El vapor que emanaba de la sopera de porcelana era una neblina densa, una cortina de calor que empañaba mis gafas. Pero no era suficiente para ocultar la ponzoña. Al otro lado de la mesa, la sonrisa de Lorena cortaba como un vidrio roto. Ella, la amante de mi esposo, estaba allí, en mi propia casa, sentada a la derecha de Carlos. Había usurpado mi lugar, mi aire, mi vida.
Yo permanecía de pie. Mi vientre de ocho meses pesaba como una losa de concreto sobre mi espalda cansada. Sostenía la pesada olla de caldo hirviendo con manos que temblaban, no por el peso, sino por la humillación que me subía por la garganta.
—¿Vas a servirnos hoy o mañana, inútil? —ladró doña Griselda, mi suegra.
Su voz era un látigo de cuero viejo. Sus ojos, dos rendijas de maldad pura, me escudriñaban buscando una lágrima que no le iba a dar.
—Mi invitada tiene hambre —continuó la anciana—. Y asegúrate de que esté bien caliente. A Lorena le gusta la sopa ardiendo, no tibia como tu carácter.
—Sí, señora Griselda —susurré, bajando la mirada al suelo de mármol.
Me acerqué a la mujer que se acostaba con mi marido. Lorena me miró de arriba abajo. Sus ojos recorrieron mi vestido de maternidad desgastado, mis tobillos hinchados y mis zapatos planos de diez dólares. Soltó una risa suave, tintineante y cruel.
—Ay, Carlos —dijo ella, acariciando el brazo de mi esposo con una familiaridad asquerosa—. Deberías contratar servicio profesional. Tu esposa parece… bueno, parece que no se ha bañado en días. Me quita el apetito.
Carlos, el hombre al que le había entregado mis ahorros, mi juventud y mi corazón, ni siquiera se dignó a mirarme. Siguió cortando su carne con una parsimonia aterradora.
—No le hagas caso, mi amor —respondió él con voz de hielo—. Ella solo sirve para esto. Para servir.
Sentí una punzada en el corazón más dolorosa que cualquier golpe físico. Era el sonido de una promesa rompiéndose en mil pedazos. Me incliné, con el dolor punzante en la espalda, para servir el caldo en el plato de porcelana de Lorena.
Entonces, el mundo se detuvo.
Doña Griselda, sentada a mi lado, estiró su pierna por debajo de la mesa. Fue un movimiento rápido, calculado, quirúrgico. Su pie enganchó mi tobillo. Perdí el equilibrio. El grito se me quedó atrapado en los pulmones.
La sopera se inclinó. Pero no cayó sobre la mesa. No cayó sobre la amante. Doña Griselda, con una rapidez diabólica, empujó mi brazo con su codo.
El líquido hirviendo —una mezcla de grasa, sal y agua a casi cien grados— se derramó directamente sobre mi vientre abultado y mis piernas.
El dolor fue blanco. Absoluto. Un incendio forestal devorando mi piel en un segundo.
—¡Ah! —Mi grito desgarró el aire viciado del comedor.
Caí al suelo, retorciéndome como un animal herido. Mis manos buscaban desesperadamente arrancar la ropa empapada que se pegaba a mi carne como lava. Sentía que me estaban arrancando la piel a tiras. Dentro de mí, mi bebé se movió con un frenesí desesperado, sintiendo el calor extremo y el terror de su madre.
Esperé ayuda. Esperé que Carlos gritara mi nombre, que llamara a una ambulancia, que me cubriera con agua fría. Pero lo único que escuché fue una sinfonía de pesadilla.
Risas.
Lorena se estaba riendo, cubriéndose la boca con una servilleta de lino. Doña Griselda aplaudía suavemente, con una satisfacción enferma.
—¡Bravo! —exclamó la anciana—. Miren cómo baila. Parece una cucaracha en un sartén.
Alcé la vista con los ojos nublados por las lágrimas de agonía. Carlos seguía sentado. Se limpió la comisura de los labios con la servilleta y miró la mancha de sopa en la alfombra con profundo fastidio.
