EL VALS DE LAS SOMBRAS: CUANDO EL INFIERNO SINTIÓ MIEDO

PARTE 1: LA ARROGANCIA DE LOS DIOSES
Auschwitz, Polonia. Invierno de 1943.

El frío no bajaba del cielo. Brotaba de la tierra.

No era un frío natural. Era un ente vivo. Se arrastraba por debajo de las suelas desgastadas, trepaba por los tobillos lívidos y se alojaba en la médula de los huesos. Auschwitz no dormía. Auschwitz esperaba.

Rachel abrió los ojos antes de que sonara la sirena. Siempre lo hacía. Era su primer acto de rebelión diario: despertar por voluntad propia, no por una orden. A su lado, en el catre de madera podrida que compartían con el miedo, Ester ya la miraba. Eran gemelas. Idénticas en la carne, simétricas en el alma. Tenían diecinueve años, pero sus ojos eran ancianos. Ojos que habían visto cómo el mundo se desmoronaba y habían decidido no parpadear.

—Hoy es diferente —susurró Ester. Su voz era apenas un hilo de vapor en el aire gélido.

Rachel no respondió. Solo asintió. Lo sentía también. El aire pesaba más. Había una electricidad estática, sucia y metálica, vibrando en los alambrados.

La sirena aulló. Un grito mecánico que desgarraba el amanecer.

El barracón estalló en un caos controlado. Tos seca. Quejidos. El sonido de cientos de cuerpos famélicos obligándose a moverse. Rachel y Ester se levantaron al unísono. Sin palabras. Sin gestos innecesarios. En el infierno, la energía es la moneda más cara. No se desperdicia.

Salieron a la formación. El cielo era una losa de granito gris. La nieve estaba sucia, manchada de ceniza y barro. Los guardias caminaban con sus pastores alemanes, bestias que comían mejor que cualquier prisionero. Pero ese día, los guardias no miraban a los reclusos. Se miraban entre ellos.

Había tensión.

Rachel, observadora, calculadora, notó el patrón de inmediato. Un coche negro, impecable, brillante como un escarabajo venenoso, estaba aparcado cerca de la entrada principal. No era un vehículo de transporte. Era un vehículo de mando.

—Los Trece —murmuró alguien en la fila de atrás. El nombre se pronunció con un terror reverencial, como si invocarlo quemara la lengua.

Rachel y Ester intercambiaron una mirada rápida. Microsegundos de comunicación telepática. Mantén la cabeza baja. Hazte invisible.

Pero la invisibilidad es un lujo que la belleza no puede pagar. Y ellas, a pesar de la mugre, a pesar de los trapos grises, a pesar del hambre que les había afilado los pómulos hasta convertirlos en cuchillas, poseían una belleza inquietante. Una belleza bíblica, antigua, que ofendía a la fealdad del campo.

Un oficial se separó del grupo junto al coche. No caminaba; desfilaba. Su uniforme era un corte perfecto de tela negra. Llevaba guantes de cuero. Se detuvo frente a la fila de mujeres. Sus ojos azules eran hielo seco. No buscaban fuerza de trabajo. Buscaban algo más.

Se detuvo frente a Rachel.

El mundo se detuvo. El corazón de Rachel golpeó contra sus costillas, un pájaro atrapado, pero su rostro permaneció pétreo.

El oficial extendió una mano enguantada. No la tocó. Solo trazó el contorno de su aire. Luego, miró a Ester. La simetría le fascinó. Una sonrisa lenta, depredadora, curvó sus labios.

—Zwei —dijo. Dos.

No preguntó nombres. No preguntó habilidades. Chasqueó los dedos. Dos guardias se acercaron, sacándolas de la fila con violencia.

—¿A dónde? —preguntó Ester, un error fatal.

El golpe llegó antes que la respuesta. El dorso de la mano del guardia impactó contra su mejilla, un sonido seco, como una rama al romperse. Ester no cayó. Se tambaleó, probó la sangre, y se irguió de nuevo.

El oficial de los guantes de cuero observó la escena con curiosidad clínica.

—Tienen fuego —dijo en alemán, con una voz suave, culta, aterradora—. Eso es bueno. El fuego entretiene antes de consumirse. Llevadlas a la Villa.

La “Villa”. La palabra flotó en el aire helado. No las cámaras de gas. No los hornos. La Villa era el lugar donde los monstruos jugaban a ser civilizados.

La Guarida de los Lobos

La Villa estaba dentro del perímetro, pero pertenecía a otro universo. Había alfombras. Había cuadros en las paredes. Había olor a tabaco caro, a brandy y a carne asada. Era un insulto a la miseria que se extendía a solo cien metros de distancia.

Las llevaron a una habitación trasera. Les dieron ropa limpia. No uniformes de rayas, sino vestidos sencillos de servicio doméstico. Les permitieron lavarse. El agua caliente se sentía como una traición en la piel.

—No hables —le dijo Rachel a su hermana mientras le limpiaba la sangre seca de la comisura del labio—. Escucha. Solo escucha.

—Nos van a matar, Rachel.

—No hoy —respondió Rachel, mirando su propio reflejo en un espejo limpio. Sus ojos eran pozos negros—. Hoy quieren mirarnos. Mañana, ya veremos.

Esa noche conocieron a los Trece.

No estaban todos. Nunca estaban todos juntos. Eran una hermandad de sombras dentro de las SS. Hombres que operaban por encima de la ley del campo, por encima de la crueldad estándar. Eran la élite del sadismo. Hombres que ya no encontraban placer en la muerte industrializada, sino que buscaban algo más íntimo, más perverso: el control absoluto sobre la voluntad.

Rachel y Ester fueron puestas a servir la cena.

El comedor estaba iluminado por candelabros. Siete hombres sentados alrededor de una mesa de caoba. Reían. Bebían vino francés robado. Hablaban de ópera, de filosofía, de mujeres.

Rachel servía el vino. Su mano no temblaba. Era de piedra. Observaba los cuellos expuestos, las venas latiendo bajo la piel limpia, las manos manicuradas que firmaban sentencias de muerte.

Ester servía la comida. Uno de los hombres, un general con una cicatriz que le cruzaba la ceja, la agarró de la muñeca cuando ella se acercó.

El silencio cayó sobre la mesa. Un silencio denso, pesado.

—¿Tienes miedo, pequeña judía? —preguntó el general. Su aliento olía a alcohol y cebolla.

Ester lo miró. Recordó el golpe de la mañana. Recordó a su madre desapareciendo en el humo del tren. Recordó el pacto con Rachel. Entender al enemigo mejor que a sí mismo.

—El miedo es una pérdida de tiempo, Herr General —dijo Ester. Su alemán era impecable.

Los otros hombres soltaron carcajadas sorprendidas. El general soltó la muñeca, divertido, pero con un brillo de ira en el fondo de sus ojos.

—Inteligente —dijo el general, recostándose—. Peligrosa. Me gusta.

