ACTO I: El Golpe en la Tormenta
La Nieve no era Inocente.
La nieve caía implacable sobre las Montañas Rocosas de Montana, EE. UU. No era una nevada invernal común. Era un monstruo blanco. El viento aullaba como un animal herido. Sacudía la pequeña cabaña de madera donde vivían Mateo y Elena.
Mateo, 78 años, mexicano. Rostro curtido por el sol de la labranza. Ajustó la leña en la chimenea. Sus manos, callosas y fuertes, temblaban ligeramente. No era frío. Era preocupación.
“Se está poniendo feo ahí afuera, vieja,” dijo en español.
Elena, sonrisa dulce, trenzas canosas. Preparaba champurrado. Canela y confort perfumaban la casa. Miró por la ventana empañada. “Dios proteja a quien esté en la carretera esta noche, Mateo. Nadie debería estar ahí fuera.”
Vivían aislados. Buscaban la paz de sus últimos años. Orgullosos inmigrantes en una tierra helada.
El Grito Ahogado.
De repente, un sonido extraño cortó el aullido del viento.
No fue una rama. No fue una puerta.
Fue un golpe sordo. Mecánico. Instantes después: un grito ahogado por la nieve.
Mateo frunció el ceño. Agarró su pesada linterna. “Voy a echar un vistazo.”
“Ten cuidado, hombre,” advirtió Elena. Apretó el chal con fuerza.
Abrió la puerta. El viento helado invadió la sala. Casi apagó el fuego.
A unos 50 metros, en la carretera olvidada, vio una silueta oscura. Un sedán negro de lujo. Se había salido. Enterrado en un banco de nieve.
Pero lo que aceleró el corazón de Mateo fue la figura que corría hacia la cabaña. Se hundía hasta las rodillas.
Era un hombre joven. Negro. Vestido con un abrigo elegante. Un abrigo inútil contra aquel frío.
Agitaba los brazos. “Help, please!” gritó. Su voz ronca. Pánico puro. “Mi esposa, mi bebé. El coche se averió. La calefacción se detuvo.”
Mateo no dudó. A pesar de la edad. A pesar de sus rodillas doloridas.
“¡Venga! ¡Ven!” gritó, haciéndole señas para que entrara.
El hombre, Marcus, llegó al porche. Temblaba incontrolablemente. Sus labios morados.
“No puedo entrar. Ellas están allí. Mi esposa Sara. Nuestra hija solo tiene tres meses.”
Elena ya estaba en la puerta. Sostenía gruesas mantas de lana. Escuchó: tres meses. Sus ojos se abrieron de par en par.
“Mateo, ve. Tráelos. Ahora,” ordenó con la autoridad de una madre.
El Paquete Congelado.
Mateo y Marcus regresaron a la tormenta. El viento cortaba como un cuchillo.
Encontraron a Sara en el asiento trasero. Encogida. Sobre la silla del bebé. Usando su propio cuerpo para proteger a la niña.
“Vamos, mija. Tenemos que salir,” dijo Mateo suavemente. Extendió la mano.
El regreso fue una batalla. Marcus sostenía a Sara, débil. Mateo cargaba el pequeño paquete. El bebé. Lo protegió contra su pecho con su chaqueta de lona.
Cuando finalmente entraron. Cerraron la puerta. El silencio fue ensordecedor. El calor y el olor a canela los envolvieron.
Elena entró en acción. Tomó al bebé. Delicadeza infinita. La niña estaba muy callada. Mala señal.
“¿Está respirando?” Preguntó Marcus. Lágrimas congeladas en el rostro.
Elena acercó el oído al diminuto pecho. Frotó la espalda de la niña.
Segundos angustiosos.
Entonces: un llanto fuerte, agudo. Resonó por la sala de madera.
“Sí,” sonrió Elena. Ojos llorosos. “Tiene pulmones fuertes. Está bien.”
El alivio era palpable. Marcus abrazó a Sara. Ella empezaba a recuperar el color.
Mateo puso más leña. Agotamiento. Deber cumplido.
Pero afuera la tormenta empeoraba. La electricidad parpadeó. Se apagó. Aislados. Sin teléfono. Solo la chimenea. Una familia de desconocidos. Un misterio en el aire.
“Están a salvo por ahora,” dijo Mateo. Sirvió champurrado. “Pero parece que seremos compañeros de casa por un tiempo.”