—¡Eres una estúpida, Elena! —dijo con una frialdad que me heló la sangre—. Has manchado la alfombra persa. ¿Sabes cuánto cuesta lavarla?
—Carlos… me quemo… el bebé… —supliqué, extendiendo una mano temblorosa hacia él.
Él apartó su silla para no tocarme, como si mi dolor fuera contagioso.
—Levántate, limpia eso y luego lárgate a tu cuarto. Has arruinado la cena de bienvenida de Lorena.
—¿No vas a llamar a un médico? —pregunté, sin poder creer que la oscuridad humana fuera tan profunda.
—¿Un médico? —intervino Lorena, sorbiendo su vino tinto—. ¿Para qué? Por una quemadura de nada. Ponte hielo y deja de hacer drama. Carlos, amor, vámonos al hotel. Aquí huele a sopa quemada y a mujer desesperada.
—Tienes razón, preciosa —dijo Carlos, levantándose y tomando la mano de su amante—. Madre, nos vemos mañana para la firma de la herencia. Asegúrate de que esta inútil no estorbe.
—No te preocupes, hijo —dijo Griselda, mirándome con ojos de víbora—. Yo me encargo de ella.
Salieron de la habitación pasando por encima de mis piernas quemadas como si yo fuera basura estorbando en el pasillo. Me quedé sola con la anciana. Ella se agachó, agarró mi cabello con una fuerza insospechada y tiró de mi cabeza hacia atrás.
—Escúchame bien, muerta de hambre —susurró con aliento fétido—. Mañana Carlos firma los papeles para recibir la empresa familiar. Él necesita una esposa de trofeo, no una sirvienta embarazada. Así que hazme un favor… muérete esta noche. O al menos asegúrate de que ese bastardo que llevas dentro no nazca. Nos harías un favor a todos.
Me soltó con desprecio y salió del comedor, apagando la luz.
Me quedé en la oscuridad total. Llorando. Oliendo mi propia piel chamuscada y el aroma del caldo que me cubría. Ellos pensaban que yo era Elena, la chica huérfana y pobre que Carlos rescató de la nada. Pensaban que no tenía a nadie. Pensaban que yo era el eslabón débil de una cadena de poder.
Lo que su codicia les impedía ver era que yo no era una víctima. Era una infiltrada.
Apreté los dientes contra el dolor y toqué mi muñeca. Ese reloj viejo, barato y rayado que Carlos siempre despreciaba tenía un botón oculto en el costado. No era una joya; era un botón de pánico conectado directamente a la red de seguridad privada más letal del continente.
Lo presioné. Tres veces. El código de “Extracción Inmediata”.
—Aguanta, mi amor —le susurré a mi vientre, mientras sentía las ampollas reventarse contra el suelo—. El abuelo ya viene. Y va a quemar este mundo por ti.
El Descenso del Infierno
Me arrastré hasta la cocina. Cada centímetro era un calvario de fuego. Logré abrir el grifo y empapar toallas con agua fría para cubrir mi piel viva. Pasaron diez minutos. Diez minutos que se sintieron como siglos en el purgatorio.
De repente, el aire cambió.
No fue una sirena de policía. Fue algo más pesado. El rugido de un helicóptero volando tan bajo que las ventanas de la cocina vibraron hasta estallar. Luego, el sonido de botas tácticas golpeando el pavimento. Gritos de los guardias del fraccionamiento que se silenciaron de golpe.
—¡Despejen! ¡Busquen a la Señora!
La puerta de la cocina voló de una patada. Tres hombres vestidos de negro, con visión nocturna y armas largas, entraron como sombras.
—¡Aquí está! —gritó uno—. ¡Médico! ¡Ahora!
Un hombre con un maletín corrió hacia mí. Me aplicó un spray criogénico que apagó el incendio en mi piel instantáneamente. Me inyectó algo en el brazo que hizo que el mundo dejara de doler.
—Señora Elena, soy el Capitán Rivas. Su padre está aterrizando en el jardín. Vamos a sacarla de aquí.