Rachel, desde la sombra de la esquina, memorizó la cara del general. Memorizó su nombre cuando otro oficial se dirigió a él: Vogel.

Esa noche, de vuelta en el pequeño cuarto de servicio que les habían asignado (una jaula de oro), Rachel se sentó en el borde de la cama.

—Vogel —dijo.

—¿Qué? —preguntó Ester.

—Vogel. Es el primero.

—¿El primero de qué?

Rachel giró la cabeza. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando la mitad de su rostro, dejando la otra en oscuridad absoluta.

—De los que van a caer.

—Estás loca. Son intocables. Son dioses aquí.

—Los dioses mueren cuando dejan de creer en su propia inmortalidad —sentenció Rachel—. Y nosotros vamos a ser la duda.

La Primera Grieta

Pasaron tres días. Tres días de servir, de limpiar, de ser objetos decorativos en las fiestas de los monstruos. Rachel y Ester aprendieron rápido. Aprendieron quién bebía demasiado. Quién tenía las manos temblorosas. Quién odiaba a quién. La jerarquía de los Trece no era sólida; estaba hecha de envidias y secretos.

Vogel era el más ruidoso. El más brutal. Le gustaba humillar a los camareros, a los guardias, incluso a sus compañeros de rango inferior. Se sentía invencible.

La cuarta noche, Vogel se quedó solo en el salón de fumar. Estaba borracho. Rachel entró para recoger las copas vacías.

Vogel la miró. Sus ojos estaban inyectados en sangre.

—Ven aquí —ordenó.

Rachel se acercó. No como una víctima, sino como un espectro. Se detuvo a un metro de su sillón de cuero.

—Sois idénticas —balbuceó él—. Como dos gotas de veneno. ¿Sabes lo que hago con el veneno?

Rachel no respondió. Solo lo miró. Una mirada fija, sin parpadear, vacía de miedo, vacía de humanidad. Una mirada que reflejaba el vacío del propio Vogel.

El general parpadeó, incómodo. Esperaba lágrimas. Esperaba súplicas. Ese silencio… ese silencio no era natural.

—¡Habla! —gritó, golpeando la mesa.

—¿Qué quiere que diga, Herr General? —preguntó Rachel. Su voz era suave, monocorde—. ¿Quiere que le diga lo que veo?

—¿Qué ves? —desafió él, tambaleándose al intentar levantarse.

Rachel dio un paso adelante. Uno solo. Entró en su espacio personal.

—Veo que está cansado. Veo que los gritos no le dejan dormir. Veo que tiene miedo de cerrar los ojos.

Vogel se quedó helado. La borrachera pareció evaporarse por un segundo, reemplazada por un frío visceral. ¿Cómo se atrevía? Llevó la mano a la funda de su pistola.

—Podría matarte ahora mismo.

—Podría —asintió Rachel—. Pero entonces, ¿quién le escucharía en la oscuridad?

Se dio la vuelta y salió de la habitación. Vogel no disparó. Se quedó allí, respirando agitadamente, con la mano en el arma, sintiendo que algo en la habitación había cambiado. El aire era más denso. Las sombras, más largas.

A la mañana siguiente, Vogel no apareció en el desayuno.

El sol salió, pálido y enfermo. Los guardias esperaron. Los otros oficiales bromearon sobre la resaca del general. A las diez de la mañana, el ayudante de campo entró en la habitación de Vogel.

Salió gritando.

No hubo disparos. No hubo sangre en las paredes. Vogel estaba sentado en su sillón, con los ojos abiertos de par en par, fijos en la nada. Su pistola estaba sobre la mesa, cargada. Su corazón simplemente se había detenido.

El médico del campo firmó el certificado: “Fallo cardíaco natural”.

Pero en el comedor de la Villa, el silencio era diferente esa tarde. Los doce restantes comían con menos apetito. Miraban las sillas vacías. Miraban las sombras.

Rachel servía el café. Ester recogía los platos.

Cuando se cruzaron en la cocina, Ester agarró la mano de su hermana. Estaba helada.

—¿Qué hiciste? —susurró Ester, aterrorizada.

Rachel miró a su hermana con una calma que helaba la sangre.

—Nada. Solo le mostré el espejo.

—Rachel… ellos van a saberlo.

—No pueden saber lo que no entienden. Creen que el poder los protege. Pero la arrogancia es una enfermedad, Ester. Y yo solo aceleré los síntomas.

Quedaban doce.

La Paranoia como Veneno

La muerte de Vogel fue la primera ficha de dominó.

Auschwitz, una máquina diseñada para la muerte, no sabía cómo procesar una muerte que no había autorizado. Los Trece comenzaron a mirarse con recelo. ¿Había sido envenenado? ¿Había un traidor entre ellos?

La seguridad se duplicó. Guardias en cada puerta. Probadores de comida. Pero el enemigo no venía de fuera. El enemigo estaba sirviendo el vino.

La semana siguiente, el objetivo fue Kramer.

Kramer era diferente a Vogel. Era meticuloso, obsesivo. Un burócrata de la muerte. Llevaba un registro de todo. Odiaba el desorden.

Ester fue la encargada de su habitación esa semana. Kramer la observaba mientras ella limpiaba el polvo de sus libros.

—No muevas nada —le advertía él cada cinco minutos—. Todo tiene su lugar. El orden es la base de la civilización.

—Sí, Herr Offizier —respondía Ester.

Ester comenzó a hacer cambios minúsculos. Imperceptibles para un ojo normal, devastadores para un obsesivo. Movía un bolígrafo dos milímetros a la izquierda. Dejaba un libro ligeramente torcido. Una mancha invisible en el espejo.

Kramer empezó a perder la compostura. Gritaba a sus ayudantes. Reorganizaba su escritorio diez veces al día. Sentía que perdía el control de su entorno. Y en Auschwitz, perder el control es perder la vida.

Una noche, Kramer llamó a Ester. Estaba sudando, aunque hacía frío.

—Alguien está entrando aquí —dijo él, con los ojos desorbitados—. Alguien toca mis cosas.

—Nadie entra aquí salvo usted y yo, señor —dijo Ester con inocencia angelical.

—¿Tú? —La miró. Realmente la miró. Vio a una niña judía, delgada, inofensiva. Descartó la idea. Era imposible. Ellas eran ganado. Muebles. No tenían capacidad para tal guerra psicológica.

—Quizás… —Ester dejó la frase en el aire, colgando como un anzuelo.

—¿Quizás qué?

—Quizás son los otros. Dicen… —bajó la voz— dicen que el general Vogel no murió de causas naturales. Dicen que alguien quería su puesto.

Era mentira. Nadie decía eso. Pero la semilla cayó en tierra fértil. La paranoia de Kramer floreció instantáneamente.

—¿Quién? —exigió.

Ester se encogió de hombros.

—Yo no sé nada, señor. Solo soy una sirvienta.

