El oscuro secreto bajo las luces de Times Square: el caso de Preston y Morgan y la red de tráfico de órganos que operó durante 20 años

En el verano de 1999, la ciudad de Nueva York vivía una de sus etapas de mayor esplendor turístico. Times Square, con sus pantallas gigantes, calles abarrotadas y el bullicio constante de visitantes, se había convertido en el corazón palpitante de Manhattan y en símbolo de modernidad y seguridad. Sin embargo, bajo esa fachada de luces deslumbrantes se ocultaba un secreto tan aterrador que tardaría casi dos décadas en salir a la luz. Ese secreto llevaría el nombre de Preston Roberts y Morgan Williams, una joven pareja de San Francisco cuyo viaje romántico a Nueva York terminó en tragedia.

Una pareja feliz que nunca volvió a casa

Preston, un prometedor desarrollador de software de 29 años, y Morgan, una diseñadora gráfica de 27 con una mirada artística y una sonrisa contagiosa, viajaron a Nueva York para celebrar su compromiso. El 15 de junio de 1999, se unieron a un tour guiado por Times Square, con la ilusión de recorrer uno de los lugares más icónicos de la ciudad.

Testigos recordaron que se mostraban radiantes. Morgan enseñaba su anillo de compromiso con orgullo mientras tomaba fotografías de todo lo que llamaba su atención. Preston, siempre meticuloso, tenía planeado hasta el último detalle del viaje, incluyendo cenas, paseos y la visita a varios puntos emblemáticos. Nadie imaginaba que esa noche sería la última vez que alguien los vería con vida.

El misterioso encuentro con los artistas callejeros

Según relatos posteriores, la pareja se detuvo en la intersección de la calle 42 con la Séptima Avenida. Allí tuvieron un altercado con un grupo de artistas callejeros liderados por Vincent Chen, un personaje conocido en la zona por sus métodos agresivos para atraer turistas. La discusión comenzó cuando Preston y Morgan parecieron observar algo extraño en un callejón cercano. Morgan, curiosa, sacó su cámara para fotografiarlo; Preston, preocupado, intentó llamar a alguien con su teléfono. Aquella acción despertó la furia del grupo.

Pocos minutos después, la pareja desapareció. El guía turístico y el resto del grupo esperaron en vano. La policía fue alertada, pero no encontraron rastro alguno. Sus pertenencias seguían intactas en la habitación de hotel: maletas, ropa, boletos de regreso y la cámara fotográfica de Morgan. Todo indicaba que no se habían marchado voluntariamente.

Una investigación sin respuestas

La desaparición conmocionó al país. ¿Cómo era posible que dos personas se desvanecieran en el lugar más concurrido y vigilado de Manhattan? El caso ocupó titulares durante semanas, pero las pistas eran escasas. Cámaras de seguridad mostraban a Preston y Morgan entrando al callejón, pero nunca saliendo de él. Un testigo afirmó haber visto cómo los empujaban hacia una puerta de servicio, pero la investigación determinó que aquella entrada llevaba a un pasillo clausurado años atrás.

La detective Amanda Tors, del NYPD, se convirtió en la principal responsable del caso. Reunió testimonios, revisó horas de grabaciones y mantuvo el expediente abierto durante años, incluso cuando fue archivado como “caso frío”. Los padres de ambos jóvenes nunca dejaron de buscarlos, organizando vigilias, repartiendo volantes y fundando asociaciones de apoyo a familias de desaparecidos.

Pero la realidad era que, con el paso del tiempo, la esperanza se desvanecía. Ni un solo rastro, ni un solo indicio real sobre qué les había sucedido.

El hallazgo inesperado

Diecinueve años después, en abril de 2018, un proyecto de demolición en un viejo edificio de la calle 42 cambiaría todo. Un obrero descubrió, tras un falso muro, una cámara subterránea equipada con mesas quirúrgicas, refrigeradores médicos y herramientas de cirugía. Era un quirófano clandestino oculto a plena vista.

Entre los escombros encontraron objetos personales: un saco azul de hombre y fragmentos de una cámara fotográfica. Los análisis de ADN confirmaron lo que las familias habían temido durante dos décadas: se trataba de Preston y Morgan. Sus restos mostraban huellas de cirugías, evidencias claras de extracción de órganos realizada por profesionales.

El horror apenas comenzaba. Los investigadores hallaron registros minuciosos de víctimas, listados con nombres, tipos de sangre y órganos “aprovechables”. Había datos de más de 60 personas, muchas de ellas turistas que, como Preston y Morgan, habían desaparecido en circunstancias misteriosas. El descubrimiento revelaba la existencia de una red internacional de tráfico de órganos que había operado durante más de 15 años en el corazón de Nueva York.

El rostro del crimen: Vincent Chen

Las pruebas apuntaron a Vincent Chen, el mismo hombre con el que la pareja tuvo el altercado aquella noche de 1999. Lejos de ser un simple artista callejero, Chen coordinaba un grupo encargado de identificar y vigilar a posibles víctimas: turistas jóvenes, saludables y sin conexiones locales inmediatas. A través de empresas fantasma, tenía vínculos con suministros médicos y con médicos que realizaban las operaciones.

En junio de 2018, la policía de Nueva York arrestó a Chen tras meses de seguimiento. La evidencia era aplastante: ADN suyo en el quirófano, huellas dactilares en instrumentos quirúrgicos y registros financieros que lo vinculaban a la venta ilegal de órganos a clientes de lujo en varios continentes.

Durante los interrogatorios, Chen confesó lo que todos temían. Preston y Morgan fueron asesinados porque habían presenciado el secuestro de otra víctima aquella noche. “Ellos no debían estar ahí”, admitió. Su destino quedó sellado en cuestión de minutos.

El juicio y el derrumbe de una red criminal

El juicio contra Chen en 2018 fue uno de los más mediáticos de la década. Se reveló que el centro clandestino de Times Square había sido solo uno de varios en ciudades turísticas alrededor del mundo. La red generó millones de dólares traficando órganos humanos. Más de 27 personas fueron detenidas, incluyendo médicos y colaboradores que facilitaron la operación.

Chen fue condenado a múltiples cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional. Sus palabras finales en la corte fueron un murmullo apagado, incapaz de sostener la mirada de las familias devastadas.

El legado de Preston y Morgan

La historia de Preston y Morgan cambió para siempre la forma en que Nueva York y otras ciudades protegen a sus turistas. Se reforzaron las regulaciones para artistas callejeros, se instalaron nuevas cámaras de seguridad y se implementaron protocolos internacionales contra el tráfico de órganos.

Para las familias, el hallazgo supuso un cierre doloroso. Patricia Roberts, madre de Preston, declaró: “Encontrar la verdad no borra el horror, pero al menos ya no vivimos en la incertidumbre.” Los padres de Morgan continúan con una fundación que lucha contra la trata y el tráfico ilegal de órganos.

Hoy, en el lugar donde se encontraba aquel laboratorio secreto, existe un pequeño jardín conmemorativo. Una placa recuerda a Preston, Morgan y a todas las víctimas de la red. Entre el bullicio de Times Square, donde miles de turistas pasan cada día, su memoria se mantiene viva como advertencia y como símbolo de resistencia ante la oscuridad.

Related Posts

Our Privacy policy

https://tw.goc5.com - © 2025 News