Me subieron a una camilla con una delicadeza que no había sentido en años. Mientras me sacaban por el pasillo, vi a doña Griselda. Estaba en bata, rodeada por dos soldados que la apuntaban a la frente. Estaba pálida.
—¿Qué pasa? —balbuceaba—. ¿Quiénes son? Llamaré a la policía…
—Nosotros somos la ley hoy, señora —respondió uno de los soldados con una sonrisa gélida.
Salimos al jardín. El viento de las aspas me golpeó la cara. Y allí, bajando de la aeronave como un dios de la guerra antiguo, estaba él. Don Vitorio Rossi. “El Inmortal”. El hombre que controlaba los puertos, el acero y la mitad de las voluntades de este país. Mi padre.
Corrió hacia la camilla. Sus ojos, duros como el diamante, se llenaron de una humedad que solo yo conocía.
—Elena… bambina… —Tomó mi mano y la besó.
—Fueron ellos, papá —susurré con las pocas fuerzas que me quedaban—. Carlos y Griselda. Me quemaron. Se rieron del bebé.
El rostro de mi padre se transformó. La tristeza fue devorada por una ira tan absoluta que los soldados a su alrededor dieron un paso atrás.
—Llévenla al hospital Rossi —ordenó—. Que preparen el quirófano para injertos y aseguren a mi nieto. Si a ese niño le pasa algo, reduciré esta ciudad a cenizas.
El helicóptero despegó conmigo dentro. Miré por la ventana. Abajo, mi padre se estaba poniendo sus guantes de cuero negro. Caminaba hacia la casa seguido por sus mejores hombres. Sabía a lo que iba. Iba a tener una charla con doña Griselda.
La Caída del Imperio de Cartón
Dos días después. Suite presidencial del Hospital Rossi.
Mis heridas estaban vendadas, pero el dolor era un recuerdo lejano gracias a la mejor medicina del mundo. Mi hijo estaba a salvo, monitoreado, esperando su momento para nacer en un mundo que ya no le haría daño.
La puerta se abrió. Entró mi padre. Se veía impecable, pero sus nudillos estaban ligeramente rojos.
—¿Cómo están? —preguntó.
—Vivos, papá. Gracias a ti.
—Me alegro. Porque hoy es el gran día de tu esposo.
—¿Qué día?
—Hoy firma la herencia. Ha organizado una gala en el Club de Industriales para celebrar su ascenso. Cree que ha ganado.
Mi padre sonrió, una expresión que normalmente precedía a la ruina de alguien.
—Quiero que vengas conmigo, Elena.
—Papá, estoy vendada. No puedo…
—No vas a ir como una víctima, hija. Vas a ir como la dueña de su destino. Esa familia cree que el dinero lo es todo. Vamos a enseñarles lo que es el verdadero poder.
Sacó un vestido de una bolsa de terciopelo. Seda blanca, diseñada para caer sobre mis vendas sin lastimarme, elegante y regia. Y un juego de diamantes que pesaban más que el alma de Carlos.
El Acto Final
El Club de Industriales rebosaba de gente. Carlos estaba en el escenario, radiante, bajo los focos. Lorena, a su lado, lucía un anillo que yo sabía que era falso. Doña Griselda no estaba. Mi padre la había dejado “meditando” en el sótano de su mansión, sin luz ni agua, durante cuarenta y ocho horas.
—Amigos —decía Carlos al micrófono—, hoy asumo el control total de Industrias Santoro. Quiero agradecer a mi musa, Lorena, por estar conmigo. Y… quiero anunciar que mi exesposa, Elena, sufrió un accidente doméstico por su propia torpeza. Ya no será parte de nuestras vidas.
En ese instante, las luces del salón se apagaron. Un solo foco iluminó la entrada principal.
Las puertas dobles se abrieron de par en par.
Entré yo. Caminaba despacio, pero erguida. Mis vendajes estaban ocultos, pero mi mirada era fuego puro. Detrás de mí, mi padre caminaba con su bastón de plata, seguido por una legión de abogados y notarios.