Kramer pasó la noche en vela, con la pistola en la mano, vigilando la puerta. Al día siguiente, acusó a otro oficial, Mueller, de conspiración en pleno comedor. Hubo gritos. Hubo amenazas. El grupo de los Trece se fracturó.

Dos días después, Kramer desapareció.

Salió a inspeccionar el perímetro exterior solo, algo que nunca hacía, impulsado por una necesidad maníaca de verificar la seguridad. Nunca volvió.

Encontraron su cuerpo en la nieve, cerca de la alambrada. Sin marcas. Congelado. Parecía haberse perdido en su propio laberinto.

Quedaban once.

El miedo ya no era un susurro. Era un grito ahogado en la garganta de las SS.

El Juego de las Gemelas

Rachel y Ester estaban sentadas en el suelo de su habitación. Tenían un pedazo de pan duro que habían robado de la cocina. Lo compartieron miga a miga.

—Funciona —dijo Ester. Su miedo se estaba transformando en algo más oscuro. Poder. Era una sensación embriagadora—. Se están destruyendo entre ellos.

—No es suficiente —dijo Rachel. Estaba dibujando líneas invisibles en el suelo—. Son demasiados. Y pronto se darán cuenta de que somos la constante.

—¿Qué hacemos entonces?

—Elevamos la apuesta. Dejamos de ser sombras. Nos convertimos en presagios.

La oportunidad llegó con Hoffman.

Hoffman era el más joven de los Trece. Vanidoso, cruel por deporte, guapo de una manera repugnante. Se creía un seductor. Miraba a las gemelas no como sirvientas, sino como juguetes potenciales.

Una tarde, acorraló a Rachel en el pasillo.

—Eres demasiado bonita para estar aquí —susurró, acariciando su pelo con la punta de una fusta de cuero.

Rachel no se apartó. Alzó la vista y clavó sus ojos en los de él.

—Mi hermana soñó con usted anoche, Herr Hoffman.

Hoffman sonrió, arrogante.

—¿Ah, sí? ¿Y qué soñó?

—Soñó que usted estaba llorando.

La sonrisa de Hoffman vaciló.

—Yo no lloro.

—Soñó que lloraba sangre —continuó Rachel, su voz bajando una octava, volviéndose cavernosa—. Y que había trece velas negras apagándose una a una. La suya era la tercera.

Hoffman retiró la fusta como si quemara.

—Brujería judía —masculló, retrocediendo—. Calla.

—Solo es un sueño, señor. Pero mi hermana… sus sueños a veces ocurren antes de tiempo.

Rachel se fue, dejándolo en el pasillo oscurecido. Hoffman se rio nerviosamente. Pero esa noche, la imagen de las velas negras no le dejó dormir.

Al día siguiente, Hoffman cometió un error durante una inspección. Golpeó a un prisionero demasiado fuerte, demasiado públicamente, en presencia del comandante supremo del campo (que no pertenecía a los Trece, pero los toleraba). El prisionero murió. El comandante, molesto por el desorden y el ruido innecesario, reprendió a Hoffman frente a todos.

La humillación pública rompió algo en el joven oficial.

Esa noche, bebió hasta perder el sentido. Ester lo encontró en la biblioteca. Estaba llorando.

—¿Es verdad? —preguntó él al verla, confundiéndola con Rachel—. ¿Soy el tercero?

Ester, rápida, improvisó. Se acercó a él y puso una mano sobre su hombro. El contacto estaba prohibido, era tabú, era mortal. Pero en ese momento, Hoffman no era un oficial de las SS. Era un niño asustado en la oscuridad.

—El fuego purifica —susurró Ester al oído del monstruo—. Pero solo si uno se entrega a él.

Nadie sabe qué pasó exactamente en esa biblioteca las siguientes horas. Pero a la mañana siguiente, Hoffman fue encontrado colgado de la viga central del establo.

En su bolsillo, una nota arrugada: No puedo apagar las velas.

Quedaban diez.

Y ahora, el terror era absoluto.

Los oficiales restantes se reunieron. Cerraron las puertas. Echaron a los sirvientes. Pero Rachel y Ester estaban escuchando desde la despensa, a través de una rejilla de ventilación.

—¡Esto no es coincidencia! —gritaba uno. —¡Es un sabotaje! ¡Hay espías! —bramaba otro. —Son ellas —dijo una voz grave, pausada. Era Richter, el líder intelectual del grupo. El más peligroso.

El silencio en la sala fue total.

—¿Las gemelas? —preguntó alguien con incredulidad.

—Están siempre ahí —dijo Richter—. Antes de que Vogel muriera. Antes de que Kramer enloqueciera. Antes de que Hoffman se colgara. Ellas son los pájaros de mal agüero.

—Son solo niñas judías, Richter.

—No —dijo Richter, y el sonido de una silla arrastrándose resonó como un trueno—. Son algo más. He visto cómo nos miran. No miran al suelo. Nos miran a nosotros. Nos están cazando.

Rachel, al otro lado de la rejilla, apretó la mano de Ester.

—Nos han descubierto —susurró Ester.

—No —corrigió Rachel, y una sonrisa terrible, una sonrisa de guerra, apareció en su rostro—. Ahora empieza el verdadero juego. Ahora saben que estamos en el tablero.

—Richter vendrá a por nosotras.

—Que venga —dijo Rachel—. Auschwitz nos ha quitado todo. Nuestra familia, nuestro nombre, nuestro futuro. No tenemos nada que perder. Y el hombre que se enfrenta a alguien que no tiene nada que perder… ya está muerto.

Esa noche, la nieve cayó con más fuerza que nunca, cubriendo el campo de un blanco inocente que ocultaba los horrores debajo. En la Villa, diez hombres poderosos dormían con un ojo abierto, temiendo a dos chicas desarmadas que dormían en el cuarto de las escobas.

La guerra había cambiado. Ya no era Alemania contra el mundo. Era el miedo contra la nada.

Y la nada tenía hambre.

PARTE 2: EL BAILE DE LOS ESCORPIONES
El despacho de Richter. Medianoche.

El aire en la habitación estaba viciado. Olía a tabaco rancio y a una ansiedad agria, casi química.

Richter, el líder de facto de los diez supervivientes, estaba sentado detrás de su escritorio. No miraba papeles. Miraba a las gemelas. Rachel y Ester estaban de pie frente a él, iluminadas por una única lámpara de escritorio que proyectaba sombras largas y deformes contra las paredes. Parecían espectros. Dos figuras idénticas recortadas contra la oscuridad.

Richter no gritó. Richter nunca gritaba. Eso era lo que lo hacía aterrador. Era un hombre que susurraba las sentencias de muerte.

—Hoffman se colgó —dijo Richter. Su voz era el sonido de unas botas pisando hojas secas—. Kramer murió de frío. Vogel… el corazón.

Hizo una pausa. Se levantó y caminó alrededor del escritorio. El sonido de sus pasos fue el único ruido en el universo. Se detuvo detrás de Ester. Se inclinó y aspiró el aroma de su miedo. No olía a miedo. Olía a ceniza.

