
Colgó el teléfono con fuerza. Salió furioso, masajeándose las sienes. Sobre la mesa quedaron los enormes rollos de planos azules. Desenrollados. Expuestos. Sujetos por pisapapeles de cristal. El monstruo de papel azul.
Sofía, puliendo la platería en el pasillo, vio la oportunidad. La oficina estaba vacía.
Corrió. Arrastró a Arthur fuera de su habitación.
—¡Te volviste loca! —susurró Arthur, resistiéndose en la escalera de servicio.— Si me ve en su oficina ahora, me envía a Georgia hoy mismo, a pie.
—Él no está. Y te vas el lunes de todos modos —replicó Sofía, empujándolo dentro de la oficina.
Cerró la puerta con llave.
—Dijiste que ves pesos y palancas. Pruébalo.
Lo llevó hasta la mesa. Arthur miró los complejos planos del Millenium. Era un laberinto de líneas blancas y números técnicos. Arthur intentó desviar la mirada. El miedo al fracaso subía por su garganta.
—Mira, Arthur —insistió Sofía, sujetándole el rostro. Girándolo hacia el papel.— Olvida que es un examen. Finge que es tu casa del árbol. ¿Dónde está el error? ¿Por qué se está cayendo el edificio?
Arthur respiró hondo. Sus ojos recorrieron las líneas de la cimentación norte.
De repente, la confusión de números desapareció. En su mente, vio el edificio como un cuerpo vivo. Sintió el peso de la torre de vidrio presionando el tobillo de la estructura.
El ángulo era incorrecto. No era una cuestión de fuerza. Era una cuestión de distribución.
—Aquí —murmuró, el dedo suspendido sobre un pilar central.— Están intentando sujetar el peso empujando hacia arriba. Pero el suelo es blando. Necesitan tirar del peso hacia afuera. Como… como las raíces de un árbol en un pantano.
—Dibuja —ordenó Sofía, colocando un rotulador rojo grueso en su mano. Uno de esos que Richard usaba para despedir gente.
—En el plano original… me va a matar.
—Ya te está matando poco a poco, Arthur. Dibuja.
La mano tembló. Arthur tocó el papel.
Luego, el trance se apoderó de él.
La mano firme cobró vida. Tachó las columnas de sustentación proyectadas por los mejores ingenieros del país.
—Incorrecto —murmuró.
Con trazos rápidos y seguros, dibujó una nueva estructura de soporte. Un sistema de contrapesos laterales. Parecía extraño. Pero poseía una armonía visual perfecta. Llenó los márgenes con cálculos visuales. Triángulos y vectores que bailaban en la posición correcta.
Durante diez minutos, no fue el chico reprobado. Fue un maestro.
Cric.
El sonido del pomo de la puerta girando rompió el hechizo. La puerta que Sofía pensó haber cerrado con llave se abrió con un estruendo.
Richard estaba allí. Parado en el umbral. Una taza de café temblaba en su mano.
Vio a los dos inclinados sobre el proyecto de doscientos millones de dólares. Vio el rotulador rojo en la mano de su hijo.
—¿Qué…? —La voz de Richard salió en un susurro peligroso.
Avanzó como un depredador.
—¿Qué hiciste?
Arthur soltó el rotulador como si le quemara. Retrocedió hasta chocar con la estantería. El terror estampado en su rostro.
—Padre, yo… Sofía, yo solo estaba…
Richard llegó a la mesa. Miró el proyecto. Vandalizado. Tinta roja. Líneas cruzadas. Nuevos dibujos superpuestos al trabajo de meses.
Su rostro se puso rojo de furia.
—¡Destruiste los planos originales! —gritó Richard, girándose hacia su hijo.— ¿Tienes idea de lo que hiciste? Esto es un documento legal…
—¡Señor Sterling, espere! —Sofía se interpuso entre Padre e Hijo, abriendo los brazos.— Mire. ¡Solo mire lo que él hizo!
—Apártate, muchacha.
Richard iba a empujarla. Pero algo en la mesa llamó su atención periférica.