Marcus sostuvo la taza. Miró a los ancianos.
“No sé cómo agradecerles. Ustedes no tienen idea de quiénes somos o de qué estábamos huyendo, ¿verdad?”
Mateo y Elena se miraron. No les importaba. Eran solo almas necesitando calor.
ACTO II: Dinero vs. Leña
El CEO Inútil.
La noche avanzó. La tormenta se transformó en un monstruo rugiente. El viento golpeaba las paredes. La estructura gemía.
Dentro, Marcus, ahora con ropa de franela prestada, caminaba de un lado a otro. Revisaba el celular. “Sin servicio.”
“No sirve de nada, hijo,” dijo Mateo. Tallaba madera con su navaja. “Aquí arriba la única conexión que tenemos ahora es unos con otros.”
Sara, en el sofá. El bebé, Maya, durmiendo.
“Estamos atrapados, Sara,” replicó Marcus. Miedo disfrazado de frustración. “¿Sabes lo que pasa si desaparezco? Las acciones, la prensa, la seguridad.”
Elena se giró. Revolvía una olla. “El mundo de afuera puede esperar, señor Marcus. A la tormenta no le importan las acciones.”
Entonces, el primer obstáculo. Un fuerte estruendo. Madera crujiendo. La ventana de la despensa había cedido. Aire gélido entraba con violencia. Nieve.
“¡Necesito madera y clavos!” gritó Mateo. Agarró la linterna. Intentó empujar una tabla. El vendaval era descomunal para sus brazos de 78 años.
“Déjeme ayudar.” Marcus avanzó. Joven. Fuerte. Nunca hizo trabajo rudo.
Sostuvo la tabla. Mateo buscó el martillo. Por un momento, dos hombres de mundos opuestos trabajaron en sincronía. El multimillonario, astillas en sus manos suaves. El agricultor jubilado, martillando con precisión. Sellaron la ventana. El aullido disminuyó.
Volvieron a la sala. Elena servía frijoles negros, arroz y tortillas.
“Coman,” dijo ella. “No es caviar, pero les mantendrá el cuerpo caliente.”
Marcus dio el primer bocado. Sencillo. Casero. El mejor sabor de su vida.
El Dilema del Atole.
Mientras comían, el bebé empezó a llorar. Hambre.
Sara tanteó los bolsillos. Su rostro palideció. “La bolsa de suministros se quedó en el coche.”
“No tengo suficiente leche ahora,” lloró. “Y ella solo toma una fórmula específica.”
Marcus se levantó inmediatamente. “Yo iré a buscarla. El coche no está lejos.”
“No.” Mateo fue firme. Voz ronca. “Afuera hace 30 grados bajo cero. Te perderás y morirás en 5 minutos. El coche ya debe estar cubierto por un metro de nieve.”
“Pero mi hija va a pasar hambre,” Marcus estaba desesperado. La impotencia. El dinero no podía resolver esto.
Elena fue al armario. Tranquila. Harina de maíz. Leche en polvo. Canela.
“Voy a hacer un atole muy ralo. Mi madre crió a seis hijos con esto en el rancho. Para alimentar a la niña.”
Marcus miró la mezcla. Dudas. Miedo a la modernidad.
“¿Esto es seguro?”
“Es amor y maíz, muchacho,” dijo Mateo sonriendo. “Crió generaciones de mexicanos fuertes. Mírame.”
Marcus se sentó junto a Mateo. La adrenalina había pasado. Solo quedaba la realidad.
“Soy el CEO de Vanguard Motors,” confesó. Miró las llamas. “Tengo miles de millones. Seguridad. Chóferes. Y aquí no puedo ni buscar leche para mi hija. Me siento inútil.”
Mateo colocó su mano callosa en el hombro del muchacho.
“El dinero es una buena herramienta para los días de sol, hijo. Pero en los días de tormenta lo que vale es lo que tienes en el corazón y en las manos. Sostuviste aquella tabla. Protegiste a tu familia. No eres inútil. Solo estás descubriendo que eres humano.”
ACTO III: La Cuerda Guía
El Último Tronco.
Aquella noche, el bebé tomó el atole y durmió. Pero Mateo no durmió.
Miraba las vigas del techo. Preocupado.