—Tres accidentes —continuó Richter—. En una semana. La estadística dice que es imposible. La lógica dice que hay un catalizador.

Rachel mantuvo la vista al frente. Sentía la presencia de Richter detrás de su hermana como una cuchilla en la nuca.

—¿Sois brujas? —susurró Richter al oído de Ester.

Ester tembló. Solo una vez. Un espasmo involuntario.

—No, Herr Oberst —respondió Rachel. Su voz cortó el aire—. Somos espejos.

Richter se giró hacia Rachel. Sus ojos grises se entrecerraron.

—¿Espejos?

—Ustedes se miran en nosotras —dijo Rachel con una calma suicida—. Y a algunos no les gusta lo que ven. La culpa pesa más que el uniforme, señor.

Richter soltó una carcajada seca, sin humor. Sacó su Luger de la funda y la dejó sobre el escritorio. El metal chocó contra la madera con un golpe sordo.

—Bonita retórica. Pero aquí no hay culpa. Solo hay voluntad. Y mi voluntad es averiguar qué está pasando antes de que Berlín empiece a hacer preguntas.

Se acercó a Rachel. Le levantó la barbilla con el cañón frío de la pistola.

—Os voy a vigilar. Cada paso. Cada respiración. Si veo una sonrisa fuera de lugar, si veo una mirada extraña… os meteré en el horno yo mismo. Vivas.

—Si nos mata —dijo Ester, hablando por primera vez—, nunca sabrá quién es el traidor.

El dedo de Richter se congeló en el gatillo. Retiró el arma lentamente.

—¿Traidor?

—Alguien mueve las piezas —dijo Ester—. Nosotras solo limpiamos el polvo. Pero alguien dentro de este círculo quiere su silla, Herr Oberst.

Richter las miró durante un minuto eterno. La semilla estaba plantada. Ya no era solo superstición; ahora era política. Y en las SS, la política era más letal que las balas.

—Fuera —ordenó.

Cuando salieron al pasillo helado, Ester tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Sus piernas eran de gelatina.

—Casi nos mata —jadeó.

—Casi —dijo Rachel, secándose una gota de sudor frío de la sien—. Pero ahora no mira a las sirvientas. Ahora mira a sus amigos.

La Cena de los Lobos

Quedaban diez. Pero la unidad se había roto.

La Villa se había convertido en una olla a presión. Los oficiales ya no hablaban libremente. Se agrupaban en esquinas, susurrando. Había bandos. Los leales a Richter. Los ambiciosos. Los aterrorizados.

Dos días después del interrogatorio, se celebró una cena obligatoria. Richter quería “reforzar la camaradería”. Fue un funeral con vino caro.

Rachel y Ester servían. Se movían como bailarinas en un campo de minas.

En la mesa estaba Grossman. Un hombre obeso, sudoroso, que comía como si temiera que alguien le quitara el plato. Era el intendente. Controlaba la comida, el oro robado, los lujos. A su lado estaba Weber, un hombre flaco, nervioso, con tics faciales, encargado de la seguridad perimetral.

Grossman y Weber se odiaban. Rachel lo sabía. Había escuchado sus discusiones sobre el reparto del botín de los prisioneros húngaros.

Rachel pasó junto a Grossman para servirle más vino. Con un movimiento de ilusionista, deslizó algo en el bolsillo de su chaqueta. Un reloj de oro. Un reloj que Weber había estado buscando toda la mañana, gritando a sus subordinados.

Minutos después, Ester se acercó a Weber.

—¿Más brandy, señor? —preguntó. Y luego, bajando la voz hasta que fue solo un pensamiento en el aire—: El intendente Grossman tiene un reloj muy bonito hoy. Brilla mucho.

Weber se tensó. Sus ojos de roedor se clavaron en Grossman, que reía con la boca llena de grasa.

La cena continuó. La tensión subía con cada copa.

De repente, Weber se levantó. Su silla cayó hacia atrás.

—¡Ladrón! —gritó, señalando a Grossman.

La música del gramófono se detuvo. Los oficiales se quedaron paralizados.

—¿Qué dices, imbécil? —balbuceó Grossman.

—¡Me has robado! ¡Sé que lo tienes!

Weber se abalanzó sobre Grossman. Hubo un forcejeo. Platos rotos. Copas volando. Richter observaba desde la cabecera, impasible, como un emperador romano viendo a los gladiadores.

Weber metió la mano en el bolsillo de Grossman y sacó el reloj.

—¡Lo sabía! —aulló Weber—. ¡Rata judía disfrazada de alemán!

Grossman, rojo de ira y vergüenza, sacó su pistola de servicio.

—¡No me toques!

El disparo fue ensordecedor en la sala cerrada.

La bala no dio a Weber. Dio en el espejo detrás de él. Pero el acto de sacar un arma en presencia de un superior, en una cena oficial, fue el punto de no retorno.

Richter se levantó. Rápido. Letal.

Dos disparos. Bang. Bang.

Grossman cayó sobre la mesa, con la cara en el puré de patatas. Weber cayó hacia atrás, con un agujero en el pecho.

El silencio que siguió fue absoluto. Olía a pólvora y a salsa de carne.

Richter guardó su arma. Se ajustó los puños de la camisa.

—Limpiad esto —dijo, mirando a las gemelas—. Y traed el postre.

Quedaban ocho.

El Peso del Alma

Esa noche, Rachel vomitó.

No había comido nada, así que solo expulsó bilis y agua. Su cuerpo se rebelaba contra la carnicería que ella misma estaba orquestando. Estaban en el lavadero, rodeadas de sábanas manchadas de la sangre de los hombres que acababan de morir.

Ester le sujetaba el pelo.

—No podemos seguir —sollozó Ester—. Nos estamos convirtiendo en ellos.

Rachel se limpió la boca con el dorso de la mano. Sus ojos brillaban febriles.

—No somos ellos. Ellos matan por placer. Ellos matan porque creen que tienen derecho. Nosotras matamos para que el mundo tenga un poco menos de peso.

—¿Y nuestra alma, Rachel? ¿Qué queda de nuestra alma?

—Nuestra alma se quedó en el tren, Ester. Aquí solo queda el instinto.

Se abrazaron. Dos esqueletos temblando en la oscuridad. Afuera, los hornos seguían quemando. El humo dulce y empalagoso se filtraba por las rendijas. Auschwitz no paraba. Y ellas tampoco podían parar.

A la mañana siguiente, la atmósfera en la Villa había cambiado de miedo a terror puro.

Los ocho restantes ya no confiaban ni en su sombra. Richter se había aislado en su despacho. Los otros deambulaban como fantasmas.

Fue entonces cuando Schneider se acercó a ellas.

Schneider era el enlace de comunicaciones. Un hombre joven, con gafas, que nunca debió ser soldado. Estaba allí por conexiones familiares. Era débil. Y estaba aterrorizado.

Encontró a Rachel en el pasillo. La agarró del brazo. Sus manos sudaban.

