
El aire gélido del Himalaya ha sido escenario de incontables tragedias, pero pocas han quedado grabadas en la memoria colectiva con tanta fuerza como la desaparición de Marcus Chen y David Rodríguez en el Everest en 2004. Durante dos décadas, familiares, amigos y expertos en montañismo se preguntaron cómo dos escaladores experimentados, preparados con equipo de última generación y acompañados por uno de los equipos sherpas más reputados, podían desvanecerse sin dejar huella. No hubo señales de radio, no se recuperó equipo, ni siquiera cuerpos. Solo preguntas sin respuesta y la herida abierta de una tragedia inexplicable.
Todo cambió el pasado mes de marzo, cuando un hombre entró en la comisaría de policía de Seattle pronunciando cinco palabras que helaron la sangre de los agentes: “Mi nombre es Marcus Chen”.
Lo que siguió fue un relato que desafía la lógica, la ciencia y hasta los límites de lo que entendemos como realidad.
La obsesión de una vida
Marcus Chen, ingeniero de software de 34 años en aquel entonces, había soñado con el Everest desde la adolescencia. Su compañero de aventuras, David Rodríguez, fotógrafo profesional cuyos paisajes habían aparecido en National Geographic, compartía la misma obsesión. Juntos habían escalado picos en tres continentes, forjando una amistad de hermandad desde la secundaria.
Marcus ahorró durante años para financiar el viaje. David, con su talento fotográfico, consiguió patrocinios. El plan era meticuloso: semanas de aclimatación, progresión gradual por los campamentos y el ataque final al techo del mundo. Su guía sherpa, Pembbea, pertenecía a una familia con tres generaciones de experiencia en el Everest. Nada parecía dejarse al azar.
Pero incluso antes de partir, había señales inquietantes. Marcus le confesó a su hermana Sarah que sentía que la montaña “no era solo un reto físico, sino un lugar que podía cambiarte para siempre”. David, por su parte, había desarrollado un interés casi obsesivo por desapariciones misteriosas en el Everest. Guardaba recortes de prensa, teorizaba sobre patrones y advertía de “cosas que nadie quería nombrar”.
Las primeras señales
En sus diarios, Marcus registró datos precisos sobre altitud, síntomas físicos y condiciones climáticas. Pero también dejó anotaciones perturbadoras: sueños demasiado vívidos, sonidos inexplicables en la noche, figuras que parecían seguirlos a distancia. David fue el primero en verlos. No supo describirlos, solo dijo que “no caminaban como personas normales”.
Otros expedicionarios compartían relatos similares, en voz baja, alrededor de las fogatas. Un veterano alemán, Hans Miller, relató haber visto tres figuras en 1998 que parecían humanas, pero cuyos rostros estaban “mal construidos, como imitaciones torpes”.
El último día
El 15 de mayo de 2004, Marcus escribió su última entrada: “David los ve otra vez. Están más cerca. Los otros escaladores no hablan, sus ojos parecen diferentes. David quiere volver. Creo que deberíamos escucharlo”.
Horas después, la radio se apagó y el GPS dejó de transmitir. El resto del equipo llegó a la cima, pero Marcus y David habían desaparecido. Tras días de búsqueda exhaustiva, la conclusión oficial fue que murieron en un accidente, quizá arrastrados por una avalancha o caídos en una grieta.
La historia parecía cerrada. Hasta ahora.
El regreso
El Marcus Chen que apareció en Seattle dos décadas después era apenas reconocible: cabello blanco, rostro cubierto de cicatrices, manos temblorosas. Pero la estructura ósea, las marcas de la infancia y documentos antiguos confirmaban su identidad.
Ante la detective Sarah Rodríguez, Marcus relató lo que, según él, ocurrió en la “zona de la muerte”. Aseguró que él y David se encontraron con “los que siguen”: seres que imitan a los humanos, pero de forma incompleta. Sus ojos eran negros como la noche, su forma de moverse, antinatural.
Según Marcus, estas entidades no eran simples alucinaciones por la altura. Se comunicaban, conocían detalles personales imposibles de saber y lograban manipular percepciones. Les hicieron creer en tormentas inexistentes, los guiaron fuera de la ruta y los condujeron a un sistema de túneles bajo el Everest, un lugar “que no aparece en ningún mapa”.
Veinte años en la oscuridad
Allí, afirma Marcus, fue donde permaneció durante veinte años. Según su relato, estas criaturas se alimentan del miedo humano, de la energía psíquica de las víctimas. Mantuvieron con vida a Marcus porque descubrieron en él algo distinto: esperanza. Una fuente constante que podían explotar sin agotarla.
David, en cambio, descubrió pronto que si eliminaba su miedo, se volvía inútil para ellos. Tres días después de lograrlo, lo sacaron de su celda y Marcus nunca volvió a verlo con vida.
Durante dos décadas, dice Marcus, lo sometieron a torturas psicológicas: ilusiones de rescates, voces de familiares, simulaciones de helicópteros. Todo diseñado para mantener viva la chispa de esperanza que lo convertía en una fuente inagotable.
Las pruebas
Lo más inquietante no fue su testimonio, sino lo que entregó a la policía: la cámara de David. Dentro, videos grabados en 2004 muestran túneles geométricamente tallados, símbolos desconocidos, pilas de equipo de escaladores desaparecidos y restos humanos con marcas rituales. En un clip estremecedor, David susurra: “Esto no es un grupo de criaturas aisladas, es una civilización”.
El mensaje final
Marcus asegura que lo dejaron escapar a propósito. Según su relato, después de estudiarlo durante veinte años, decidieron que su regreso generaría un miedo masivo que podrían aprovechar a una escala nunca antes vista. “Ya no quieren esconderse”, dijo con voz grave. “Quieren que el mundo sepa que existen”.
¿Verdad o delirio?
Las autoridades mantienen cautela. El material de la cámara está siendo analizado. El ADN de Marcus ya ha sido confirmado como auténtico. Los expertos en montañismo, sin embargo, se dividen: ¿un caso extremo de psicosis inducida por altitud y trauma? ¿O la revelación de algo que el Everest ha escondido por siglos?
Lo cierto es que el regreso de Marcus Chen no solo reabre un misterio congelado en el tiempo, sino que plantea una pregunta inquietante: ¿qué ocurre realmente en las montañas más inhóspitas del planeta?
Y quizás, lo más perturbador: si lo que dice es cierto, ¿qué harán esas entidades ahora que han decidido mostrarse al mundo?