“La abuela de las manos cansadas que recorría las calles con su carrito de dulces, guardando en silencio la esperanza de comprar un regalo que iluminara los ojos de su nieto.”

Doña Elvira tenía setenta y ocho años, y aunque su espalda se encorvaba como los viejos troncos que resisten las tormentas, su voluntad seguía erguida, casi obstinada. Vivía en un pequeño barrio de las afueras de la ciudad, en una casita de paredes desconchadas y ventanas que apenas lograban contener el frío de las noches. Desde que había quedado viuda hacía más de quince años, su vida giraba en torno a una única razón: su nieto Samuel.

El niño, de apenas ocho años, era hijo de su hija mayor, quien se había marchado a trabajar a otra provincia sin poder regresar con frecuencia. Para Samuel, la abuela era madre, padre, refugio y confidente. Y para Doña Elvira, aquel pequeño representaba el último motivo para despertarse cada mañana.

Con sus manos temblorosas y rodillas doloridas, la anciana recorría las calles con un carrito cargado de dulces, frutas y pequeños juguetes baratos. No lo hacía por gusto ni por costumbre, sino porque cada moneda significaba la posibilidad de cumplir un sueño secreto: comprar un regalo especial para Samuel en su próximo cumpleaños. Quería obsequiarle un balón de fútbol, ese que había visto en el escaparate de una tienda deportiva, brillante y nuevo, de un verde intenso que parecía atrapar la luz del sol.

Samuel hablaba del balón con entusiasmo cada vez que veía otros niños jugar en el descampado cercano. Pero Doña Elvira, consciente de su pobreza, sonreía y callaba. Lo que Samuel ignoraba era que su abuela estaba dispuesta a vender bajo la lluvia, soportar el sol ardiente y cargar con el cansancio de su cuerpo envejecido, solo para ver esa chispa de felicidad en sus ojos.

El camino, sin embargo, no era fácil. Las ventas habían bajado; la gente prefería los supermercados o las tiendas modernas. Algunos vecinos compraban a Doña Elvira por lástima, otros la saludaban con cariño, pero no eran suficientes las monedas para alcanzar la suma.

Una tarde, mientras caminaba por el mercado con su carrito casi vacío, sintió un dolor agudo en el pecho. Se detuvo, respiró hondo y se apoyó contra un muro. “No ahora, por favor… no ahora”, murmuró. Tenía miedo de que su cuerpo no resistiera. Pero volvió a erguirse, como si una fuerza invisible la empujara.

Elvira empezó a levantarse más temprano, incluso antes del amanecer, para alcanzar a los trabajadores que iban al transporte público. Vendía café en vasos pequeños, pan dulce envuelto en servilletas baratas. Poco a poco, las monedas se fueron acumulando en una caja de lata escondida bajo su cama.

Llegó el día en que, con los bolsillos llenos de esas monedas ganadas con sudor y lágrimas, entró en la tienda deportiva. El dependiente la miró con sorpresa cuando comenzó a poner sobre el mostrador pilas de monedas, una tras otra, mientras sus manos temblaban. Pero no le importó la mirada de nadie: al fin, aquel balón verde, brillante como una esmeralda, era suyo.

Cuando salió a la calle con la bolsa de plástico que contenía el balón, sintió que el mundo se detenía. Caminó despacio, con una mezcla de cansancio y triunfo. Sabía que su cuerpo estaba al límite, pero su corazón latía con una fuerza nueva.

Esa noche, sin embargo, la fiebre la alcanzó. Samuel la encontró tendida en la cama, respirando con dificultad, con el balón a su lado envuelto en la bolsa.

Al día siguiente, Samuel abrió la bolsa y vio el balón. Sus ojos se iluminaron con una felicidad pura, inocente, casi celestial. Corrió a abrazar a su abuela, que apenas podía sonreír entre la fatiga.

—Gracias, abuelita… es el regalo más lindo del mundo —susurró el niño, besándola en la frente.

Doña Elvira lo miró con ternura infinita, como si en ese instante todo el peso de los años se desvaneciera. Acarició la mejilla de Samuel con su mano temblorosa y, cerrando los ojos, murmuró:

—Juega mucho, hijo… que tu alegría sea mi descanso.

Ese fue el último día que Samuel vio a su abuela consciente. Semanas después, Doña Elvira partió en silencio, dejando tras de sí un legado que ningún objeto material podía superar: la enseñanza de que el amor verdadero se mide en sacrificios y no en palabras.

Con el tiempo, Samuel creció y guardó aquel balón como un tesoro sagrado. No era solo un objeto para jugar; era el símbolo de una abuela que había dado hasta el último aliento por su felicidad. Y cada vez que tocaba la pelota, sentía que la sonrisa de Doña Elvira lo acompañaba en la cancha de la vida.

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