—Ayúdame —susurró.

Rachel lo miró. Vio a un animal acorralado.

—¿Señor?

—Sé lo que hacéis. No sé cómo, pero lo sé. Hacéis que las cosas pasen.

—No sé de qué habla.

—¡Quiero irme! —siseó él—. Tengo papeles falsos. Tengo un coche preparado. Pero Richter lo sabe todo. Richter lo ve todo. Necesito una distracción.

Rachel calculó las probabilidades. Schneider era el eslabón más débil. Si caía, la estructura se derrumbaría aún más.

—Esta noche —dijo Rachel—. Durante el cambio de guardia de las tres. Habrá… confusión en el ala este.

Schneider asintió, con lágrimas en los ojos.

—Gracias. Gracias.

No sabía que estaba firmando su sentencia.

Rachel fue directamente a ver al ayudante de Richter, un fanático llamado Kleist.

—Señor —dijo con voz temblorosa—, encontré esto en la basura del oficial Schneider.

Le entregó un mapa arrugado con rutas de escape marcadas hacia Suiza.

Kleist sonrió. Una sonrisa de tiburón.

Esa noche, a las tres de la madrugada, Schneider intentó llegar al coche. No hubo confusión en el ala este. Hubo focos. Hubo perros.

Richter y Kleist lo esperaban.

Lo arrastraron de vuelta al patio central de la Villa. Despertaron a los demás. Richter quería una audiencia.

—La traición es una enfermedad —dijo Richter, caminando alrededor de Schneider, que lloraba de rodillas en la nieve—. Y la enfermedad se corta.

Richter no lo mató él mismo. Miró a los otros seis oficiales.

—Demostrad vuestra lealtad.

Fue una ejecución colectiva. Brutal. Caótica. Un rito de sangre para unir a los supervivientes. Pero no los unió. Los rompió por dentro. Al disparar a uno de los suyos, mataron lo último que les quedaba de humanidad: la confianza en el camarada.

Schneider quedó en la nieve, un guiñapo irreconocible.

Quedaban siete.

Rachel y Ester miraban desde la ventana del ático. No lloraban. Ya no tenían lágrimas.

—Siete —contó Ester—. El número de Dios.

—Aquí no hay Dios —dijo Rachel—. Solo matemáticas.

La Locura de Kleist

Kleist, el delator, el fanático, se sentía poderoso. Creía ser la mano derecha de Richter. Pero la sangre de Schneider lo había manchado.

Empezó a ver cosas.

Rachel se encargó de eso. Pequeños detalles. Colocaba objetos de Schneider en la habitación de Kleist. Sus gafas rotas sobre la almohada. Una carta a su madre en el bolsillo de su abrigo.

Kleist empezó a gritar por las noches. Decía que Schneider estaba en su habitación. Decía que el traidor le susurraba desde los rincones.

Auschwitz es un lugar donde la frontera entre la vida y la muerte es delgada. La locura es el estado natural.

Tres días después de la ejecución, Kleist bajó al desayuno con el uniforme desabrochado. Tenía los ojos desorbitados.

—¡Está aquí! —gritó, señalando una silla vacía—. ¡Se está riendo de mí!

Los otros seis oficiales lo miraron con horror y asco. La debilidad era contagiosa.

Richter dejó su taza de café con suavidad.

—Kleist, siéntate.

—¡No! ¡Vosotros no lo veis! ¡Las gemelas lo han traído de vuelta!

Todos miraron a Rachel y Ester, que estaban paradas junto a la pared, inmóviles como estatuas.

—Son brujas —escupió Kleist, sacando un cuchillo de mesa—. Hay que sacarles los ojos. Si no ven, no pueden traernos a los muertos.

Se lanzó hacia Ester.

Fue rápido. Caótico.

Kleist se abalanzó sobre Ester. Rachel se interpuso, recibiendo un corte profundo en el antebrazo. La sangre brotó, roja y brillante sobre su vestido gris.

Pero Kleist no llegó a dar el segundo golpe.

Müller, otro oficial que había estado al borde del colapso nervioso, reaccionó por puro instinto de supervivencia. Si Kleist empezaba a matar sirvientes, Richter se enfadaría. Si Richter se enfadaba, todos sufrirían.

Müller rompió una botella de vino pesado sobre la cabeza de Kleist.

Kleist cayó. Pero no se levantó. El vidrio había cortado la arteria del cuello.

La sangre de un ario puro se mezcló con la sangre judía de Rachel en el suelo de madera pulida.

Kleist murió pataleando, ahogándose en su propia locura.

Quedaban seis.

Ester se arrodilló junto a su hermana, presionando un trapo sucio sobre la herida.

—Rachel, Rachel… —lloraba.

Richter se acercó. Miró el cuerpo de Kleist. Miró la herida de Rachel.

—Sacad el cuerpo —ordenó a los guardias—. Y curad a la chica.

Miró a los cinco oficiales restantes. Estaban pálidos, temblando. Eran hombres que habían enviado a miles a la muerte, pero no podían soportar ver morir a uno de los suyos en la mesa del desayuno.

—Se está acabando —dijo Richter, más para sí mismo que para los demás.

La Tormenta Perfecta

La herida de Rachel se infectó. La fiebre llegó esa misma noche.

Estaba tumbada en el catre, delirando. Sudaba y temblaba. Ester estaba desesperada. Sin Rachel, ella era solo una mitad. Sin la mente de Rachel, el plan se desmoronaría.

—Mamá… —murmuraba Rachel en su delirio—. El tren… el humo…

Ester salió de la habitación. Tenía que conseguir medicinas. Aspirina. Sulfamidas. Lo que fuera.

Se coló en la enfermería de la Villa. Estaba vacía. Buscó en los armarios con manos frenéticas.

—¿Buscas esto?

La voz la paralizó.

Era el Doctor. Uno de los seis restantes. Un hombre frío, académico, que realizaba “experimentos” en el bloque 10. Estaba sentado en la oscuridad, sosteniendo un frasco de pastillas.

Ester se giró lentamente.

—Mi hermana… se muere.

—Todos mueren aquí —dijo el Doctor—. Es la única certeza. ¿Por qué debería desperdiciar medicina del Reich en una prisionera?

Ester pensó rápido. No podía usar el miedo. El Doctor era demasiado racional para los fantasmas. Tenía que usar la codicia.

—Porque si ella muere, el juego termina.

El Doctor ladeó la cabeza.

—¿El juego?

—Usted es un hombre de ciencia, Herr Doktor. Usted observa. Ha visto cómo caen. Vogel, Kramer, Hoffman, Grossman, Weber, Schneider, Kleist. Siete hombres.

—¿Y?

—Y usted sabe que Richter es el siguiente. O quizás es usted.

El Doctor se levantó.

—¿Me estás amenazando?

—Le estoy ofreciendo una alianza. Richter está perdiendo el control. Cuando caiga, habrá un vacío de poder. Usted podría llenarlo. Pero necesita saber… necesita saber cómo funciona la maldición.