La leña se acababa más rápido. El cobertizo principal estaba a 30 metros. Si la tormenta no paraba, el frío invadiría la casa. El fuego, su única vida, se apagaría.
La mañana llegó. No había sol. Solo un borrón gris y blanco. El frío mordía la piel.
El último tronco crepitaba. Débilmente. Transformándose en brasas moribundas.
Mateo tosió. Un sonido seco. Se levantó, apoyándose. “La leña se acabó aquí dentro.” Masculló. Su aliento formaba nubes. “Tengo que ir al cobertizo.”
Elena sostuvo su brazo. Puro terror. “Mateo, no puedes. Tu pierna está entumecida. Tus pulmones se congelarán.”
“Si no voy, todos nos congelamos, Elena.” Sus manos temblaban al cerrar la cremallera de su gastada chaqueta.
Marcus observó. Miró al anciano. Su fuerza de voluntad mayor que su cuerpo frágil. Luego miró sus propias manos. Manos que firmaban contratos de millones. Se levantó.
“Usted no va,” dijo Marcus con voz firme. El miedo se revolvía en su estómago. “Yo iré.”
Mateo se detuvo. Midió la determinación en los ojos del joven CEO. Finalmente asintió. Le entregó los guantes de cuero grueso.
“Siga la cuerda atada al porche. No la suelte por nada. Agarre todo lo que pueda y vuelva. No pare.”
El Secreto de la Cabaña.
Marcus se vistió. Abrió la puerta. La violencia de la tormenta lo golpeó. Un puñetazo físico.
Agarró la cuerda guía. Una gruesa cuerda de tender. Se sumergió en la blancura.
El mundo desapareció. Torbellino blanco. Quemaba los ojos.
Avanzaba ciego. Tirando de sí mismo. Por Maya. Por Sara. Su mantra mental. El frío penetraba hasta sus huesos. Sus dedos perdían la sensibilidad.
Su mano golpeó la madera áspera. El cobertizo. Alivio.
Empezó a apilar leña. Ignorando las astillas. El peso.
Fue entonces cuando derribó una pequeña caja de metal oxidada. Papeles se esparcieron. Marcus se agachó.
Sus ojos se fijaron en el encabezado de una carta oficial. Fechada dos semanas antes.
Las palabras: AVISO FINAL y SUBASTA DE PROPIEDAD estaban estampadas en rojo.
El valor de la deuda. Irrisorio. Menos de lo que gastaba en un fin de semana. Pero para aquella pareja era el costo de perderlo todo.
Se metió la carta en el bolsillo. El peso del papel era mayor que la leña.
Aquella pareja que había compartido su último calor. Estaban a punto de ser desalojados. La ironía era amarga.
La Luz de la Olla.
El viaje de regreso fue peor. El viento lo empujaba. La leña pesaba una tonelada.
Resbaló. Soltó la cuerda. Pánico. Estaba perdido. A solo unos metros de la seguridad. Desorientado en la blancura.
Oyó un grito ahogado. No por el viento. Por el alma.
Una luz amarilla parpadeó a su izquierda. Elena. En la ventana. Golpeando una olla de metal contra el cristal. Un sonido rítmico que cortaba el aullido.
Él siguió el sonido. La luz. Se arrastró. Cayó en el porche.
La puerta se abrió. Mateo lo arrastró hacia adentro.
Marcus soltó la leña. Jadeando. El rostro quemado por el hielo. Lágrimas congeladas.
“¡Lo lograste, muchacho!” Mateo rió. Tosiendo. Dando palmadas a Marcus. “Tiene sangre caliente.”
El fuego volvió a rugir. La vida regresó a la sala.
Marcus tocaba el papel en su bolsillo. La dinámica había cambiado. Antes, en deuda por su vida. Ahora, con el poder de cambiar el destino de ellos.
Pero un nuevo problema. Mateo se sentó pesadamente. Color grisáceo. Mano al pecho. Cerró los ojos con fuerza.
“Mateo.” Elena soltó la cuchara.
“Es solo el cansancio, vieja,” susurró él. Pero su voz se estaba apagando.
El esfuerzo. El frío extremo. Cobrando el precio de un corazón cansado. Marcus se dio cuenta. La tormenta exterior ya no era el único enemigo. Si la carretera no se despejaba pronto, el hombre que había salvado a su familia podría no sobrevivir.
Y el secreto de la carta quemaba.
