La casa de don Esteban estaba en silencio, un silencio tan denso que parecía pesar sobre las paredes descascaradas. Hacía años que había perdido la vista, pero no la memoria. A sus setenta y seis años, se movía con lentitud entre los muebles que ya conocía de memoria. Con la punta de los dedos recorría cada grieta de la mesa de madera, cada borde de la vieja radio que guardaba en la sala, cada baranda del pasillo. Lo que sus ojos ya no podían ver, lo reconstruía en su mente con la precisión de quien había aprendido a mirar con otros sentidos.
Pero había algo que ninguna oscuridad le podía arrebatar: el recuerdo de Clara, su esposa.
Clara había muerto hacía más de una década, y sin embargo su presencia aún flotaba en cada rincón. Don Esteban no podía verla, pero la recordaba en los sonidos y, sobre todo, en los aromas. Clara amaba las flores. Cada primavera llenaba el patio de jazmines, rosas y gardenias. Era su manera de darle vida a la casa. Y cuando ella pasaba, dejaba una estela de perfume a azahar que a él lo envolvía como un abrazo invisible.
Ahora, a pesar de su soledad, don Esteban seguía esperando ese olor. En ocasiones, al pasar por el jardín, creía sentirlo otra vez. Se quedaba inmóvil, respirando hondo, como si Clara acabara de cruzar frente a él.
Cada mañana, Esteban abría las ventanas aunque ya no distinguiera la luz. El aire fresco entraba trayendo consigo la fragancia de los naranjos del vecino. Se sentaba en su mecedora con el bastón apoyado al lado y escuchaba el murmullo del pueblo: los niños que corrían hacia la escuela, el carrito del panadero, las campanas de la iglesia marcando la hora.
Pero era al mediodía cuando el recuerdo lo golpeaba más fuerte. La soledad se hacía insoportable a esa hora. Antes, Clara siempre servía la comida a la misma hora: una sopa caliente, un guiso que llenaba la cocina de aromas que se mezclaban con el perfume de sus flores. Ahora, la comida era apenas un trámite, preparada por manos ajenas que nunca lograban reproducir aquel sabor ni aquella calidez.
Algunos vecinos venían a verlo de vez en cuando. “Don Esteban, ¿cómo amaneció hoy?”, preguntaban. Él respondía con una sonrisa cansada, agradecido por la compañía fugaz. Pero en el fondo sabía que ninguno podía llenar el vacío que Clara había dejado.
Una tarde de primavera, mientras regaba con cuidado unas macetas que él mismo había aprendido a cuidar, el aire le trajo un aroma inconfundible: el jazmín fresco, ese que Clara tanto adoraba. Se quedó quieto, el corazón acelerado. ¿Era posible que ella estuviera allí? ¿O acaso era solo su memoria jugando con él?
El pueblo celebraba la feria anual de las flores. Los vecinos adornaban las calles con guirnaldas de colores y perfumes que llenaban el aire. Esteban, aunque ya no veía, escuchaba el bullicio desde lejos: los pasos, las risas, la música que resonaba en la plaza.
Al principio dudó en salir. Pero algo en su interior lo impulsó. Se apoyó en su bastón y caminó lentamente hacia el centro. Cada paso era un desafío, pero también una búsqueda.
Cuando llegó a la plaza, lo envolvió un mar de olores. Las flores parecían hablarle, cada una con su propia voz: las rosas, dulces y profundas; las lilas, suaves y nostálgicas; las gardenias, intensas y persistentes. Pero fue entre tanta mezcla que su corazón se detuvo: un aroma de azahar, puro, delicado, exactamente el mismo que solía desprender el cabello de Clara.
Sintió que las piernas le temblaban. Cerró los ojos —como si aún tuviera sentido hacerlo— y dejó que la memoria lo arrastrara. Estaba otra vez en aquel patio de juventud, Clara riendo mientras colocaba flores en un jarrón, él acercándose a besarle el cuello, robándole la fragancia de su piel. El murmullo de la feria desapareció, y lo único que existía era ella.
Una voz femenina lo sacó de sus recuerdos.
—¿Le gustan los azahares, señor? —preguntó una joven vendedora.
Don Esteban asintió, con un nudo en la garganta.
—Mi esposa… —susurró—. Ella siempre llevaba este perfume.
La muchacha, conmovida, le puso en las manos un pequeño ramo de flores blancas. Esteban lo apretó contra el pecho como si abrazara un pedazo de su pasado.
—No me cobre —dijo él con una sonrisa quebrada—. Ya me ha regalado más de lo que imagina.
Desde aquel día, don Esteban regresaba a la plaza cada semana para comprar azahares. Los colocaba en un jarrón de cristal junto a la fotografía de Clara que alguien le había descrito: ella de pie en el patio, con el cabello recogido y la sonrisa eterna.
Cada noche, antes de dormir, acercaba el ramo a su rostro y respiraba hondo. El perfume lo envolvía, y por unos segundos sentía que Clara seguía a su lado, murmurándole canciones antiguas, contándole historias antes de dormir.
Con el tiempo, entendió que aquel aroma no era un simple recuerdo: era un puente. No borraba la ausencia, pero le daba fuerza para seguir adelante. Clara seguía viva en él, en la memoria, en el perfume de las flores que ella tanto había amado.
Y así, en la oscuridad de su ceguera, Esteban encontró una luz distinta: la certeza de que el amor verdadero nunca muere, solo se transforma en algo que ni la muerte puede arrebatar.