—¿Y tu hermana lo sabe?

—Mi hermana es la maldición —mintió Ester—. Si ella muere, la energía se libera de golpe. Matará a todos en esta casa. Incluido a usted.

El Doctor dudó. La ciencia nazi estaba llena de esoterismo y locura. Creían en el poder de la sangre, en runas antiguas. La duda era suficiente.

Le lanzó el frasco.

—Si no mejora para mañana, la diseccionaré yo mismo.

Ester corrió de vuelta a la habitación. Le dio las pastillas a Rachel. Pasó la noche rezando en un idioma que había olvidado, a un Dios que no escuchaba.

Pero al amanecer, la fiebre bajó. Rachel abrió los ojos. Estaban débiles, pero claros.

—¿Qué has hecho? —preguntó.

—He comprado tiempo —dijo Ester—. Pero el precio es alto. El Doctor espera resultados.

—Entonces démosle resultados.

El Final del Acto Segundo

Dos días después, el Doctor murió.

No fue magia. Fue arrogancia. Convencido por las palabras de Ester de que Richter estaba débil, intentó hacer una jugada política. Envió un informe a Berlín acusando a Richter de incompetencia y caos.

Pero Richter interceptó el mensaje. Controlaba las comunicaciones desde la muerte de Schneider.

Richter convocó a todos en el salón principal.

—Tengo una noticia triste —dijo Richter, sosteniendo el informe interceptado—. El buen Doctor ha decidido solicitar un traslado… al frente ruso.

El Doctor palideció. El frente ruso era una sentencia de muerte segura. Peor que Auschwitz.

—Pero antes de irse —continuó Richter—, debe pagar por su falta de fe.

Sacó su pistola. Esta vez no hubo discurso. Solo un disparo limpio a la cabeza. El Doctor cayó sobre la alfombra persa.

Quedaban cinco.

Pero entonces, algo ocurrió. Algo externo.

Un sonido lejano. Un zumbido profundo, como truenos, pero rítmico.

Bum… Bum… Bum…

Las ventanas vibraron.

Richter miró hacia el techo. Los otros cuatro oficiales miraron hacia el cielo.

—Bombarderos —susurró uno.

No eran alemanes.

El frente se acercaba. Los rusos venían por el este. Los americanos por el oeste. El tiempo se acababa. El Reich de los mil años se estaba quemando.

Richter bajó la mirada y la clavó en Rachel y Ester, que estaban recogiendo los restos de la cena. Su mirada había cambiado. Ya no era la mirada de un cazador. Era la mirada de un animal herido que sabe que va a morir y quiere llevarse todo lo que pueda con él.

—Limpiad esto —dijo Richter con voz ronca—. Y luego preparad vuestras cosas.

—¿Señor? —preguntó Ester.

—Nos vamos. Evacuación. Pero no todos. Solo los necesarios.

Caminó hacia ellas hasta que estuvo tan cerca que podían ver los poros de su piel.

—Vosotras venís conmigo. No voy a dejar que los rusos encuentren mis juguetes. Vamos a terminar este juego en el bosque. Donde nadie pueda oír los gritos.

Se dio la vuelta y salió.

Rachel y Ester se quedaron solas en el gran salón, con el cadáver del Doctor enfriándose en el suelo y el sonido de las bombas aliadas acercándose en la distancia.

—El bosque —dijo Ester, aterrorizada—. Nos va a matar allí.

Rachel miró el cuerpo del Doctor. Luego miró por la ventana, hacia la oscuridad del bosque de abedules que rodeaba el campo.

—No si nosotras cazamos primero —dijo Rachel.

Se agachó junto al cadáver del Doctor. Buscó en sus bolsillos. Encontró un bisturí quirúrgico, pequeño, afilado como un diamante, que el médico siempre llevaba consigo.

Rachel lo tomó. Se lo deslizó en la manga. El metal frío contra su piel ardiente.

—Quedan cinco —dijo Rachel—. Y el bosque es nuestro territorio, Ester. Allí no hay rangos. Solo hay sombras.

La sirena de ataque aéreo comenzó a aullar. Una nota larga, disonante, que anunciaba el fin del mundo tal y como lo conocían.

El vals de las sombras había terminado. Ahora comenzaba la cacería final.

PARTE 3: LA NIEVE ROJA
El Éxodo del Caos

Auschwitz ardía a sus espaldas.

No era un fuego metafórico. Las SS estaban quemando los registros. Montañas de papel, listas de nombres, órdenes de ejecución… todo se convertía en humo negro que subía hacia un cielo teñido de rojo por la artillería soviética en el horizonte.

El caos era total. Gritos. Ladridos. El sonido de motores ahogándose en el frío. Miles de prisioneros eran empujados hacia la carretera principal para comenzar lo que la historia llamaría la “Marcha de la Muerte”. Pero Richter no caminaba con la masa.

Richter tenía un camión semioruga. Un vehículo robado a la Wehrmacht. Dentro iban él, los cuatro oficiales restantes (Schulze, Werner, Bauer y Hantz) y, en el suelo de metal helado, Rachel y Ester.

El vehículo rugía a través de la nieve profunda, alejándose de la carretera principal, adentrándose en los bosques densos de Polonia. Richter buscaba una ruta de escape privada. No iba a rendirse a los rusos. No iba a mezclarse con la “basura”.

Rachel apretó el bisturí contra su muñeca, oculta en la manga. El metal se había calentado con su cuerpo. Era la única cosa caliente en ese mundo.

—¿A dónde vamos? —preguntó Bauer. Era el más joven de los que quedaban. Lloraba en silencio.

—Al oeste —dijo Richter, conduciendo con una mano, fumando con la otra. Su calma era psicótica—. Cruzaremos el bosque. Encontraremos a los americanos. Son pragmáticos. Necesitarán hombres con experiencia contra los comunistas.

—No llegaremos —sollozó Bauer—. La nieve…

—Cállate —ordenó Richter.

El camión dio un bandazo. Golpeó una raíz oculta bajo la nieve. El motor tosió, rugió una vez más y murió.

Silencio.

Solo el viento aullando entre los pinos negros.

Richter intentó arrancarlo. Nada. Golpeó el volante. Se giró hacia sus hombres. Sus ojos brillaban en la oscuridad de la cabina.

—A pie.

—¡Es un suicidio! —gritó Hantz—. ¡Estamos a veinte grados bajo cero!

—Quedarse aquí es un suicidio —dijo Richter, bajando del camión. Sacó su Luger—. Y yo decido cómo morimos.

Todos bajaron. La nieve les llegaba a las rodillas. Rachel y Ester se mantuvieron juntas, tiritando con sus vestidos finos y abrigos robados que les quedaban grandes.

Richter miró a los cuatro oficiales y luego a las gemelas.

—Vosotras delante —ordenó—. Si hay minas, las encontraréis primero.