ACTO IV: El Pulso Roto
La Decisión del CEO.
El susto por la salud de Mateo cambió todo. La roca inquebrantable, ahora frágil. Mateo yacía. Cubierto por mantas. Respiraba con dificultad.
Marcus sintió que la impotencia desaparecía. Reemplazada por una determinación fría. Ya no era el CEO perdido. Era el hombre responsable de mantener ese fuego encendido y a esas personas vivas.
“Elena,” dijo Marcus. Voz suave, firme. “Déjeme encargarme de la leña y de sellar las ventanas. Quédese con Mateo. Usted también necesita descansar.”
Ella lo miró sorprendida. Asintió con gratitud. “Gracias, hijo.”
Marcus trabajó. Manos sucias de hollín. Cortes pequeños. Orgullo extraño. Estaba protegiendo a su familia y a sus salvadores.
Sara se sentó con Elena. Susurraban.
“Nunca paró un día en su vida,” confió Elena. “Todo para comprar este pedazo de tierra. Es nuestro sueño. Mateo dice que aquí se siente un rey dueño de su propio castillo.”
“Es un castillo hermoso, Elena. Está lleno de amor.”
Marcus escuchaba. El peso de la carta en su bolsillo. El castillo estaba a punto de ser tomado por un banco. Ironía amarga.
Llamó a Sara a un rincón. Le mostró el papel arrugado.
Sara se llevó la mano a la boca. “Oh, Dios mío, lo van a perder todo la próxima semana.”
“No lo harán,” dijo Marcus. Intensidad feroz. “No, si puedo evitarlo. Te lo prometo, Sara. Si salimos de aquí, lo primero que haré no será llamar a la empresa, será salvar su casa.”
El Helicóptero Desciende.
La noche cayó de nuevo. Pero la tormenta cambió. El viento susurraba. El silencio regresó.
Mateo despertó. Un poco mejor. Aún pálido.
“Aprendes rápido, gringo,” bromeó. Voz débil. “Quizás tengas futuro como leñador.”
“Aprendí del mejor.” Marcus se sentó. “Mateo, necesito preguntarte algo. Cuando la nieve pare, ¿qué van a hacer ustedes?”
La sonrisa de Mateo vaciló. Una sombra de tristeza. “Vamos a seguir adelante, hijo. La vida tiene sus inviernos, ¿sabes? A veces el invierno se lleva cosas que amamos, pero mientras nos tengamos el uno al otro estaremos bien.”
No mencionó la deuda. No pidió ayuda. La dignidad rompió el corazón de Marcus.
“Nadie se llevará lo que aman,” murmuró Marcus. Más para sí mismo.
De repente, un nuevo sonido. Un zumbido distante. Rítmico.
Sara corrió a la ventana. “Marcus, mira, en el valle de abajo. Luces fuertes.”
Faros. Quitanieves gigantes. Y, más arriba, el sonido inconfundible de un helicóptero acercándose.
La civilización estaba llegando. La burbuja estaba a punto de estallar.
Marcus miró a Mateo. El viejo sudaba frío de nuevo. La mano apretando el pecho. La mejoría había sido pasajera.
“Elena,” llamó Marcus urgente. “Prepare sus cosas. El rescate está llegando y Mateo será el primero en salir de aquí. Necesita un hospital.”
El sonido se volvió ensordecedor. El rugido de las palas. La nieve azotada en un remolino.
La puerta se abrió con un estruendo. Botas pesadas. Hombres con equipo táctico. Seguridad privada de Vanguard Motors.
“Señor Sterling,” gritó el jefe del equipo. “Estamos aquí. ¿Está herido, la señora Sterling y el bebé?”
Marcus se interpuso. Su postura: líder implacable.
“Olvídense de mí.” Su voz tronó. Señaló el sillón. “El paciente crítico es él.”
Los paramédicos corrieron hacia Mateo. Elena, encogida. Aterrorizada.
El paramédico rasgó la camisa de franela. Colocó el monitor cardíaco. El sonido agudo e irregular llenó la sala. Bip, bip, bip.
“Está teniendo una arritmia severa, posible infarto agudo,” gritó a su colega. “La presión está cayendo rápido. Necesitamos estabilizarlo.”
El tiempo se congeló.
“Elena, escúcheme,” dijo Marcus. Tomó sus manos temblorosas. “Ellos son los mejores, lo van a salvar.”
