
En septiembre de 2013, cuando el otoño apenas comenzaba a pintar de cobre los bosques de Virginia, Joan y Harry Savage emprendieron una caminata más por el legendario Sendero de los Apalaches. No eran turistas inexpertos ni aventureros de ocasión. A sus 68 y 65 años, llevaban más de cuatro décadas recorriendo montañas, acampando bajo tormentas y reconociendo huellas en la tierra con la precisión de quien ha aprendido a escuchar a la naturaleza.
Su desaparición, por eso, nunca encajó con la idea de un simple accidente.
Habían planeado cada detalle: la ruta, las paradas, la comida medida al gramo, los mapas revisados con meticulosidad casi militar. El 6 de septiembre, estacionaron su viejo Ford en un punto de acceso del sendero, registraron su salida en el libro de visitantes y se internaron entre los árboles. Los testigos que los cruzaron en los días siguientes los describieron como una pareja amable, sonriente y fuerte.
Una semana después, el 12 de septiembre, salieron del bosque para descansar en el pequeño pueblo de Pearisburg. Llamaron a su hijo, enviaron una postal a una hermana. “Todo es maravilloso. Las vistas son hermosas. Estamos cansados, pero felices”, escribió Joan. Fue su último mensaje al mundo.
Cuando el 21 de septiembre llegó y no hubo noticias, la preocupación se transformó en alarma. Su hijo contactó al Servicio de Rescate del Parque Nacional. Lo que siguió fue una de las operaciones de búsqueda más extensas jamás realizadas en esa zona: helicópteros, perros rastreadores, decenas de voluntarios y guardabosques. Pero no hallaron absolutamente nada. Ni mochilas, ni ropa, ni restos, ni siquiera basura. Los Savage habían desaparecido como si se los hubiera tragado la tierra.
La investigación criminal posterior tampoco dio frutos. Ningún indicio de robo, violencia o testigos sospechosos. Solo silencio. El caso se enfrió, archivado bajo la etiqueta “presumiblemente muertos por accidente”.
Durante diez años, el nombre de Joan y Harry Savage se convirtió en una leyenda del sendero: la historia de los que entraron al bosque y nunca regresaron. Sus hijos, atrapados entre la esperanza y la resignación, siguieron esperando respuestas que no llegaban.
Hasta el verano de 2023.
Un día de julio, en una granja abandonada a apenas cinco kilómetros del punto donde la pareja fue vista por última vez, un grupo de obreros trabajaba despejando el terreno para una futura construcción. Entre la maleza y los restos del viejo granero, uno de ellos tropezó con una pesada placa metálica oxidada. Debajo, un agujero oscuro. Un pozo.
No había agua, solo huesos. Dos montones perfectamente separados, limpios por el tiempo. Lo más perturbador: faltaban los cráneos. No había ropa, ni objetos personales, ni rastros de mochilas. Solo huesos.
La policía acordonó el área y los forenses descendieron. Pronto confirmaron lo impensable: se trataba de dos personas, un hombre y una mujer mayores. Sin embargo, la verdadera prueba llegó cuando los especialistas hallaron, incrustado en la pelvis del esqueleto femenino, un pequeño perno de titanio. Un implante quirúrgico con número de serie.
Esa pieza minúscula se convirtió en la llave que resolvió una década de incertidumbre. El número llevó a un hospital de Pensilvania, donde en 2005 se había registrado una cirugía de reemplazo de cadera. La paciente: Joan Savage.
El análisis de ADN confirmó lo inevitable. Los restos eran de Joan y su esposo Harry.
Pero lo que trajo alivio también desató horror. El informe forense reveló que ambos habían sido decapitados con un instrumento afilado, con cortes limpios en las vértebras cervicales. No había marcas de dientes de animales. Era obra humana. Y al no encontrarse rastros de ropa, la conclusión fue aún más escalofriante: los cuerpos habían sido desnudados antes de ser arrojados al pozo.
No se pudo determinar la causa exacta de la muerte. No había impactos de bala ni fracturas evidentes. Quizá fueron estrangulados, quizá apuñalados. Pero ya no cabía duda: los Savage fueron asesinados.
El caso, oficialmente reabierto como homicidio doble premeditado, planteó una nueva pregunta: ¿quién los mató y por qué?
Los investigadores centraron su atención en el lugar del hallazgo. La granja había estado abandonada por más de veinte años, pero en 2013, según los registros, una persona vivía en un terreno contiguo: Randall Lee Rogers, un hombre de pasado oscuro y reputación siniestra entre los lugareños. Vivía solo, en una caravana destartalada, a escasos metros del pozo donde fueron encontrados los cuerpos.
Rogers, fallecido en 2019, tenía antecedentes por agresión y por acosar a excursionistas en la zona. Algunos vecinos lo describían como un hombre errático, que pasaba noches enteras rondando el bosque, con armas y linternas, hablando solo. En los años posteriores a la desaparición de los Savage, varios senderistas denunciaron haber sido perseguidos o amenazados cerca de esa misma área.
Aunque la policía nunca pudo vincularlo directamente con el asesinato, los indicios apuntaban en una dirección inquietante. La precisión con la que se ocultaron los cuerpos, la decapitación, la ausencia total de objetos personales: todo sugería una meticulosa intención de borrar la identidad de las víctimas.
Lo más espeluznante es que, hasta hoy, las cabezas nunca fueron encontradas.
El descubrimiento de los Savage reabrió viejas heridas en la comunidad de los Apalaches. Muchos excursionistas veteranos afirmaron haber sentido durante años una presencia extraña en esa zona, donde ahora se sabe que yacían los restos del matrimonio. Los hijos de Joan y Harry, por su parte, han pedido que el caso no se cierre hasta que se descubra toda la verdad.
“Esperamos diez años para saber dónde estaban. Ahora queremos saber qué les pasó y quién lo hizo”, dijo su hijo en una entrevista reciente.
A veces, los bosques esconden secretos que ni el tiempo logra enterrar. Y aunque el pozo donde terminaron Joan y Harry Savage ha sido sellado, las preguntas que dejó abierto su hallazgo siguen resonando como un eco entre los árboles: ¿fue obra de un asesino solitario, un ritual macabro, o algo que nunca podremos comprender del todo?
Una década después, su historia sigue siendo un recordatorio inquietante de que incluso los senderos más hermosos pueden ocultar los misterios más oscuros.