La Selección Natural

Caminaron durante horas. El bosque era un laberinto de troncos blancos y sombras azules. El frío no era solo temperatura; era dolor físico. Cada respiración quemaba los pulmones.

Bauer fue el primero en caer. Simplemente se sentó en la nieve.

—No puedo más —susurró. Se estaba quedando dormido. La hipotermia dulce.

Richter se detuvo. Lo miró con desprecio.

—Levántate.

—Déjame aquí.

Richter no discutió. Le disparó en la cabeza. El sonido fue amortiguado por la nieve. El cuerpo de Bauer cayó hacia un lado, una mancha oscura en la perfección blanca.

—Quedan cuatro —contó Rachel en voz baja.

Siguieron caminando. El miedo mantenía a los demás en movimiento. Werner, un hombre gordo que jadeaba como una locomotora, empezó a rezagarse.

—Esperad… esperad… —suplicaba.

Nadie esperó. Werner se quedó atrás, tragado por la oscuridad y los lobos que, sin duda, ya los estaban rastreando.

Quedaban tres: Richter, Schulze (el más leal y brutal) y Hantz.

Rachel miró a Ester. Ester estaba pálida, sus labios azules. No aguantaría mucho más. Tenían que actuar.

El bosque se abrió en un claro pequeño. La luna llena iluminaba la nieve, haciendo que brillara como polvo de diamantes.

—Alto —dijo Richter.

Se giró hacia las gemelas.

—Hasta aquí —dijo.

—¿Señor? —preguntó Schulze, confundido.

—No podemos llevarlas —dijo Richter—. Nos retrasan. Y dejan huellas.

Levantó el arma. Apuntó a la frente de Rachel.

—Fue un juego interesante, niñas. Casi me convencéis de que teníais poderes. Pero al final, la física gana. Una bala viaja más rápido que una maldición.

Rachel no cerró los ojos. Apretó el bisturí en su manga. Estaba demasiado lejos. Tres metros. Si se movía, moriría.

—Míreme a los ojos, Richter —dijo Rachel. No Herr Oberst. Solo Richter.

Él sonrió.

—Te estoy mirando.

—No. Mire detrás de usted.

Richter no cayó en el truco. No se giró.

Pero Hantz sí.

Hantz, consumido por el terror, por las historias de fantasmas, por la culpa, vio una sombra moverse entre los árboles. Quizás fue un ciervo. Quizás fue el viento. Pero su mente rota vio a los muertos. A Vogel. A Hoffman.

—¡Están aquí! —gritó Hantz, disparando su ametralladora hacia los árboles.

El ruido fue ensordecedor. Richter se giró por instinto para reprender a Hantz.

—¡Idiota!

Fue el segundo que Rachel necesitaba.

—¡Corre! —gritó.

Rachel empujó a Ester hacia la espesura de la derecha. Ella se lanzó hacia la izquierda, detrás de un tronco caído.

Richter disparó. La bala levantó una nube de nieve donde había estado la cabeza de Rachel un segundo antes.

—¡Matadlas! —rugió Richter—. ¡Cazadlas!

El grupo se separó. Richter fue tras Rachel. Schulze fue tras Ester. Hantz se quedó en el claro, recargando, disparando a las sombras, llorando.

La Sangre en la Nieve

Ester corría. No sentía los pies. Las ramas le golpeaban la cara, cortándole la piel, pero no sentía dolor. Solo sentía el aliento de Schulze detrás de ella.

Schulze era rápido. Era un cazador. Disfrutaba esto.

Ester tropezó con una raíz y cayó de bruces en la nieve.

Schulze se le echó encima. No usó su arma. Quería hacerlo con las manos. Quería sentir cómo se apagaba la vida. La agarró por el cuello, hundiéndola en la nieve.

—¡Zorra judía! —gruñía—. ¡Te voy a romper el cuello!

Ester pataleaba, arañaba su cara, pero él era demasiado fuerte. La visión de Ester se llenó de puntos negros. El aire se acababa.

Entonces, Schulze gritó.

Un grito gorgoteante, húmedo.

Su agarre se aflojó. Sus ojos se abrieron con sorpresa. Cayó hacia un lado, rodando sobre la nieve.

Detrás de él estaba Hantz.

Hantz sostenía su cuchillo de combate, manchado de sangre. Había apuñalado a su compañero por la espalda.

Ester tosió, aspirando aire helado. Miró a Hantz con terror.

—¿Por qué? —jadeó.

Hantz temblaba. Miraba sus manos manchadas de la sangre de un ario.

—La lista… —murmuró Hantz, con los ojos desorbitados—. Si mato al último… si lo mato yo… tal vez la lista se detenga. Tal vez me perdonéis.

Había perdido la razón completamente. Creía que Ester era el ángel de la muerte y que debía ofrecerle un sacrificio.

Ester se levantó lentamente.

—La lista no perdona, Hantz —dijo ella, con voz de ultratumba—. Pero termina hoy.

Hantz asintió frenéticamente.

—Sí… sí… termina.

Se puso la pistola en la sien.

—¡No! —gritó Ester.

El disparo resonó en el bosque. Hantz cayó muerto junto a Schulze.

Quedaba uno.

Ester recogió la pistola de Schulze de la nieve. Pesaba toneladas. Sus manos eran pequeñas, congeladas. Pero la sostuvo.

—Rachel… —susurró. Y corrió hacia donde había ido su hermana.

El Duelo Final

Rachel no corría. Se escondía.

Se había fundido con un gran roble caído. Su vestido gris se confundía con la corteza y la nieve sucia. Respiraba superficialmente para que el vapor no la delatara.

Richter caminaba despacio. No tenía prisa. Sabía rastrear.

—Sé que estás ahí, Rachel —dijo. Su voz era tranquila, conversacional—. Veo tus huellas. Veo el patrón. Eres lista. Pero eres una niña. Yo he cazado partisanos en los Cárpatos. He matado hombres con mis propias manos en las trincheras del 14.

Se detuvo a pocos metros del tronco.

—Sal. Te prometo que será rápido. Un disparo. Limpio. Es mejor que congelarse.

Rachel apretó el bisturí. Su mano estaba entumecida. Sabía que no podía ganar una pelea de fuerza. Tenía que ser trampa.

Cogió una piedra del suelo y la lanzó lejos, hacia unos arbustos a su izquierda.

El ruido fue nítido. Cras.

Richter giró el arma y disparó dos veces hacia el arbusto.

Rachel salió de su escondite. Se abalanzó sobre él.

Fue un movimiento de desesperación pura. Un salto felino.

Richter, veterano y rápido, la vio por el rabillo del ojo. Se giró y la golpeó con el cañón de la pistola en la cara.

Rachel cayó hacia atrás, la sangre brotando de su nariz rota. El mundo le dio vueltas.

Richter se colocó sobre ella, apuntando a su corazón.

—Buen intento —dijo, jadeando ligeramente—. Valiente. Estúpido.

Rachel escupió sangre. Sonrió. Sus dientes estaban rojos.