Miró de nuevo. No al vandalismo. A la solución.
Sus ojos de constructor experimentado, entrenados por treinta años de obras, se detuvieron en el sistema de contrapesos. El dibujo de Arthur. Richard parpadeó. Trazó la línea roja con el dedo índice, manchando su piel con la tinta fresca.
El silencio en la oficina era tan absoluto que se podía oír la nieve golpeando contra la ventana.
Arthur estaba encogido. Esperando el grito. La expulsión. El final.
Pero el grito no llegó.
—Dijiste… —La voz de Richard estaba irreconocible. Ronca y baja.— Dijiste que el suelo era un pantano.
Arthur miró a Sofía buscando valor. Ella asintió.
—Sí, señor —tartamudeó el niño.— El informe geológico… lo leí en su mesa la semana pasada. La capa de arcilla es profunda. Si empuja hacia abajo, se hunde. Hay que esparcir. Como una raqueta de nieve.
Richard levantó los ojos. Lentamente, del papel a su hijo.
Era como si estuviera viendo a un extraño. O quizás viendo a Arthur por primera vez, sin el lente de la decepción.
—Nadie me lo explicó así —dijo Richard.— Ni los ingenieros con doctorado. Solo hablaban de pilotes más profundos.
El multimillonario tomó el teléfono fijo. Sus dedos marcaron un número con rapidez agresiva.
—Peterson. Venga a mi casa ahora. No me importa la nevada. Traiga el portátil con la simulación estructural.
—Padre, lo siento mucho… —Arthur comenzó, pensando que su padre llamaba al ingeniero para que fuera testigo del daño.
—¡Cállate, Arthur! —dijo Richard. Pero no había ira. Había una intensidad febril.— Siéntate en esa silla y no te muevas.
2 Milímetros
Una hora después, Peterson entró en la oficina. Irritado y exhausto. Cuando vio los planos tachados en rojo, palideció.
—¡Dios mío, señor Sterling! ¿Quién ha vandalizado los originales? Esto retrasará la aprobación semanas…
—Ejecute la simulación —ordenó Richard, ignorando la queja.— Inserte los parámetros rojos. Ahora.
Peterson resopló, incrédulo.
—Esto es absurdo. Esa estructura lateral parece un exoesqueleto. Va contra el estándar de la industria.
—El estándar de la industria está haciendo que mi edificio se hunda. ¡Ejecute la simulación, Peterson!
El ingeniero obedeció a regañadientes. Sofía le tomó la mano a María. Arthur se mordía las uñas. Sudando frío.
En la pantalla del ordenador, la barra de progreso avanzaba. El modelo 3D del edificio apareció. Las fuerzas de tensión fueron aplicadas. Viento, gravedad, carga del suelo.
A medida que la simulación aplicaba la lógica dibujada por Arthur, los colores en la pantalla cambiaron. Del rojo peligroso al amarillo. Luego a un verde estable.
La estructura, en lugar de luchar contra el suelo blando, flotaba. Distribuyendo el peso en una red perfecta de equilibrio.
Peterson se quitó las gafas. Boquiabierto.
—Estabilidad del 98% —murmuró.— Esto… ¡Esto elimina la necesidad de pilotes profundos! Ahorraría cuatro meses de obra y doce millones en hormigón…
Se giró hacia Richard.
—¿Quién dibujó esto? ¿Qué firma contrató? Necesito estrechar la mano de ese arquitecto.
Richard permaneció en silencio. Miró al ingeniero experimentado. Luego a los planos estropeados. Finalmente, al niño de doce años que se encogía de hombros en la silla.
—No fue una firma —dijo Richard, la voz embargada por una emoción que no sabía nombrar. Orgullo. Miedo. Redención.— Fue mi hijo.
Arthur levantó la cabeza, impactado. Fue la primera vez que oyó orgullo en la voz de su padre.
Pero la victoria duró poco. Peterson miró al niño y rió nervioso.
—El chico… señor Sterling, con todo respeto, es un dibujo de suerte. Riesgo intuitivo. No podemos basar un proyecto de doscientos millones en la suposición de un niño que ni siquiera terminó la escuela. La junta directiva nunca lo aprobará.