“Él dio todo lo que tenía,” sollozó Elena. “Salió al frío por nosotros. Su corazón es demasiado grande.”
“Señor Sterling, la ventana de tiempo es corta. La tormenta va a cerrarse de nuevo en 10 minutos.”
Marcus encaró al jefe de seguridad. Frialdad glacial. “Escuche bien, nadie sale de este suelo sin este hombre y esta mujer. Si el helicóptero no soporta el peso, usted y su equipo se quedan aquí en la nieve y esperan los vehículos terrestres. ¿Entendió?”
“Sí, señor. Perfectamente, señor.”
El Último Esfuerzo.
La salida fue caótica. Viento de las hélices. Nieve como agujas.
Mateo fue llevado en la camilla. Elena corría al lado. Marcus protegía a Sara y a la bebé.
Al colocar a Mateo dentro de la aeronave. El monitor cardíaco emitió un sonido continuo. Aterrador.
“Paro cardíaco,” gritó el médico. “Iniciando RCP.”
Elena gritó. Pura angustia.
Marcus observaba. Corazón en la boca. Veía el pecho frágil de Mateo siendo comprimido.
“No mueras ahora,” pensó Marcus. “No puedes morir por haberme salvado. Lucha, Mateo.”
Segundos tortuosos. Desfibrilador. Descarga. Nada.
Más compresiones. Otra descarga.
Bip, bip. El ritmo volvió. Débil. Pero presente.
“Tenemos pulso. Vamos a despegar ahora.”
El helicóptero levantó el vuelo. Marcus miró hacia abajo. La pequeña cabaña. Humo saliendo de la chimenea. Minúscula en la vasta blancura.
Tocó el bolsillo. La carta de subasta aún guardada.
Tomó su teléfono vía satélite. Su primera llamada.
“Aquí es Marcus Sterling. Despierte al director del hospital Saint Jud en Boseman. Preparen la mejor suite de cardiología y el mejor equipo quirúrgico que el dinero puede comprar. Llego con un paciente. Y avisen a mi abogado personal. Tengo una transacción inmobiliaria urgente que resolver antes del amanecer.”
Mientras volaban hacia las luces de la ciudad, la tormenta quedaba atrás. Pero la verdadera transformación apenas comenzaba.
ACTO V: La Escritura de la Propiedad
El Corazón Nuevo.
Dos semanas después. En el hospital. Mateo abrió los ojos. Pecho dolorido. Latiendo a un ritmo fuerte. La cirugía de bypass coronario: éxito absoluto.
Marcus no se fue en los primeros tres días. Comandó su imperio global desde la sala de espera de la UCI.
Cuando Mateo recibió el alta. El médico sonrió. “Usted tiene un corazón nuevo, señor Mateo, y amigos muy poderosos. La cuenta del hospital ya ha sido saldada.”
“No necesitabas hacer esto, hijo,” dijo Mateo. Voz quebrada.
“Usted me dio la vida de mi hija,” respondió Marcus. Simple. Directo. “El dinero es solo papel, la vida es vida.”
El viaje de regreso fue tranquilo. Sol brillante. Nieve derretida.
Mateo bajó del coche. Se apoyó en un bastón nuevo. Respiró hondo. “Es bueno estar en casa.”
“Mateo,” Elena comenzó a llorar en voz baja. Apretó el bolso. “La carta. El plazo termina mañana.”
Un sonido grave vibró en el suelo. Un rugido de motores. Muchos motores.
Elena miró la carretera con miedo. “¿Vinieron a sacarnos de aquí? ¿La policía?”
De la curva apareció el primer coche. Sedán negro reluciente. Vanguard. Después otro. Y otro. Una procesión solemne. 12 coches de lujo. Contrastando violentamente con el paisaje rústico.
Se estacionaron en fila. Ocupando todo el espacio.
Mateo y Elena, confusos. “¿Qué es esto, Marcus?”
Las puertas se abrieron. Hombres y mujeres de traje. Carpetas. Cajas de herramientas.
Del último coche, Sara. Sosteniendo a la bebé Maya. Ahora regordeta y rosada.
Marcus caminó. Besó a su esposa e hija. Se volvió hacia los ancianos. Sacó un sobre grueso.
