
En mayo de 2019, Daniel Hayes, un joven de 24 años, emprendió lo que debía ser un paseo de fin de semana habitual. Sus amigos lo describían como cuidadoso y disciplinado, alguien que revisaba dos veces sus llantas, llevaba repuestos y siempre avisaba a sus padres antes de salir. Ese día, salió de su pequeño apartamento en Moab con su bicicleta de carbono asegurada al portabicicletas de su hatchback, con una sonrisa de oreja a oreja y la ilusión de un ciclista frente a un cielo azul y desértico que parecía infinito.
Antes de partir, como era costumbre, se tomó una selfie. En la foto, Daniel aparece con casco, bicicleta a su lado y sus llamativos zapatos verdes fluorescentes sobre el polvoriento sendero. Era un retrato de concentración y determinación, sin ninguna pista de que esa imagen se convertiría en la última evidencia de su existencia para quienes lo conocían.
Su plan incluía un recorrido de 65 kilómetros por caminos secundarios y cañones. Tras abastecerse de agua y revisar nuevamente su bicicleta, Daniel se despidió cordialmente del empleado de la gasolinera local y continuó su ruta. Esa sería la última vez que alguien lo vería con vida.
A media tarde, otro ciclista encontró algo inquietante: una bicicleta apoyada de manera perfecta junto a una cerca de alambre, casco colgando y una botella de agua medio vacía. No había señales del ciclista. El silencio del desierto solo se rompía por el viento y el canto de las cigarras. Cuando Daniel no regresó esa noche, su familia comenzó a preocuparse. Su coche permanecía en el punto de inicio del sendero, con sus pertenencias adentro, sin rastro de lucha ni violencia, solo ausencia.
El operativo de búsqueda se activó de inmediato. Equipos de rescate y voluntarios peinaron el desierto con linternas, drones y perros rastreadores. Helicópteros sobrevolaron cañones y llanuras. Sin embargo, tras dos semanas de búsqueda exhaustiva, el desierto no devolvió más que silencio. La familia regresó a casa con preguntas sin respuesta y recuerdos que se convirtieron en pesadas cargas emocionales. Cada fotografía de Daniel adquirió un nuevo significado, pero ninguna más que aquella última selfie en la entrada del sendero.
En el verano de 2021, durante una sequía histórica en Utah, unos excursionistas descubrieron algo sorprendente en un lecho de río seco: los zapatos neón de Daniel y su GPS destrozado. El hallazgo reabrió el caso, provocando un torbellino de teorías. La primera sugería un accidente: Daniel podría haber sucumbido a la deshidratación y sus pertenencias habrían sido arrastradas por las crecidas estacionales. Sin embargo, críticos señalaron que si esto fuera cierto, los perros rastreadores habrían detectado su rastro, y algo de su cuerpo debería haber aparecido.
La segunda teoría hablaba de un posible acto criminal. Algunos sugirieron que alguien podría haberlo interceptado mientras descansaba junto a su bicicleta, dejando los objetos de manera intencionada para confundir a los investigadores. La tercera teoría, quizá la más inquietante para la familia, planteaba que Daniel podría haber elegido desaparecer voluntariamente. Pero quienes lo conocían aseguraban que no era el tipo de persona que abandonaría su vida y dejaría atrás objetos personales tan inconfundibles.
El GPS, aunque dañado, permitió recuperar fragmentos de información. Mostraba que Daniel se movía con normalidad hasta las 2:43 p.m., momento en el que los datos se detuvieron abruptamente. Ese instante exacto se convirtió en un foco de obsesión para familiares e investigadores. Recuerdos de testigos, fotografías y reportajes fueron analizados una y otra vez, pero nada aportó una respuesta definitiva.
La familia Hayes no se rindió. Su hermana Amanda creó una página online para mantener viva la memoria de Daniel y recopilar posibles pistas. Sus publicaciones, cargadas de emoción, pedían a cualquier persona que hubiera visto algo que lo compartiera. Con el tiempo, la desaparición de Daniel trascendió lo local, convirtiéndose en un caso de interés nacional. La comunidad de ciclistas evitaba los caminos cercanos, y los excursionistas que pasaban por el lecho de río donde se hallaron los zapatos sentían una inquietante sensación de presencia, como si el desierto guardara secretos que no estaban destinados a ser revelados.
Hasta 2022, el caso seguía abierto pero sin nuevos avances. Los zapatos y el GPS permanecían como prueba tangible de que Daniel estuvo allí, moviéndose, con vida, hasta que algo o alguien interrumpió su recorrido. La familia conserva su bicicleta en el garaje, perfectamente mantenida, como si esperaran que Daniel regresara. Amanda sigue publicando actualizaciones, insistiendo en que, aunque el desierto no devuelva a su hermano, ellos lo mantendrán vivo a través de la memoria y la búsqueda incansable de respuestas.
Hoy, la desaparición de Daniel Hayes sigue siendo un misterio: un joven que salió a pedalear y nunca regresó, dejando atrás solo fragmentos de su vida que el desierto devolvió de manera incompleta, provocando preguntas que aún no tienen respuesta y manteniendo su historia viva en la mente de todos los que la conocen. Su última selfie, con una sonrisa y los zapatos neón brillando bajo el sol del desierto, sigue siendo el recordatorio más poderoso de lo que estaba, y nunca más volvió a estar.