La duda regresó a los ojos de Richard. Millones de dólares contra el dibujo de un niño reprobado.
—Tiene razón, padre —susurró Arthur, derrotado.— No sé hacer las cuentas. Solo vi el dibujo.
Fue entonces cuando Sofía rompió todas las reglas. Dio un paso al frente.
—Él no necesita saber la lengua de los libros para saber la verdad, señor Sterling —dijo ella, firme. Un general delante del campo de batalla.— Al edificio no le importa su aprobación o su nota en la escuela. El edificio solo obedece a la gravedad. Y Arthur es el único en esta sala que parece ser amigo de ella.
Richard miró a Sofía. A la ferocidad en los ojos de la niña. Luego a Arthur. Vio el miedo en el rostro de su hijo. Pero también la inteligencia brillando detrás de él.
Tomó una decisión. Insensata.
—Peterson —dijo Richard, tranquilo.— Prepare a los equipos. Vamos a alterar la cimentación el lunes por la mañana siguiendo el dibujo de Arthur.
—¡¿Está loco?! —gritó el ingeniero.— Si esto falla en la inspección de carga real el martes, sería el fin de Sterling Enterprises.
Richard caminó hasta Arthur. Puso la mano en el hombro de su hijo. Pesada. Cálida. Firme.
—El nombre Sterling ya estaba en ruinas, Peterson. Solo que yo no me había dado cuenta.
Miró a Arthur a los ojos.
—Si vamos a caer, caeremos apostando por nuestra propia sangre.
La Cima del Mundo
La mañana del martes en la obra del proyecto Millenium era gris y gélida. El esqueleto de acero se alzaba contra el cielo nublado de Nueva York como un gigante herido.
Richard Sterling estaba en la plataforma. Casco blanco. Arthur a su lado. El niño temblaba.
Abajo, el equipo de ingeniería preparaba la prueba de carga crítica. Toneladas de hormigón estaban suspendidas. Listas para ser depositadas sobre la nueva cimentación modificada.
—Estamos listos, señor Sterling —La voz tensa de Peterson crepitó en la radio.— Sensores de desplazamiento activos. Si la estructura cede más de cinco milímetros, el pilar central colapsa.
Richard miró a Arthur. El niño tenía los ojos cerrados.
—Abre los ojos, Arthur.
—No puedo, padre. Si se cae, la culpa es mía.
—Si se cae, la culpa es mía. Por no haberte visto antes —dijo Richard con una firmeza brutal.— Pero necesitamos ver esto suceder.
Detrás de la línea de seguridad, Sofía y María observaban. Sofía apretaba las manos contra el pecho.
—Liberar carga en tres, dos, uno…
El sonido fue ensordecedor. Los cables de acero gimieron. Boom.
El impacto hizo temblar el suelo. Una nube de polvo de cemento se elevó. Todos contuvieron la respiración. El silencio que siguió fue agonizante.
—¡Lectura! —gritó Richard por la radio.— ¡Quiero la lectura ahora!
—Espere… —La voz de Peterson era temblorosa.— El sensor cuatro detectó un desplazamiento inicial…
El corazón de Arthur se detuvo. Falló.
De repente, un sonido metálico agudo. ¡Cric! El metal se estaba ajustando.
—¡El desplazamiento se detuvo! —gritó uno de los técnicos.— ¡El sistema lateral se fijó!
Arthur abrió los ojos. Miró el monitor gigante. Las líneas rojas de tensión que aplastarían el hormigón se estaban extendiendo por los brazos laterales que él había dibujado. La energía del peso fluía, disipándose como agua en canales.
—¡Estabilizó! —La voz de Peterson estalló, eufórica.— Desplazamiento de solo dos milímetros. ¡Dios mío, es más sólido que la roca original! ¡El edificio está a salvo!
Un grito de celebración estalló. Cascos lanzados al aire.