—No estoy sola.

—¿Tu hermana? Schulze ya la habrá destripado. Estáis so…

Clic.

El sonido metálico de un percutor montándose detrás de su cabeza.

Richter se congeló.

—Suelta el arma —dijo la voz de Ester. Temblaba, pero era firme.

Richter soltó una risa suave. No soltó el arma.

—No tienes el valor, niña. Nunca has disparado un arma. El seguro probablemente está puesto.

—Pruébame —dijo Ester.

Richter calculó las probabilidades. Podía girarse y disparar antes de que ella apretara el gatillo. Era un riesgo del 50%.

—Bien —dijo Richter—. Hablemos.

Se levantó lentamente, manteniendo las manos en alto, pero sin soltar su pistola. Se giró hacia Ester.

Ester sostenía la Luger de Schulze con ambas manos, apuntando al pecho de Richter. Estaba a cinco metros. Lloraba en silencio, pero sus ojos estaban fijos.

—Baja el arma, Ester —dijo Richter con voz seductora—. Podemos irnos. Tengo oro en el camión. Podemos comprar nuestra libertad en Suiza. Vosotras y yo. Supervivientes. La raza superior no es la aria, Ester. Es la que sobrevive. Vosotras sois como yo.

Ester vaciló. Un milímetro.

Richter vio la duda. Atacó.

Bajó la mano y disparó.

¡Bang!

Ester gritó y cayó al suelo, agarrándose el hombro. La bala la había rozado, derribándola por el impacto.

Richter sonrió triunfante. Se acercó a ella para rematarla.

—Se acabó.

Olvidó a Rachel.

Rachel, aturdida, con la cara rota, se levantó de la nieve. No sentía dolor. Sentía odio. Un odio puro, blanco, incandescente.

Se lanzó a la espalda de Richter.

No lo golpeó. Se aferró a él como una bestia. Pasó el brazo izquierdo alrededor de su cuello y con la mano derecha, clavó el bisturí.

No fue un corte quirúrgico. Fue salvaje. Clavó la pequeña hoja de acero en el lado del cuello de Richter y tiró con todas sus fuerzas.

La yugular se abrió.

Fue como abrir un grifo a presión. Sangre caliente, negra en la noche, roció la cara de Rachel, cegándola.

Richter gorgoteó. Soltó el arma. Se llevó las manos al cuello, tratando inútilmente de contener la marea roja.

Cayó de rodillas. Luego de cara a la nieve.

Rachel cayó a su lado, jadeando, cubierta de la sangre del monstruo.

Richter se retorció unos segundos. Sus ojos grises miraron a Rachel una última vez. No había miedo. Había sorpresa. Y luego, nada. El brillo se apagó.

El hombre que creía ser un dios murió ahogado en su propia biología, bajo los abedules silenciosos de Polonia.

La nieve, blanca e inmaculada, bebía con avidez.

El Silencio Blanco

El silencio volvió al bosque. Más profundo que antes.

Rachel se arrastró hacia Ester.

—¿Estás viva? —preguntó, su voz rota.

Ester gimió. Se sentó, presionando su hombro. La sangre manchaba su abrigo, pero movía el brazo.

—Estoy viva —dijo Ester. Miró el cuerpo de Richter. —¿Está…?

—Terminado —dijo Rachel.

Se quedaron sentadas en la nieve, dos manchas grises en un mundo blanco, junto al cadáver del hombre que había matado a miles.

A lo lejos, las explosiones de la artillería rusa se acercaban. El frente estaba llegando. La liberación.

Pero ellas no sentían alegría.

Rachel miró sus manos. Estaban rojas. Intentó limpiarlas con nieve, pero la sangre no se iba. Se había metido en los poros, en las huellas dactilares.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Ester.

Rachel se levantó con dificultad. Ayudó a su hermana a ponerse en pie.

—Caminamos.

—¿Hacia dónde?

Rachel miró hacia el este, donde el cielo ardía. Luego miró hacia el oeste, hacia la oscuridad.

—Hacia ningún lado —dijo Rachel—. Auschwitz no tiene salida, Ester. Llevamos las vallas dentro.

Empezaron a caminar. Lejos del camión. Lejos de los cuerpos. Lejos de la historia.

Caminaron hacia la espesura, adentrándose en la tormenta de nieve que empezaba a caer de nuevo, borrando sus huellas, borrando la sangre, borrando la evidencia de que alguna vez existieron.

Se convirtieron en siluetas. Luego en sombras. Luego en nada.

EPÍLOGO: EL ARCHIVO FANTASMA
Berlín, 1994. Sótano del Archivo Federal.

El historiador se quitó las gafas y se frotó los ojos cansados. El neón parpadeaba sobre su cabeza.

Frente a él, sobre la mesa metálica, estaba la carpeta. Vieja, amarillenta, con el sello de “Clasificado” tachado hace décadas.

Había pasado diez años rastreando la unidad especial de las SS comandada por el Oberst Richter. Oficialmente, todos murieron en combate contra los soviéticos en enero del 44. Héroes del Reich, según los papeles de la época.

Pero las autopsias, desenterradas recientemente de una fosa común en Polonia, contaban otra historia.

Uno con fallo cardíaco inducido por estrés extremo. Uno congelado. Uno suicidado. Dos asesinados entre ellos. Y Richter… Richter tenía un corte en el cuello que ningún arma militar podía haber hecho. Parecía hecho con una hoja de afeitar. O un bisturí.

No había registros de partisanos en esa zona específica esa noche. No había tropas aliadas.

Solo había una anomalía en el inventario del campo de Auschwitz de esa semana.

El historiador pasó la página.

Una nota a pie de página en el registro de la “Villa”.

Faltan dos uniformes de servicio doméstico. Faltan dos unidades de la lista de transporte. Nombres: Desconocidos. Descripción: Gemelas. Asignación: Mantenimiento.

El historiador miró la foto adjunta al expediente de Richter. Era una foto de grupo, tomada en el verano del 43. Los Trece oficiales, sonriendo, arrogantes, invencibles.

En el fondo de la foto, desenfocadas, casi invisibles en la esquina del encuadre, había dos figuras femeninas sirviendo vino. Tenían la cabeza baja. El pelo oscuro. Eran idénticas.

El historiador cogió una lupa.

Acercó la lente a la cara de una de las chicas. A pesar del grano de la foto, a pesar de los años, a pesar de la borrosidad, se podía ver algo.

No miraba al vino. Miraba a la cámara.

Y no había miedo en sus ojos. Había una promesa.

El historiador sintió un escalofrío recorrer su espalda. Cerró la carpeta. Apagó la luz.

Hay historias que no quieren ser contadas. Hay justicias que no necesitan tribunales.

Salió del archivo, dejando la carpeta en la oscuridad, donde pertenecía.

En algún lugar del mundo, o quizás en ningún lugar, la nieve seguía cayendo sobre dos pares de huellas que nunca terminaban.

FIN.

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