El silencio fue sepulcral. Carlos soltó el micrófono, provocando un chirrido insoportable en los altavoces.
—Elena… —susurró—. ¿Qué haces aquí? Deberías estar… muerta.
Subí al escenario. Los guardias del club intentaron interceptarme, pero los hombres de mi padre los apartaron como si fueran moscas. Me paré frente a Carlos.
—Hola, esposo —dije. Mi voz resonó con la fuerza de un trueno.
—¡Sáquenla! —chilló Lorena—. ¡Es una loca! ¡Viene a arruinarlo todo!
—¡Cállate! —rugió mi padre desde abajo. No necesitó micrófono para que el salón temblara.
Carlos palideció al reconocer a Don Vitorio Rossi, el hombre que encabezaba las listas de Forbes y las pesadillas de los banqueros.
—Don Vitorio… —tartamudeó—. ¿Qué hace con mi esposa?
—¿Tu esposa? —Mi padre subió al escenario—. Es mi hija. Elena Rossi.
El salón jadeó al unísono. Las copas de cristal caían al suelo.
—¿Hija? Pero… me dijiste que eras huérfana —balbuceó Carlos.
—Te mentí —respondí, dándole un paso al frente—. Quería saber si me amabas a mí o a mi apellido. Y me diste la respuesta cuando dejaste que tu madre me tirara sopa hirviendo encima.
—Eso fue un accidente… —gritó él, sudando frío—. ¡Te resbalaste!
—Tenemos el video, Carlos —saqué una memoria USB—. Mi padre hackeó tu seguridad hace meses. Lo vimos todo. Vimos cómo se reían mientras yo me retorcía en el suelo.
Hice una señal. La pantalla gigante detrás de nosotros se encendió. La imagen era nítida: Griselda empujándome, el caldo quemándome, y ellos dos brindando mientras yo gritaba. La multitud empezó a abuchear. La reputación de los Santoro se desintegró en segundos.
—¡Apáguenlo! —gritaba Carlos—. ¡Es falso!
—No es falso —dijo un notario, subiendo con un fajo de documentos—. Y esto tampoco. Es una orden de embargo. Industrias Santoro está en quiebra técnica. La única razón por la que operaban era porque un inversor anónimo inyectaba capital.
—Sí —dijo Carlos, desesperado—. ¡Un inversor que confía en mí!
—Ese inversor era yo —sentenció mi padre—. Compré tu deuda. Compré tus hipotecas. Compré tus acciones. Compré hasta la ropa que llevas puesta, Carlos. Técnicamente, soy el dueño de tu vida. Y como dueño, te despido.
Mi padre le arrancó la etiqueta de “Presidente” de la solapa.
—No… —sollozó Lorena—. ¡Él tiene millones!
—Tenía deudas —la corregí—. Y ahora tú también, porque sabemos que malversaste fondos para tus joyas.
Las sirenas de la policía real sonaron afuera. Los oficiales entraron al salón para detenerlos por intento de homicidio y fraude fiscal. Mientras esposaban a Carlos frente a toda la alta sociedad, él me miró por última vez.
—Elena, por favor… el bebé es mi hijo…
Me acerqué a él. Levanté la mano y le di una bofetada que resonó en todo el recinto.
—Ese bebé es un Rossi. Y nunca sabrá que su padre fue una rata cobarde que dejó que quemaran a su madre.
Epílogo
Carlos fue condenado a veinticinco años. Dicen que en la cárcel la vida es “caliente” para los hombres que lastiman a mujeres embarazadas. Doña Griselda perdió la razón y ahora vive en un psiquiátrico, soplando su comida durante horas por miedo a que el vapor la mate.
Yo di a luz a Marco. Un niño sano y fuerte.
Mis cicatrices siguen ahí, en mi vientre y mis piernas. No quise borrarlas con cirugía. Son mi mapa de guerra. Me quemaron viva, sí, pero olvidaron un detalle: el fuego no destruye al dragón. El fuego lo despierta.