
En abril de 2010, mientras Europa entera mantenía la mirada en Islandia por la erupción del volcán Eyjafjallajökull —cuyo humo paralizó el tráfico aéreo y oscureció el cielo del continente—, una historia mucho más íntima y trágica comenzaba a escribirse en sus faldas. Taylor Brooks, una joven bióloga marina de 29 años, y Owen Campbell, un abogado ambiental de 31, recién casados en Portland, viajaron a Islandia en busca de un viaje diferente, marcado por la naturaleza extrema que tanto los apasionaba. Eligieron aquel país como destino de luna de miel para vivir la aventura de sus vidas. Nunca imaginaron que sería la última.
La mañana del 12 de abril, la pareja abandonó su hotel en la pequeña aldea costera de Vík. Fueron vistos cargando sus mochilas y consultando un mapa sobre el capó de su coche de alquiler, sonrientes, como si nada pudiera opacar la ilusión de los días que tenían por delante. Pero tras ese registro en cámaras de seguridad, su rastro se desvaneció. Horas después, la policía encontró el vehículo abandonado en un área restringida cercana al volcán. Dentro, hallaron su itinerario y una inquietante pista: habían contratado a un guía no autorizado que prometía llevarlos hasta lugares prohibidos para los turistas.
El último mensaje de Taylor a su familia decía: “El suelo tiembla bajo nuestros pies. Owen dice que parece que la tierra respira. En una hora nos reunimos con el guía. Dice que nos mostrará la lava de cerca”. Ese texto, enviado a las 14:47, fue el último contacto que tuvieron con el mundo.
Cuando al caer la tarde no regresaron al hotel, la alarma se encendió. Los intentos por localizarlos fracasaron. La erupción, cada vez más violenta, obligaba a suspender las búsquedas. El cielo estaba cubierto de ceniza, la visibilidad era casi nula, los gases tóxicos hacían imposible trabajar en la zona. Durante días, semanas, y luego meses, se desplegaron equipos de rescate, helicópteros y perros rastreadores, pero todo resultaba inútil. La montaña se había tragado a Taylor y Owen.
La falta de respuestas avivó teorías de todo tipo. Algunos creían que habían sido sepultados por la erupción. Otros, más fantasiosos, hablaban de que los “seres ocultos” de Islandia, criaturas de leyenda, los habían arrastrado a su mundo invisible. Sus familias, devastadas, viajaron desde Oregón para pegar carteles, organizar vigilias y presionar a las autoridades. Nada dio frutos. Con el tiempo, el caso quedó archivado como una tragedia sin cuerpo ni explicación.
Pero la verdad estaba allí, aguardando bajo la ceniza.
Doce años más tarde, en el verano de 2022, un grupo de excursionistas alemanes descubrió algo que cambiaría para siempre la historia. El calor inusual derritió parte del glaciar del Eyjafjallajökull, dejando expuesto un fragmento de bota enterrada en el polvo gris. El hallazgo llevó a un equipo de forenses a excavar la zona. Lo que encontraron dejó sin aliento incluso a los investigadores más experimentados: los cuerpos de Taylor y Owen, perfectamente preservados como si el tiempo se hubiera detenido.
La ceniza volcánica había actuado como una cápsula sellada, impidiendo la descomposición. Sus rostros, su ropa e incluso objetos personales como la cámara y el anillo de bodas de Taylor permanecían intactos. Era una escena que recordaba a Pompeya. Sin embargo, el verdadero shock llegó cuando los forenses descubrieron que los cráneos presentaban fracturas contundentes. No habían muerto por un accidente natural, sino por violencia humana.
Las pruebas no dejaban lugar a dudas: alguien los había asesinado en la montaña y el volcán, lejos de encubrir al culpable, había conservado el crimen con una precisión escalofriante.
El punto de quiebre fue el GPS de Owen, rescatado casi intacto. Los expertos lograron recuperar datos de ubicación que mostraban dos rutas paralelas: la de la pareja y la de un tercer dispositivo que los acompañó hasta el final. Ese rastro coincidía con el nombre de un viejo sospechoso de la investigación inicial: Bern Ericson, un guía local cuya licencia había sido revocada por conductas temerarias, pero que seguía ofreciendo tours clandestinos a turistas que buscaban “experiencias extremas”.
El caso, que durante más de una década se creyó cerrado por la fuerza de la naturaleza, se transformó en una investigación de homicidio. Fotografías recuperadas de la cámara de la pareja revelaban incluso un altercado entre Owen y Ericson, en el que discutían sobre la ruta peligrosa que estaban siguiendo. Los datos del GPS y las fibras de la chaqueta del guía halladas en la ceniza sellaron la conexión.
Finalmente, confrontado con las pruebas, Ericson confesó. Admitió que la discusión se salió de control cuando Taylor y Owen amenazaron con denunciarlo a las autoridades. Los golpeó con su martillo de guía y dejó que la erupción hiciera el resto. Creyó que la montaña cubriría su crimen para siempre.
El volcán que parecía haber devorado a la joven pareja se convirtió, irónicamente, en el guardián de la verdad. La misma ceniza que ocultó a Taylor y Owen durante 12 años fue la que permitió reconstruir sus últimos momentos y señalar a su asesino.
Hoy, la historia de los recién casados perdidos en Islandia se cuenta no solo como un recordatorio de los riesgos del turismo extremo, sino también como una lección de justicia inesperada. Porque ni el tiempo, ni la tierra, ni la furia de un volcán pudieron ocultar lo que realmente ocurrió aquella tarde de abril de 2010.