En la plataforma, Arthur estaba paralizado. Miraba aquella inmensa montaña de acero y hormigón que había obedecido a su dibujo. La lógica de su cabeza ahora existía en el mundo real. Y funcionaba.
Richard apagó la radio. Se giró hacia su hijo.
Ya no había distancia. El multimillonario, conocido por su frialdad implacable, cayó de rodillas en la suciedad de la obra. Para ponerse a la altura de los ojos del niño.
—Salvaste mi legado, Arthur —dijo Richard, la voz quebrada. Sujetando los brazos de su hijo con fuerza.— ¿Viste lo que nadie más vio?
—Yo solo dibujé lo que parecía correcto —susurró Arthur, aturdido.
Richard negó con la cabeza. Ojos llorosos.
—No solo dibujaste. Entendiste. Pasé toda mi vida exigiéndote que hablaras mi idioma… sin darme cuenta de que tú ya hablabas uno mucho más complejo.
Richard atrajo a su hijo a un abrazo. Torpe. Apretado. El abrazo de un padre que estaba aprendiendo a amar al hijo que tenía.
Arthur hundió el rostro en el hombro de su padre y lloró. No de tristeza. Sino de un alivio abrumador. El peso del mundo había desaparecido.
15 Años Después
Semanas después, la atmósfera en la mansión había cambiado. Richard no estaba gritando. Estaba sentado con María y Sofía.
—Cancelé la matrícula de Arthur en la academia militar —comenzó. Su voz era tranquila.— Contraté a un especialista en aprendizaje visual y dislexia.
Hizo una pausa.
—Aparentemente Einstein y Da Vinci tenían el mismo problema que mi hijo. El problema no era su mente, Sofía. Era el método.
Arthur entró en la sala. Llevaba un cuaderno de bocetos bajo el brazo. Ya no intentaba esconderlo. Se sentó junto a su padre.
Richard se volvió hacia Sofía.
—Cometí un error grave. Estaba ciego y necesité que una niña de doce años invadiera mi oficina para hacerme ver.
Deslizó un sobre grueso hacia ella.
—Esto es para Sofía.
Ella abrió el sobre. Dentro, documentos timbrados. Una beca de estudios integral, costeada por la fundación Sterling. Garantizando educación hasta la universidad.
—Tienes el don de ver potencial donde nadie más lo ve, Sofía —dijo Richard con una sonrisa genuina. Una cosa rara y bella.— El mundo necesita constructores como Arthur, pero necesita desesperadamente líderes como tú que saben señalar la dirección.
Arthur le sonrió.
—¿Vamos a estudiar en la misma ciudad? —preguntó Sofía.
—Vamos a construir la ciudad —respondió Arthur.
Quince años después, el cielo de Manhattan estaba límpido y azul.
En la cima del edificio Sterling Millennium, ahora un icono de la arquitectura moderna, dos adultos observaban la ciudad.
Arthur Sterling, un hombre confiado, era el arquitecto más visionario de su generación. A su lado estaba Sofía, la CEO de Sterlingham and Partners. Mientras Arthur soñaba los edificios, Sofía construía los negocios.
—¿Te acuerdas? —preguntó Arthur, apoyando las manos en el parapeto de cristal.— Del día en que pusiste aquel papel arrugado en la mesa de mi padre.
—¿Cómo podría olvidarlo? —Rió Sofía.— Me estaba muriendo de miedo.
Arthur miró la estructura. El sistema de contrapesos laterales, su dibujo de raíz de árbol, era visible a través del cristal del atrio. Una obra de arte escultórica que lo sostenía todo.
—Mi padre decía que los Sterling construyen rascacielos —dijo Arthur, pensativo.— Pero él estaba equivocado. Solo yo solo habría construido ruinas.
Se giró hacia Sofía. Le tomó la mano. La misma mano que lo había sacado de la oscuridad de su habitación tantos años atrás.
—Construimos esto —completó él.— Porque tú me enseñaste que no importa cuán fuerte sea el hormigón, nada se mantiene en pie sin el apoyo correcto.
Brindaron al horizonte. Listos para el próximo proyecto. Juntos.