“Mateo, Elena,” comenzó Marcus. Su voz flaqueando por la emoción. “Aquella noche dije que era un hombre rico que se sentía inútil. Ustedes me enseñaron que la verdadera riqueza es tener la capacidad de proteger a quienes amamos.”
Le extendió el sobre a Mateo. “No necesitan hacer las maletas. La subasta fue cancelada.”
Mateo abrió el sobre. Manos temblorosas. Dentro: la escritura de la propiedad. Libre de hipoteca. Y un fondo vitalicio.
“Vanguard Motors compró la deuda del banco,” explicó Marcus. “Y yo personalmente saldé la deuda con la empresa. La casa es de ustedes para siempre. Y el fondo garantizará que nunca más necesiten preocuparse por leña, comida o medicinas.”
Elena se llevó las manos al rostro. Sollozó abiertamente. Mateo, el hombre que había enfrentado tormentas sin quejarse, sintió las lágrimas correr por su rostro arrugado.
“¿Por qué tantos coches?” preguntó Mateo. Intentando bromear.
Marcus rió. “Ah, eso. Bueno, les conté la historia a mi equipo ejecutivo y a mis ingenieros jefes. Querían conocer al hombre que arregló una ventana con un CEO inútil en medio de una nevada. Y trajeron regalos.”
Las personas de los coches descargaron cajas. Víveres gourmet. Muebles nuevos. Calentadores modernos. Juguetes.
Sara se acercó. Puso a Maya en los brazos de Elena. El bebé sonrió.
“Ella es su nieta de corazón ahora, Elena,” dijo Sara. “Somos familia.”
Aquella tarde, la cabaña se transformó en un banquete. CEOs e ingenieros comieron las tortillas de Elena. Escuchando historias de una vida simple.
Marcus miró a Mateo. Reía. Rostro sonrojado de vida.
La nevada había traído el miedo. Había dejado un milagro. El bien que se da, aprendió Marcus, siempre regresa. A veces, vuelve conduciendo una flota de coches de lujo.
EPÍLOGO: El Fuego Eterno
Cinco años después. Nochebuena. La nieve caía suave.
La cabaña no estaba aislada. Luces doradas brillaban. Una nueva ala de cristal. Espacio para huéspedes frecuentes.
En la sala, el fuego crepitaba. El silencio tenso reemplazado por risas infantiles.
“Abuelo, mira lo que dibujé.”
Maya, 5 años. Ojos vivaces. Saltó al regazo de Mateo. El viejo, 83 años. Más vigoroso que nunca. Su corazón: tranquilo.
“Déjame ver, mi amor,” dijo Mateo. “¿Es un oso?”
“No. Somos nosotros. Yo, papá, mamá, tú y la abuela Elena. Y aquí afuera está el monstruo de nieve que ustedes vencieron.”
Marcus entró. Se sacudió la nieve. Jeans. Botas de trabajo. Una camisa de franela. Sara, cargando regalos.
Vanguard Motors había cambiado. Liderazgo renovado. Proyectos sociales. Inspirado en la filosofía simple: El dinero es herramienta para el sol. En la tormenta vale el corazón.
Más tarde, Marcus y Mateo salieron al porche. El aire helado. Calentador exterior.
Miraron la carretera de abajo. Ahora limpia. Segura. Contrato vitalicio.
“Salvaste mi vida dos veces, ¿sabes?” dijo Marcus. Mirando las estrellas. “Una vez del frío. Y la otra de en quién me estaba convirtiendo. Yo era un hombre de hielo. Mateo, tú me enseñaste a encender el fuego.”
Mateo sonrió. “Nadie salva a nadie solo, Marcus. Nosotros estábamos aquí, viejos y solos. Ustedes nos trajeron la primavera en medio del invierno. Nos dieron una nieta para mimar y una razón para esperar el mañana.”
Señaló el garaje. Dentro: el antiguo sedán negro. Restaurado. Reliquia.
“Dios escribe derecho con renglones torcidos,” completó Mateo. “O por carreteras congeladas.”
“Feliz Navidad, viejo.”
“Feliz Navidad, hijo.”
Dentro, la luz de la chimenea. Proyectaba las sombras de las dos familias. Fundidas en una sola. Afuera la nieve seguía cayendo. Pero ya no importaba.
En aquella cabaña, el invierno nunca más entraría. El calor que compartían era eterno. Forjado en gratitud. Sazonado con amor.